lunes, 30 de mayo de 2011

Con todos ustedes... ¡el increíble bebé barbudo! (Moonlight)

“Los que ven tu futuro desperdicia'o por tu cresta

Por tus pantalones rotos o por tu forma de vestir

No van a cambiar tu forma de sentir

Los que creen que nuestra generación huele a cerveza

Y que no somos capaces de vivir en sociedad

No sé en qué coño se empeñan pero mira cómo está el percal”

(Poncho K – “Destrucción”)

Ahora que estamos en Carnavales, recuerdo una anécdota que aconteció hace tres años por estas fechas. Esta historia está basada en deshechos reales y en gente de corte alternativo e indie, opaco reflejo del inconformismo, que consume los fines de semana a paso de cubata y cerveza, por lo que cualquier parecido con la realidad, es mera premeditación.

–Hey, Santi, podrías ir tú de guardia civil y yo de preso.

–¿Por qué tengo que ir yo de madero?

–Porque yo ya tengo el disfraz de preso.

–¿Dónde se ha visto un madero con las barbas que tengo yo? Dame a mí el disfraz de preso y vas tú de guarra civil, que a ti ni siquiera te sale pelo en la cara; por lo menos hasta que seas un hombre hecho y derecho –le dije a mi amigo Rober, que me saca una cabeza y un cuerpo, dándome dos palmadas en el pecho–. Además, ¿de dónde coño saco yo un uniforme de madero?

–Lo compras en una tienda de disfraces, que alguno habrá.

Nuestra amiga Marta organizaba una fiesta de disfraces en su casa, en Madrid centro, un piso que compartía con tres compañeras gallegas, de Santiago, y Rober quería que fuéramos él con el disfraz guay y yo con el de capullo. Y, como todo un capullo, me encontraba en una juguetería buscando un disfraz que no encontraba por ninguna parte cuando me llamó por teléfono.

–Oye, no te compres ya el disfraz de guardia civil, que mi madre me ha pillado uno de escocés.

–¿Entonces me puedes dejar el de preso?

–No, era mentira, no tengo ningún disfraz de preso, pero es que no quería ir de madero.

–Grrrrrrr.

Así que nada, seguí buscando algo que se ajustara a mi paupérrimo presupuesto y, por fin, encontré un disfraz baratito que, actualmente, aparte de estar más fuera de lugar en mi armario que Camps en el Carrefour comprándose un traje, solo coge polvo. Si alguien está interesado, lo vendo por treinta euros.

Y ahí estaba aquel sábado por la tarde, frente al espejo de mi habitación, preparándome para la fiesta y vestido para matar... de risa a quien me viera. Mi indumentaria carnavalesca consistía en un pijama de dos piezas de color rosa fosforito, con el que parecía un chicle de fresa; la parte de arriba caía a medio muslo y la de abajo me llegaba por debajo de las rodillas. Llevaba bolsillos de colorines, un babero blanco incorporado, volantitos de encaje en mangas y perneras, y, ¿cómo no?, una cofia, gorrito a juego que se ataba por debajo de la barbilla con un lacito y, sí, también con el precioso volantito de los cojones. Lo de poner el sufijo -ito no es porque fueran prendas pequeñas, sino porque así suena menos atroz. Venga, lo vendo por dos pavos o la mejor oferta.

Era un tejido más fino que un pepino, por lo que tuve que ponerme dos camisetas, manga larga y manga corta, unos leggins pirata que me prestó mi prima y unas medias de cuando jugaba al fútbol sala con el C.P. Henares, blancas con dos rayitas en la parte superior lilas, para más recochineo, que me dieron un uniforme que tuve que devolver cuando me echaron, pero las medias no. Bueno, realmente no me echaron, fue una traición de un compañero, pero eso ahora no tiene nada que ver, aunque sería una buena historia para un relato erótico, porque me jodió de lo lindo. Pensé en quitarme las gafotas para darle más realismo a mi imagen infante, pero un bebé con barba ya es demasiado irreal como para intentar arreglarlo. Que fuese rasurarme el pubis o el pecho... bueno, quizás, a lo mejor, pero no pensaba afeitarme la cara, lo que después produciría mofas y bromas haciendo referencia al hecho de ser un bebé barbudo.

Por fortuna, el coche estaba aparcado en la puerta de casa. Cogí la autopista R-3, entré en Madrid dejando a un lado el Pirulí, interlocutor de la luna, que es la torre de telecomunicaciones desde la que se emite la televisión española; rodeé la imperturbable e iluminada Puerta de Alcalá, que ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo y, siguiendo el Parque del Retiro, giré en el esquinazo donde este acaba y encontré un sitio donde dejar el coche en la Avenida Menéndez Pelayo, que, normalmente en finde, siempre hay algún hueco.

Marta vive en la Calle Gotera, que está ahí al lado, pero yo soy muy torpe, así que tuve que preguntar a más de un transeúnte. Digo que se llama Gotera para preservar la intimidad de Marta, porque en realidad vive en la Calle Gomera, pero no quiero decirlo. “Perdone, ¿podría indicarme la Calle Gotera?” Nadie la conocía, no sé si verdaderamente por desconocimiento o por perder de vista cuanto antes a un loco que lleva unos pantalones rosa fosforito, y eso que, al bajar del coche, no tuve cojones para ponerme el gorrito, que lo guardé es un bolsillo de mi chupa negra estilo Terminator. De hecho, cuando ya caminaba por la acera de mi amiga, pasó el típico Seat Ibiza tuneado de los pijos de Pachá, desde el que oí: “Mira ese, qué pantalones”. ¿Qué pasa? ¿Solo es Carnavales en Tenerife y en Río de Janeiro, aunque yo no me río de nadie (joder, qué chispa)? Igual que unos años atrás, cuando Rober, Juje y yo nos disfrazamos de tías un día antes y fuimos al Krim, una sala de Coslada. Bueno, Juje y yo íbamos de mujeres; Rober, con esos hombros, iba de travelo. El caso es que éramos los únicos tres gilipollas disfrazados de toda la discoteca. Bueno, no tan gilipollas, que, por ello, las copas nos salieron gratis, pero antes, el cabrón del guarda del parking me confundió con una tía de verdad. ¿Qué coño le hace a la gente la luna llena en Carnavales? En fin, qué recuerdos más... qué recuerdos más tristes, jeje.

Podría haberme ahorrado 971 palabras, si hubiera empezado el relato por el momento en que llegué a la fiesta. Me abrió la puerta Rober, que el cacho mamón me dijo: “Si todo el mundo por Madrid va igual”. Sí, y una polla; él se cambió en el dormitorio de Marta.

Llevaba el tradicional kilt escocés de cuadros rojos sin un tartán concreto, mal llamado falda escocesa, porque, para empezar, es más parecido a un pareo que a una falda. El resto de su atuendo lo componían una americana negra, una camisa blanca con pajarita, unas calzas blancas y un glengarry en la cabeza a juego con el kilt, adornado con una pluma amarilla. Solo le faltaba el sporran.

Tras dejar mi abrigo en unas perchas que había en el recibidor, a cuya mano izquierda se encontraba la habitación de Marta, seguí los pasos del cosmopolita Braveheart por el pasillo, en el que había tres puertas que pertenecían a la cocina, cuarto de baño y aseo; y desembocaba en un salón repleto de gente que conocía y gente que no conocía. Había un rey, una bruja piruja, una bailarina de la danza del vientre, una reina mora, una geisha, un currito de la construcción, Catwoman, un grupo de vaqueras, de quienes algunas balas, en forma de anillas de pistones, terminaron, no sé cómo, en mi bolsillo verde... Me puse un cubata, charlé con la gente, conocí a unas chicas muy majas... lo típico.

En un momento dado, fui a la cocina por una bolsa de hielo. Junto a la ventana, expulsando humos, estaban Chucky, disfrazado de Messi con la camiseta de la selección de Argentina, pantalón corto negro y una peluca con el efecto más desastroso que he visto en mi corta vida, aquella noche más corta de lo habitual; José, vestido de caballero medieval, con su sobrevesta y su almófar; y Iron, que iba de piloto suicida de Fórmula 1, con un mono blanco lleno de marcas comerciales. ¿De verdad suicida? Efectivamente, no tenía casco, pero supongo que no dejan competir a un tío que se está dopando con chocolate... del que no lleva leche pero se fuma.

Ayer, cuando empecé el relato, me sentía más gracioso, las gracietas que se me ocurren hoy dan pena. Mierda, he tenido un cortocircuito, ya no tengo chispa. Steven Tyler, el vocalista de Aerosmith, decía que hubo una época en la que era incapaz de componer si no era con una botella de whisky y unas rayas de coca. Tendré que hacer lo mismo, voy por una Coca... Cola. ¿Lo veis? Es más lamentable que los volantitos de mi disfraz.

El caso es que mis amigos estaban discutiendo sobre fútbol con una de las compañeras de Marta, tres madridistas contra una culé, por lo visto; una culé un poco borde y sobrada, por eso al principio pasé bastante de ella y no me fijé mucho. Era rubia tirando a castaña, de pelo largo y ojos azules, perfilados y pintados de ese mismo color, lo que les daba un tono más luminoso y heterogéneo. No puedo precisar cómo era su vestido, apenas me acuerdo. Solo soy capaz de concretar que era muy amplio y holgado; no sé si se trataba de una túnica o tenía anchas mangas murciélago o poseía varias capas, pero si que os puedo asegurar que, si era un disfraz, la muchacha iba de montón de tela. A pesar de ello, se notaba que debajo había materia prima para crear locura y placer a partes iguales, quizá un placer más grande que otro, porque se suele decir que, lo que tenemos a pares, no son exactamente iguales, pero bueno, como dice el refrán, a caballo regalado, no le mires las tetas... ¡cómeselas! Eso sí, la falda, de un tejido elástico y negra, como el resto de su vestimenta, era, simplemente, infartante; por encima de medio muslo y adoptando las formas redondas de sus glúteos.

La noche siguió su curso de charla en charla, las horas pasaban inexorables y yo temía aquella en la que tuviera que enfrentarme a la masa hambrienta, a la muchedumbre, tan guapo como iba, porque, cuando terminase la fiesta, íbamos a salir de copas por Gran Vía. Y sí, llegó y tuvimos que irnos, pero le eché coraje, porque soy un tío valiente, y me puse el gorro; con un par.

