viernes, 24 de febrero de 2012

El Cid

GatitaKarabo resume así su segundo relato: Antes de rechazarme, escúchame...

Shhhh… Tranquila Teresa… Estás aún confusa por las drogas que inundan tu organismo, pero trata de relajarte o será peor. Sí… Oh, sí… Puedo sentirlo… Ya estoy dentro de ti, violentando tu cuerpo, invadiéndote… Duele. Sé que te duele. Desearía que no hubiera dolor. Daría cualquier cosa porque todo fuera más fácil, por evitarte cualquier sufrimiento, pero no existe otra manera y lo sabes.

Te rebelas contra mí, lo noto. Siento como tu cuerpo me repudia, como si yo fuera algo abominable. Te resistes, me desprecias… pero sigo dentro de ti, moviéndome para ti. Tratas de apartarme. Para ti soy repulsivo. Lo entiendo Teresa, de verdad que lo entiendo, pero por favor, escúchame, escucha a mi corazón. Sé que no lo merezco, pero no me rechaces. Necesito que me escuches… que me entiendas… Oye mi historia al menos.

Podría comenzar narrando las aventuras y hazañas del ilustre, joven y atractivo abogado Rodrigo Villena Salinas, también conocido con el sobrenombre de “El Cid”, pero, aunque sé que soy un arrogante hijo de puta, no soy tan pedante como para hablar de mí mismo en tercera persona. Tampoco voy a relatar el cantar de gesta de un héroe. No peco, sin embargo, en ser presuntuoso, si me describo como un hombre inteligente, con una muy buena posición económica y un físico excepcional. Lo de apodarme “El Cid” vino, en parte, por llamarme Rodrigo, por ser valenciano, y porque dicen por ahí que siempre he sido “muy mío”.

Te ahorraré el rollo de detallarte mi feliz infancia; el paso por cada una de mis felices nanas y cuidadoras, que se desvivían por darme todos mis caprichos, mientras mis acaudalados y felices padres se desvivían a su vez por ser tan aristocráticos, elegantes y felices que adoptaron la máxima de que sólo las infelices clases obreras se ocupan de sus propios hijos.

No es que me queje… Si bien es cierto que de niño me faltaron los besos de mamá, te aseguro que cuando fui más mayorcito los mejores ejemplares del sexo femenino aventajaron con creces la carencia. No exagero si te digo que simplemente chasqueando los dedos podía conseguir tirarme a la tía que quisiera… Así de fácil. Pocas se me han resistido.

Te diré que ha habido muchas mujeres en mi vida, muchas… Tantas que me sería imposible recordar los nombres. No sabría decirte un número aproximado, ya que nunca he llevado la cuenta, pero lo que sí que sé es que cada una de ellas coincidiría en describirme como un cabronazo. “Sí, Rodrigo, El Cid… lo recuerdo. Muy guapo, pero un cabrón sin sentimientos”.

Eso pensaba Ángela de mí, por ponerte un ejemplo… Ángela era la morena de los labios gruesos que chupaba la polla de manera espectacular. Hablaba demasiado, eso sí. Tenía que aguantar al menos quince minutos de cháchara absurda sobre cosas que no me importaban una mierda, antes de poder embutirle la polla en la boca y que ejercitara la lengua en otras labores más placenteras para mí. Se cabreó bastante cuando me llamó para contarme entre hipidos que habían ingresado a su madre en el hospital y que se estaba muriendo. Yo le propuse que no era necesario anular la cita, que antes de pasarse por el hospital, podría pasarse por mi casa a hacerme una mamadita.

Sí, fui bastante crudo. Lamenté después no haber sido algo más sensible con el tema de su madre terminal y tal, porque me jodió perder esa boca de vicio… Al menos Ángela no estaba enamorada de mí y la ruptura no fue nada dramática para ella. Otras muchas sí que se enamoraron y no me siento orgulloso ahora al confesarte que fui bastante cruel echándolas de una patada de mi cama -y de mi vida- cuando ya me había aburrido de ellas, lo cual solía suceder al poco tiempo de conocerlas.

Nunca me he comprometido, al menos, no en serio. Sí que mentí sin remordimientos, simulando sentimientos que estaba muy lejos de sentir, sólo con tal de follarme a alguna melindrosa de esas que no lo hacen sin amor.

Me viene a la memoria una chica pelirroja que se me había antojado y de la que no recuerdo su nombre. Recuerdo que, a pesar de que pasaba de ella tras tirármela un par de veces, la chica seguía empeñada en que yo, en el fondo, la amaba. Se desengañó finalmente cuando me vio metiéndole la polla, que ella consideraba de su propiedad, en el suculento coño de su hermana. Yo mismo propicié que nos pillara y así me las quité de encima a las dos: a la solícita enamorada y a la puta salidorra de su hermanita adolescente. ¿Te escandalizo? ¿Te turba mi lenguaje? Lo siento, pero he de ser así. No serviría de nada suavizar las cosas, Teresa. Si he de hablarte a corazón abierto, ha de ser así, sin eufemismos ni mojigaterías ¿no crees?

Te voy a contar lo que ocurrió hace apenas un par de meses. Estaba hastiado de frecuentar locales de singles donde ligar fácilmente con treintañeras cachondas recién divorciadas, así que decidí acercarme a la fiesta que me comentó la becaria del bufete. No, no pretendía tirármela a ella. No era tan guapa como para que me apeteciera follármela, aunque, como buena becaria, no la chupaba nada mal en horas de oficina.

En la fiesta de la Facultad, me acerqué a dos preciosidades… Tras invitarlas a unas cuantas –bastantes- copas, conseguí que las dos jovencitas universitarias de primer curso, ambas con pinta de animadoras de serie norte-americana, se vinieran conmigo a mi casa. No recuerdo sus nombres. Una, la rubia, llevaba trenzas; esa era la del precioso y llamativo culo que, más que insinuarse, se veía enmarcado por el tanga en esos fantásticos pantalones de talle bajo. La otra, la de las tetas gordas, llevaba el pelo castaño oscuro sujeto en una cola de caballo.

Estaban borrachas y se reían de cualquier gilipollez. Yo sonreía, encantador, mientras creaba ambiente quitándome la ropa y desnudando a las muchachas.

Imagino que tienes que ser tío –y hetero- para entender cómo puede ponerte de cachondo que dos bomboncitos así turnen sus lenguas y sus bocas para lamerte los huevos y para chuparte la polla y que, entre chupetón y lametón, se morreen descaradamente. Era una escena muy morbosa… Me encantaba provocarlas, alabando a una o a otra para que se picaran y compitieran por ver quién ganaba en el arte de chupármela.

