domingo, 11 de marzo de 2012

Almas

Voralamar cuenta la historia de Angustias y Natalia que no se conocen, pero gracias a que Angustias encuentra a Ulpiano, Abel pega el mejor polvo que pueda pegarse siendo vocal en una mesa electoral. Y Natalia también.

Natalia nació enfadada y su enojo no había hecho más que crecer a lo largo de sus veinte años. Sus padres se volcaron con su hermano mayor que acabó muriendo por una sobredosis y ella se había criado de cualquier manera acumulando rabia contra todo y todos. Sin embargo, aunque nadie se explicara porqué ni cómo, tenía amigos que la querían, contaban con ella y soportaban sus tormentas sin inmutarse, lo cual demuestra que la vida está llena de insondables misterios que jamás serán aclarados.

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Como cada día laborable a las ocho menos cinco en punto, Mercedes levanta la mirada del mostrador mientras acaba de atender a alguna clienta y Angustias, sin mediar palabra, pasa a la trastienda en busca del manubrio para ir bajando las persianas metálicas de los escaparates y así asegurarse de que en pocos minutos podrán cerrar, hacer caja y sentarse a cenar lo que hayan dejado medio preparado al mediodía. Les da justo para hacer cuentas y quitarse el guardapolvo verde botella que ambas llevan y las hace aún más parecidas entre sí, si eso es posible. Ambas lucen el mismo corte de pelo, el mismo tinte rojizo y en el paisaje de la tienda que ha permanecido igual desde que su abuelo la fundara, se recortan tras el mostrador de madera oscura y envejecida como dos personajes anacrónicos.

Mercedes es la mayor, Angustias llegó cuatro años más tarde, aunque apenas se aprecia la diferencia. Viven juntas en el piso familiar sin ascensor detrás de la Lonja. Angustias es frágil como el sonido de una campanilla y languidece a la sombra de Mercedes quien, desde que fallecieron sus padres, toma todas las decisiones y cree proteger a su hermana de un mundo feroz lleno de peligros.

La paquetería tiene una ubicación excelente, en plena Gran Vía de Fernando el Católico, y eso la hace aún más peculiar. Los comercios vecinos han ido desapareciendo, creciendo y mutando. El ultramarinos es ahora un centro de fotodepilación, la antigua farmacia abre sus puertas automáticas a un espacio blanco e iluminado donde dependientes de impolutas batas consultan las existencias de medicamentos en ordenadores táctiles.

El tiempo pasó por cada rincón de la ciudad y por alguna razón se detuvo unos momentos en aquel lugar dejándolo congelado.

Aquella tarde Mercedes da, como siempre, órdenes escuetas a su hermana sin apenas levantar la mirada del mostrador donde agrupa botones por tamaños. Hay que encargar cinta de raso de la fina en todos los colores, y deshacerse como sea de los ovillos de perlé blancos, que ya empiezan a amarillear. Ordéname los botones que voy a apuntar el pedido, y no te olvides de sacarme el perlé.

Angustias piensa- sólo piensa porque no se atreve a decir- que su hermana no se fía de ella porque le va detrás supervisando cada cosa que hace, hasta el hervido de alcachofas de la cena, y piensa también que debe estar tremendamente agotada porque no la ve disfrutar con nada, ni siquiera cuando llegan los catálogos de novedades , o cuando es Navidad y todos los comercios se llenan de luces y adornos, mientras ellas se limitan a limpiar el polvo de su pequeño escaparate y a añadir un belén de barro pintado, nada de electrónica que ya una vez que lo hicieron- podría hacer de esto 25 años- se había prendido la mercancía expuesta y no era cuestión de volver a tentar a la suerte. Mientras piensa todo esto se queda mirando a su hermana allá detrás del mostrador concentrada en el cuaderno de pedidos, tan desconfiada del mundo, tan organizada, tan suave en sus maneras y tan dura en sus palabras y siente una gran cariño por ella, por su dedicación, por sus desvelos inútiles, por aquella vez que renunció al matrimonio por no dejarla sola, aunque Angustias sabe que no son más que sacrificios innecesarios, que Mercedes se inmola tontamente y que tras su creencia de ser la fuerte, la protectora, se esconde una vulnerabilidad que la enternece en lo más profundo. Por eso se deja querer y cuidar aún sabiendo que su propia fragilidad, aquel lejano ingreso de nueve meses en el Pabellón de Salud Mental de San Onofre, sus lágrimas descontroladas ante cualquier escena que la conmueva y que tanto irritan a Mercedes, son los pilares de su propia fortaleza.

¿Qué miras? le espeta Mercedes al sentirse observada. Anda espabila. Y sigue hablando ya con la vista en el cuaderno. Porque nunca mira a Angustias a los ojos cuando le habla, siempre tiene algo entre manos hacia donde desviar su mirada. Ese día lo prefiere así Angustias que maldisimula la excitación que se le ha ido apoderando desde que acude a sesiones de rehabilitación por un esguince cervical a un centro cercano a la tienda, cada martes a primera hora de la tarde. Con tanto ir y venir ha trabado amistad con el portero de la finca, un hombre muy sencillo y muy viudo que la mira a la cara cada vez que ella entra y sale para saludarla. A Angustias le gusta porque le parece una persona amable que no anda quejándose amargamente de su suerte sino que cree que la vida aún le tiene muchos regalos reservados. Seguramente también le gusta porque pertenece a una especie en extinción, la de porteros de fincas, que tan bien combina con su oscura paquetería de grandes estanterías de madera y cientos de cajoncillos con tirador de bronce repletos de cintas, botones y encajes que la hechizaban de niña. Pero sobre todo, Ulpiano combina de manera perfecta con las antiguas baldosas de mosaico del suelo de la tienda, y esta armonía la conmueve hasta el infinito porque le muestra la belleza en su estado puro.

Cuando aquel mediodía Mercedes abre el buzón al llegar al patio y le da a Angustias una notificación a su nombre piensa que la fortuna da un segundo beso a su vida. Ha sido seleccionada como vocal de una mesa electoral para las inminentes elecciones generales y Angustias lo lee como si hubiera sido premiada con un viaje de ensueño a un destino paradisíaco.

Un martes cualquiera Angustias decide no subir al centro de rehabilitación y quedarse hablando con Ulpiano y así continúa haciendo las siguientes semanas. Luego, a la hora prevista, llega a la paquetería con el rostro iluminado por las sonrisas del portero y Mercedes la mira con silencioso recelo. Milagrosamente, o así lo ve Angustias; aquellos martes con Ulpiano hacen más por su cuello que todas las sesiones de rehabilitación anteriores, como si un pesado yugo que le atenazaba desde atrás hubiera saltado en mil pedazos. Aquel hombre que roza los sesenta, redondito y de sonrisa luminosa, es para Angustias una caja de sorpresas. Le fascina su curiosidad que, dice él, le ha salvado de naufragar en el aburrimiento de su trabajo en un edificio de oficinas. Ha viajado bien poco pero en sus libros, y ahora en un pequeño ordenador portátil, ha recorrido el mundo entero centímetro a centímetro y puede sorprender a Angustias con cualquier información extravagante aunque luego le falten los conocimientos más básicos. Es, piensa ella, como los cajoncillos de madera de la tienda. Hay tantos que jamás sabes lo que puedes encontrar en ellos, deslumbrantes corchetes o tiras de encaje violeta, enhebradores mágicos o ramilletes de imperdibles. Una búsqueda del tesoro que nunca acaba.

El viernes por la tarde Angustias se ausenta de la tienda con la excusa de ir a la peluquería.

Pero dónde crees que vas que necesitas arreglarte, alma de cántaro, le dice Mercedes, si estar en una mesa electoral todo el día sin moverte es lo más patoso que hay.

En realidad ha quedado con Ulpiano en la Cafetería del Mercado. Hoy se verán por última vez. El videoportero ha llegado a la finca de oficinas y ya no necesitan a nadie de carne, hueso y aburrimiento que haga este trabajo.

Él le pide a Angustias de nuevo que le acompañe. Pero ella no puede, no es capaz, está su hermana y la tienda y las elecciones del domingo. Y se cogen de la mano y se miran como si un tren de alta velocidad les partiese por el medio.

Ya en casa se echa un poco de laca para que cuando llegue su hermana no le pregunte. Mercedes apenas la mira, sólo comenta mientras se quita la chaqueta que no comprende cómo sigue yendo a que la peinen las enemigas.

La mañana del sábado anterior a las elecciones Ulpiano pasa por la paquetería de manera inesperada. Vengo a despedirme Angustias, dice, me marcho a la tarde en el tren. Lo sé. Sólo quería recordártelo.

Seguramente si Ulpiano no se hubiera presentado allí, Angustias habría pasado la mañana disimulando las lágrimas y a la una y media menos cinco minutos su hermana habría levantado la mirada y ella entraría a la trastienda para buscar el manubrio, bajar las persianas de metal y echar la tarde en la mesa camilla viendo alguna película, o haciendo punto de cruz, o visitando a una tía anciana que ya ni siquiera la reconoce. Pero Ulpiano en pie sobre el suelo de mosaico es para Angustias lo que para Saulo el golpe de luz que lo derribó de su caballo y le inició en la fe. Aquella misma tarde, con poco equipaje y mucha culpa, parte junto a Ulpiano camino a Soria.

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A las ocho en punto del domingo se inicia la constitución de las mesas electorales en Santa Ana Niña, un centro educativo religioso. Uno a uno van apareciendo vocales, presidentes de mesa e interventores para abrir acta y estampar firmas. Natalia llega resoplando, molesta por el madrugón y deseosa de acabar con aquello cuanto antes y empezar el domingo como es propio. Lleva en el bolsillo de los vaqueros las llaves de Migue y en cuanto firme se irá directa a meterse en su cama. Pero las cosas se tuercen. La vocal, Dª Angustias Granell Ferrándiz no aparece y no hay manera de localizarla. La primera suplente, Dª Natalia Olleta García ha de tomar su lugar.