Pero aún habiendo derrotado quimeras, tras mear contra el viento y haber bebido con valkirias, después de mirar a la cara al gran macho cabrío, que se me cagó en la moqueta, el muy cabrón, y esto va en el sentido más literal, haciendo gala de su conocida impiedad; con lo que nunca he podido enfrentarme, ha sido con esa criatura que utiliza su sensual belleza para ser cruel conmigo, mi particular caballo de Troya, que entra en mí por todo lo grande y ataca desde el mismo corazón de la ciudadela torácica. Que sí, que estoy hablando de las tías, vamos. Si por lo menos la tuviera enorme y revestida de oro macizo como Kiko Rivera... porque, hostias, lo de Paquirrín con las strippers otra explicación no tiene. No, miento, la explicación es Interviú, pero el caso es que se las pasa por la piedra. Debe ser que tiene una cantera, o, mejor dicho, una Cantora. Vale, intentaré dejar de hacer chistes.

Pues yo tan tranquilo, cubata en mano, entro en la cocina para charlar un poco con Chucky, Iron y José, sin más pretensiones que la de ser y estar, y me los encuentro discutiendo otra vez con la piba esta de cuánto mide la trompa de un elefante o yo qué sé qué.

–¿Y tú qué? –me dice quitándome el gorro de la cabeza.

–¿Qué de qué? –le contesto mosqueado.

–¿Cómo se pone esto? –pregunta intentándoselo atar con las manos hasta las cutículas de alcohol.

–Dame mi gorro.

–¿Y tú qué dices? –me vacila otra vez.

–Que me des mi puto gorro, coño.

–Joder, qué borde, ¿no?

–Dame mi puto gorro –digo vocalizando lentamente sílaba tras sílaba.

–Esta es mi casa, ¿eh?, y si quiero te echo –me amenaza.

–Me importa una mierda que sea tu casa –porque yo estaba invitado por Marta.

–Joder, qué borde eres, chaval.

–La borde eres tú, que es quien me quiere echar de su casa.

–Vamos a dejar de discutir, ¿vale? –se rindió cambiando su tono de voz a uno más apacible–. ¿Somos amigos?

–Si me das mi gorro.

Antes de continuar, debo decir que mi temperamento de marmota y mi empecinamiento ciego con mi gorro, no me dejaban ver lo que estaba pasando, que parecía estar bastante claro para mis colegas, y sus risas poco me ayudaban pues me empezaban a poner nervioso. ¿Por qué coño se descojanaban? ¿De mí? A ver...

–¿Que quieres que haga para que seamos amigos? –sé que suena a relato erótico facilón, pero va en serio, me lo estaba poniendo a huevo, pero yo seguía erre que erre de retortijón enfrascado con la puta disputa por mi gorrito.

–Que me des mi gorro de una jodida vez.

Se me acercó Iron y me dijo al oído: “Tío, ¿no ves que está borracha? Dile que te la chupe”. Me parecía que pedirle eso era un disparo fallido, así que aposté por algo más factible.

–Vale, está bien. Dame un beso –reconozco que los besos son mi debilidad, pero no me gustó, pues fue un beso rápido amortiguado por mi barba–. Así no, tiene que ser en la boca, si no no tiene gracia –y este fue mejor, pero, como iba en ascenso gradualmente, íbamos a ver qué había en la cima–. Que no, tiene que ser un beso de los buenos, con pasión, con gancho... con lengua.

–¿Así? –abrió la boca para pronunciar tan solo una palabra y ya no la cerró.

Pasó sus brazos por detrás de mi cuello y, cuando sus labios entraron en contacto con los míos, por esa rendija por donde salió el acento de la I, presumible antesala de un interés en hacer algo bien; se materializó la presencia de su lengua, que sentí colarse en mi boca y danzar por ella como Pedro por su casa, con mi permiso concedido, por supuesto. Primero mi lengua se enrolló en la suya, poco después, llevada por la emoción, se enredó en sus cuerdas vocales. Exploramos los recovecos de nuestras bocas, alumbramos cada rincón, nos reconocimos las caries, saboreamos nuestra saliva y nos emborrachamos con nuestros alientos.

–¿Qué tal? –me preguntó con una sonrisa de encías visibles.

–Pues... la verdad –dije recuperando el aliento, que se había quedado adherido a su paladar– es que no ha estado nada mal, nada, nada mal, pero –miré a Iron, que estaba expectante y sus risas mordaces ahora eran sonrisas de perplejidad, como las de Chucky y José, que lo estaba flipando más que yo–...

–¿Sí? –se impacientaba ella.

–Si quieres que seamos amigos, muy buenos amigos –y enfaticé “muy”–... Si me la chupas seré tu mejor amigo –le solté a bocajarro.

Como imaginé, salió apresurada de la cocina. Lo que no imaginé, fue que lo hiciera agarrándome de la muñeca. Cruzamos el salón abriéndonos paso entre vaqueras, reinas moras y escoceses, hasta que llegamos al que, supuse, era su dormitorio. Intentó abrir, pero estaba trancada.

–¿Qué pasa aquí? –se preguntó.

–No puedes pasar –dijo Marta a nuestras espaldas–. Están dentro Fulanito y Menganito.

Joder, para una vez que me van a hacer una mamada espontánea, resulta que Fulanito y Menganito están en nuestra fiesta. Yo quería conocerlos. O sea, todo el mundo conoce a Fulano y Mengano, pero ¿alguien sabe quiénes son? ¿Qué aspecto tienen? También están Zutano y Perengano, pero estos dos son menos famosos, no tienen el mismo carisma, y, si os fijáis, mucha gente le pone sus nombres a desconocidos: “Bah, Fulano y Mengano”. Nunca me imaginé que fueran gays, aunque, claro, siempre van juntos y, en estos tiempos que corren, parece ser que la homosexualidad es glamourosa, aunque soy el menos indicado para hablar de glamour, que yo iba disfrazado de piruleta.

Me llevó a otra de las habitaciones, claramente femenina por su decoración y porque olía bien. Bueno, también porque mi amiga no tenía compañeros, las cuatro eran chicas. Corrió el pestillo de la puerta produciendo un sonido que eclosionó con fuerza en mis sienes, que sentía palpitar. Me di la vuelta y, en ese momento, me empujó a la cama con fuerza, la cual estaba contra la pared para aprovechar el espacio. A mi derecha, la almohada mullida y encima un libro, ¿qué es eso?; a mi izquierda, un sujetador rosa colgando a los pies de la cama a juego con mi traje de perturbado, porque no hay que estar demasiado cuerdo para ponerse semejante disfraz; y a mi espalda, el gotelé. Sin embargo, todo esto pasaba desapercibido para mí. Me encontraba flotando en una nube producto de mi propia excitación condensada, nada había alrededor.

Se acercó con lentitud al borde del catre mientras mi mirada se perdía piernas arriba, hasta que sus muslos, a los que sus manos iban unidas, frotándolos, desaparecían por el tubo de la minifalda. Sus pasos eran suaves, como pisando algodones, y su mirada felina pronosticaba borrasca y tramontana.

Se subió en el camastro y separó sus piernas para colocarse a horcajadas sobre las mías. El escaso tejido elástico que cubría su pelvis, se alzó lo suficiente como para ver que su ropa interior era violeta, por lo menos la inferior. Pude comprobar la profundidad de sus ojos azules, cuyos contornos se veían tintados de un verde tenue. Eran una poza cristalina que refrescaba la burbuja caldeada que se había formado en aquella habitación aislándonos de la realidad de la fiesta, las voces y el mundo exterior. No sabía ni cómo se llamaba la cervatilla, Marta me lo dijo al día siguiente por teléfono, pero Carmen me abdució como no pensé que una tía que iba de guay por la vida podría hacer, aunque, quizás, lo que había juzgado solo era un muro de contención.

No tardé en percibir el olor de su aliento en el vano de mi boca, así que decidí ser hospitalario y dejar que su lengua volviera a honrarme con su presencia y su sabor en mis papilas gustativas. Nos comimos los morros, desatamos la estampida de lujuria, y pronto se dispuso a repartir una mezcla de su saliva y la mía por mi cuello y mi clavícula, previo mordisco en el lóbulo de mi oreja, pendiente incluido. Llevé mis manos a sus nalgas cálidas para participar más activamente de la pasión, comprobando que lo violeta era un tanga, y me recreé amasando esas dos masas dúctiles. De algo me tenía que servir un año currando en Telepizza.

Mientras ella conseguía que mi respiración tuviera sonido de suspiros, sus dedos buscaron el bajo de mi camiseta del disfraz para introducirse por debajo de ella, pero encontró un obstáculo: otra camiseta. Busco el bajo de esta y se topó con otro obstáculo: otra camiseta. Busco el bajo de esta y, por fin, me marcó la piel con las yemas de sus dedos. Arrastró mis prendas hacia arriba con sus antebrazos descubriendo mi torso. Los pelillos de mi pecho aparecieron alborozados y contentos, y, tras remolonear un poco en mis pezones, Carmen comenzó a allanar con lametones el camino hacia el sur, dejando su rastro por mi abdomen, esculpido por la naturaleza como una tableta de... de turrón blando.

Para no volver a tropezar como con las camisetas y no perder más tiempo, no fuera a ser que el incendio de nuestras entrañas menguase, bajó de golpe mis pantalones, leggins y bóxer, dejándolos enredados en mis rodillas, cuando me ordenó tumbarme en la cama a lo largo y levantar el trasero, y ¿quién era yo para contradecir a la heroína de mi deseo asfixiado después de cuatro meses sin airearlo? Mi erección era abrumadora y emocionante. Eso sí que era el Pirulí, ya te digo. No emitía canales, pero más alta definición no podía tener aquello. Antes de dejarme hacer, la imité y la desnudé tirando de su falda hacia arriba, sacándole el vestido completo por la cabeza y descubriendo un elegante tanga, de color violeta, como ya he indicado, y con diminutos brillantes en el elástico superior y en las dos tiras que salían a cada lado para ajustarse a sus caderas y, en el centro de la prenda, dibujaban un corazón; y un suje del mismo conjunto con las incrustaciones en las partes superiores de las copas, que a duras penas retenían sus pechos generosos. Por mucha tela que hubieran llevado encima durante toda la noche, donde hay calidad se sabe.