Lo cierto es que ninguna de las dos me la mamaba bien. Muchos lametones con la lengua de arriba a abajo, como si fuera un polo, pero apenas se metían el glande entre los labios. Me sentí tentado en sujetarles la cabeza mientras les metía la polla hasta la campanilla, follándoles la boca, primero a una y luego a la otra, pero tuve ciertos reparos porque, después de lo que habían bebido, me asustó que pudieran tener arcadas y acabaran vomitando sobre las sábanas de seda de mi cama… y eso sí que no.

Tanta risita estúpida me estaba poniendo de los nervios, pero consideré que valía la pena aguantarlo, ya que me encantaba sobar desde atrás las firmes tetazas de la morenita de la coleta mientras alentaba a la rubia para que le comiera el coño a su amiga tetona. La rubia me miró vacilante y luego miró a su compañera. Su amiga estaba agitándose derretidita… Mi dedo en su coño iba haciendo virguerías, y los dedos de mi otra mano presionaban con suma destreza sus pezones, haciéndole suspirar pesadamente con los ojos cerrados.

La rubia ya no se lo pensó más y se decidió a comérselo. Me hubiera gustado que lo hicieran como en una película porno, para poder verlo todo con detalle. Que le abriera bien los labios con los dedos, dejando el coño brillante y excitado expuesto a la otra lengua femenina, y así contemplar como esa lengua se movía oscilante lamiendo sin parar los jugos y el clítoris hinchado de su amiga. Me tuve que conformar viendo la cabeza de la rubia sumergida entre las piernas de la otra, mientras ésta se agitaba como loca.

No sé qué tendrán estas escenas lésbicas que a los tíos nos encienden tanto, y yo tenía la polla tan grande y gruesa como la de un caballo; tiesa, dura, babeando y deseando meterse en caliente de una puta vez.

La rubia le comía el coño a la otra a cuatro patas, moviendo ese precioso culo al compás. Mi polla consideró esto una invitación para acoplarse a ese otro coñito jugoso y caliente que se ofrecía disponible para mi uso y disfrute. Mis atenciones con su coño no parecieron molestar a la rubita, que se movía hacia mí con más intensidad. Mientras se la metía y sacaba en consonancia a sus movimientos rítmicos, mi dedito ensalivado jugueteaba con su ano prieto. Eso no le hizo demasiada gracia y me apartó el dedo unas cuantas veces, pero yo insistía, tocando, rozando y metiendo el dedito…

La tentación era demasiado fuerte. Ese culazo macizo… ese agujerito tan apretado, tan prohibido… Mi polla, que antes disfrutaba feliz, ahora se enervaba por condenarla a transitar por la ruta del legítimo placer, cuando lo que deseaba era embutirse en el sendero más estrecho, clandestino y vedado.

Cuando la morenita estaba ocupada corriéndose en la boca de la rubia y yo estaba a punto de correrme, le inserté la polla por el culo a esta última, sin previo aviso. Tuve un orgasmo de la hostia, te lo puedo asegurar, con mi polla bien comprimida en ese culazo que se agitaba tratando de liberarse pero sin lograrlo, como sarraceno infiel atravesado por la lanza del Cid. La mayoría de chicas que dejaron mi cama llorando o insultándome fue por un corazón roto. A esta le rompí el culo. Se recuperará también. Todas lo hacen.

Si mi vida personal ha sido bastante perturbadora, mi vida profesional no es que lo haya sido menos. Mi selecta clientela estaba compuesta por los ejemplares más corruptos: homicidas, estafadores, mafiosos, maleantes, traficantes de todo tipo… Todo aquel que poseyera ingentes cantidades de capital que deseara ser blanqueado, podía contar conmigo para tal efecto.

El caso es que podría haber ejercido de manera honesta y provechosa mi profesión, ya que mi familia siempre tuvo mucho dinero y dignidad y un buen nombre y bla, bla, bla… Pero tal vez fue por eso por lo que me pasé al lado oscuro de la ley. Por joder a mi madre. Por escandalizar a mi padre. De dónde provenía el dinero sucio que iba engrosando mi cuenta corriente, no me importaba lo más mínimo. Me jactaba de ser el típico abogado sin escrúpulos o, al menos, lo fui hasta la noche en la que ocurrió todo, y que hizo posible que tú y yo, Teresa, entráramos en contacto, espero que para siempre.

Sí, te lo voy a contar. De entre todos mis clientes, uno de los más peligrosos y adinerados era un tal Santo Romero, paradójico nombre de pila para un traficante hijo de puta que comerciaba con todo tipo de mercancías ilegales. Santo estaba como una cabra. Aún así, era un tipo divertido, muy extravagante y no me caía del todo mal. Vestía como un pandillero de película, ya sabes, conjuntos deportivos y gorra, combinados con oro y joyas de todas clases. A mí me tenía como amigo, o eso decía él. Imagino que me apreciaba, por eso siempre me invitaba a sus fiestas. Y yo asistía, porque he de reconocer que sus fiestas eran de lo mejor. Famosos, actrices, deportistas, modelos, sexo, alcohol, drogas… Había de todo lo que se podía ofrecer, y sin reparar en gastos.

-¿No te gusta ninguna, Cid? –me increpó Santo esa noche, cuando me acerqué a la barra a por una copa-. Normalmente a estas alturas, tío, ya estás mojando… jajaja.

-Pssss… -le contesté, de bajón-. Estoy algo aburrido de ver siempre las mismas caras con distintos vestidos. Siempre lo mismo, siempre…

-Ya, te entiendo, man -me guiñó el ojo-. A mí me pasa lo mismo. Ven conmigo. Sé lo que necesitas. Necesitas algo nuevo.

Seguí a Santo hasta sus dependencias personales, dentro de la casa. Nunca había estado allí. Subí las escaleras tras él. Lo primero que me llamó la atención fue que, en el rellano, sobre la mesilla, como meros objetos de decoración, había un par de armas, algunos condones, varios canutos y restos de polvo blanco.

En su habitación tenía una muestra de su mercancía. Me invitó a probarla. Le dije a Santo que iba primero a por un condón. En la mesilla no cogí el preservativo, sino que agarré una de las pistolas semiautomáticas. Tenía que ser una Golden Desert Eagle, una barbaridad hortera -y muy cara- de color dorado de calibre .50 AE que suele aparecer en las pelis de tiros de Hollywood.