Aquella circunstancia, como otras tantas pequeñas cosas que ocurren en su día a día, no hacen más que confirmar lo que ella piensa: que la vida es una mierda.

A las nueve en punto se abren las puertas del centro y comienzan a entrar los primeros votantes.

Las cuatro mesas están dispuestas en semicírculo siguiendo la forma del patio interior cubierto donde se encuentran y de frente a un gran portón de madera que ahora está abierto de par en par. A espaldas de las mesas una cristalera deja entrar la luz desde un amplio patio escolar tapizado de gravilla.

Desde la mesa 19 U, Natalia cumple con su deber cívico con evidente fastidio que se acrecienta cuando el votante es algún vecino o conocido de barrio. La vida es una mierda y la mayor parte de los implicados unos soplagaitas.

La vida es lo que tú decides que sea, oye decir a menudo, aprovecha cada momento, busca el lado positivo. Memeces de perroflautas.

La segunda vocal hace verdaderos esfuerzos por darle conversación y arrancarle una sonrisa y esto irrita aun más a Natalia que se limita a responder con monosílabos. Ni un segundo deja de desear que la vocal desaparecida sea localizada y obligada a incorporarse a la mesa liberándose así de aquella carga.

Si ella ni siquiera vota. Con la mierda que es todo no piensa contribuir a mantener un sistema corrupto y mentiroso. Vota hija, le decía su madre, aunque sea por todas las mujeres de la historia que han muerto revindicando su derecho al voto.

Sin duda el peor momento es ver aparecer a sus padres cogidos del brazo con los sobres ya preparados desde casa, que al padre le parece un engorro ponerse a buscar las papeletas a última hora delante de todo el mundo. Por fortuna no les toca en su mesa, aunque esto no le ahorra que se acerquen hasta ella para saludarla y darle una empanadilla de pisto y que su madre le diga en voz muy baja ante su cara de horror, hija, pero qué rancia eres, qué te hemos hecho nosotros para que nos hayas salido así.

Los ve alejarse hacia la salida, de nuevo cogidos del brazo. Sabe que su madre se ha disgustado y a ella le entra una mezcla de rabia y culpa. La tuvieron mayores, cuarenta y cinco tenía su madre cuando se quedó embarazada. Un desliz, sin duda, porque su hermano los tenía demasiado ocupados de susto en susto. Con doce años Natalia se había acostumbrado a estar sola en casa desde bien pequeña y a ver a su hermano en estados lamentables, hasta que pocos días antes de cumplir los treinta muriera. Sus padres se quedaron vacíos, su única razón de vivir desapareció de un plumazo, y Natalia acostumbrada a ser invisible, siguió pensando que la vida era una mierda porque ni siquiera ahora que no estaba su hermano podía recuperar su infancia arropada, su infancia feliz. Él se lo había llevado todo desde antes de que Natalia fuera concebida y esta injusticia del destino la hizo nacer enfadada a un mundo que era una verdadera estafa. Más aún porque sabía que cuando su madre quedaba con la mirada perdida continuaba llorando a su hijo y seguía sin tener ojos para ella.

También fue el momento en que Natalia descubrió el silencio. Se acabaron los llantos, los gritos, las discusiones, la violencia. Y le gustó. Por eso su rabia era sorda.

En ese instante levanta la mirada hacia la mesa contigua donde una anciana acaba de olvidar su apellido y niega rotundamente que el que figura en su DNI sea el suyo. Su acompañante, seguramente su hija, se afana por aclarar el entuerto y todos miran con atención pendientes de cómo acaba la historia.

Entonces cruza la vista con uno de los vocales que intenta poner orden. Otro pijo alternativo, piensa, aunque no lo dice. Él le sonríe y ella lo sigue mirando hasta hacerlo sentir incómodo.

La siguiente media hora es un desafío de miradas. Entre nombres, DNIs y un sentido “Vota” que la segunda vocal de la mesa U 19 se empeña en pronunciar con gran solemnidad, Natalia y el supuesto pijo alternativo se buscan sin reparos, él sonriendo, ella como si retara a un toro.

Al cabo de un rato Natalia se levanta para ir al baño y fumar un cigarro. Es entonces cuando se da cuenta de que apostada en la puerta que da a un largo pasillo una monja de gris, con los brazos cruzados, se dispone a evitar que alguien salga del recinto reservado a las elecciones y se cuele en el resto del edificio.

El baño está al final del pasillo, le indica. Para Natalia aquello es como retroceder a sus años escolares de colegio subvencionado religioso y levantar la mano para pedir permiso para mear. Porque los padres de Natalia a su manera intentaron compensar a su niña de la falta de atención dándole lo que ellos creían la mejor educación que pudieron permitirse. Sin saberlo echaban leña a un fuego que amenazaba con incendiarlo todo, y si Natalia no había entrado en combustión espontánea era porque su ira era sorda y muda como las entrañas de un volcán.

El baño está enfrente de secretaría y administración, y un poco más allá se abre el pasillo en una amplia sala jalonada de puertas que no está iluminada.

Un cigarro después Natalia sale del baño encontrándose con el pijo alternativo. ¿Tú también venías a fumar? pregunta él En el lavabo de hombres, siempre menos frecuentado, combinan caladas y conversación. Lo único bueno de estar aquí es que al día siguiente tienes cinco horas libres en el trabajo, pero a mi me da igual, tengo taller propio y curro igualmente. Silencio. Soy luthier, fabrico instrumentos, sobre todo de cuerda. Yo no. No hablas mucho tú. Psst. Pero miras mucho, como el búho del chiste. Sonrisa.

Durante la jornada continúan las miradas, ahora ya abiertas, como en un partido de tenis que no cesa. Cada par de horas recorren el pasillo y se encuentran en el baño para fumar. La monja se está mosqueando, dice él divertido. Y es cierto: la mujer de gris alarga el cuello como una tortuga intentando captar qué ocurre al final de pasillo pero sin abandonar su puesto. Se le han hinchado los pies y reza a santa Ana Niña para que llegue el relevo y poder sentarse un rato en la salita de la televisión.

No coinciden en el turno de comida aunque él le trae un café en un vasito de plástico. El detalle la sorprende o quizá lo que la sorprende es darse cuenta del detalle.

La afluencia de votantes varía a lo largo del día, hay momentos en que no tienen ocasión de mirarse. En otros sin embargo no entra nadie. Lo mejor es cuando hay poca gente: el voto en una de sus mesas entra en la ranura de la urna y lo miran los dos introduciéndose lentamente: Natalia siente calor, se quita la chaqueta, él se arremanga la camisa, se vuelve a recoger la melena de pijo alternativo en una coleta, se miran, él sonríe, ella casi, porque se dan cuenta de que los dos desean lo mismo.

La monja de gris ha sido relevada, ahora es gordita y colorada y lleva un rosario en la mano para hacer tiempo.

Natalia no sabe qué le está pasando porque aquel no es su tipo ni de lejos, le parece un pedante y aun no ha decidido si excluirlo de la lista de gilipollas que abarca a la práctica totalidad de los habitantes del planeta. Está un poco desconcertada y al tiempo se siente excitada. Cada vez que un voto cae a la urna se le humedece la entrepierna del vaquero. No lleva bragas porque su idea no era pasar el día encadenada a una mesa electoral, sino saltar directamente a la cama de Migue a quien le gusta ir al grano. Las reacciones incontrolables de su cuerpo suelen cabrearla pero hoy le da la risa tonta hasta que la vocal segunda se preocupa y le trae un vaso de agua. Al presidente de la mesa, un hombre con bigotito que se toma la tarea muy en serio, se le nota que la chica le exaspera y que hubiera preferido mil veces levantarse aún más temprano este domingo para irse a pescar a Cullera.

El luthier tampoco anda corto. La niña de aspecto salvaje y ceño fruncido le está poniendo cada vez más. Le gustan sus curvas. Es pequeña y bien proporcionada, en cuestión de medidas y proporciones nadie tiene que enseñarle nada. Cuando ella se inclina sobre la lista de votantes para comprobar un nombre y un carnet se le adivinan los pechos por el escote de la camiseta.

El luthier empieza a tener dificultades para disimular una media erección y aún son las siete.

Ella sigue sin entender lo que tiene, no sabe si es el conjunto del pijo alternativo que no es su tipo y que ya no le parece tan pijo aunque sí alternativo, la monja de la puerta que no para de bisbisear rosario en mano y a la que le gustaría acallar de un guantazo, el día absurdo, el calor que le sale de dentro, la posibilidad de cometer algún imaginado sacrilegio que le atrae y le excita, que lo único que desea es tirarse al luthier, si puede ser ya mejor que después.

Se miran con descaro. Natalia no para de mover la pierna en un tic nervioso e impaciente y el presidente de la mesa comienza a irritarse. No es momento de escaparse al baño, falta poco para cerrar la jornada electoral y entonces… ¿entonces qué?

El luthier bromea con sus compañeros de urna intentando distraerse. La presidenta de su mesa sigue con interés el devaneo de los vocales. Piensa que es un buen tema para un relato. Quizá el domingo no esté tan perdido al fin y al cabo.

Son las ocho. Pero esto no ha acabado: hay que hacer el conteo de votos y firmar actas. Aquello es más de lo que los dos pueden aguantar.

Natalia se remueve en la silla. Se siente como un animal enjaulado que no consigue alcanzar lo que desea aunque esté ahí mismo. Se enoja. Ni siquiera puede dar portazo y marcharse como es su costumbre ante situaciones que no controla. Se enfurece contra sí misma, contra el luthier que parece estar tan tranquilo, por haberle dado pie, por haberla mirado, por haberla encendido de esa manera, y ya de paso se enfurece también contra la democracia y contra cualquier otro tipo de gobierno existente.