Sentada sobre sus talones entre mis piernas, primero acarició mi pene con la palma de la mano abierta, sintiendo una rigidez más propia del hormigón que de un músculo humano, para, poco después, cerrar el puño apresándola y dando tirones hacia arriba. Al principio lo hacía con cierta brusquedad, pero esta fue suavizándose y adquiriendo un ritmo constante, hasta que su lengua dio un largo y húmedo lametón desde mi periné hasta el purpúreo glande. A partir de entonces, empecé a disfrutar del lado más amable y atento de la compañera de piso de Marta.

Enredaba mis dedos en su pelo y le acariciaba un brazo, agradeciéndole la dulzura que esa noche me estaba ofreciendo fumando la pipa de la paz. Me hacía sentir cosquillas en la tripa, no solo fuera por el roce de su cabello, que iba y venia con el movimiento que hacía su cabeza en el recorrido de la punta de mi pene a la base del mismo, que realizaba con una comitiva de saliva; también una jauría indomada en mi interior. Se retira el pelo a un lado y veo como sus fauces devoran casi en su totalidad el mástil en el que colgaremos la bandera blanca.

Prendida de mi polla, con avaricia y un instinto poseído por la vehemencia, ejerce presión con los labios y le pone empeño, aparte de algún leve roce de sus dientes. Sé que falta poco, que la excitación es demasiada y que las sensaciones de placer se agolpan en mi cabeza pidiendo a gritos ser liberadas. Levanto la cabeza y sus ojos azules, entrando por mis pupilas a remover mi cerebro, me dan el último empujón para venirme entre jadeos y convulsiones de mi bajo vientre.

Quizás penséis que fui un poco cabrón al no avisarle del inminente orgasmo y el consiguiente torrente de espesa ilusión, pero es que la muchacha parecía desnutrida y, por las ansias empleadas en llevarme al clímax, yo diría que estaba bastante hambrienta.

Con una sonrisa de satisfacción, se incorporó pasándose el dorso de la mano por esa boca que me había absorbido hasta la reserva, y extendió el brazo ofreciéndome su mano.

–¿Amigos?

–Amigos –contesté estrechándola.

La otra mano la llevé a su entrepierna, pero antes de incursionarme bajo la lycra, ella me detuvo. “Hoy no es un buen día”, me dijo. La verdad es que no me hubiese importado empujar el támpax, pero a ver luego como se lo sacaba de la traquea.

Tengo que decir que esa fue mi mejor noche de los últimos cuatro meses, desde que volviese de mis vacaciones en Valencia con una Supernena, y si esa primera noche con Carmen fue la mejor... la segunda fue brutal.

Sirva este escrito como homenaje a Santi, mi infatigable compañero de viaje; a Carmen, por donde quiera que sus pasos la guíen; y a la gente gracias con la que disfruté la fiesta, motivos, cada uno de ellos, por los que no escribir un relato muy porno. No puedo recurrir a detalles, yo nunca estuve en esa habitación, pero escoged una verdad para finalizar este cuento; porque sin corazón no podemos vivir... porque la vida es sueño.



Con todos ustedes....¡el increíble bebé barbudo!
Categoría: Sexo Oral

Moonlight nos habla en el Ejercicio de una primer experiencia real que cuenta en homenaje a la amistad.

lunes, 23 de mayo de 2011

Extraños en la noche (Coronel Winston)

Aquella tarde, mi marido había ido a ver un partido de fútbol al estadio. No queriéndome quedar sóla en casa, opté por irme de compras. Necesitaba algo nuevo. Una boda en menos de un mes era el reclamo para que yo gastara el poco dinero del que disponía en algunas prendas. Tenía que encontrar algo bueno, bonito y barato. Mi economía no era boyante. En mi casa siempre andábamos mal de dinero. La escasez vivía junto a nosotros.

Pasé la primera hora de mis compras en unos grandes almacenes. Allí encontré todo lo que estimaba necesario para ir preciosa a esa boda. Aquellos saldos me iban a servir. Mi amiga, Ana María, se casaba con el novio de toda la vida. Su primer y único novio la iba a convertir en su esposa. Y eso me hacía muy feliz.

Terminadas mis compras, me di el gusto de merendar en una cafetería cercana a esos grandes almacenes. Un café cargado y unas tortitas con nata me iban a revitalizar. En la cafetería tomé asiento cerca de la puerta. Podía divisar el local en su totalidad sin necesidad de girar mi cabeza.

Me fui fijando en la gente que, al igual que yo, merendaban o simplemente tomaban sus consumiciones. Así es como me fijé en Paula.

Esa mujer de aspecto agradable, de unos cuarenta años, pelo largo con mechas de tinte rubias, e impecablemente vestida, no me quitaba ojo. La ví alejarse al baño. Caminaba con seguridad. Su porte era excepcional. Cuando regresó, tomó asiento y siguió devorando las dos tostadas que se apilaban en su plato. Mientras masticaba, me miraba. Sus ojos iban del plato a mi cara y de mi cara a las tostadas. Confieso que me ponía nerviosa su actitud. Me ruborizaba que una mujer me mirara de esa forma.

Decidí dar por finalizada mi estancia en aquella cafetería y apuré mi café. Rebusqué mi monedero en el interior de mi bolso. Cuando alcé la vista la ví. A mi lado, de pies, con gesto cansino y rostro serio. Me abordó sin preámbulos, sin excusas, directa, con seguridad.

-¿Puedo sentarme? Me preguntó.

-¿Disculpe?. Contesté extrañada.

-Me gustaría charlar con usted un momento-Me dijo mientras que con su mano derecha retiraba la silla y tomaba asiento frente a mí-, no la entretendré mucho.

-¿Nos conocemos?. Pregunté sin salir de mi extrañeza.

-No. Es seguro que no. Contestó mientras me miraba fijamente y esbozaba una sonrisa que yo consideré nerviosa y forzada.

-¿Entonces?.....

-Me llamo Paula. No he podido evitar observarla mientras merendaba. Me parece la persona ideal…

-Perdón…¿Cómo dice?

-¿Quiere ganarse algún dinero?. Me preguntó directamente.

-Discúlpeme. He de marcharme. Dije a la vez que sentí que los nervios me atenazaban.

-¡Escúcheme!, se lo ruego, no se arrepentirá. Puedo hacer que se gane un buen dinero.

-¿Cómo?. Pregunté ante la insistencia de aquella mujer.

-Digamos que necesito de su colaboración para dar un capricho a mi marido.

-Discúlpeme, pero no entiendo nada.

-Iré directa al grano. Ando buscando una joven como usted. De su perfil. ¿Qué edad tiene?.

-27 años.

-¿Está usted casada?

-Si. Por supuesto. Dije afirmando con rotundidad y orgullo a la vez que pensaba en mi marido.

-¡Perfecto!....es justo lo que necesito.

-No entiendo….

-Seré franca con usted. No quiero perder mi tiempo ni hacer que usted pierda el suyo-Hizo una pausa y me miró a los ojos-, comprendo que le resultará extraño todo esto, pero debe perdonar mi atrevimiento. La desesperación me incita a hacer algo de lo que no estoy segura como voy a salir. Estoy casada, al igual que usted. Mi matrimonio siempre ha funcionado perfectamente hasta….bueno, hasta hace unos meses. Iván, así se llama mi marido, siempre ha sido un hombre agradable, detallista y enamorado de mí. Todo se nos ha truncado. La vida es un camino por el que vas perdiendo cosas, hasta que al final, te lo arrebatan todo, hasta la vida. Nunca he sido vilipendiada por la vida, pero ahora-Calló, bajó su mirada hacia la mesa y suspiró-, ahora me ha golpeado con violencia. Iván va a morir.

El silencio se hizo eco de sus últimas palabras y se afilió con su significado. Me quedé perpleja, sorprendida, aturdida. No entendía por que me contaba eso. No sabía que pretendía de mí. Ni siquiera sabía qué me hacía seguir escuchando sus palabras. Su rostro agradable creí verlo marcado por el sufrimiento. En cierto modo sentí pena por ella. Paula, después de tomarse un respiro, continuó.

-No hace mucho le han detectado un cáncer. No ha tenido compasión de nosotros. Iván lo ignora. Ignora que le queda poco tiempo. Tal vez unos meses. Y yo, bueno, yo siento tristeza por no haber claudicado ante sus deseos. Han sido muchas las ocasiones en que me he negado a sus caprichos. He creado carencias en su mente. No he sabido compartir sus gustos. Ahora, ahora ya es tarde. Pero quiero compensar en lo posible un deseo que siempre ha tenido. Usted se preguntará cual es ese deseo, y también se preguntará qué tiene usted que ver en todo esto. Se lo explicaré.

Siempre hemos tenido una vida sexual intensa. Antes de casarnos ya éramos muy activos. No hemos tenido hijos, aunque nuestra posición económica es muy aceptable. Pero no tuvimos hijos-Dijo con fastidio a la vez que hacía una mueca mostrando su disgusto-, pero aún así, gozamos del sexo en pareja. El caso es que Iván siempre tuvo una fantasía, un deseo. Siempre deseó verme con otra mujer. Y ahora viene mi propuesta.

Me quedé paralizada. Sabía lo que me iba a pedir Paula. Mi instinto me hacía presagiar lo que sucedió después.

-Quiero satisfacer a mi marido antes de que me deje definitivamente. Me he propuesto tener sexo con una joven y que él lo vea. Esa joven bien podría ser usted. La pagaría bien. Ponga una cifra. Sería en mi casa….ahora. ¿Digamos 500 euros?.

Se hizo nuevamente el silencio. Un sonido sordo se apoderó de mi tímpano derecho. Una cifra mágica se instaló en mi mente. 500 euros. Daría el “ramo” a mi amiga Ana María. Pagaría con creces las compras de esa tarde. La boda no me costaría nada y aún me sobraría un buen dinero del que tan necesitada estaba. Pero nunca había estado con una mujer. No me quedaba claro que era lo que deseaba exactamente. Aunque mi mente sabía que si aceptaba su oferta, sería como prostituirme a cambio de dinero.