Eché el martillo hacia atrás y la pieza quedó en el fiador. El arma era más pesada que la semiautomática normalita que uso en ocasiones en el campo de tiro. La agarré con ambas manos. No me temblaba el pulso. Romero salió de la habitación. Apunté, apreté el disparador que liberó el martillo y éste golpeó la aguja percusora, que a su vez golpeó el culotte del cartucho y se inició el tren de fuego que impulsó a la bala de punta hueca de calibre 12.7mm a salir precipitada por delante del cañón y a reventar literalmente el torso de Santo Romero. Todo se volvió rojo instantes después del impacto. Me impresionó más el tremendo estruendo y el brutal retroceso de la pistola que la expresión de Santo al recibir el tiro o contemplar su cuerpo inerte y sangrante en el suelo. Volví a mirar el cadáver. Acababa de matar a un hombre.

No fue un gesto impulsivo. Los abogados no actuamos de esa manera. Digamos que fue una respuesta rápida, pero muy bien meditada, ante un estímulo determinante. Si estuviera ante un tribunal alegaría que sufrí una enajenación mental transitoria, pero sería falso. No hubo circunstancias atenuantes. Fue un crimen cometido con premeditación y alevosía. ¿Denunciarle? ¿A Santo Romero? Ni se me pasó por la cabeza… Soy abogado, por dios, Teresa… Sé cómo funciona la justicia. Ni siquiera puedo alardear de haber matado a ese hijo de puta como si yo fuera caballero justiciero con la intención de salvar a una princesita asustada en la guarida del dragón. Eso tal vez me justificaría. No. No lo hice ni por ella ni por nadie. Lo hice por mí. Lo hice porque al entrar en esa habitación se me revolvió el estómago. Porque ya estaba harto de todo. Porque estaba hastiado de todos los que me rodeaban, sobre todo de mí mismo. Lo hice porque sabía lo que iba a pasar.

Instantes después, uno de los gorilas de Romero me disparó en la cabeza.

¿Sabías Teresa que, aproximadamente, sólo un 20 % de personas sobreviven a un traumatismo encéfalo-craneano causado por arma de fuego, en el caso de llegar vivas al hospital? ¿Sabías que si la velocidad de la bala es menor, ésta se queda rebotando dentro del cráneo causando múltiples lesiones cerebrales? Eso fue lo que me pasó a mí. Ingresé en el hospital con un 4 en la escala de Glasgow, orificio de entrada de proyectil en la zona occipital de la cabeza con pérdida de tejido encefálico. O sea, que yo estaba entre ese otro 80 %, los que no sobreviven.

Llevaba en mi cartera la tarjeta de donante de órganos. Me la hice cuando cumplí 20 años. No fue un gesto altruista. Lo hice por joder a mis padres, como siempre, que supongo que solo donarían a la familia real, con tal de tener sangre azul en sus órganos.

La tarjeta no tiene validez legal por sí misma. Los familiares tienen la última palabra. Sin embargo, a pesar de estar en contra en su momento, mis padres respetaron mi voluntad y accedieron a la petición de extracción de órganos cuando declararon mi muerte cerebral.

Por eso estoy contigo, Teresa. No me rechaces. Estás despertando tras la operación. Mi corazón es tuyo, ya late dentro de ti. No lo rechaces, por favor… Sé que tu organismo me considera una abominación y hará lo posible por oponerse. Los medicamentos inmuno-depresores ayudarán, pero creo que eres tú quien debes dar el paso de consentirlo. Acepta mi corazón. Hazlo por ti, porque eres muy joven y mereces vivir. Ya has oído mi historia. Creo que nunca hice nada bueno por nadie en vida. Deja que, como el verdadero Cid, sea capaz de ganar esta batalla, la única que vale la pena, aunque sea después de muerto.

-*-*-*-*-

Diez años después…

-¡Ay que ver cómo crecen estos críos! –suspira la mujer del banco del parque, que está sentada junto a su vecina Teresa.

-Sí, mucho… Ya ves… Mi peque ya tiene tres años. ¡Eh, Rodrigo! ¡Ten cuidado! Ais, es un terremoto… Míralo, no para… jajajaja.

-¿Y eso de llamarle Rodrigo? Porque tu marido se llama Antonio. ¿Fue por tu padre o algún familiar?

-No, que va… -contesta Teresa-. Ahora, que todos los críos se llaman Adrián, o Cristian, o Sergio… a mí me dio por ponerle Rodrigo. No sé por qué, se me antojó y me empeñé, a pesar de que Antonio quería llamarle Miguel, como su padre. Creo que Rodrigo es un buen nombre para un buen hombre. Ven aquí, trasto, que eres un trasto… Si no fuera porque eres tan cariñoso… venga, Rodrigo, corazoncito, dale un beso a mamá…

FIN

Para Trazada, estimado compañero, apreciado escritor. Aunque ya te estés codeando con Lorca, Machado y toda esa peña, y organizando un ejercicio allá arriba, que sepas que aquí abajo te echamos de menos.

lunes, 20 de febrero de 2012

La puta de mi novia y su despedida

Juliaki expone un relato basado en una conversación telefónica de una novia contando su despedida de soltera.


Cuando mi novia me llamó por teléfono para contarme su despedida de soltera, pensé que iba a decirme lo bien que se lo pasó, pero no otra cosa bien peor.

- Hola preciosa, ¿que tal todo?

- Bien.

- Te noto muy callada. ¿Qué pasa cariño?

- Nada...

- Vamos nena, dime... ¿que ha pasado? ¿no salió bien la fiesta?

- Sí.

- Laura, dime, por favor. ¿Ha pasado algo en la despedida?

- Pues si.

- Cuéntame.

- Pues ya sabes, vinieron todas las chicas, Carol, Mónica y Belén...

- Si, ya vi esta mañana que había un montón de vasos en la cocina. Bebísteis a base de bien.

- La verdad es que no controlé mucho la bebida.

- Ya sabes como te pones, preciosa, que el alcohol te sienta mal.

- Si.

- Bueno, ¿qué más?

- Pues eso, estuvimos cenando todas juntas en el salón, sacaron las típicas bromas de despedida y luego estuvimos tomando unas copas, riendo, contando chistes, hablando de tíos, ya sabes...

- Me imagino.

- Entonces me dijo Belén que me tenían preparada una sorpresa muy especial. Un regalo extra.

- ¿Qué era?