Él continúa luchando con maestría por disimular el bulto de su pantalón. De momento lo lleva medio controlado. Su urgencia es relativa, sabe esperar. No en vano su trabajo requiere paciencia infinita, elegir la madera, aguardar a que esté en su punto óptimo, diseñar el instrumento, tallar con delicadeza, disfrutar con los cinco sentidos: oler, saborear, tocar, mirar, escuchar el sonido de cada pieza. Esperar el tiempo necesario, sin precipitarse, para que el resultado sea sublime. El camino es tan apasionante como la llegada.

El momento de concentración que exige el escrutinio tranquiliza los ánimos que vuelven a encenderse cuando firman. Los presidentes anuncian que los vocales pueden acompañarles al juzgado de Primera Instancia donde entregarán uno de los sobres que contiene el acta.

Natalia se precipita al pasillo y el luthier la sigue.

La monja de gris les sonríe: dense prisa en el baño que vamos a cerrar enseguida. La mujer abstraída en sus rezos ni siquiera ha sospechado que ante ella el demonio en persona anda suelto.

¿Sabías que los instrumentos de cuerda tienen alma? Pregunta él de camino. Pero Natalia lo último que quiere es conversación, se siente enferma, casi a punto de potar, y al mismo tiempo desea con verdadero desespero a aquel tipo.

No se detienen en los servicios, continúan hasta el final del pasillo y eligen cualquier puerta de una espaciosa sala en penumbra A partir de ahí todo es vértigo.

Entran con prisa, ya palpándose a la media luz de las farolas urbanas que se filtra por una pequeña ventana. Me llamo Abel. Pues vale. Juntan sus bocas y se besan con ansia, por un momento saborean sus lenguas, comparten la respiración como si necesitaran un momento de tregua, un pequeño paréntesis antes de continuar dando rienda suelta al deseo.

Ambos tironean de la ropa del otro de manera absurda, como si fuera a desprenderse por arte de magia. Natalia palpa la entrepierna de Abel que parece que va a reventar e intenta desabrocharle el pantalón, pero el botón planta cara y al unísono se detienen para reorganizar la táctica. Apenas unos segundos en los que Natalia echa una ojeada a la habitación en penumbra. Hay una mesa de madera arrimada a la pared sobre la que se amontonan trastos que no distingue. Se adivinan también sillas apiladas y un perchero.

Abel se baja el pantalón al tiempo que Natalia hace lo propio y se apoya en el borde de la mesa. Él la penetra sin más mientras desliza su mano bajo la camiseta de ella en busca de sus pechos. Son redondos y llenos y a punto está de romperse el cuello cuando los mordisquea y recorre con la lengua sus pezones intentando mantenerse dentro.

Empuja de maravilla, piensa Natalia, como los mismísimos ángeles lo harían si tuvieran con qué. Lo rodea con fuerza con sus piernas para asegurarse de que estará allí todo el tiempo del mundo y le come la boca con ganas. Hasta ese momento ha controlado sus jadeos por temor a que alguien los oiga, pero ahora ni siquiera se le pasa por la cabeza esta posibilidad y deja que sus gemidos escapen libremente. Escucharla excita aún más a Abel que se zafa con decisión de entre sus piernas para hacerla girar y penetrarla desde atrás. Natalia aparta de un manotazo todo lo que le estorba de la mesa y apoya su torso sobre ella sintiendo las manos del luthier que recorren con firmeza su cintura, su vientre y sus pechos y la fuerza de su sexo entrándole profundamente. Sin saber por qué le echa mano a los testículos y los aprieta con decisión, quizá para que no quepa duda de quién está cogiendo a quién. Abel ya no aguanta más y le anuncia a Natalia la inminencia del orgasmo como quien advierte por megafonía de la llegada inmediata de un vuelo transoceánico. De eso nada, aún no. Ella se aparta pero no hay vuelta atrás y Abel se derrama en el culo de la chica justo antes de que ella se gire. Cabrón. Esto aún no ha acabado, dice él intentando recuperar el resuello, y se desliza hacia abajo hasta que su boca se hunde entre las piernas de Natalia. Ella siente la calidez de la saliva y la lengua firme de Abel y casi de inmediato el orgasmo le recorre el cuerpo entero, como un estallido al tiempo que la monja del rosario acompañada por la monja de brazos cruzados abre la puerta y enciende la luz.

De entre todos los silencios embarazosos sin duda éste es el que les dio nombre. Con la mirada en el suelo Abel y Natalia se visten y aún ella palpándose el bolsillo del vaquero mira a las monjas inmutable: se me habían perdido las llaves- las agita- pero ya las tengo. Y salen corriendo como chiquillos hacia la puerta.

Ya en la calle no saben qué decirse. Ha estado bien. Si. El próximo instrumento que talle lo haré recordándote y tendrá tus curvas. Será gilipollas, piensa ella que con el airecillo de la noche recupera su visión habitual del mundo, aunque no lo dice.

Natalia se acerca caminando hasta Ruzafa para despejarse y para ver si encuentra a algún colega con el que hacerse unas cervezas. Cuando tiene bastante va a casa de Migue que ya duerme. En la oscuridad recorre a gatas la cama y se desliza bajo las sábanas bien pegada a él. Migue se gira y la toca, pero Natalia no quiere fiestas, lo rechaza y el chico se enlaza al sueño como si nada. Sólo quiere su cuerpo caliente y dormido al lado.

El lunes Abel se olvida de su promesa porque ha de ayudar a su socio a restaurar un arpa gótica

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Angustias levanta la mirada hacia el cartel de la tienda: un enorme rectángulo de azulejos de diferentes tonalidades ribeteado en gris con grandes letras azules: PAQUETERÍA, y abajo en verde y más pequeño: MERCERÍA Y NOVEDADES, y en la última línea en rojo: VICENTE GRANELL. Le entra nostalgia y al mismo tiempo alivio. Mira las persianas metálicas cerradas y conquistadas ya por los graffiteros y lo que de verdad lamenta es no poder llevarse el suelo, pieza a pieza, para reconstruir el mosaico en el comedor de su Ulpiano y revolcarse los dos como conejillos sin parar ni para comer.

Piensa en Mercedes y en su horizonte que termina en el expositor de Hilaturas Presencia que hay sobre el mostrador.

Después se encamina a la calle Lepanto para recoger el encargo que hizo durante su anterior visita a su hermana, una guitarra para Ulpiano que ahora está aprendiendo solfeo en la Casa de Cultura. Angustias no quería regalarle cualquier cosa, mucho menos de segunda mano, y buscó al luthier que pudiera hacerle justo el instrumento que ella buscaba para su hombre. Ella no lo sabe pero la guitarra que Abel ha tallado y preparado tiene las curvas de Natalia y es buena para el canto desgarrado.

¿Sabe que los instrumentos de cuerda tienen alma? Le dice el luthier mientras le tiende la factura. Mire, el alma es esta pieza, una varilla, que va por dentro del mástil y que evita que la tensión de las cuerdas lo arquee. Se sonríen. Angustias sale del taller feliz y busca la acera donde da más el sol porque quiere empaparse de la luz del mediterráneo y llevarle un poco a su Ulpiano.

Abel sigue trabajando en una viola de gamba sin sospechar que esa mujer de unos cincuenta y tantos que agarra el bolso como lo hacía su abuela en las aglomeraciones, es a la que le debe aquel polvo electoral que le endulzó una tediosa jornada.

Al ir a cruzar Guillén de Castro, Angustias cargada con su regalo y henchida de felicidad exclama en voz alta: qué día más maravilloso. Una joven con gesto huraño y cuerpo de guitarra que espera a su lado el cambio de semáforo no puede evitar pensar, gilipollas, pero no dice nada, porque lo cierto es que es un día maravilloso.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El sobre azul

Bubu plantea la siguiente pregunta: ¿Qué harías cuando tu vecina te pide que le guardes la correspondencia?


Tan pronto como ingresó en el hall del edificio, enfiló hacia el buzón del correo. Echó una fugaz mirada a los sobres y los puso bajo la axila, luego separaría las deudas de la publicidad. Subió al ascensor, apretó el quinto piso y apenas se cerraron las puertas, no perdió ni un segundo, se giró frente al espejo y apretó la espinilla en su frente. Claudia estaba avergonzada y dolorida. Desde la pubertad que no le salía uno y menos de tal magnitud.

Estuvo todo el día tratando de aparentar que no había nada malo en su cara y creyó haberlo logrado. Pero fue poner los pies en el elevador para que toda su paciencia se fuera al garete. Escuchó el plin que anunciaba la llegada a su destino y se acomodó el cabello con mucho cuidado. El flequillo era perfecto para ocultar el área irritada.

Al abrirse las puertas, lo primero que vio fue a dos hombres vestidos de mono azul y tras ellos un horrible mueble que reconoció como el de su “querida” vecina, la cantante lírica. Una tipa insoportable, pensó.

-Buenas tardes -dijo a los trabajadores mientras se volvía a acomodar el flequillo.

-Hola -contestó uno.

-Buenas -agregó el otro.

Los rodeó sin ser ajena a la inspección ocular a la que estaba siendo sometida. Claudia sonrió, consideraba que era mejor que se recrearan con su culo que con la cara, por lo menos ese día. Caminó por el pasillo mirando el interior de su bolso y casi se lleva por delante a Verónica, quien cargaba una caja escrita con la palabra “libros”.

-Clau, menos mal que llegaste-. La saludó mientras depositaba la caja en el piso.

-¿Ah? -exclamó sin comprender. ¿La estaba esperando? ¡Uuuu, nooo!-. Hola Vero -dijo al pasar y continuó su camino, pero la insistente tos de la cantante le advirtió que no diera un paso más ¿Qué querrá? Extendió las comisuras de sus labios forzando una sonrisa y giró para decir con voz cordial-. ¿Necesitabas algo?

-Por fin me voy a vivir con Mariano -informó Verónica sin hacer caso a la pregunta de Claudia.