Yo soy una mujer joven. Con ideas abiertas. Con personalidad. Quiero a mi marido. Nunca he dejado de quererle. Soy suya. Nunca han profanado mi cuerpo. Jamás estuve con otro hombre, pero éste no era el caso. Aquella mujer hablaba de estar con ella. Pero el dinero…

Me debatía en mi interior. Analizaba minuciosamente todo lo que había escuchado de boca de Paula. No sé exactamente que cara exhibía mientras pensaba, pero Paula me sacó de mis pensamientos.

-Se que esto que pido es extraño. Se que es una licencia por mi parte. Abordar a una joven como usted y ser sincera….no sé, usted no tiene obligación alguna de creerme. Yo he sido sincera. He hablado claro, ahora…..ahora sólo espero su respuesta. Le ruego que lo piense.

Me quedé en silencio nuevamente. Sumida en mis pensamientos. Escuchando a Paula. De mi garganta surgió, lentamente, la frase que cambió mi vida y sembró el desasosiego que aún siento.

-¿Qué tendría que hacer?. Pregunté asumiendo mi rol en aquella historia.

-Usted me acompañaría a mi casa. Tomaríamos un café y yo le presentaría a Iván. Luego-Hizo una pausa violenta-, las dos tendríamos sexo delante de los ojos de Iván.

Esperó a ver mi reacción. Al no decir nada, ella continuó.

-Sómos personas con cultura. Sabemos estar. No habrá problemas. Usted dejará que yo disponga de su cuerpo y después se marchará a su casa, al lado de su marido, con 500 euros. ¿Es la cifra que acordamos, no?. Nadie sabrá nunca nada. Podría contratar a una prostituta, me costaría menos, sin duda, pero sería un negocio muy frío. Quiero algo que despierte en Iván esas sensaciones que siempre ha querido observar en mí…..y eso sólo lo puede tener con una persona como usted. Una persona de la calle. Una persona normal, con su vida y sus inquietudes. ¿Qué le parece?

No sabía como reaccionar. Si bien es cierto que ya había contestado al preguntar lo que tendría que hacer, no era menos cierto que aún no era plenamente consciente de lo que me estaba proponiendo Paula. Pero ella era persuasiva. Mi necesidad de dinero me hacia valorar la situación……y me inclinaba a ese juego que aún no sabía cómo podría resultar. Hice acopio de toda la serenidad que pude congregar y por primera vez la miré a la cara de tú a tú.

-¿Iría a su casa y tendríamos sexo a la vista de su marido?, ¿Usted me pagaría 500 Euros por hacerlo?.

-Así es.

-¿Y yo qué tendría que hacer?

-Ser paciente. Gozar conmigo. Dejarse llevar por mí. Dejarme que usurpe su cuerpo y le de placer.

-¿Y su marido…..?

-El nos miraría. Dese cuenta que con esto sólo busco su excitación, su placer, su fantasía. Yo, bueno, yo importo poco. No voy buscando mi propia satisfacción. Es evidente que trataré de que usted goce. Pero nunca he estado con ninguna mujer, y la verdad, no sé como resultará, pero pondré todo mi empeño en que salga satisfecha de mi casa. Con dinero y con una nueva experiencia. ¿Qué me dice?

Ya estaba decidido. Los 500 euros eran un reclamo demasiado ebrio para negarme. Pensé en mi marido, le diría que me había encontrado un billete de 500 euros en aquellos almacenes dónde había realizado mis compras. Aliviaría nuestras tensiones económicas. ¿Me iba a prostituir por dinero?. Pensé que no, que era sólo una forma de salvar mis necesidades más inmediatas. Jamás nos volveríamos a ver. Un plan limpio.

-¡Está bien!, dispongo de unas horas. Si usted quiere…

-¡Excelente amiga!. Pagaré su consumición y nos iremos a mi casa. No vivo muy lejos. Por el camino hablaremos de todo.

Salimos de la cafetería. Como si fuéramos amigas de toda la vida. Ya en su coche, mientras Paula conducía con suavidad, me fue dando algunos detalles de lo que iba a ocurrir. Era coherente, pero sumamente delicado lo que pretendía esa mujer. ¿Podría ganarme esos 500 euros?. Necesitaba ese dinero. Demasiada miel para mis reparos.

Una zona privilegiada de Madrid, no muy distante de mi domicilio, era el lugar de residencia de aquella pareja. Estacionó el coche en la calle y ambas salimos del vehículo. Mis compras venían conmigo. Mis manos portaban las bolsas que delataban muy claramente el lugar donde había pasado parte de la tarde. Mientras subíamos en el ascensor, miré el reloj. Marcaba las 7 de la tarde. Las 7 de aquella tarde.

La cabina dio un respingo al detenerse. Las puertas se abrieron y un gran hall nos recibió. Aquella pequeña pieza metálica que sostenía Paula en sus manos, abrió la puerta de lo desconocido.

Un hombre de unos 45 años, pelo canoso, delgado, tez morena y agradable, reposaba sobre un sillón leyendo un periódico. Levantó la vista y nos miró desconcertado.

-¡Cielo, he llegado!

Iván se acercó a su mujer y la besó en la mejilla. Luego se fijó en mí. Con prisas, como si le resultara molesta mi presencia, me inspeccionó de arriba a abajo.

-¿Quién es?. Preguntó a su mujer a la vez que me miraba.

-Es Marina. Es una amiga que tú no conoces. Nunca te he hablado de ella. Hoy nos hemos encontrado por casualidad en una cafetería. Hacía años que no teníamos noticias una de otra. Me he permitido invitarla para que os conozcáis. ¿Sabes?, vive cerca de aquí.

-Encantado, Marina. Siendo amiga de Paula, puede considerarse amiga mía-Dijo en tono cortés a la vez que estrechaba mi fina mano-, aunque nunca, que yo recuerde, me ha hablado de usted. Y es imperdonable, su belleza no me debería haber sido vetada, Paula. Terminó dirigiéndose a su mujer.

Me quedé paralizada frente a ese hombre que amablemente me había tendido la mano. ¿Cáncer?, ¿Poco tiempo de vida?, era impropio que ese ser de ojos negros, con ese cuerpo estilizado y con ese aire de señor culto, abandonara la vida en poco tiempo. Su aspecto agradable era innegable. Tez morena, pelo negro, con esas canas que adornaban su cabeza, y una sonrisa sincera, abierta, brillante.

-Acompañaré a Marina a nuestra habitación. Se probará la ropa que se ha comprado. Tiene una boda en breve. En unos minutos estaremos contigo Iván. ¿Nos preparas algo para tomar?. Para mí café, por favor y Marina…-Hizo una pausa esperando mi respuesta.

-¡Oh…si, café por favor!

-En unos minutos estarán listos. Dijo él.

-¿Nos los acercas a la habitación, querido?.

-¡No faltaba más!. Respondió él.

¿Probarme la ropa que me había comprado?. Estaba desconcertada. En el camino había contado a Paula que había estado de compras. Que tenía una boda y que estaba muy ilusionada con ese casamiento de la que era mi mejor amiga. Pero no habíamos hablado de probarme ropas.

Caminé tras sus pasos. La habitación de ese matrimonio olía bien. Me preguntaba, mientras observaba la decoración de esa habitación, cómo había accedido a semejante propuesta. El signo del Euro se instaló en mis ojos. Era eso, dinero. Sólo dinero.

Paula me avisó de lo que iba a pasar, por lo tanto, nada debía sorprenderme. El juego comenzaría en su habitación y su marido nos sorprendería. Esa era la escena. Yo debía actuar como si nada. Dejarme llevar y colaborar en la medida que estuviera dispuesta.

Ya en su habitación, y sin darme tiempo a reaccionar, Paula se acercó a mí y besó mis labios a la vez que con sus manos retiraba de mis hombros los tirantes de mi vestido. Este reaccionó cayendo ligeramente hasta el comienzo de mis senos. Ella lo bajó más. Descubrió mis pechos enfundados en el sujetador.

-Esto sobra, querida. Dijo a la vez que desabrochaba la prenda.

Mis pechos se mostraron calientes. La miré mientras los sopesaba en sus manos. Su cara dibujó un gesto de aprobación. Se diría que eran de su gusto.

-Paula-Dije titubeando mientras ella acariciaba mis pechos-, tu marido…

-Ahora vendrá. Nos traerá los cafés, ¿Recuerdas?. No te preocupes. Sólo déjate hacer. Yo me encargaré de todo. Le ofreceremos una bella imágen. Dos cuerpos arrogándose el placer. Y tú saldrás de aquí con 500 euros.

-Quiero decir que tú marido…no me tocará ¿Verdad?. Es lo que me dijiste. No quiero.

-No. El sólo mirará. No temas. Todo saldrá bien. No te pondrá ni una mano encima. Aunque…, bueno te entiendo. No quiero hacerlo más difícil para ti.

Ese era el plan propuesto por Paula. Le diría a su marido que me iba a enseñar unos vestidos y él nos sorprendería en la habitación. Habíamos quedado que sólo miraría. E incluso me había hablado de cegar mis ojos si me resultaba más cómodo.

Mi vestido cayó a mis pies. Cuando sus labios se posaron en mis pezones, yo ya estaba húmeda. Al rato ella fue más incisiva y metió su mano dentro de mi braga. Allí se dio el placer de notar mi rocío.

Tiró de mi braga hacia abajo y yo levanté primero un pie y después otro, para dejar que la prenda saliera de mi cuerpo. Luego, todo rodó deprisa. En silencio.

Me sentó en la cama y me tumbó sobre mi espalda para, a la vez que abría mis piernas, lamer mi sexo con su lengua mojada y caliente. Sin más preámbulos. Cuando noté aquella lengua viva deslizarse por mis labios, por mi clítoris, noté una sensación extraña pero demasiado placentera. Los primeros suspiros cobraron fuerza y presencia en la habitación. Al rato, yo también quería más. Su mano frotaba mi clítoris con mimo. Su lengua acariciaba mis pezones. No quise pensar qué hacía allí. Traté de evadirme y pensar en el dinero, pero el placer cobraba energía. El placer me confundía.

-Hagamos el amor.

-No entiendo. Dije.

-Follemos, Marina. Nos relajará y te dará confianza. A Iván le encantará sorprendernos así.

No sabía que era lo que quería decir. Yo, por follar, sólo entendía una cosa, la penetración de un hombre. Pero ella sabía más que yo.