- Eso les decía yo,que me dijeran lo que era, pero nada. Se reían entre ellas, se intercambiaban guiños cómplices...

- Y tú sin enterarte.

- Nada de nada. Después me pusieron una venda en los ojos y entre risas empezaron a quitarme la blusa.

- Jajaja, vaya con tus amigas.

- Sí, al principio reíamos, porque yo no veía nada y ellas se estaban divirtiendo mogollón.

- ¿Tú no?

- Sí, claro, pero no sabía de que iba aquello, cuando una de ellas me quitó la falda, me quedé en ropa interior.

- Vaya, vaya... jeje.

- Me pasaron una pluma o un pincel fino, por todo el cuerpo y me hacía muchas cosquillas. Yo reía, pero cada vez que intentaba quitarme la venda de los ojos, ellas me lo impedían.

- Claro, así son las sorpresas. Sigue, me tienes intrigado.

- Pues a continuación no contentas con eso, me quitaron el sujetador y el tanga, dejándome desnuda por completo.

- ¡ Ostras ! Esto se pone interesante.

- No creo que te resulte tanto, cariño.

- Vamos mujer, que somos mayorcitos, son bromas de amigas, no me voy a escandalizar.

- Espera y verás.

- Bueno, anda, sigue.

- Siguieron con sus caricias, vaciles y risas, hasta que me dijeron que me pusiera de rodillas sobre la alfombra. Después me hicieron tocar algo que no adivinaba que podía ser.

- Pero ¿cómo era?

- Pues era como un bulto, algo que estaba metido en una tela, pero yo no caía. Era duro y suave, algo rígido, dentro de una tela.

- Y tenías que adivinarlo.

- Pues si, después de tocarlo ya imaginé que estaban intentando hacerme parecer que estaba tocando una polla bajo un calzoncillo o algo parecido.

- Y era una salchicha o algo que habían metido ellas en una tela, ¿no?, jejeje.

- Eso creía yo al principio, pero estaba equivocada, cuando retiraron la tela y toqué aquella cosa en vivo y en directo.

- Bueno, ¿y qué era entonces?

- [Silencio...]

- ¿Qué pasa nena? Dime, ¿que era eso que tocabas?

- Una polla.

- Jajajaja... ¡una polla! ¿de esas de pega?

- No, era una polla de verdad.

- [Silencio...]

- ¿Me has oído Pedro?

- Si, pero ¿cómo que era de verdad, joder?

- Pues de verdad y... enorme.

- Joder, joder, joder.

- La solté en cuanto noté su tersura, esa dureza, las venas que recorrían toda su longitud.

- Ya imagino. Vaya flash.

- Pero mis amigas insistían, que la tocara, que no pasaba nada,que no mordía y que palpase su tamaño.

- Y no lo hiciste, claro.

- [Silencio...]

- No lo hiciste, Laura...

- Bueno, ellas reían, todo parecía divertido, pensé que habían contratado al boy para divertirnos, entonces, me llevaron mi mano otra vez a tocar esa cosa.

- ¿Y?

- La toqué, cariño, al principio bastante cortada, retiré la mano en un par de ocasiones, porque veía que no podía ser, que no quería hacerlo.

- Joder, claro.

- Pero algo me empujaba a volver a tocarla, ellas y algo dentro de mi, me decía que tenía que acariciarla.

- ¡Hostias!

- El caso es que yo quería retirar la mano de aquella enorme verga, pero es que parecía crecer en mi mano, bueno, mejor dicho en mis dos manos, porque era gigantesca.

- Estoy flipando, Laura. Si es una broma no tiene gracia, ¿eh?

- Que no. Yo también estaba flipada, cariño, pero cuanto más la tocaba, y veía esa dureza, notaba que era una cosa preciosa, que nunca había podido tocar.

- Nena, coño, ya tocas mi polla bastante, ¿no crees?

- Si, amor, pero es que...

- ¿Es que qué?

- Pues que esa polla era deliciosa.

- ¿co..cómo que deliciosa?

- Sí... es que, ellas me dijeron que la chupara.

- ¡No!

- Eso dije yo, que no, pero es que ellas me empujaban la cabeza, mientras mi mano se aferraba a ese rabo notando esa dureza, hasta que su capullo tocó mis labios.

- ¡Dios!, ¡Nooo!

- Joder, Pedro, es que no te imaginas, cuando ese glande tocó mi lengua y abrí mis labios, nunca había sentido nada parecido.

- ¿Pero qué dices Laura? Supongo que ya no te acordabas de cuando me la comes a mi.

- Es que era distinto cariño. Ese glande era gordo, esa polla era larguísima, esos huevos tan duros...

- Eres un pedazo de puta, ¿sabes?

- Lo siento cariño, pero algo por dentro me impedía seguir, sabía que estaba mal.

- Pero no te detuviste, hija de puta.

- No, mi amor, no podía dejar de mamársela, era la cosa más rica del mundo, estaba algo bebida, alentada por las zorras de mis amigas, cachonda por la situación.

- Joder, pero podías haber pensado en mí.

- No dejaba de pensar en ti y en que en menos de una semana nos casábamos.

- ¿Entonces?

- Pero aquella cosa era una auténtica pasada, mi lengua la envolvía, mis labios la apretaban como si fueran a robármela, mis amigas aplaudían.

- ¡Qué zorra puedes llegar a ser!

- De mis ojos salían lágrimas, sabía que era una locura. En un momento me levanté y les dije que no, que no podía ser, que te quería..

- Joder, menos mal que al final te entró la cordura, eres la hostia.

- Eso creía yo, cuando ellas decían que no desaprovechara la magnífica oportunidad, que era la cosa más grande que podía soñar, que después me casaría y esto solo sería un juego.

- Y te negaste, ¿no?

- [Silencio...]

- ¿Te negaste, nena?

- No pude amor, era todo demasiado para mí, cuando ellas me empujaron y mi cuerpo quedó pegado al de ese hombretón, no pude centrarme,no podía escapar de sus brazos, de sus caricias por todo mi cuerpo.

- Joder, podías haberte ido sin más.

- Eso es fácil de decir, cariño, pero ese cuerpo tan musculoso que tocaba con mis manos, con mis pechos, esa polla enorme a la altura de mi ombligo. No lo veía con mi venda en los ojos, pero notaba que estaba buenísimo, un tío impresionante, cachas, con una polla enorme...

- Creo que me voy a desmayar.