-¿Te vas?-. Su sonrisa se había convertido en una verdadera.

-Sí, Tonta-. Dicho esto, elevó la mano izquierda para mostrarle el anillo-. ¿No es lo más hermoso que has visto en tu vida?

Los dos hombres que estaban presenciando la conversación pusieron los ojos en blanco. Sospechaba que ya habían sido victimas del entusiasmo de Verónica. Claudia los miró por sobre el hombro de ella y notó como uno hacía un gesto negativo con la cabeza y el otro intentaba no reírse. Al parecer no era la única que pensaba que la cantante era insoportable.

-Enhorabuena -dijo Claudia.

-¡Muchísimas gracias! Antes de ayer, cenando, le pidió al camarero que trajera el postre y champagne. ¿A que no sabes lo que trajo? ¡Sí, mi anillo!… Mamá lloró cuando se lo conté y papi… Se tomó lo tomó mucho mejor. Ya sabes, las mujeres somos más sensibles. ¡Aaaaah! Mariano es taaaaannn lindo, está buenísimo y lo mejor de todo es que tiene mucha plata. ¡Claudia me voy a casar! ¿Lo puedes creer?

No. La verdad era que no podía entender cómo aquel hombre quería casarse con una chica así. No sólo la irritaba su voz nasal o sus preguntas tontas, sino el hecho de que ensayara su canto lírico a cualquier hora del día. El tal Mariano jamás volvería a dormir tranquilo. No, realmente no lograba entenderlo. Sin embargo, le mintió:

-¡Claro que sí! Eres estupenda.

-Lo soy, ¿no?-. De golpe, los hombres dejaron caer el mueble dentro del elevador. Verónica se giró-. ¡Ey! Tengan cuidado, es una reliquia familiar. Si lo rompen, no hay propina.

-¿Por qué no vas a supervisarlos? No parecen de fiar -propuso Claudia. Tenía una crema para las espinillas y quería ponérsela lo antes posible. Volvió a acomodarse el flequillo.

-Buena idea -convino Verónica. Cuando se agachó para agarrar la caja recordó lo que le tenía que pedir-. ¡Ah! Clau necesito un favor. ¿Podrías guardar mi correspondencia? Ya le avisé al encargado que lo ponga todo en tu buzón… Será por un par de semanas, hasta que vuelva… Mariano tiene una sorpresa… -. Entonces se acercó a su oreja, puso una mano para ocultar la boca y le confesó-: Me va a llevar al campo.

-Ok-. Fue todo lo que dijo Claudia al tiempo que se separaba de Verónica. Ya le estaba poniendo lo nervios de punta y no la aguantaba ni un minuto más-. Que te diviertas en…

-Shhh… No lo digas-. La cortó-. ¿No tienes problema con ello?

-No, Tonta-. Le devolvió el insulto. Tampoco le quedaba otra opción si ya lo había arreglado todo.- Avísame cuando vengas a retirarla y listo.

-¡Muchas Gracias! Apenas vuelva te voy a invitar para que veas mi nueva casa. ¡Tiene piscina!

-Uuuuaaauuuu -exclamó Claudia-. ¡Qué bueno! Seguro que este año vas a tener un lindo bronceado-. La picó sabiendo que, dada su cetrina piel, no podría adquirir el tono moreno que ella tenía.

-Voy a ser la envidia del barrio -contestó Verónica sin amilanarse.

Esta guerra pasiva-agresiva terminó en el momento en que “la pesada” se dio cuenta de que los hombres de la mudanza no habían vuelto a subir. Claudia, apenas puso un pie en el departamento, se quitó los zapatos, dejó la correspondencia en el sillón y se fue al baño. Estudió a la espinilla detenidamente, suspiró, cruzó los dedos y se colocó la pomada esperando que al día siguiente el maquillaje hiciera su magia.

Ya más tranquila, se puso ropa cómoda y se dirigió a la cocina donde encontró algunas galletas. En ese momento comenzó a asimilar la buena noticia. Sin los ensayos vespertinos tendría un poco de paz. Estaba agradecida con ese tal Mariano. De hecho, le caía bien y hasta le daba pena. Seguramente el resto del edificio estaría feliz con su partida, y también algunas mascotas. Ese pensamiento le causó tanta gracia que se atragantó con la comida.

Al pasar algunos días su frente volvió a la normalidad y sumado al hecho de que no sabía nada de Verónica, estaba contenta. Ya nadie interrumpía sus momentos de ocio. Podía leer, mirar películas, tomar baños de inmersión, dormir la siesta sin ser molestada. El único inconveniente era que la correspondencia se estaba acumulando y cada vez que llamaba a la cantante, aparecía el contestador.

Cierto domingo, tras recuperar las fuerzas por las salidas nocturnas, decidió comprar algo de comida y pasar la tarde holgazaneando. Era un día de vagancia total, extrema y absoluta. Volvió cargando con los dos paquetes cuando recordó que no había abierto su buzón desde la mitad de la semana. Se dirigió al pequeño compartimiento, lo abrió y sacó todos los sobres. Haciendo malabares, logró llegar a su departamento sin que se le cayera nada.

Como hacia siempre, tiró la correspondencia en el sillón y la dejó olvidada a su suerte. Puso el helado en el freezer y con un tenedor comenzó a degustar el manjar que había comprado: arroz con vegetales. No le llevó mucho tiempo tragarlo todo, tenía hambre. Durante esos instantes estuvo pensando en lo divertido que había sido ese fin de semana y, sobre todo, en Diego, el tipo más lindo del bar; pero claro, él era el barman, el centro de atracción de las miradas femeninas. Sin embargo, tras su conversación del viernes, tenía la esperanza de poder encamarse con él.

Sonriendo, buscó el pote, una cuchara y se fue al sillón a ver las repeticiones de las series que se había perdido durante la semana. Prendió la televisión mientras paladeaba el sabor a frutilla y, una vez acurrucada, se dispuso a disfrutar. Estaba tan absorta en las imágenes que se equivocó al introducir la cuchara y esta se cayó al piso. Cuando se agachó para agarrarla, lo vio en el suelo. Un sobre azul del tamaño de una tarjeta de presentación. Extrañada, lo elevó, no tenía remitente, lo dio vuelta, sólo tenía una inscripción: “Ya está todo arreglado”.

Se debatió entre abrir el sobre y leer su contenido, o respetar la privacidad de Verónica. Siendo que la mujer era realmente odiosa y pedante, creyó que no haría ningún daño si “echaba una miradita”. Con delicadeza despegó el papel y vio en su interior una tarjeta que decía “D.K.R.”, una clave, un número de teléfono y una dirección. Reconoció las siglas al instante, era un lugar de depilación famoso por su clientela exclusiva. Al dorso estaba escrito “Miércoles-18 hs”. Golpeando la tarjeta contra sus labios, se dio cuenta que Verónica jamás llegaría a la cita, entonces le entró una duda: ¿si estaba de viaje con su prometido, quién había “arreglado todo”? Claudia no podía creer que la pesada tuviera un amante, se preguntaba cómo podía ser que dos hombres quisieran estar con una mujer como ella. El grito que se escuchó a través de la T.V. le recordó que estaba en la mitad de un capítulo interesante. Volvió a acurrucarse en el sillón y lo dejó estar.

El lunes por la tarde, colocó todas las cosas de Verónica en una caja, incluido el sobre azul. La tapó. Pero había algo que le molestaba y no podía parar de pensar en que la cantante estaba saliendo con dos tipos a la vez: Mariano y el hombre misterioso. Se rió porque tampoco podía entender que alguien pudiera soportarla, mucho menos dos personas. En definitiva, no era asunto suyo, así que agarró y la llevó a un lugar donde no tuviera que verla todos los días.

Cuando la apoyó sobre un mueble, la tapa se cayó al suelo. Frente a ella estaba el dichoso sobre. Sintió la tentación de agarrarlo y meditó durante unos cuantos segundos qué hacer con él. Elaboró un cálculo muy simple y sacó un resultado sumamente agradable: si la vecina estaba lejos y decían que “D.K.R.” era uno de los mejores lugares, entonces ella podría aprovechar el turno. Algo así como una especie de indemnización por los perjuicios ocasionado.

Al día siguiente, marcó el número de teléfono y al instante la atendió la recepcionista. Esta mujer le informó que efectivamente tenía un turno reservado, que la depiladora era especialista para las zonas que se habían requerido. ¿Zonas? ¿Qué zonas?, quiso saber. En cambio, lo que preguntó fue el costo. La señora le respondió que ya estaba todo pago y se despidió con un “la esperamos el miércoles”. No volvió a llamar, se dijo a sí misma que si estaba todo arreglado y Verónica no se encontraba en la ciudad, entonces averiguaría en carne propia sobre eso de las “zonas”.

El miércoles a la salida del trabajo se dirigió al lugar. Le entregó la tarjeta a la señora del mostrador, esta cargó los datos en la computadora y sonrió. Claudia no dijo nada, se quedó en silencio; estaba un poco nerviosa porque tenía miedo de que la descubrieran. En definitiva, estaba usurpando el puesto de la cantante.

-¿Es su primera vez en “D.K.R.” –preguntó la mujer al tiempo que le devolvía la tarjeta.

-Así es-. Se limitó a contestar.

-¿Me podría decir su nombre?-. Cuando la vio dudar le explicó-: Es para la ficha.

-¡Ah! Me llamo Verónica Gutiérrez.

-No sé preocupe, Srta. Gutiérrez, Guadalupe tiene las manos de un ángel. Tomé asiento que enseguida la va a atender.

No esperó ni dos minutos cuando una morocha se acercó y le pidió que la siguiera. Entraron a una habitación que estaba decorada como si fuera de un hotel. Lo único particular era el olor a cera caliente. Sin saber qué hacer, esperó las instrucciones de la chica. Guadalupe le indicó que se desvistiera y se acomodara en la camilla mientras ella traía las cosas. Claudia le hizo caso.