En apenas cinco minutos de estancia en aquella habitación, parte del pudor me había abandonado. Nos sentamos frente a frente, nuestros cuerpos abrieron sus piernas enfrentando los dos sexos, ella pasó una pierna por encima de otra mía y yo hice lo mismo con la otra, y nuestros deseos se juntaron para frotarse el uno contra el otro a la vez que nos tocábamos y nos besábamos. El placer era agradable, intenso. Yo jadeaba mientras ella se adueñaba por entero de mi boca y mis pechos.

No daba crédito a lo que estaba pasando. Estaba avergonzada, fuera de sitio, sorprendida, y en fin, cuantos calificativos queráis darle. Pero una cosa estaba clara, me gustaba lo que estaba sucediendo, aunque mi pudor, luchaba desenfrenadamente contra mi deseo en una batalla perdida.

La puerta de la habitación se abrió y la figura de Iván apareció sosteniendo una bandeja con tres cafés. Tres cafés que nunca fueron consumidos. Iván clavó su mirada en la escena, en mi cuerpo, en mi rostro. Impasible en apariencia, dejó la bandeja sobre una mesita. Tomó asiento sobre un pequeño sillón y volvió a mirarme. Paula le habló.

-Siempre lo has deseado, querido mío. Marina se ha prestado a complacernos.

Ni Iván ni yo dijimos nada. Me moría de vergüenza. Paula me abordó de nuevo. Retirándose de mi cuerpo, me situó nuevamente en el borde de la cama y me hizo tumbar de la mísma forma que antes lo había hecho. Mis pies quedaron apoyados en el suelo, mis piernas dobladas y mi espalda tendida sobre ese colchón de látex. Otra vez sentí su lengua recorriendo mi grieta. Otra vez sentí como me daba unos ligeros golpecitos con la punta sobre mi clítoris. Otra vez la mirada de Iván y la mía se encontraron. Pero algo había cambiado desde la última visita de mis ojos. Su cinturón estaba desabrochado, su bragueta abierta, su calzoncillo ligeramente bajado y su miembro ligeramente erectado. Su mano derecha acariciaba su carne. Subía y bajaba el anillo que formaban sus dedos a través de la barra que iba endureciéndose poco a poco. Volvimos a mirarnos. El sonrió como si aquello fuera lo más común que uno se pueda encontrar cuando va a llevar un par de cafés a su mujer y a una amiga de su mujer. Yo cerré mis ojos víctima del placer que sentía a través de mi sexo. La lengua pertinaz de Paula devoraba lentamente cada poro de mi piel. Mi ano no se olvidó, y aunque sentí reparo al notar ese pequeño órgano trajinando sobre el, pronto recordé que esa tarde, antes de salir de mi casa, me había duchado.

Cuando abrí los ojos, busqué la figura de Iván. Seguía sentado en el mísmo sillón, pero sus pantalones yacían sobre sus tobillos. Su miembro era grande. Seguía acariciándolo con calma. De arriba hacia abajo. Su prepucio bajaba hasta descubrir su glande por entero. Carecía de vello alguno. La imagen me impactó. Mi marido nunca se había masturbado delante de mí a pesar de que yo le había dicho en muchas ocasiones que eso me excitaba. Siempre me decía que sentía pudor. Pero ese pudor no era el mísmo cuando observaba, con la baba caída, cómo yo me masturbaba para él. Interrumpía mi placer y lleno de deseo me la clavaba sin compasión.

Volví a cerrar los ojos y giré mi cabeza hacia el extremo opuesto a la mirada de Iván. Tras unos segundos noté una presencia cercana y los abrí nuevamente. Iván se había acercado hasta nuestros cuerpos y acariciaba el de su mujer. Sus pechos, su espalda, sus glúteos, eran parcelas propiedad de ese hombre. Las manos de Paula estaban fijas en el interior de mis muslos. Sujetando mis piernas. Abriendo mi deseo. Su lengua trabajaba con insistencia mi clítoris. Mis labios resecos se separaban en busca del aire que mis pulmones necesitaban. La sincronía era total. Los tres cuerpos desnudos abordados por el deseo.

Un sonido reclamó mi atención. Me fijé en los otros dos cuerpos. El pene de Iván había penetrado en el cuerpo de Paula y esto había provocado que ella afianzara, más todavía, su lengua sobre mi sexo. Iván arremetía con suavidad, como si se jactará de la exquisitez que ofrecía ese coño, ese coño que pronto dejaría de explorar. Ese coño que la muerte le iba a robar. Yo estaba turbada.

Me iba a correr. Sentía que mi final estaba próximo. La lengua de Paula era sabia. Y se había convertido en catedrática cuando el miembro de Iván la había impulsado más sabiduría. Paula cesó en sus caricias con su lengua. Se incorporó ligeramente y se dejó caer sobre mi cuerpo desnudo. Mi cuerpo se movió al compás de las arremetidas que Iván ejercía sobre su mujer. Ella buscaba mi boca, quería besarme, pero mis labios estaban muertos y no correspondían. Sentí su lengua hurgar en todos los entrantes y salientes de mi boca, en mis dientes, en mi…

Paula me tenía dominada. A su merced. Se mantenía sobre mi cuerpo y con sus piernas sujetaba las mías abiertas de par en par. Sus manos se fundían con las mías. Nuestros dedos entrelazados se apretaban de deseo. La rapsodia de sexo continuaba lentamente. Iván bombeaba a Paula y ésta buscaba con su lengua dentro de mi boca alguna hipotética caries.

El encanto se rompió. Noté una mano en mi sexo. Iván había abordado mi grieta sin preludios. Quise protestar, decir que eso no era lo acordado, pero esos dedos no eran violentos, eran sabios. Opté por callar y evadirme. 500 euros era una paga notable como para protestar por su gesto. Dejar que ese hombre que iba a morir en breve palpara mi sexo no iba a robarme nada. Le vi reclinarse sobre el cuerpo de su mujer y pensé que la iba a penetrar de nuevo.

Cuando noté el glande de Iván en la puerta de su deseo, traté de juntar mis piernas. Noté como mis labios se separaban para dar cabida a ese miembro lubricado en el cuerpo de su mujer. El empuje era constante, lento, sin vacilaciones…

Quería zafarme de esos cuerpos. No habíamos hablado que ocurriera más de lo que había pasado. Sólo sería un juego entre Paula y yo. Su marido miraría. Estaba claro. Paula no me dejaba abrir la boca para emitir mis protestas. Mi cuerpo era todo un manifiesto del desacuerdo que sentía ante la pretensión de Iván. Paula me tenía atrapada. Sujetaba mis manos, mis dedos, mis piernas, mi cuerpo entero…

Al escapar de su lengua puede hablar. Aunque brevemente, dejé constancia de mi protesta y mi negación ante lo que se avecinaba.

-Noooo, noooo, eso noooo….no quiero….nooooo…Ufffffff…

Mis lamentos se fundieron con la estocada. El poderoso miembro de Iván penetró en mi interior sin compasión. Brevemente quieto, cesó en su empuje unos instantes para tomar la vitalidad necesaria. La boca de Paula se apoderó de la mía a la vez que Iván comenzaba con violencia a bombear mi cuerpo. Creí sentir los golpes en mi útero, creí desfallecer a cada nuevo envite, creí morir cuando cesó en los movimientos y dejó escapar su semen dentro de mí. Creí estar muerta cuando los latigazos de placer visitaron mi cuerpo. El cielo me visitaba. Las salvas, espaciadas, inundaron mi interior.

Iván retiró su miembro de mi sexo y su semen, riachuelo espeso, buscó el vértice de salida. Mi cuerpo ardía…, mi cuerpo nadaba en placer. Pero quedaba una visita, la visita de Paula. Su lengua presurosa se fundió con esa rendija de mi cuerpo. Y entonces fue cuando sentí lo que nunca antes había sentido. Tal vez, confundida por el intenso placer, creí marearme. Mi alma me abandonaba y mi cuerpo temblaba violentamente. Aún, desde el más allá, noté como los lametazos se ralentizaban acompañando la llegada de mi relax.

Iván me besó. Sus labios, con extrema dulzura, se unieron a los míos. Su lengua paseó por mis labios y su saliva los lubricó. Era su agradecimiento. Era su despedida. La boca de Paula se despidió en el interior de mis muslos y el adiós a mi cuerpo lo selló sobre mi vientre.

Aquellos cafés no fueron consumidos por nadie. Aquella noche consumimos placer. Tras debatirme entre mentiras, telefoneé a mi marido. La excusa fue estúpida, pero me arriesgué. Era mucho lo que yo deseaba de aquella casa. Sentir. Experimentar lo que nunca antes había hecho.

Cuando le dije a Ernesto el motivo por el cual probablemente no iría a casa a dormir, le noté alucinado. Pero era la mejor excusa que se nos ocurrió.

Le comenté que una amiga de mi trabajo, a la que él no conocía por que no existía, había estado conmigo aquella tarde después de encontrarnos en esos grandes almacenes que visité. Una fuerte indisposición cuando tomábamos un café y me iba a regresar a nuestra casa, hizo que yo la acompañara al hospital. Estaba en urgencias. Estaba en las urgencias de un hospital y me iba a quedar con ella hasta que los médicos terminaran de examinarla. Me costó obviar el nombre del hospital, pero lo conseguí. Eso, y que yo no disponía de batería en mi teléfono móvil, cerró mi mentira.

A las 4 de la madrugada salí de aquella casa. En el portal me esperaba un taxi. A las 5 de la madruga, sentada en el salón de mi casa, estaba enseñando a mi marido mis compras. Todo había ido bien. Mi amiga ficticia, mi compañera de trabajo, ya estaba en casa junto a sus padres. Todo había quedado en un susto coronario. Mi marido me creyó.

Ya en la cama, rememoré aquellas horas. Recordé cómo tras abandonar la habitación, el olor a sexo se instaló en el salón de Paula e Iván. Visualicé las imágenes que acudían a mi mente sin orden alguno. Me ví apoyada sobre la mesa de aquél bello salón mientras Iván desvirgaba mi ano y la lengua de Paula colmaba una vez más mi infierno interior. Nuestros cuerpos, fundidos, se desprendieron del resto de pudor que aún conservaban. Los lamentos, suspiros, ayes y exclamaciones fueron los únicos sonidos que esa noche se dejaron oír entre aquellas paredes.