- Cariño, eso me pasaba a mí, estaba completamente ida, cuando ese chico, me cogió por el culo, y me llevó en volandas con suma facilidad, debía medir casi dos metros y yo era una muñequita a su merced.

- Una putita, eso es lo que eres. Una putita de las que no hay. ¡Joder!

- Lo siento cariño, no pude ceder, cuando me tumbó en nuestra cama y...

- ¿En nuestra camaaaa?

- Si, amor, yo no sabía ni donde estaba, solo notaba su lengua comiéndome el coño con un arte fuera de lo normal.

- Hija de puta. ¡Te comió el coño!

- Cuanto más intentaba empujar su cabeza para que se alejara de mí, para que parase, su maravillosa lengua atacaba mi raja sin cesar, con una forma de comerme el coño, como nunca antes nadie lo había hecho.

- ¡Que cerda, Dios!

- Si, lo sé, pero es que era increíble.

- ¡En nuestra cama!

- Lo peor es que no quedó ahí, cuando noté que ese cuerpazo se incorporaba y se ponía sobre mí, me arrastró hasta el cabecero de la cama y me insertó su pollón hasta el fondo.

- Joder. ¡Nooo!

- Yo creía morirme de gusto, nunca me había sentido tan llena, con esa preciosa polla de la que todavía guardaba gusto en mi lengua, estaba entonces follándome lentamente al principio y bestialmente después. Estaba en la gloria.

- ¿Pero como no pudiste parar, so zorra?

- Por todo mi amor, porque era un desconocido, porque me parecía un juego, porque estaba bebida, porque follaba como los ángeles, porque su polla era divina...

- Dios, esto es muy fuerte nena, debe ser una broma.

- Ojalá lo fuera, pero era tan real, que no quería que acabase nunca de follarme. No podía verle la cara pero imaginaba que era guapísimo, aunque eso era lo que menos me importaba en ese momento.

- Solo pensabas en follar con ese cabrón, guarra.

- Pues sí, pero es que lo hacía genial, que en pocos minutos me corrí como una perra.

- Como lo que eres.

- Y él a continuación, sacó su enorme verga, se acercó a mi cara, apuntó a mi boca...

- ¡No!

- Sí, mi amor, me embadurnó con múltiples chorros por toda la cara, la nariz, la boca.

- Joder, nunca me dejaste hacer eso, puta.

- Pero en ese momento, estaba anonadada con todo, y los chorros de semen chocaban contra mis dientes, contra mi lengua y me lo tragué, aunque no lo creas.

- [Silencio...]

- Cariño, es que no te puedes imaginar, como se recuperó y volvió a cogerme en volandas, me llevó hasta el borde la cama y me hizo sentarme a horcajadas sobre él.

- No te conformaste con un polvo.

- No podía, necesitaba insertarme esa polla de nuevo, quería cabalgar sobre ella una y otra vez. - Y así lo hice, hasta correrme varias veces, no se cuantas, solo se que disfruté como nunca. Cuanto más lo pensaba, más puta me sentía, más me gustaba... gocé como nunca, mi amor.

- [Silencio...]

- Cariño, ya sé que no podrás perdonarme, sé que te sientes mal, se que soy una zorra... cariño … ¿cariño? ¿estás ahí?

- [bip, bip, bip, bip....]

Juliaki

2011

jueves, 16 de febrero de 2012

Por toda la casa

Ana del Alba comenta en su relato que parece mentira lo que, gracias a un error, da una casa para las relaciones...

Lunes. De repente suena el teléfono móvil, timbre de mensaje nuevo. “Mensaje recibido del 555629565. Quiero que me cojas en brazos, me lleves al dormitorio, me desnudes y me folles a fondo, tq. L”.

El hombre no conoce ese número. No es el de su esposa, con la que lleva casado 5 años. Podría ser, porque ella quiere cambiar su terminal ¿pero y el número? Tampoco es su estilo, sus mensajes no son de ese estilo. Pero esa L puede ser la inicial del nombre de su mujer, Laura. Claro que esa petición explícita tampoco va con ella, a decir verdad, después de esos años de matrimonio, el sexo se ha vuelto rutinario, una vez a la semana y mucho es. Y siempre igual.

Y entonces ¿qué? El mensaje puede ser de alguien que se ha equivocado de número. Pero también podría ser de ella. Alternativas hay varias, pero la más atrayente es hacer caso al mensaje y realizar lo que dice. Además hoy él vuelve a casa antes que ella.

Laura introduce las llaves en la cerradura, abre la puerta, entra, deja las llaves en la bandeja, el bolso y la chaqueta en el perchero, y una sorpresa. Su marido desnudo la coge en brazos, la besa, y de esa forma se la lleva al dormitorio, la desnuda y, sobre la cama, la posee con una pasión desconocida para ambos. Nada del misionero, la ha penetrado desde atrás, tumbados lado a lado, le ha practicado sexo oral, y hasta le ha introducido un dedo en el año de ella. Laura está encantada porque se ha corrido cuatro veces, algo que no sucedía desde que eran novios.

Al día siguiente, martes, Mario, envía, tanto a Laura, su mujer, como a la desconocida L del mensaje primero un mensaje ¿porqué a la desconocida L?, quizá como agradecimiento, quizá como juego.

El nuevo teléfono Kiano de la mujer vibra con la llegada del mensaje. Mensaje recibido del 555670327 “Me gustaría que me esperaras en ropa interior, para follarte en la cocina, tq, M”. Vaya, piensa la mujer. El número del que procede este mensaje es idéntico al de Manuel, su marido, pero el último número es un siete, en vez de un seis. Y qué curioso que hoy vuelva ella antes que él a casa, porque parece que el mensaje viene al pelo. Ayer folló de miedo, su Manolo hizo caso del mensaje que le envió y, al llegar a casa, se encerraron en el dormitorio como dos animales en celo. Se corrió cuatro veces. Todavía se calienta cuando las recuerda.

Después de pensarlo un rato, decide que el mensaje no procede de su marido, pero hay algo en él que le excita. No recuerda haber follado en la cocina, así que ese mensaje le propone un juego excitante. Así que decide hacerle caso.

Por la tarde, ha llegado a las cinco, como su Manolo llegará a las seis, se ha dado un baño largo y sensual. Luego se pone un conjunto de bragas y sujetador negro con todo tipo de encajes, que sabe le excitan. Y como para redondear la situación, se ha calzado unos tacones de 10 cm. Ahora le espera en la cocina, sentada en la mesa de madera en la que desayunan. Está muy caliente, esperando a su hombre.