Salió una hora y media más tarde con una bolsa azul. No podía creer que estuviera completamente depilada, no tenía vello ni en el pubis ni en el culo, además de los lugares habituales. Maldijo a Verónica y se prometió que nunca más en su vida iba a hacer trampa ni a cobrarse indemnizaciones de ese tipo. Pensaba que nada más le iba a quitar el pelo de las ingles. Que ilusa. La vergüenza que pasó por tener que separar las nalgas para que el cálido líquido se posara sobre su ano, fue recompensada por la deliciosa sensación que al principio la había invadido, pero en el momento en que Guadalupe tiró de la cera fría y arrastró con ella todo el vello… el gritó fue tan fuerte que dos chicas entraron para ver qué había ocurrido. Las “zonas” eran partes muy sensibles. Estaba segura que había sido castigada por oportunista.

Indignada, apenas cruzó el umbral de su puerta, dejó la bolsa azul y se fue a duchar. Mientras pasaba el jabón por su cuerpo, descubrió que no tenía ni un pequeño remanente de cera y que la piel no estaba irritada. Quizás por eso era un lugar tan caro, pero que no le vuelvan a decir que Guadalupe tenía las manos de un ángel porque eso no era cierto, caviló una muy perturbada Claudia.

Con la bata puesta, se dirigió al living para ver lo que había dentro de la bolsa. Era un conjunto de ropa interior bastante sexy. ¡Lencería erótica! En ese instante supo por qué Mariano le había pedido casamiento; para Claudia, Verónica era una puta, una perra de cuidado. Agarró las bragas y las estudió. En la cintura había un elástico blanco recubierto con un encaje del mismo color y la parte que debería cubrir tanto la entrepierna como el culo tenía una abertura, dejándolos al aire. Sintió asco y las metió en la bolsa. También había un corset del mismo estilo, era tan chico que no llegaba a cubrir ni los pezones. Todo esto la llevaba a tener una peor opinión acerca de Verónica, como si eso fuera posible.

Al otro día recibió el segundo sobre. Esta vez tenía miedo de abrirlo, no quería leer lo que el amante tenía para decir luego de enviar semejante regalo. Directamente lo metió en la caja. Intentó comunicarse con Verónica, le parecía mal tener que soportar esa faceta de una persona que ni siquiera era su amiga. No tenía idea de cómo iba a hacer para mirarla a los ojos cuando la tuviera en frente, pero estaba más que convencida de que había llegado la hora en todo eso se terminara. Sin embargo, tampoco logró dar con ella.

Con el correr de las horas, continuó con la imagen de la ropa interior en su mente. Algo en ella la había perturbado. Luego de analizar la situación durante todo ese tiempo, el rechazo se fue convirtiendo en otra cosa, primero en intriga y luego en obsesión. Ahora, se sentía tentada a descubrir de qué manera se colocaban las bragas, si los lados se incrustarían en sus ingles o se desplazarían hacia la raja; si el aire impactaría directamente contra su entrepierna o si la diferencia con una prenda normal pasaría desapercibida. Claudia no se consideraba una chica fácil y llegó a la conclusión de que la persona que las utilizara lo haría para buscar guerra.

El viernes recibió la llamada de una de sus amigas. En dos horas la pasarían a buscar. Eso significaba que iba a ver a Diego, el barman del lugar del que eran “habitué”. Tenía que prepararse, sospechaba que esa noche iba a tener suerte. Perseguir al barman no era una tarea tan sencilla como podría parecer, había que competir con cada una que daba miedo. Por eso decidió sacar la artillería pesada, el vestido negro de tirantes.

Se puso ropa interior discreta pero sexy, el vestido, unos tacos, se maquilló resaltando sus ojos y colocó brillo en los labios. Cuando finalizó la transformación, se observó en el espejo de cuerpo entero, sentía que nadie le iba a ganar esa noche, Diego caería a sus pies y sus amigas se morirían de la envidia. Al darse la vuelta para apreciar la caída de la tela sobre su trasero, se percató que las bragas le quedaban chicas y por lo tanto, le marcaban el vestido. Quedaba grotesco. Se las quitó y pensó en ir sin nada debajo, pero desechó la idea al instante. Entonces recordó la bolsa y su contenido. Sólo probaría a ver que tal era. La que no arriesga, no gana.

Olvidándose de todas las excusas y prejuicios, abrió la caja y alzó la prenda con el agujero “estratégico”. Pidiendo disculpas, a nadie en particular, pasó un pie por cada lado y lentamente la fue subiendo hasta quedar encastrada a sus ingles. Se levantó el vestido y observó el efecto, la imagen era excitante con su pubis totalmente depilado. Sin poder evitarlo se acarició a sí misma. La tela no molestaba, era cómoda. Se observó de nuevo en el espejo, tampoco se notaba, parecía que no tenía nada puesto y en cierta forma era verdad. Agradeció silenciosamente a la puta de su vecina, agarró el bolso y se dirigió al bar completamente excitada.

Al llegar, se sentaron en la misma mesa de siempre, pidieron las bebidas y se pusieron a charlar. De vez en cuando Claudia miraba hacia donde estaba Diego y este sólo se limitaba a sonreírle. En un momento dado, una de sus amigas le comentó que había un hombre que no le sacaba los ojos de encima, y le pidió que dejara de perder el tiempo con el barman. Claudia no le prestó atención, esa noche iba a ser suyo.

En un determinado momento, apareció el camarero con una bebida, le dijo que era de parte de un caballero y señaló a uno no muy lejos de donde se encontraban ellas. Cuando sus miradas se cruzaron, el hombre levantó la copa en señal de saludo, era el mismo que le había comentado su amiga. Ella asintió, agarró el vaso y, mientras bebía, sus ojos se desviaron hacia la barra. Diego estaba charlando con un cliente. Exclamó un gemido de horror cuando el tipo se acercó a él para fundirse en un acalorado beso. Todas se quedaron de piedra por el asombro. ¡Era gay! Segundos después, al recuperarse, las chicas estallaron a carcajadas. Excepto Claudia que trinaba de la bronca. Fue entonces que se dedicó al hombre que la había invitado el mojito. El que antes no le interesaba; pero que, por despecho, decidió darle una oportunidad.

Escribió una nota y le dijo al camarero que se la entregara al hombre, luego se levantó para ir al baño. Chequeó que no hubiera nadie dentro, se miró al espejo, estaba enojada y pensaba sacarse la bronca con el desconocido. Si hasta había robado la ropa interior de una puta para estrenarla con… ¡Un gay! No pensaba desperdiciar ni un minuto más.

Escuchó que alguien abrió la puerta, ella volteó para ver de quién se trataba. Bien, aceptó. Ojalá hubiese sido tan fácil con el otro, pero una mujer no puede competir con una pija. Le hizo señas para que se quedara en silencio, se puso de espaldas, con las manos apoyadas en el mármol, el culo en pompa, separó las piernas -invitando la caricia del aire- y esperó a que el hombre se acercara.

Con la vista fija en el suelo, observó cuando los pies estuvieron a un par de metros de ella. Antes que la alcanzara, y por el peligro de que entrara alguien, se giró a la derecha y se metió en uno de los cubículos. El hombre no movió ni un músculo creyendo que había malinterpretado el mensaje. Claudia le chistó para que la mirara. El cuadro que representaba era la pura tentación para… cualquier heterosexual. Con una pierna sobre el inodoro y el vestido rodeando su muslo, dejó al descubierto la lencería erótica, la prenda de su vecina, las bragas que había hurtado.

El desconocido se mojó los labios. Desabrochó su pantalón y caminó hacia Claudia. Apenas entró, cerró la puerta e intentó besarla, pero su boca impactó contra una mejilla. Claudia tenía claro que esto era sexo, nada más que una cogida, nada de besos, por lo menos en la boca.

Claudia sobó el miembro que ya hacía una carpita con la tela de los calzoncillos. Con la palma marcó toda la extensión. Estaba duro y el tamaño le sumaba puntos a la noche. Él deslizó los tirantes por sus hombros y descubrió sus pechos. La chica no llevaba sujetador. Con la yema de sus pulgares jugó con los pezones en punta. El vestido quedó arremolinado en la cintura, dejando expuestas todas las partes necesarias.

Otra vez intentó acercar su boca a los labios femeninos y de nuevo se encontró con la mejilla. Sonrió contra su piel y, mientras descendía por su cuello, acunó las tetas que ya llenaban sus manos. Claudia decidió ir un poco más lejos, se metió entre la tela y la piel y comenzó a masturbarlo. Con la boca abierta sobre la clavícula emitió un jadeo. No podía creer lo que le estaba ocurriendo, así de la nada ya estaba metido en el baño con una mujer que lo estaba volviendo loco. La chica era alucinante, bien dispuesta, aunque algo rara, pero él no era nadie para juzgar. Su esposa no le hablaba tras la pelea que había tenido por el comportamiento de su hijo. Esta era una muy buena manera para desahogarse antes de volver y tener que enfrentarla.

Claudia tiró de la prenda para liberar la pija que pronto se uniría a ella. No había mucho espacio así que ni siquiera intentó chupársela, pero le hubiera encantado hacerlo, probar hasta dónde le llegaba o si era capaz de ocasionarle arcadas hasta el punto que la baba se deslizara por su mentón.

El hombre desesperado, se introdujo unos de los pezones en la boca. Lo mordió y a ella se le escapó un gemido. Sin perder más tiempo, bajó una de las manos hacia su cadera y con la otra acarició su monte de venus. ¡Impresionante! Esta toda depilada… pero cómo… Entonces, se separó lo suficiente para ver lo que estaba tocando. Esa prenda era extraordinaria, muy excitante. Pensó que si su mujer tuviera una como aquella con seguridad las discusiones terminarían en la cama. Claudia sonrió satisfecha ante la reacción del hombre. Agarró una de sus manos y la llevó hacia los humedecidos pliegues.