La despedida fue en silencio. Nuestras miradas iban y venían de un rostro al otro. Era nuestra conversación. La conversación de unos extraños en la noche. Ya en el taxi, descubrí dos billetes de 500 euros dentro de una de mis bolsas. Paula había sido generosa. Los doblé en dos mitades. Esa era la forma más factible de explicar a mi marido cómo me los había encontrado en aquellos grandes almacenes.

Paso muchas veces por el portal de Paula. Lo hago adrede. Trato de verlos. Me paro en la esquina y mientras fumo un cigarro pienso si estaría bien o no acudir a su casa. Lo cierto es que no me importaría repetir aquella experiencia, pero algo en mi interior me lo impide. Yo, antes de eso, era una chica plena, sin complejos, feliz. Después de lo que pasó con Paula y su marido, no vivo tranquila. El sexo con mi marido, aunque satisfactorio, no puede compararse con el que esa pareja me ofreció en aquella noche mágica. El desasosiego me acompaña permanentemente. Me falta algo y yo se lo que es. Me faltan ellos.

Coronelwinston



Extraños en la noche
Categoría: Trios

Coronel Winston nos cuenta en el Ejercicio como Marina salió de compras, conoció a Paula, ésta le presentó a su marido, y acabó pasando con los dos la mejor noche de su vida.

Noche de suerte (Kalashnikov)

Seis y media de la tarde, última silla del rincón más oscuro del tugurio más sórdido de la ciudad, una cerveza sobre la mesa y los errores cometidos repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.

- ¡Nacho! ¡Otra!- grité sin separar la vista de la foto que tenía en la mano. En ella, una chica rubia, guapa y alegre besaba la mejilla de un hombre parecido a mí. Él no tenía mi barba descuidada de una semana, ni el pelo grasiento y despeinado como yo, ni ojeras bajo los ojos, ni esa palidez insana que me había dado el comer mal durante la última semana. Pero la mayor diferencia estaba en la sonrisa. Él sonreía. Yo no lo hacía desde que esa misma chica rubia, guapa y alegre me había dejado una semana atrás, y me había ido convirtiendo del joven vivaz de la foto, en la sombra triste que era en ese instante. Una nueva entrevista de trabajo había acabado ese día con otro “Le llamaremos” de los que nunca se cumplían y yo seguía hundiéndome más hondo.

La puerta del garito se abrió. Las últimas luces anaranjadas de la tarde se colaron por el hueco enmarcando una enorme silueta que me hizo estremecer.

- ¿mecheros? ¿papel?- dijo el recién entrado, con un marcado acento.

- Joder… otro puto negro que intenta vender esa mierda de baratijas.- Maldije en voz baja mientras el enorme vendedor se acercaba. En su mirada se podía adivinar cierta petición de ayuda, una desesperación sorda y apagada de que alguien le comprara algo para que su familia pudiera comer esa noche. Pero no era mi problema.

Al menos, hasta que se volvió hacia mí y su forma de mirar se transformó. Ya no había rastro de ese patetismo que buscaba inspirar compasión.

- Tú seguro que necesitas algo.- Dijo, mirándome fijamente a la cara. Podría superar fácilmente el metro noventa de estatura, y el blanco de sus ojos contrastaba demasiado con la negrura de su rostro.

- No necesito una mierda. Piérdete.- le espeté, cabreado. Aquel cambio en sus ojos no me iba a hacer cambiar de opinión.

- ¿Seguro? Creo que te equivocas, tú necesitas, al menos, otra oportunidad.- Sin cortarse, el vendedor ambulante se sentó en la silla que estaba enfrente de mí y sonrió enseñando unos dientes demasiado blancos.- ¿Qué es lo que quieres realmente? Yo te lo puedo vender.- Fue entonces cuando me di cuenta que había dejado de hablar con acento, y me sentí como si estuviera formando parte en una película perfectamente doblada al castellano. Como si esa no fuera su voz.

- Lo que yo necesito no se vende.

- Todo se vende.- Respondió él, enseñándome otra vez esa sonrisa de color blanco nuclear.

- Pero yo no puedo comprarlo todo. No soy rico.- respondí.

- ¿Cuánto dinero tienes?

- No creo que te importe.

- No…claro que no. Lo decía por lo siguiente. Imagínate que tienes cincuenta euros ahora mismo. Y que yo te vendo un billete, completamente válido, de cien euros por sólo sesenta.

- Serías estúpido.

- Sí, lo sería. ¿Pero cuánto tardarías en encontrar esos diez euros que te faltan?

- Supongo que muy poco tiempo.

- Exacto. Por eso, te voy a permitir una cosa. No vas a pagarme nada. De momento. Pero esta noche vas a salir a la calle y vas a hacer lo que te salga de los huevos. Todo te va a salir bien, porque lo digo yo. Te voy a dar lo que nunca has tenido, Nico. Suerte. La mejor suerte del mundo. Te voy a regalar una noche de suerte.

Acto seguido, el enorme negro cogió un puro de su bolsillo, lo prendió en su sonrisa y se lo encendió. Dio una gran bocanada y espiró el humo sobre la mesa.

- ¡Eh! ¡Aquí no se puede fumar! ¡La nueva ley!- le gritó Nacho, el dueño del local, al gigante negro, pero éste se volvió hacia él y le enseñó esa misma sonrisa que llevaba hipnotizándome tanto tiempo y las dos manos abiertas. El puro había desaparecido, se había esfumado como el humo que me había echado encima.

- Fabuloso. Ahora vete.- le dije, ya cansado de la charreta del misterioso africano.

- Pruébalo.- dijo, lanzándome una moneda, que atrapé al vuelo.- ¿Qué eliges? – añadió, antes de que pudiera verla bien.

- Cruz.- dije, y, antes de abrir la mano, la pasé a la otra, dándole la vuelta a la moneda.- Vaya.

Allí estaba, el valor de la moneda grabado sobre el mapa de la Unión Europea mirándome a los ojos desde mi mano izquierda y dejando oculta la cara de la moneda.

- Suerte.- Dije, volviendo a lanzar al aire el euro. La atrapé.- Cara.

El hombre de Vitruvio de aquel euro italiano parecía saludarme desde la moneda. El negro sonrió más y se arrellanó sobre la silla. 2 de 2. Una de cada cuatro veces tiene que salir. Sustituí la moneda del africano por una de las que yo mismo tenía en el bolsillo, esta vez euros españoles que yo mismo sabía que no estaban trucados, y repetí el lanzamiento.

- Cara.- El Rey Don Juan Carlos I me parecía sonreír.- Cara.- Otra vez el rey.- Cruz.- 1 Euro.- Cara.- Rey.- Cruz.- 1 euro.- Cara. Cara. Cara. Cruz. Cara. Cruz. Cruz. Cara.

Hacia la tirada veintitrés me di por vencido, tal vez era cierto y acababa de comenzar mi noche de suerte.

Me giré hacia el enorme negro, pero él ya se había marchado silenciosamente y yo salí del bareto buscándole para devolverle la moneda que él me había prestado, pero había desaparecido. Como el humo. Como el puro.

Volví a lanzar la moneda.

- Si sale cara, me voy a casa. Si sale cruz, me voy de fiesta.

Un minuto después, me metía en el interior de un taxi.

- ¿A dónde, artista?

- Al casino.

*****

A las nueve de la noche, el jefe de sala del Casino Cirsa Valencia, con muy buenas maneras y tras una charla en la que simplemente pude argumentar que era mi noche de suerte, me daba una última opción de salir del casino en ese momento con todas mis ganancias y con todos mis miembros intactos. Acepté con una sonrisa. Había empezado la noche con 10 euros y había ganado más de tres mil.

Me extrañó no ver un taxi a la salida, así que comencé a caminar hacia el centro para obsequiarme con una opípara cena en algún buen restaurante.

A unos cien metros descubrí, caminando en dirección hacia mí, a una mujer con un vestido que se amoldaba perfectamente a sus bonitas curvas. Rubia, joven, guapa, cuidadosamente peinada, maquillada y vestida aunque con cierta torpeza con los zapatitos de tacón. Sonreí y me dirigí a ella. Era mi noche de suerte.

- Hola, guapa. Verás, tengo una reserva en el Restaurante Torrijos para dos personas y mi amigo me ha fallado. Te invito a cenar.

La mujer me miró sorprendida, como si yo estuviera loco. Pero acaso... ¿No lo estaba? Ni siquiera conocía su nombre y acababa de invitarla. Ella sacudió la cabeza y se rió. Yo sonreí. Sabía cuál iba a ser su respuesta.

*****

Eran las diez menos cuarto cuando Paula (se llamaba Paula) y yo, tomábamos asiento en el restaurante más caro de la ciudad. El maitre, en un principio, me había dicho que no podíamos cenar allí sin una reserva, pero tras instarle a que buscara alguna cancelación para esa noche, pudimos sentarnos a la mejor mesa del restaurante.

- Por Adolfo Campos y su acompañante, que no han podido venir y nos han permitido esta maravillosa cena.- dije, alzando mi copa de vino.

- Me habías dicho que tenías reserva.- Replicó Paula, con media sonrisa y repitiendo mi gesto.

- Ah, sí... mentí.- Reí y choqué las copas. Ella también se rió.

Paula era maestra de escuela. Acababa de venir de una boda y su plan para esa noche era deshacerse de sus zapatos y leer algún libro hasta que se durmiera. Hasta que me encontró a mí y se dejó llevar por la curiosidad. “¡Qué suerte has tenido!”, le dije.

La besé por primera vez antes del segundo plato. Para los postres, su pie jugueteaba con mi pierna por debajo del mantel.

- Voy un momento al servicio...- le dije, añadiendo en voz baja.- si quieres seguirme....

Como dos fugitivos, fuimos evitando las miradas de la gente hasta que conseguimos entrar en el baño. Estaba vacío y Paula y yo nos introdujimos en uno de los cubículos para los retretes. Recuerdo haber pensado con ironía “Mira, los ricos también cagan”.

Paula me desabrochó el botón de los vaqueros mientras me besaba.

- No suelo hacer esto... y menos en la primera cita.- me ronroneó al oído antes de arrodillarse.- Pero has tenido suerte. Acabo de ver cómo mi mejor amiga se casaba con uno de mis ex y tengo ganas de hacer una locura.