A la hora habitual, Manuel llega al hogar, deja su cartera, llaves y chaqueta en la entrada y, por el rabillo del ojo percibe, más que ve, una imagen lujuriosa: Lara está sentada en la mesa de la cocina, en ropa interior, con las piernas abiertas, como esperándole.

La tarde transcurre casi más cálida que la del día anterior. Con ella encima de la mesa le ha comido el coño, la ha follado por delante, incluso se la metió por el ano, luego ella se ha puesto con los pies en el suelo, e inclinada sobre la mesa, y la ha follado desde atrás, y luego por el culo. Él se ha llegado a correr un par de veces, ella, como unas tres o cuatro, en la hora que han pasado en la cocina. Vaya el juego que da una simple mesa en una estancia que, a primera vista, no parece buena para el sexo. Seguro que repiten en el futuro. ¿Y eso de esperarle en ropa interior y tacones?

Miércoles. “Espérame en el salón con la polla tiesa, tq, L”. Es el mensaje que Mario, de nuevo ha recibido de la desconocida L, porque el número remitente es el mismo que el del lunes.

La llegada del mensaje hace que recuerde con excitación la tarde anterior. Lorena se prestó al juego y le esperaba en la cocina, sentada en la mesa, con su biquini blanco y unas bailarinas del mismo color. Follaron como leones. Hacía tiempo que no follaban en la cocina, de hecho mucho tiempo, tanto que casi no se acuerda. Pero hay cosas que no se olvidan. Nada como que Lorena se tumbe en la mesa, él le meta la polla y, sujetando y abriéndola de piernas hacia arriba, follársela hasta que se corren los dos. Esa posición le ha gustado siempre mucho y la mesa de la cocina le deja la altura justa para sus sexos. Luego se la ha metido desde atrás, que es otra posición que le gusta mucho. El biquini también hace lo suyo para excitarle.

A la vista del resultado de los dos días anteriores, Mario decide hacer caso al mensaje de la desconocida que, para más extrañeza, coincide con que los miércoles él llega antes que Lorena. Por supuesto desconoce si la desconocida L, porque a esta altura, Mario ha decidido que L es una mujer, ha hecho algo con el mensaje que le envió.

Así que, cuando llega a casa, Mario se ducha, ambienta el salón con música suave en el equipo, dispone unas velas para dar un ambiente más sensual y se sienta, desnudo, en el sofá, con la polla dispuesta para Lorena.

Jueves. “Quiero que me esperes desnuda tomando un baño, tq, M”. Vaya, un nuevo mensaje del desconocido M, porque Lara ha decidido que el tal M es un hombre. Claro que el Martes, tras el primer mensaje, decidió que no respondería ni se pondría en contacto con ese número. Pero, por desconocidas razones, ese M y ella están intercambiando mensajes. Porque está segura que los mensajes calientes que le manda a su Manolo, los recibe también ese M.

Y revive el día anterior, cuando su marido la esperaba en el salón, con unos boleros como a ella le gustan, sonando bajo en el equipo, las luces atenuadas, un olor a perfume varonil y la polla tiesa de él que sobresalía de su cuerpo tumbado. La tarde la pasaron boca en sexo, primero ella, que le dio una mamada de campeonato, luego él la comió el coño hasta el culmen, luego un 69, y luego ... Todavía se excita.

La propuesta del baño no es muy original, claro que Manolo y ella hace un tiempo que no follan en la bañera, antes si, pero hace meses que el baño no es escenario de sus placeres. Y otra vez acierta el tal M, ella regresa hoy antes que su marido. ¿La observará M sin que ella se de cuenta?

Viernes. “Te esperaré desnuda en la alfombra del despacho. tq. L” Un nuevo mensaje de esa tal L. Esta vez es difícil, porque seguro que Lorena no le espera de esa manera, ya que ella no recibe los mensajes.

Mario recuerda el día anterior, cómo ha llegado a casa, se ha desnudado y ha encontrado a Lorena en el baño, desnuda y cubierta sólo de espuma, y agua. Cómo se ha metido en la bañera con ella, se han besado y han follado dentro del agua, uno enfrente del otro, sentados con las piernas de ella a cada lado, el coño abierto presto a ser penetrado por su polla. Luego follaron de pie, Lorena tenía un pie apoyado en el borde de la bañera, otro en el fondo.

Por eso, como quiere continuar hoy también con sexo, le envía a su mujer el mensaje cambiado, pidiéndole que le espere en la alfombra de la habitación que usan de despacho.

A las siete de la tarde, en Madrid, Lara está desnuda, con las piernas abiertas, boca arriba, sobre la alfombra de la habitación que usan Manuel y ella como librería y despacho. Y está siendo penetrada por él que está encima de ella.

Exactamente en el mismo momento, en Málaga, Lorena está en la misma posición, siendo penetrada por Mario, que da gracias en su más profundo interior a ese ángel que empieza por L y que le está dando su mejor semana desde hace mucho tiempo.

A las siete y cinco, Manuel y Mario se corren, pero siguen bombeando, dos minutos más tarde, Lara y Lorena suspiran al correrse.

Lunes. A la misma hora, el éter es cruzado por dos mensajes: “Muchas gracias, desconocida L., te debo una semana de sexo sin parar con mi mujer. Mario” “Gracias a ti, M., hemos follado toda la semana. Lara

El anuncio del diario del mismo lunes dice: “La compañía Kiano ha detectado un fallo de programación en sus nuevos terminales Xray por el que un SMS es enviado dos veces, una al número que el usuario quiere, y otra al mismo número sumando la cifra 1. Por ello lamenta las molestias causadas a sus clientes y pone a disposición de los mismos, terminales con el error corregido que pueden cambiar por el terminal defectuoso en los puntos de venta donde los adquirieron. La compañía asimismo les abonará el importe que las compañías de telefonía móvil les han cobrado debido al defecto detectado. Nuevamente Kiano lamenta las molestias causadas a sus clientes”

Ana del Alba

martes, 14 de febrero de 2012

El suicidio del samurai

Gatacolorada demuestra en su historia que las vueltas que da la vida son complejas y como muestra... un botón

Buenos Aires.

Las dos mujeres, Verónica Bamel y Elena Rojo, pasean empujando los cochecitos de sus hijos, el ondular de sus caderas hace que los hombres se vuelvan para mirarlas con deseo. Ellas lo saben y juegan con la concupiscencia de los machos en celo. La más baja se vuelve para decir al niño que las sigue que acelere el paso y acabe con el plátano que está comiendo. El crío aprovecha que están entretenidas en su parloteo para tirar parte de la fruta. Corre hacia su madre para evitar que vea lo que ha hecho.