Le calentaba ser el objeto de deseo de alguien. Sin más preámbulos le introdujo dos dedos en la cálida vagina. Si la puta quería guerra, la iba a tener. Le mordió el otro pezón. Escuchó el quejido y pasó al otro. Sacó los dedos y los arrastró por su perineo mojando el trayecto hasta su ano. Lo rodeó, palpó y lo penetró. Sólo pudo meter una falange ya que Claudia reaccionó apretando la verga del hombre que tenía en su mano. Gimieron los dos a la vez, se miraron y sonrieron. Ya era momento de que pasaran al acto más interesante y por el cual se habían reunido en el lugar más chico de ese antro.

Lo que le excitaba al desconocido era la entrega de la mujer, por eso decidió probar algo. La giró como si fuera una muñeca, la obligó a colocar las dos manos sobre una de las paredes, se agarró la base de la pija, puso el glande en la abertura y la fue introduciendo lentamente. Quería que sintiera toda su longitud y su anchura, estaba orgulloso de su tamaño. Claudia apretó los dientes para vencer el escozor de su entrepierna.

Una vez que sus huevos chocaron contra los pliegues, besó su cuello. Chupó el lóbulo de la oreja estirándolo y, entre gemidos, comenzó a retirarse igual de lento de como se había introducido. Claudia quería decirle algo, pero ella había impuesto la regla de no hablar. Con su mejilla en la fría pared, llevó una mano a su clítoris y comenzó a masturbarse, mientras que la otra la apoyó en la nalga de él. La sintió peluda. Lo apretó tanto, que el hombre tomó eso como una invitación y sus embestidas ganaron velocidad. Así comenzó el choque de las caderas contra sus nalgas. Aprisionada por las manos del desconocido, se quedó quieta, pasiva. Él manejaba toda la situación, ella sólo disfrutaba.

El sudor de la frente masculina caía en gotas sobre su espalda, la embestía de tal manera que puso sus piernas rígidas para impedir que se separasen del suelo. Estaba poseído, tan excitado, la tenía tan dura que poco le importaba no tener un preservativo. No aguantó mucho, sacó la verga del interior de ella, se masturbó con meneos desenfrenados y acabó en sus nalgas. El líquido viscoso impactó contra su suave piel manchando el vestido y parte de su ropa interior.

Claudia se vio impedida de llegar al orgasmo cuando el hombre retiró la pija y segundos después derramó su simiente sobre ella. Casi llora de la frustración. Esta no es mi noche, pensó desilusionada. En el momento en que se iba a quejar, un dedo se introdujo en su recto, el desconocido estaba utilizando su propio semen como lubricante. Luego, sintió como otro par de dedos se colaban por su vagina. Se quedó quieta, esperando. En vez de metérsela por el culo, como ella pensaba, se dedicó a masturbarla por delante y por detrás.

Le encantaba ver como la chica le permitía jugar con su entrada trasera, hacía mucho tiempo que no culeaba a alguien. Lo que ignoraba era, que esa noche, tampoco lo haría. Realmente pensaba que se iba a recuperar a tiempo, pero el ruido de la puerta anunció que ya no estaban solos. A él le pareció divertido llevarla al orgasmo mientras corrían el peligro de ser descubiertos, así que se dedicó a pajearla de forma frenética. Claudia hizo hasta lo imposible por evitar gemir. Aunque, en un determinado momento, un gruñido atravesó sus apretados dientes y los espasmos volvieron para quedarse. Por fin había alcanzado el clímax que creyó perdido.

Trató de disimular los ruidos que emitía con un acceso de tos, pero entre la satisfacción y las ganas de gritar, de su garganta salió algo muy extraño. Entonces, la mujer que había entrado le preguntó si se encontraba bien. Era una de sus amigas. Entre jadeos, como pudo, Claudia le respondió que no se preocupara, que estaba descompuesta de tanta bebida. La mujer se puso a mear.

-¿Quieres que llame a alguien? ¿Qué te traiga algo?

-No te preocupes, Betiana. En cuanto me recupere, iré a la mesa-. Tomó aire para continuar-. Enseguida voy-. Le aseguro al tiempo que el hombre le mordía el hombro.

-Entonces te espero –dictaminó Betiana.

-¡¿Eh?! Digo, no hace falta. Ve tú, ya las alcanzo-. Miró al hombre con el ceño fruncido, agarró papel y se lo dio para que la limpiara.

-Aquí huele muy extraño –sentenció su amiga.

-Disculpa –respondió Claudia sabiendo que el olor era a sexo.

-No te preocupes, ya me voy.

Escucharon unos pasos y la puerta cerrarse. Él abrió la del cubículo con una amplía sonrisa. Una vez fuera, se agachó para subirse la ropa. Ella acomodó la suya cuando comprobó que estaba limpia (dentro de lo posible). Sin decirse nada, el hombre le tiró un beso y salió a reunirse con sus acompañantes mientras ella se terminaba de arreglar frente al espejo. Estaba sudada y se sentía sucia, pero había valido la pena.

Sin ningún contratiempo llegó a la mesa, no le preguntaron nada porque Betiana se había encargado de contarles lo sucedido. Vio que el extraño llamó al camarero. Segundos después apareció con otra bebida para ella y una nota que decía “Lamento que te hayas descompuesto, espero que esto te alivie”. Claudia sonrió, arrugó la nota y tomó un sorbo mientras sus amigas le decían que no lo hiciera, que le iba a hacer peor.

Llegó al departamento bastante bebida, alegre y satisfecha. Había tenido sexo y del bueno. Se duchó para sacarse el pegote y se fue a dormir pensando que la próxima vez que se cruzara con aquel hombre, definitivamente le iba a entregar su culo, se lo había ganado en recompensa por haber hecho que se olvidara de todo.

Al otro día se despertó con la relajación de quien tuvo una noche de sexo desenfrenado. Se sentía tan bien que decidió desayunar afuera. En el ascensor se encontró con la divorciada del sexto, estaba bastante arreglada para ser fin de semana. Era una mujer de cuarenta años, rubia y muy elegante. Se conocían de haberse cruzado en el hall de entrada, más específicamente en los buzones. De hecho, la rubia tenía el compartimiento al lado del suyo.

Al llegar a la planta baja, la vio dirigirse hacia allí. Era sábado y no creía que tuviera correspondencia. Sin embargo, cuando comenzó a caminar hacia la puerta apareció el encargado sosteniendo un sobre azul. Con todo lo ocurrido la noche anterior, se había olvidado del amante de Verónica. Mientras ella observaba al hombre, la rubia lo interceptó diciendo:

-Gracias Beto, lo estaba esperando.

-Disculpe, Señora. Esto se lo tengo que dar a la señorita, tengo expresas órdenes de dejarlo en…

-En mi buzón –completó la señora con vehemencia-. ¿Dónde están los otros sobres?

Claudia estaba en silencio y se había puesto pálida, no alcanzó a escuchar el resto de la conversación. Apoyó una mano en la pared más cercana y la otra en su frente. El sobre azul era para la rubia, el encargado se había equivocado, la cantante no tenía nada que ver y ella había usado las bragas de la cuarentona. ¡Oh, no!

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A unos metros de allí, un hombre vestido con ropa deportiva se alejaba trotando. Mientras las gotas de sudor caían por su frente hasta mojar la camiseta, pensaba en cómo castigar a su última esclava. Ninguna de sus sumisas lo dejaba solo en el club de intercambio sin pagar las consecuencias. Estaba muy enojado y dejarle las nalgas rojas era lo mínimo que le iba a hacer.

viernes, 2 de marzo de 2012

Nunca subas a la chica de la curva

Pokovirgen cuenta la historia de Carlos, un comercial de mediana edad y hombre de principios, que sube en su coche a una autoestopista como aquella inquietante chica de la curva. No es sólo una historia de infidelidad sino un relato oscuro de personajes atrapados en un extraño mito.


04:23 PM

Allí está, plantada en el arcén y haciendo autoestop con el toro de Osborne a quinientos metros.... Le recuerda a la famosa chica de la curva.

Puede que sea una leyenda urbana, pero no hay localidad que no tenga a esa criatura espectral en su patrimonio; una chica haciendo autoestop que el conductor recoge. Solícita, le previene de esa curva próxima y de lo peligroso que resulta no observar las normas de la DGT o administraciones parecidas. Cumplida su misión, desaparece misteriosamente del asiento trasero.

Incluso Oklahoma y la Pampa tienen a esos personajes en sus asentamientos aún gozando de interminables rectas. Puede que allá les llamen bend-girls o minas de la curva y, puede que, superadas por el aburrimiento, avisen a los conductores de súbitas inundaciones o tornados voraces.

En mi tierra, una recta no es esa infinita tira de asfalto que se pierde en el horizonte, sino el punto de intersección entre dos curvas -piensa Carlos-. A la chica le daría tiempo a decir: «no corras, desgraciado», no más.

El paisaje es monótono y las piernas se le duermen. Echa en falta cuestas, pendientes y, sobre todo, unas buenas curvas donde reducir a tercera, poner el pie en el freno tras unos acelerones, y así darse un masaje plantar. Los párpados le pesan. No tiene por costumbre recoger a nadie, pero esa chica con aire desvalido a las cuatro de la tarde y junto al asfalto de esa carretera secundaria rozando el punto de fusión le conmueve, cede y decide parar. Adecenta el asiento contiguo convertido en pisito de soltero, mientras ella corre junto al arcén para alcanzarlo. Lo ahueca de CDs, latas de bebida, envoltorios de bollería y sacude las cáscaras de pipa. Hace lo que puede para mostrar su hospitalidad.

-¿Adónde vas? -le pregunta

-Val·ladolitz.

-Sube, entonces.