Sonreí y dejé que Paula maniobrara sola. Me bajó los pantalones hasta los tobillos y a éstos les siguieron los bóxers. Mi polla, encabritada, saludó de cerca a la maestra, que la prendió en sus labios. Por desagradable que parezca, en ese momento me acordé del negro encendiéndose su puro en el bar. No sabía todavía quién era, si un demonio que quería mi alma, un ángel que quería darme a conocer el cielo en la Tierra, o algún dios africano y olvidado que buscaba algo de fe embaucando a fracasados reincidentes como yo. Sinceramente, no tenía ni idea. Y dejó de importarme en el momento en que la lengua de Paula repasó el tronco de mi polla desde los testículos hasta el frenillo, haciendo emigrar de mi cabeza todos los pensamientos que no concernieran a aquella estupenda mamada.

Los labios de Paula se cerraron sobre mi verga. Su lengua me lamió el glande, y añadió un leve efecto de succión que me arrancó un escalofrío mientras empezaba a mover su cabeza adelante y atrás.

Deposité mis manos sobre el pelo de la maestra de escuela mientras ella seguía con la mamada. No quería marcarle yo el ritmo, prefería abandonarme a su saber hacer. Saqué mi pie derecho del zapato y, mientras ella seguía chupándome la polla con glotonería, apoyé el talón en la puntera del zapato y, con el dedo gordo del pie, busqué la tela de las braguitas bajo el vestido.

El movimiento era torpe. No quería interponerme en el movimiento de la cabeza de Paula y, a ciegas, yo tampoco era un malabarista con la falangina del dedo gordo de mi pie. Aún así, logré sobar suavemente el sexo de Paula por encima de la ropa. Al menos, hasta que el trabajo de su boca empezó a ser demasiado placentero como para dedicarme a otra cosa que no fuera disfrutar.

Sus labios atrapaban mi polla y la masturbaban desde la misma punta hasta que el glande golpeaba con su campanilla, donde cambiaba el sentido de la mamada y se volvía atrás hasta sacarse completamente la verga de la boca. A esto, le sumaba un hábil movimiento de lengua que hacía coincidir con cada vez que mi polla entraba bajo el cielo de su paladar y que extasiaba ése punto tan sensible del frenillo.

- Paula... si sigues así me voy a correr.

Paula volvió a sacarse mi miembro de su interior para decirme:

- ¿Para qué te crees que lo hago?- a todo esto, no dejaba de masturbarme con su mano derecha.- Quiero que te corras en mi boca... que me llenes de leche... que te derrames en mí...

Cargó la voz de tanto vicio que me resultó imposible detenerme cuando volvió a atraparme con sus labios. Mis manos se aferraron con más fuerza a su cabeza y empecé a embestir con mis caderas. Intenté que las penetraciones no fueran muy largas, centrándome sobre todo en que fuera solamente el glande el que entrara y saliera de su boca.

- Joder... joder... ¡Qué bueno!- pude engranar entre jadeo y jadeo justo antes de tensarme por completo. Aquella espina se me clavaba en el interior y me obligaba a expulsarla.- ¡Ahí va!

Paula se aferró a mi polla con mi mano y estoy seguro que su pulgar pudo sentir cada uno de los trallazos de semen que la atravesaron hasta salir directos al paladar de la dulce rubia. Pasadas las últimas descargas, y cuando pude recuperar la funcionalidad de mis pulmones y volver a respirar, pude ver cómo Paula, arrodillada en el suelo, me miraba a los ojos con un hilillo de semen escapando de su sonrisa.

*****

Nos metimos en un taxi después de que yo pagara la cuantiosa cuenta del restaurante. Sin embargo, habiendo ganado más de tres mil en el casino, una décima parte no era importante.

- ¿dónde vamos?- le pregunté a Paula, sin embargo, algo en su cara me intranquilizó.- ¿Paula?

- Toma...- Me escribió en un papel una serie de números.- Mi teléfono. Llámame mañana. Necesito pensar en lo que he hecho. No sé...

Cogí el papel sin negar mi decepción. Aunque pensándolo bien, Paula bien podría haber cumplido su función esa noche.

- Está bien, pero deja que te acompañe a casa. Así puedo pagarte el taxi.- Paula accedió y le dijo al taxista su dirección. Realmente era una mujer con la que me gustaría contar en un futuro y, supongo que ella había sido más inteligente que yo al negarse a dejarme subir. Ahora me tocaba a mí mover pieza y mostrar hasta dónde llegaba mi interés si de verdad quería acostarme con ella.

- Bueno, chaval. ¿Te dejo aquí?- me dijo el taxista en cuanto Paula desapareció en su portal.

- No. Llévame a una zona de fiesta. La más cercana. He de aprovechar la noche.

*****

El taxi se detuvo frente a un pub animado y luminoso, al menos en su exterior. Cuando leí el rótulo de neón no pude reprimir una carcajada.

- Muchas gracias, campeón.- Le dije al taxista, extendiéndole un billete de cien euros.- Quédate las vueltas.

El taxista se quedó mudo tras coger el billete y comprobar su validez, mientras yo salía del taxi con una sonrisa y entraba, sin ningún problema con los de seguridad, en el pub “La BuenaSuerte”.

Eran las doce y media de la noche.

*****

Noelia tenía miles de diferencias con Paula. Morena, de profundos ojos marrones casi negros, diez años menor que la maestra y, como a tantas adolescentes, le faltaban muchas curvas y experiencia para parecer una mujer hecha y derecha. No obstante, había algo en su admiración insolente, en su actitud coqueta y aniñada, en su rebeldía imprudente que me habían hechizado nada más entrar.

Superé las barreras mentales que yo mismo me imponía por entrarle a una chiquilla que no habría cumplido todavía los 20 y entablé una rápida conversación con ella, pudiendo alejarnos de su grupito de cuatro amigas.

La verdad, me sorprendió. Tenía una rapidez mental que en un par de ocasiones estuvieron a punto de hacerme quedar mal, pero lo pude solventar con cierta dosis de picardía y, cómo no, algo de suerte. Posiblemente, Noelia misma se sentía poderosa por haber conseguido que un tío de 28 años se atreviese a ligársela. Según me contó, estaba harta de niñatos que sólo quieren echar un polvo y, encima, mal echado, en cualquier sitio.

- Vaya... así que vas buscando a tu príncipe azul...- le dije, con una sonrisa.

- No, tío... ni de coña. Que esté harto de sapos no significa que busque un príncipe azul. Me gustaría probar todos los colores antes. El príncipe rojo, el verde, el naranja...

No pude evitar una carcajada. Elevé mi vaso de vodka rojo y dije:

- Pues por el príncipe rojo.- pegué un trago y le hice un gesto a Noelia para que se acercase. Ella puso su cara a escasos milímetros de la mía y no pude evitar lanzarme a sus labios, con los míos y mi lengua aún húmedos del dulce vodka.

La jovencita sabía cómo besar. Prendí mis labios de los suyos mientras le sobaba el culo y ella se dejaba acariciar. Cuando nos separamos, su mirada había adquirido un brillo especial y nuestra respiración se había acelerado visiblemente.

- Por lo visto el príncipe rojo sabe besar. Y tiene muy buen sabor.

- Y eso que aún te falta conocer lo mejor del príncipe rojo...- le dije, sonriendo.

Fuimos a la barra, cuando la camarera se acercó puse cinco billetes de cien euros sobre la barra y uno en el escote de la bien dotada empleada y le dije:

- Todo lo que pida yo, me lo pones. Y ella también. No creo que me quede corto. ¿Verdad? En el momento que me veas en la barra, me atiendes a mí primero y luego al resto. ¿Entendido? Y eso sí. No me cueles garrafón de mierda. Primeras marcas- La camarera, después de mirarme como si estuviera loco y cerciorarse de que los billetes eran verdaderos, asintió sin pestañear.

Invité a un par de rondas a todo el grupo de Noelia, que cada vez parecía admirarme más. Cuando me preguntó de qué trabajaba, esquivé la pregunta y la invité a otro cubata.

- Vamos a bailar un rato, quiero ver cómo te mueves.

Me quedé paralizado durante un segundo. Reconozco que soy el bailarín más patoso que he visto nunca. Sólo sé bailar bien un tipo de música y no parecía que en aquel pub fueran muy de ese estilo. Pero era mi noche de suerte.

- ¡De de de de-de-de de-de, de-de-de de-de, de-de-de!- La Samba da Bahía de Carlinhos Brown se abrió paso por los altavoces, y en ese instante le di las gracias a Marcela, un ex-novia mía, brasileña, que había gastado tiempo y energía en enseñarme a mover mi cuerpo a ritmo de samba durante los escasos dos meses que duró nuestra relación.

- Vaya. Parece que quieren que nos movamos de verdad...- rió Noelia.

No daré demasiados detalles, sólo decir que Noelia movía su culito embutido en una minifalda vaquera de una forma excepcional y yo me contentaba con tratar de seguirle el ritmo.

- Bailas de puta madre.- me dijo, en voz muy baja, al oído, cuando la canción estaba agonizando.

- Tú sí que bailas bien.- le contesté, poniendo ambas manos en su culo, y sobándolo descaradamente. A Noelia se le escapó un suspiro y me llevó hasta un rincón del pub, donde un columna nos protegía del intenso tráfico de gente dentro del local.

Empezamos a magrearnos como dos adolescentes. Ella lo era, y yo a su lado me sentía como tal. No le importó que mis manos bucearan una y otra vez bajo su falda hasta aprenderme la curva de sus nalgas, mientras ella convertía mi boca y mi cuello en un campo de besos lúbricos y lascivos. Recordé la frase de aquél misterioso negro: “Todo te va a salir bien, porque lo digo yo.”, y probé hasta dónde tenía él razón. Abandoné el culo de Noelia y, sin dejar de encerrarla con mi cuerpo y la propia esquina que hacía la columna, dirigí mi mano hacia su entrepierna.

- Mmmmmm- su queja quedó apagada en mis labios. Se separó de mí y me miró directamente a los ojos mientras me agarraba la mano para que me detuviera. Pero de pronto, miró a su alrededor, me soltó y volvió a lanzarse a mis labios.

Comencé a sobarle el coñito por encima de las braguitas mientras ella se tensaba y seguía besándome.