Aristóbulo Ramírez se ha quedado abobado con las dos hembras cimbreantes y pisa la cáscara del plátano, cae al suelo y siente un dolor enorme en la pierna, pero no llega a desmayarse. Es médico y sabe que acaba de romperse algún hueso del tobillo. Se arrastra hasta la terraza de la confitería, los mozos corren y le ayudan a sentarse, usa su propio celular para llamar a la ambulancia.

Su ayudante la Lda. Beatriz Bermúdez , una belleza de 32 años, rubia teñida, está sentada en el sofá de la habitación del sanatorio, la pollera corta deja ver sus piernas enfundadas en medias negras de red y parte de sus muslos bronceados. Los senos, semicubiertos por un corpiño color carne, se muestran generosos por los cuatro botones desabrochados de su camisa blanca. Sus ojos pardos miran con pena a su jefe que yace en la cama con la pierna en alto.

“Aris, voy a anular tu viaje a Granada. No podrás presentar la ponencia. Lo harás en el siguiente Congreso.”

“No puede ser, se celebrará dentro de dos años y habrá perdido novedad. Así que eso te va a tocar a vos: Ir y dar la charla. Conoces el proyecto como yo, y en la parte de ensayos más. Así que tómatelo como un premio y vete a Granada. Seguro que lo haces bien.”

Como unas mamás, un niño y una cáscara de plátano pueden cambiar el ponente de un Congreso.

Granada- Madrid.

Beatriz vuela de vuelta a Buenos Aires. Va sola en el asiento para dos personas pegado a la ventana. Cubierta con la manta, en la oscuridad del avión, con el pantalón semiabierto, su mano busca el camino de la concha. Alcanza su objetivo, los dedos acarician el clítoris mientras se da cuenta que es feliz.

La conferencia fue un éxito. Durante los tres días del Congreso, ejerció de investigadora eficaz, prudente, disimulando su belleza explosiva. Lentes, moño, saco y pantalón, en fin que nadie pudo sospechar que a parte de ser inteligente y trabajadora, su papel de ayudante del Dr. Aristóbulo Ramírez se debía a que eran amantes. Quedó tan bien que el Dr. Gabriel López de Mena, un encantador viejecito, le ha ofrecido una beca para trabajar un año en su departamento de la facultad de Valencia.

Y luego el placer maravilloso de Antonio.

Le había conocido en las Cuevas de Sacromonte tras acabar el Congreso. Era el día que la Organización había dedicado al turismo. Sólo se habían quedado los extranjeros, los españoles ya conocían el recorrido, algunos les acompañaron en la visita guiada a la Alambra, pero huyeron de la excursión por las cuevas gitanas de la ciudad. Habían llegado hacia las 9 de la noche, para una cena y el espectáculo. No supo si fue el vino, ella bebía poco, o el cimbreo de los bailarines que jugaban danzas de deseo y rechazo, pero se fue soltando, dejó de ser la profesora controlada y pasó a ser ella.

Se deshizo el moño, el pelo suelto y los botones de la blusa que desabrochó por el calor, le dieron un cambio de imagen convirtiéndola en hembra.

Los bailarines eran expertos y al final del show la sacaron a bailar, como a alguna otra persona del grupo que se notaba estaba afectada. No conocía aquellas danzas, en su inconsciente eran un juego de seducción y sexo, y se aplicó a ello con esmero.

Se dio cuenta que alguien la devoraba con los ojos. En uno de los giros lo localizó, estaba tomando una cerveza y hablaba con una mujer mayor, que había cantado en el zambra, pero no dejaba de desnudarla con la mirada. El deseo la consumía, él se dio cuenta. Cuando iban a salir se acercó y la propuso llevarla en su moto a conocer algún sitio más de la noche granadina. Ella aceptó y poniéndose el casco que le ofreció, se dejó llevar por el desconocido.

Beatriz mira por la ventanilla del avión, abajo acaba la tierra y empieza el océano. Sus dedos siguen acariciando su feminidad, mientras recuerda la loca pasión que ha vivido.

La primera noche en la que cogió como una fiera en celo. El volver al hotel y preparar la maleta desmadejada de tanto sexo. El telefonazo del macho que propone llevarla a Madrid, y acompañarla hasta que vuelva a Buenos Aires. Su sí encantada de proseguir la aventura, el viaje en auto , parando en Córdoba, la Mezquita y el jamón, porque ha comido en esos días más jamón que en toda su vida anterior, se sonríe recordando aquello que le insistía Antonio Negrote, así se llama su semental, que el ibérico da colesterol del bueno. Madrid, los paseos, el cochinillo, la Plaza Mayor, el Museo del Prado y siempre mucho sexo. Le duele la vagina de la cantidad de polvos que ha echado, porque Antonio, que no es muy alto, ni un cuerpazo, lo que tiene es una verga que destroza, 22 x11, enorme, incansable. Y sabe coger, no sabe los orgasmos que ha tenido, se iba una y otra vez con la enorme pija dentro, hasta que estallaba el volcán de semen del hombre. La anulación del vuelo, un día más de regalo con el macho, la entrega de su puerta oscura, el dolor y el placer de sentirse dilatada por el taladro de carne dura que como un ariete la empalaba.

Nunca ha gozado tanto. Sabe que volverá a gozarlo cuando vuelva con la beca a España.

Se ríe callada, recordando la llamada que recibió el fornicador maravilloso para que fuera a Roma, pues el Abogado Luigi Campanni, que iba a visitar la empresa en Granada, al estar él perdido y desaparecido en combate, deliciosas batallas, debía acudir a Italia a cerrar un negocio que se traían entre manos.

Como el continuar con el placer de coger y un retraso aéreo obligan a un ejecutivo a viajar a Roma.

Roma.

Antonio lleva reunido todo el día con el Abogado Luigi Campanni, están acabando las negociaciones pero siempre queda algo, se da cuenta que terminarán al día siguiente. Pide a su compañero que le reserve un hotel mientras cambia el billete para el día siguiente. El italiano le invita a dormir a su casa, un piso enorme cerca del Coliseo. Siguen analizando un rato más las cuestiones pendientes. Antonio le invita a cenar en un restaurante en el Trastevere. La cena es divertida , buena y abundante. La pasta , el pescado, el vino, las grapas, los cafés hacen que ambos estén relajados, y que Antonio cuente sus aventuras amatorias con la argentina. El italiano, aficionado al cine y a los toros, le recuerda la famosa anécdota de Dominguín cuando inmediatamente de hacer el amor con Ava Gardner, se levantó, se vistió para marcharse y ante la pregunta de la bella actriz de a dónde iba , contestó aquella frase famosa de “A contárselo a los amigos”.