Ella lo hace rauda, con un bolso que deja entre los pies. A él le parece extraño un equipaje tan liviano, pero su sonrisa de oreja a oreja palía sus inquietudes. Tiene esa edad en que no es posible ser fea, y su pelo castaño claro brilla al sol de la tarde con trazos dorados. Se repantiga en el asiento con familiaridad, y Carlos arranca mientras ella entorna los ojos simulando narcolepsia o cualquier otro trastorno del sueño. «La copiloto me jodió -piensa-, yo que no quería adormilarme y ella va y se hace la siesta»

-Me llamo Carlos, ¿y tú? -pregunta para romper el hielo.

-Irlanda -contesta trenzando un bucle con la lengua.

-Extraño pero bonito nombre. Tengo una tía que se llama Lourdes. Nombre propio como el tuyo, además de lugar. Por cierto ¿de dónde eres?

-Teresa.

-Interesante...

Esta claro que anda bien instruida, más en matemáticas que en geografía. Que «el orden de los factores no altera el producto» lo tiene bien aprendido. Pero no es de Irlanda y tampoco se llama Teresa, seguro. Pero ¿por qué miente?, ¿será inmigrante clandestina recién amaestrada para vete a saber que asuntos?, ¿será una turista despistada pensando que la Meseta es Marbella?, ¿será lo de Irlanda un anzuelo para dar confianza al conductor? Nadie desconfía de una irlandesa, sobre todo, desde que al personal le dio por mandar allí a sus hijos. Clases de inglés en ambientes católicos y alojados con familias castamente prolíficas. Nada que ver con la pérfida y protestante Inglaterra. Pero ¿por qué le da tantas vueltas a las cosas? Pues eso, que no es irlandesa, ¿y qué?

Por si acaso, le concede el beneficio de la duda soltándole una parrafada en inglés con fonética cherokee -gaélico no sabe- mandándole ponerse el cinturón, pero ella le contesta con la misma sonrisa y sin mostrar intención de ponérselo. No entiende nada y no es a causa del precario pero inteligible inglés de Carlos. Irlanda saca una botella de agua del bolso, abre el tapón y se la lleva a la boca. Traga gustosamente y, tras haberse saciado, la alza y derrama en cascada por su frente...

-¡UAAAHHH..., BUUUUUFFF...! -brama restregándose la cara, hundiendo sus dedos en el pelo mojado y echándolo hacia atrás, sensualmente...

¡MOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOKKKKKK!

Un reflejo, el instante de una sombra y la violencia del aire desplazado. La culera de un trailer a centímetros y su corazón desbocándose. Debe tener cuidado. Los camioneros se incorporan a la ruta con fuerzas renovadas tras su almuerzo de tres platos y visionar "Frijolito", la telenovela de la tarde que los deja peligrosamente llorosos y más falsamente seguros que un botellón de anís con absenta y chorros de tinto barato.

-Tú mirarg -dice ella señalando la discontinua y añadiendo-: ¿Kalorg, suenyo?

-Pues sí, Irlanda. Acabo de comer, tengo el aire estropeado y...

Otro chorro de agua, esta vez en su cabeza y una risa traviesa en su oreja. Los dedos de la chica acariciando su cabello y peinándolo hacia la nuca...

-Joder..., sabes como despertar a la gente, cabrona..., jajajajajajajaja... -ríe él sacando la lengua para beber el agua con su método, sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre o mejor dicho: en las bajezas de su vientre. El olor a pelo húmedo le vuelve loco, bueno, hasta el propio le pone a cien. No le importa el chapoteo en el suelo; el aire entra ardiente y pronto secará el desastre. Se olvida de los recelos.

Un golpe de volante a tiempo les salva de otro choque frontal. Implora piedad y contención a Santa Frígida y busca con los ojos a la familia en ese "Papá no corras" que hay en la tapa de la guantera; la tópica advertencia con cuatro portafotos dorados horrendos donde lucen la suegra, su esposa y sus vástagos al completo. Ya nadie cuelga eso, fue un regalo de la suegra con su careto ya puesto y no va a hacerle un feo a su mujer. Seguro que lo encontró en un rastro o hurgando en la basura -capaz es la vieja - y él se plantea tener otro hijo y así tener un pretexto para reemplazar la foto de la arpía con la suya, igual que uno procrea para conseguir células madre y salvar al hermanito terminal.

Pero la familia no está allí para darle coraje y resistir. Ha desaparecido bajo los pies de Irlanda, hábilmente situados. Su esposa y Marcos, el nene, bajo el izquierdo; la suegra y Nuria, la nena, bajo el derecho. Suspira entre agradecido y culpable por escudarse de sus miradas de una manera tan mezquina

El paisaje es hostil y fomenta el recato, no la disipación. No hay recodo o árbol a la vista. Sólo el cielo amarillento de calima y el infierno de rastrojos surcado por la carretera infinita, y él en compañía del demonio encarnado en cuerpo de mujer obscenamente plegado con los pies en la guantera.

Con la refrigeración bloqueada, el viento entra por las ventanillas sumándose a esa conspiración abyecta que intenta quebrar su voluntad, desnudando las piernas largas y delgadas de Irlanda cuya falda golpea en sus caras con sacudidas violentas. Él la aparta como puede para recuperar la visión del asfalto entre risas que les dejan sin resuello.

Irlanda acerca la mano a su torso mientras las carcajadas dejan paso a un silencio tenso, acaricia su piel suavemente y, donde antes chorreaba agua y sudor, ella trenza vello con los dedos. Desabrocha la camisa y acerca la boca a sus pezones que apremia con suaves mordiscos, dejándolos erectos. Boca y dedos recorren su cuerpo impregnándolo de saliva y él teme que no le haga un delator chupetón. También teme perder el control del vehículo y busca desesperadamente un lugar donde parar, pero la cuneta es como el foso de un castillo que reverbera con vibrantes ondulaciones tras el asfalto caliente.

Ella capta su aprensión y lo suelta momentáneamente para ocuparse de los placeres propios. Parece acariciar su vulva y gime pero queda fuera del ángulo de Carlos. Él se resiste a perdérselo y mueve el retrovisor hasta recuperar el campo de visión a costa de dejar ciega la luneta trasera. Furtivos vistazos le confirman que Irlanda no es tan verde como cuentan y observa sus tonos rosados, su geografía más íntima, desde las montañas de sus senos hasta las cañadas más profundas donde crecen dorados matojos de pelo. El ancho vestido se convierte en un telón abierto para mostrar toda esa lujuria. Él está erecto, muy erecto, y la protuberancia pide mano de inmediato. Como si siguiera el guión de una película porno, ella intenta bajarle la cremallera. Es una maniobra costosa pues la compañía ferroviaria no contaba con un seísmo tan travieso y el tirador encalla a la mitad del trayecto. Pero el convoy consigue llegar a su destino sin descarrilar y sin más secuela que la hinchazón desmesurada en la entrepierna de un viajero.

Teme a la suegra y teme al deseo, pero la arpía se esconde bajo los pies de Irlanda y el deseo brota incontrolable entre esas manos que liberan a la verga prisionera. Su carne tensa se despega de la goma del gallumbo y siente el aire en la cabeza de la bestia. Pero no por mucho tiempo. Pronto la suave mano de Irlanda se empapa con sus jugos que extiende a lo largo del mango enhiesto. La mano se convierte en puño que aprieta; y el movimiento, en vaivén acompasado que le arranca un hormigueo gozoso que alcanza el escroto en forma de pequeñas descargas placenteras. Sííííííí..., a la mierda su puritana continencia..., a la mierda todo... Quiere eso, lo quiere. Irlanda se agacha y le da cálidos besos en la punta, después lame sus jugos y después... traza círculos en ese escalón tan sensible que le provoca estremecimientos. Le gustaría soltar el volante y poder tocar los pechos y el sexo de Irlanda; pero la mirada de la suegra, liberada por fin de sus pies, le advierte. La aprensión se convierte en morbo y se siente obscenamente guarro ante ella.

-¿No te gusta lo que ves, soperra? -le pregunta desafiante.

Pero la foto no contesta, ni siquiera Irlanda se da por aludida, y si lo hace, tiene la boca ocupada con una succión perfecta. Sus labios se deslizan arriba y abajo, su lengua lame frenética y su mandíbula aspira con fuerza. Repite la operación con cadencia mientras acaricia los huevos que aún se esconden tras la tela del pantalón. Es una felación despiadada que un hombre convencional como él nunca conoció, sino olvidó en el tiempo. Por eso, pronto pierde el control.

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh..., que me corroooooooooo... -gime soez sin considerar que un trabajo tan bien hecho merece la frase perfecta.

Sonríe con cara perversa mientras mira a la madre de su parienta. Qué morbo llenar esa boca con su semen ante ella, sentir a Irlanda ciñendo su verga como una acogedora placenta. Tanto gusto le da que levanta el pie del gas y el paisaje parece detenerse, sin ser consciente de que es él quien se detiene. Un bocinazo le saca del ensueño y un automóvil los adelanta impaciente. Pisa de nuevo el acelerador y, poco a poco, sale del marasmo y recupera la visión nublada por el placer. Irlanda aún cobija su verga pero ahora sus manos están ocupadas hurgando en el bolso. «Qué encanto -piensa él- está buscando pañuelos, no quiere mancharme el pantalón». Sonríe, se siente satisfecho, casi fresco.

Entonces ve aparecer el cartelito de su mano, un trozo de cartón roñoso como los que acostumbran a poner los mendigos tras el cazo de las dádivas y cuyo texto acostumbra a empezar con el tópico: «ZOY UERFANO MIS PAPAS MAN BANDONADO...» o « SOI VIÚDA I MARIDO START EN PRIZION...»