- Te gusta, ¿eh?- le dije, toda vez que mis labios habían escapado de los suyos y ella apagaba sus primeros gemidos en mi cuello.

- Para, por dios. Eres un cabronazo. No me hagas esto...- Su voz no era más que un ronroneo grave, pero sus caderas empezaban a moverse dándome a entender lo contrario de lo que me decía.

Sus braguitas se cargaban de humedad mientras mi mano derecha seguía frotándose contra ellas, hasta que la colé por dentro y pude comprobar que su coño no estaba húmedo. Estaba anegado.

Los gemidos apagados de Noelia se sucedían, colé dos dedos en su interior y me mordió suavemente el cuello. Su respiración se había convertido en un vaivén imparable de inhalaciones y exhalaciones muy cortas y sus manos me apretaban más y más a ella, como si quisiera fundirse en mí o en la pared, como si quisiera que la aplastase con todo mi cuerpo.

Su pierna derecha se enroscó sobre las mías y facilitó el trabajo de mi mano, que ahora hacía entrar y salir sin problemas dos dedos mientras seguía frotando su clítoris con la palma.

- Joder... eres un mamonazo. Si sigues así vas a hacer que me corra...- decía ella, entre jadeos. Su cuerpo se contoneaba como el de una serpiente siguiendo el movimiento de esos dedos que tanto placer le estaban causando, y sus gemiditos cada vez más altos me ponían la piel a temperatura de ebullición. Finalmente, no pudo aguantarlo más. Se abrazó a mí con todas sus fuerzas, tapó su boca con mi cuello y empezó a temblar. Sentí su coñito juvenil contraerse sobre mis dedos mientras intentaba acallar un grito de placer que le salía de muy dentro y que quedó convertido en un “mmmmmmmmmpppf” largo y profundo taponado por el nacimiento de mi cuello.

Su pierna derecha se contrajo aún más sobre mí y la izquierda le falló, lo que me obligó a aguantar su peso con mi mano izquierda mientras le durara el intenso clímax al que había llegado en un local abarrotado de gente, sin que demasiadas personas se dieran cuenta.

- Eres... un... hijo de puta... un hijo de puta muy grande...- me dijo ella, nuevamente con los dos pies en el suelo, mirándome a los ojos antes de obsequiarme con un beso lleno de ternura.

Pedí otra ronda para todo el grupo de Noelia, al que se le habían sumado un par de chavales con los que dos de ellas se acaramelaban, y le musité al oído a Noelia:

- ¿Nos vamos a tu casa o a la mía?

- A la mía. Vivo aquí al lado.

Mientras Noelia se acababa la copa, me acerqué a la barra y le pedí a la camarera unas cuantas monedas de euro que no tuvo reparo en darme, y las gasté todas, más algunas que tenía en el bolsillo, en la máquina de condones del baño. Justo después de dejar a Paula me había acordado de que no llevaba preservativos. También pedí una botella de vodka rojo que escondí bajo la chaqueta.

*****

Tras unos pocos chupitos de vodka en la mesa del salón de la casa de Noelia, decidimos irnos a la cama.

Mi morena jovencita no pudo esperarse y se fue quitando la ropa por el pasillo. La camiseta, negra y con amplio escote acabó delante de la puerta del baño. La minifalda no llegó a entrar en la habitación y quedó a escasos centímetros de la puerta.

Yo me quité la camisa nada más entrar en la habitación, pero cuando lo hice, me di cuenta que Noelia había desaparecido. Me asusté. Pensé que era demasiado pronto para que amaneciera, que la noche no podía haber acabado tan pronto. No al menos mi noche de Suerte. Pero entonces la vi aparecer por la puerta del pequeño baño que comunicaba con su habitación, haciéndome gestos para que la siguiera. Sonreí y obedecí.

Los dos, desnudos, entramos en la ducha que dejaba caer agua a buena temperatura y nos envolvía con ella. Los besos de Noelia, que empezaron en mi boca, fueron descendiendo poco a poco y, tras pasar por mi cuello, mis pezones, mi vientre, y a partir de allí, siguiendo la sobra oscura de mi vello, llegaron hacia donde mi polla se elevaba al cielo, clamando por algo que le diera cobijo. Pero Noelia, tras depositar un tierno beso en la punta, decidió olvidarla y dedicarse a mi cadera, mis muslos y de vuelta a mi vientre.

- Oh, vamos...- Me quejé, y ella contestó con una sonrisita pícara. Cerró el agua de la ducha y me rodeó con una gran toalla, deteniéndose a secarme y prestando especial atención a mi polla.- ¿Tú sabes lo poquito que voy a aguantar si sigues así?

- Claro... -respondió ella, y yo tiré al suelo la toalla y empujé a la morenita hacia atrás.

Noelia se apoyó sobre el lavabo y yo la obligué a subir su culito respingón sobre él. Abrí sus piernas y le metí la polla de un solo envión. Su grito de placer se imbuyó del eco del cuarto de baño y resonó un par de veces repetido.

- Por dios... el... el... condón. Ponte el condón antes de seguir. Porque si me metes otro de esos, me va a dejar de importar el condón y cualquier cosa...

- ¿Ah, sí?- Le metí dos pollazos más, sin contemplaciones, iguales que el primero. sacando y metiendo la totalidad de mi verga de su interior, y Noelia gimió de nuevo. De pronto, me detuve, me agaché a por el pantalón y extraje un condón con toda la parsimonia del mundo.

- Cabronazo...- replicó ella, al ver que tardaba más de la cuenta adrede.

- ¿Yo, por qué?- respondí, tomándome mi tiempo para rasgar el envoltorio y colocarme el profiláctico.

- Ven aquí.- Noelia me atrajo con sus piernas y dirigió mi polla a su doblemente húmedo agujerito. Me hundí en ella como un desesperado, haciendo que las penetraciones fueran lo más profundas y potentes que fuera capaz, tal y como si quisiera atravesarla con mi polla. Ella, sin ningún tipo de vergüenza, gritaba y gemía cada vez que la penetraba completamente.

Empecé a jadear pesadamente sin dejar de embestirla, ayudándome con mis manos en sus caderas, mientras las suyas se esmeraban en evitar que su cuerpo golpeara el espejo que tenía detrás. No aguanté más y me derramé sin poder evitarlo. Ella, con la respiración acelerada, me miraba aún a los ojos, con la boca abierta y jadeando igual que yo.

Me quité el condón y lo lancé al retrete. Un segundo después, ya había agarrado en volandas a Noelia y me la llevaba hacia la cama.

Le comí el coño mientras mi polla retomaba fuerzas. Se corrió dos veces más antes de que se la volviera a meter y otras tres mientras la penetraba. Noelia era una de las chiquillas con el coño más sensible que he conocido nunca.

Esa noche gasté cinco condones más aparte del primero. Noelia me acababa de premiar con una noche repleta de sexo en todas las posturas concebibles. Me quedé con ganas de probar su culito, pero cuando se lo dije, al final de la noche, me escribió su teléfono en un brazo y me dijo que siguiera intentándolo. Con una sonrisa en los labios, la besé y me despedí de ella.

*****

Cuando bajé del taxi, eran casi las seis de la mañana. Esa noche me había parecido demasiado eterna como para haber empezado casi doce horas antes. Pero el sol ya comenzaba a destilar sus primeros rayos perezosos por encima de los edificios de la ciudad. La noche acababa y yo, desde la ventanilla, trataba de hallar la confirmación de mi actitud en ese último taxista de la noche.

- Oiga... Si a usted le dieran la posibilidad de, durante una noche, ser el tío con más suerte del mundo... ¿A qué se dedicaría?

- ¿Yo?- Dijo, con una grave voz cascada el taxista.- Yo me hubiera follado todas las tías que pudiera. ¡Sin olvidarme de echar una primitiva!- Añadió con una risa franca

- Sí, la verdad es que sí. Sabía que algo se me olvidaba.- Me reí y le pagué la carrera.

Como a todos los taxistas esa noche, también le di un billete de cien euros.

- ¿Pero esto? ¿No tiene nada más pequeño?

- Quédese con las vueltas.

- ¿Cómo?

- Sí... aunque... tome.- me saqué el único euro que no había gastado en condones, el euro italiano que me había dado aquel extraño africano.- Se merece algo más que el resto. De todas formas, yo ya no lo voy a necesitar. Aunque me gustaría que esta noche no acabara nunca.

Le lancé el euro al taxi y me alejé de la ventana del conductor donde había estado apoyado, dentro de la carretera, pero era mi noche de suerte y nada malo iba a pasarme.

Al menos, eso pensaba.

*****

- ¿Qué le ha pasado, doctor?

- Un atropello. Parece ser que el primer rayo de sol cegó durante unos instantes a un conductor y el señor Durán estaba en medio de la carretera.

- ¿A las seis de la mañana?

- Sí, es extraño.

- ¿Pero por qué me han llamado a mí?

- Era el contacto de emergencia que tenía en el móvil. ¿Lo conoce, verdad?

- Sí, sí, claro... es mi ex-novio, lo dejamos hace dos semanas.

- Pues se le olvidaría cambiar el contacto. De todas formas, ¿Podría avisar a su familia?

- Claro, claro... Oiga, doctor... ¿Cómo se encuentra?

- Está en coma.

- Pero... ¿Despertará?

- Pues, sinceramente, espero que sí. Está perfectamente, no ha tenido traumatismos graves, es pronto para aventurarnos a hacer un diagnóstico de su estado cerebral, pero es extraño... parece como si su mente estuviera reviviendo una y otra vez la noche anterior.

- Entonces no despertará nunca.- interrumpió aquel enorme africano, apoyado en el pasillo junto a la puerta de la habitación.

Con una sonrisa, el gigante negro sacó un puro y se lo encendió con parsimonia.

- ¡Oiga! ¡Aquí no se puede fumar, que es un hospital! ¡Apague ese puro!- le regañó el doctor.

- ¿Qué puro?- respondió el negro, con una sonrisa, blanca como la cal, y mostrando sus manos vacías.



Noche de suerte
Categoría: Fantasías Eróticas

Kalasnikov aporta al Ejercicio el relato de una noche en que a su protagonista todo, mujerío incluido, le salía bien; en resumen, su noche de suerte.

lunes, 16 de mayo de 2011