Otra ronda de café y grapa permiten al Abogado, totalmente liberado, hacer la propuesta erótica- profesional. Sexo por cerrar los pedidos con al empresa de Antonio. El granadino se niega a las prácticas homosexuales, ni por todo el oro del mundo dejará su hombría al capricho de un romano vergonzante. Eso si, su negativa está cargada de educación para evitar perder a un cliente. Las risas del italiano hacen retumbar el local, no lo quiere para él, lo necesita para un vídeo porno con una pupila que va a lanzar en el cine XX. Antonio respira tranquilo, pero piensa que tras el trajín de los días anteriores va a necesitar alguna ayuda. Una pastilla azul surge de la cartera de Luigi, tras tomarla el español que paga la cuenta y agarra la factura para descontarla en Hacienda y además justificar los gastos, piden un taxi para ir al departamento.

Le lleva a su habitación, el español cuando se queda solo se ducha, luego vuelve al enorme salón envuelto en un albornoz.

Allí ve a la muchacha desnuda, es una hermosa joven negra, su cuerpo delgado se muestra generoso en los pechos que se alzan rotundos con sus pezones erectos. El pelo en melena, alisado, los labios sensuales entreabiertos dejan ver unos dientes blancos como la nieve, los ojos verdes deslumbran de picardía. El italiano les presenta, la etiope se llama Emma Hart ( ese es su nombre artístico), tiene 18 años y 3 meses, su protector aclara que no quiere verse en líos de menores. Mientras coloca los focos y el fondo para la filmación, pide a Antonio que se vista con una túnica blanca y una capucha del mismo color. Quiere que simule una violación de un miembro del KKK a una negra. Nunca se le verá la cara. El granadino respira aliviado, no le hace mucha gracia que todo dios le vea jodiendo en Internet.

La verdad es que disfruta durante la filmación, la chica es una joya que disfruta del sexo, incitándole, haciéndole gozar. Cuando eyacula, tras casi una hora de ejercicio sexual en la que usa todos los posibles blancos para usar su arma, besa a la muchacha con una mezcla de agradecimiento y camaradería.

A la mañana siguiente mientras los tres desayunan juntos, Luigi acaba de firmar los contratos con gran alegría de Antonio.

Como un retraso de un vuelo, y la necesidad de firmar un contrato convierten a un granadino en actor porno.

Osaka.

Muni Mifume mientras en la pantalla de su enorme Sanyo aparecen los títulos de crédito de la película erótica, se deshace del kimono, y se va desnudando para poder masturbarse tranquila durante la proyección.

Empieza la proyección. El hombre tiene una enorme verga dura, en alto, orgullosa de su poder. El cuerpo con vello es fuerte, no de un atleta, pero si de un tipo sano y concupiscente. Posee a la mujer de color de todas las formas imaginables. Parece romperla al penetrarla con su arma, pero la negra gime, chilla loca de placer Las manos de Muni acarician su vulva delicada , mojada, empapada, rebosante de flujos. De un pequeño armario de bambú saca un pene enorme de goma y se lo introduce de un golpe en su vagina palpitante. Sin perder ni un segundo la película, su ritmo mete- saca aumenta hasta casi calentar el instrumento de plástico.

Recuerda California, cuando era estudiante, y vivía un mundo de marihuana y promiscuidad. Hombres, mujeres, por separado o juntos, tríos, cuartetos, orgías de todo ha gozado. Todo cambió al prometerla su padre con un hombre poderoso en Japón, tuvo que volver para casarse. Eso sí, con el apoyo de su amiga Fátima Almohad y el bisturí del Dr. Ian Foster volvió a su país totalmente virgen. Sangró en el lecho de bodas, cuando su marido la penetró.

Su vida se convirtió en un sueño de lujo y riqueza , pero encerrada . Prisionera en una jaula de oro, sin poder desarrollarse como ser humano, se ha ido consumiendo, dejando de soñar. Sólo las películas pornográficas que le recuerdan su ayer y las masturbaciones asociadas le permiten no suicidarse.

Cuando, en la pantalla, la verga sale del trasero de la muchacha y derrama la leche sobre los pechos erectos de la joven, la japonesa acaba su enésimo orgasmo, saca el pene ficticio, lo lame y lo vuelve a guardar en el pequeño armario.

Akira, solo, en su despacho, ve en el monitor la masturbación de su esposa. Se da cuenta del enorme error que cometió al casarse con ella. Pero el problema no era de ella, era él el que no la satisfacía. Las técnicas amatorias de los viejos tratados no eran suficientes, la mujer quería una verga mayor, no sus 11 cm. Lo sabía, lo había oído cuando su esposa se lo contó a una amiga de E.E.U.U, compañera de Universidad. Su orgullo de samurai, el orgullo de una familia de luchadores, estaba por los suelos.

Pero lo peor quedaba por llegar. Desnuda su mujer toma el celular y se graba volviéndose a masturbar, después llama. Akira la oye hablar, cada palabra es un puñal en su corazón, no es que le odie, le desprecia, le ve como un pobre tonto, sólo útil para pagar la mejora de calidad de vida de sus padres. Y sigue, uno tras otro sus comentarios son cada vez mas insultantes. Cuando acaba, envía el dedo que se ha hecho a la persona con la que ha conversado.

Akira se mira en el espejo, se ve miserable, es una batalla en la que no sabe luchar. Es un perdedor, recuerda la norma samurai: “ El que pierde, sólo tiene un camino para recuperar su honor.” Busca el sable. Se arrodilla en el viejo cojín, testigo de los fracasos de sus antecesores, apoya la punta en el estómago y empuja, siente como el acero va entrando en su carne, después lo gira y corta su vientre. La muerte llega, como una mujer callada que le acompaña a un mundo donde se juntan los luchadores, sin distinción de vencedores y vencidos.

Como las exigencias para la firma de un contrato hacen que un samurai se sienta perdedor y se haga el harakiri.

Resumen final de esta historia:

Como la cáscara de plátano que arroja Felipe en Buenos Aires causa el suicidio de Akira, samurai en Osaka.