Leer eso sin quitar la vista de la carretera tiene lo suyo, pero se esfuerza intentando imitar a los camaleones con su juego de ojos, y lo consigue sin estrellarse a pesar de que tiene fundados motivos para hacerlo:

«TRAS LA PRÓXIMA CURVA ENCONTRARÁS UN DESVIO A LA DERECHA. SAL POR ALLÍ. HAZME CASO O TE DESCERRAJO EL CAPULLO DE UN BOCADO»

Atónito, no reacciona. Piensa que es una broma o no lo ha leído bien, pero el mensaje es tan claro que le quita la esperanza de que así sea. Más que pánico, siente una amarga decepción. Esa no es su chica de la curva, y si lo pretende ser, es un fraude. Pero no va a discutírselo por ahora ya que en su prepucio siente el abrazo de un bonito collar de dientes afilados dispuestos a cumplir la amenaza y, a pesar de que su tranca se minimiza por momentos, ella le ajusta el cerco y la mantiene forzadamente erecta; mejor dicho, sostenida. Aprieta el frenillo y tira hacia arriba para dejar constancia de que va en serio, y ahí, él sí empieza a sudar de verdad y a buscar esa curva en la lejanía.

La recta se cierra, y reduce la velocidad, tembloroso. A su derecha ve ese camino que parece perderse entre una mata de carrascas. Pone el intermitente con aprensión. Ya nada queda de eso que sintió minutos antes. "El ángel succionador" es ahora una boa roscada a su entrepierna, y del orgasmo sólo queda un sudor frío que le baña con diminutas perlas de hielo.

Sale definitivamente de la seguridad del asfalto y enfila el precario camino dejando una nube de polvo en la trasera. Irlanda resiste el bamboleo hábilmente, y no suelta su verga ni la ciñe más de la cuenta, es más, da la vuelta al cartelito y aparece la nueva advertencia:

«NO TE DETENGAS, CABRÓN. SIGUE HASTA NUEVA ORDEN O HAGO UN CARPACCIO CON TU VERGA».

Obedece, qué remedio. Tras las carrascas, la silueta de un hombre joven les corta el paso. Irlanda no cambia de posición cuando el vehículo se detiene y el hombre se acerca para abrir la portezuela. El tipo lleva una cámara y hace diversas tomas de la cabeza de Irlanda en su regazo. Hace algunas que parecen hechas al azar; y otras, al portafotos, a la matrícula, a su cara estupefacta. Parece tener más de perito que de artista y no deja rincón sin rastrear.

-Sigue con la mamada -ordena a Irlanda que aún no ha soltado a su presa-. Y ella sigue moviendo la cabeza arriba y abajo mientras el tipo sigue con su faena, esta vez grabando en video para que no se le escape ni un detalle.

-Ya es suficiente -dice a la chica mientras saca un bote de plástico transparente y se lo acerca. Después saca un arma y apunta a Carlos en la sien.

Irlanda levanta la cabeza y el semen desborda su boca como un vómito blanco que cae en el frasco. Sale del automóvil y escupe el resto sobre la hierba reseca. Busca la botella de agua que antes vertió lascivamente sobre su cabeza y se enjuaga la boca varias veces. Finalmente se seca con un extremo del vestido y rodea el vehículo para devolver el bote al tipo.

-No estuvo mal -le dice a Carlos en castellano perfecto-, pero me da asco tragarla. Lo siento.

-¿Lo cacheaste? -pregunta el tipo.

-De arriba abajo. Llevaba la cartera en el bolsillo trasero. Le palpé la MasterCard, la Visa Oro y la de débito. La sanitaria, el D.N.I., el permiso de conducir...

-Eres la hostia. Qué suerte que tu hermana fuera ciega, el braille se te da de muerte...

-...y qué pena que tu madre fuera una puta y mamaras su mala leche... -prosigue ella-, varias tarjetas descuento, el carnet de puntos de un cine, el de la biblioteca, la...

-Aparte de poder ilustrarnos..., ¿efectivo?

-Dos de cincuenta y monedas.

Finalmente el tipo se dirige a Carlos:

-Sabemos dónde vives, dónde trabajas, eso es básico para cualquier negocio. Tenemos las tarjetas que son el maná de la existencia; tenemos tu discreción y la nuestra porque no queremos que nadie se entere de las guarrerías que haces por esas carreteras; y tenemos también paciencia, la que nos llevará a sacar pequeñas cantidades que apenas te afectarán, no fuera la avaricia a romper el saco. ¡Coño...!, si hasta tenemos tu esperma que ahora la socia guarda en la neverita de hielo, nuestro particular banco genético. Podríamos sembrar el mundo de capullos como tú y llevarlo a la hecatombe... joder..., ¿sería guerra biológica eso?, o a preñar..., bueno..., he visto a tres mujeres en ese portafotos tremendo. Ya hiciste tú el trabajo con una, la vieja cerró el negocio hace tiempo y la tercera...

A Carlos le han dado de lleno y ya no puede contenerse. Se lanza contra el tipejo que lo recibe con la rodilla en los morros. Un hilo de sangre brota de la comisura de sus labios. El tipo lo levanta por la solapa, sentándolo de nuevo. Espera que recupere el aliento y le acerca una pequeña agenda.

-Anota los códigos -dice apuntándolo otra vez.

Y él anota códigos con mano temblorosa y en silencio.

-¿Y el móvil? -pregunta el tipo a la chica.

-Ya lo tengo -contesta mientras quita las llaves de contacto y da un último rastreo al interior del vehículo.

Finalmente se largan. Carlos oye sus voces apagándose y, al poco, el sonido de un vehículo perdiéndose en la lejanía. Saca las piernas del coche aún sin levantarse. Escupe sangre y busca la botella de agua pero no la ve. Tiene una sed atroz y necesita esa botella. Sale del automóvil y cruza el bosque de carrascas atrapando el polvo con su caminar derrotado. Baja hasta la carretera, se acerca al arcén y pone el dedo. Se sentiría mejor si lo hubiesen pateado hasta la muerte. Si su piel fuera un confuso mapa de cardenales tras los que esconder la humillación y la vergüenza. Un par de camiones lo ignoran y un monovolumen negro pasa junto a él con la misma indiferencia.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

05:17 PM

Maribí Rodríguez lanza su cuerpo inmaterial al acelerador de partículas de Ginebra aprovechando que está activo. En milésimas de segundo, sus átomos recuperan la estructura primigenia mientras se deslizan por el cableado de la red eléctrica. A mil kilómetros de distancia, el chisporroteo sobre un trigal recién segado avisa de que un rayo está al caer, y una pareja de cernícalos huye despavorida con sus polluelos en el pico. El cielo está limpio de nubes y no cae rayo alguno, es Maribí Rodríguez quien se descuelga sobre los rastrojos con la pericia de una acróbata y con la seguridad que le da su larga experiencia. Lleva cuarenta y dos años haciéndolo, sin festivos, vacaciones ni puentes de por medio. A modo de fijador, recompone el cardado de su pelo atusándolo con saliva, recoge el bolso de charol a juego con sus zapatos de tacón y echa a andar hacia el arcén. Lleva un vestido de verano estampado con cuadros blancos y negros, una joya del op-art de los 60's que le da el aspecto de un gigantesco damero y por el que las fanáticas del vintage matarían.

Llega tarde como siempre, y, como siempre, piensa en cuanta gente más morirá en esa curva por culpa de sus retrasos. Se sitúa junto al asfalto a quinientos metros del toro de Osborne y extiende la mano con ese gesto que ha llevado a millones de jóvenes y no tan jóvenes a dar la vuelta a la tierra. Su aspecto no es el de una trotamundos sino el que lucía una noche de verano cuarenta y dos años atrás cuando salió de la curva que aún sigue esperándola, la única del trayecto. El índice de alcoholemia no ayudó a que el Mustang rojo descapotable regalo de su padre, un rico terrateniente de la zona, no quedara bocabajo; a que uno de sus zapatos no fuera hallado a veinte metros incrustado su tacón en un tronco, ni a que su sangre no cuajara sobre el esmalte rojo de la chapa.

Un camión se detiene, pero ella lo ignora a conciencia y el conductor arranca con bocinazos de cabreo. Dos puertas, camiones, tractores, cosechadoras, triciclos y cualquier vehículo que le dificulte el acceso al asiento trasero o no disponga de él no son de su incumbencia. Ella es la chica de la curva y no una fresca. Desechados los modelos más excéntricos, un monovolumen negro con sus correspondientes puertas traseras se detiene. El conductor le pregunta adónde va, y ella le confirma destinos coincidentes.

Maribí se introduce en el confortable interior climatizado. Ha cumplido con 16425 servicios como chica de la curva y aún le quedan 166075968958694 de penitencia para tener acceso al Paraíso. Ya no habrá automóviles sobre la tierra cuando acabe con su labor preventiva. Conoce de memoria hasta el último rincón de ese paisaje desolado. Pasan los kilómetros y ella contesta con monosílabos a las preguntas del conductor.

El momento se acerca y debe soltar la frase crítica para seguidamente desmaterializarse cuando una rebelión sorda cuaja en la boca de su estómago. El impulso se transforma en determinación y en la certeza de que no dirá palabra alguna. Cuenta hacia atrás, cruza los dedos y cierra los ojos cuando pasan por la curva maldita donde su Mustang salió despedido. Se muerde la lengua y no puede ver a ese hombre de aspecto desaliñado que, junto al arcén, parece suplicar auxilio. Abre los ojos de nuevo y el corazón golpea su pecho como cuando estaba viva. Contra pronóstico, nada ha pasado. Han sorteado la curva; ella sigue muerta y el conductor, indemne.

Pero no quiere desaparecer de inmediato según el protocolo dispuesto por el Sindicato de Chicas de la Curva; quiere llegar a la ciudad, ver la vida discurrir por sus calles, buscar y espiar a sus amigas ya viejas, oler los aromas familiares, los del pan y los pasteles recién hechos en la tahona de la esquina, el de los perfumes en las tiendas; ver a las parejas en los bancos acariciar sus jóvenes cuerpos. No quiere el cielo prometido sino el que dejó en la realidad tangible de la vida. Quiere el cielo de las sensaciones, sentir esas pequeñas cosas que jamás valoró, que no apreció a su tiempo.