viernes, 5 de abril de 2013

Demiurgo

La raza humana casi desaparece tras un cataclismo solar. Pero, por fortuna, una nave escapa de una Tierra condenada. Su destino: perpetuar la raza humana en un nuevo planeta.






No entiendo que es lo que hago mal –murmuró el androide, dejándose caer con pesadez en el sillón de mando de la nave.
 
Al androide le pusieron el nombre de Demiurgo hacía tiempo y, por eso, cuando sus ágiles dedos biomecánicos desplazaron varias imágenes en la pantalla holográfica de la nave y llegaron hasta los archivos protegidos con contraseña, seleccionó su nombre en el campo dedicado al usuario. Luego conectó su enlace neuronal de la cabeza al cerebro de la nave y accedió a los datos sensibles almacenados.

–No puede ser así; algo está mal –se lamentó con un susurro mientras recorría en milisegundos todos los vastos conocimientos que albergaban los cristales de flúor. En ellos residía el compendio íntegro del conocimiento humano.

Cuando llegó a la sección dedicada a la fecundación humana, se extrañó al encontrarse con un error de lectura.
–Es el colmo –bufó hastiado Demiurgo.

Volvió a intentar el acceso a la información sobre la fecundación de seres humanos. Un nuevo error de lectura volvió a aparecer en la pantalla holográfica.

–No debería aparecer ningún error. Antes podía acceder sin problemas. Estoy seguro.

Desconectó su enlace neuronal y, con un gesto de profundo cansancio, se levantó del sillón de mando y se dirigió hacia el compartimiento donde se almacenaban los cristales de flúor.

La chapa estaba abollada y la cerradura, otro enlace neuronal, tenía arañazos a su alrededor.

El androide observó con detenimiento la cerradura. Estaba seguro de que él no había abierto el panel con anterioridad. Pero allí estaban los arañazos.

Y los dos humanos que aguardaban fuera de la nave no podían haber sido. No disponían de enlaces neuronales en sus cuerpos biológicos. Solo podía haber sido él, pues era el único que poseía en su nuca la abertura donde se conectaba el enlace neuronal.

Pero el caso es que no recordaba haber abierto el panel previamente.

–Es inaudito –suspiró confundido.

Sin dedicarle más tiempo a aquel sinsentido, pues era algo secundario, Demiurgo conectó su enlace y abrió el panel. Dentro, los cristales de flúor seguían conectados a sus cunas de silicio.

Pero… ¡Maldición!

El cerebro artificial del androide chisporroteó de miedo al advertir que casi la mitad de los cristales, los que estaban más al fondo del pequeño habitáculo, tenían grietas en su superficie. Algunos estaban visiblemente rotos. Varios trozos y esquirlas se esparcían entre el resto de cristales.

–Imposible, imposible –repitió la máquina para sí, tratando de negar la evidencia.

Casi la mitad del conocimiento humano estaba echado a perder. Los cristales de flúor, los objetos más sólidos y duraderos conocidos, estaban fragmentados e inutilizados.

–¿Cómo ha podido suceder?

El androide negó con la cabeza y sin poder soportar por más tiempo ver aquel desastre, cerró el panel y volvió a sentarse, apesadumbrado, en el sillón de mando.

–Tengo que saber qué ha ocurrido.

Se conectó de nuevo con el cerebro de la nave y se propuso repasar todos los cuadernos de bitácora. Todos y cada uno de ellos.

Tardaría bastante tiempo pero los humanos, fuera de la nave, aguardándole, podrían esperar. Además, el hombre y la mujer, al verse solos quizá encontrasen la solución al problema de la procreación por sí mismos. No se recordaba dónde ni cuándo pero alguna vez leyó que la vida sabe abrirse camino por sí sola.
Empezó por acceder a la información desde el origen.

Todo surgió hace poco más de trescientas mil unidades-luz, en el planeta Tierra. De allí provenían sí, leyó Demiurgo.

El sol, alrededor del cual orbitaba el planeta, se había vuelto inestable desde que aparecieron aquellas manchas en su superficie brillante. Los científicos declararon que jamás habían visto nada parecido. Las manchas crecieron de tamaño en poco tiempo, reduciendo las radiaciones lumínicas y caloríficas de la estrella. El planeta acusó el cambio de forma drástica, desapareciendo en el tiempo de pocas generaciones humanas la mayor parte de las especies vegetales y, siguiendo la cadena trófica, también un número considerable de especies animales.

La especie humana, al verse en peligro, comprendió que la estrella que, durante los miles de millones de años que había propiciado la vida en el planeta, estaba cambiando, eliminando la propia vida que había ayudado a crear. Mareas de seres humanos se desplazaron a las zonas del planeta donde aún llegaban a la superficie suficientes cantidades periódicas de luz y calor, capaces de mantener el clima de una forma soportable. El poco espacio disponible donde se hacinaban todos los seres humanos aceleró la creación de batallas por los escasos recursos de agua y comida disponibles. Cuando las bombas atómicas de fisión estallaron, empequeñecieron aún más los límites de tierra que podían albergar aún la vida.

La nave donde Demiurgo escapó de aquel planeta condenado fue lanzada sin aviso previo. Pocas personas supieron de la construcción o el destino de aquella nave. El androide que la pilotaba, Demiurgo, era el exponente final del ingenio humano. Una combinación de cerebro cuántico y esqueleto mecánico, dotado de los últimos avances en inteligencia artificial.

La nave albergaba todo el vasto conocimiento humano. Al menos, todo el que estaba disponible en aquellos momentos de tensión, guerra, hambre y muerte. Miles de seres humanos, reducidos a células primigenias o células madre, fueron almacenados en la nave. No se incluyeron animales ni plantas porque las pocas especies que quedaban vivas habían mutado hacia formas de aspecto extraño y enloquecedor. Sí que hubo lugar, sin embargo, para incluir millones de insectos, una especie que, insospechadamente, resistió con éxito las duras condiciones radiactivas de las zonas muertas del planeta.

La nave pilotada por Demiurgo tenía un único fin: llegar a alguna parte.

El propio Demiurgo también tenía su función: ayudar a que el ser humano, una vez alcanzado aquel hipotético lugar, se perpetuara.

El viaje duró eones. Ayudada de los campos gravitacionales de planetas y soles e impulsada por un motor de fusión calórica de combustible casi infinito, la nave vagó sin rumbo fijo durante tanto tiempo como necesitó el ser humano para evolucionar desde sus parientes, los simios.

En su trayecto, Demiurgo solo encontró soledad y vacío. Galaxias enteras fueron revisadas sin que, en ninguno de sus vastos sistemas solares, pudiese encontrar el planeta idóneo. Los seres humanos tenían gran capacidad de adaptación pero exigían requisitos de temperatura, gravedad, clima, oxígeno y agua que debían existir en unas proporciones muy exactas.

Por fin, un planeta que orbitaba alrededor de una estrella doble, fue avistado  y elegido por Demiurgo como el destino final.

El aterrizaje fue el esperado, la nave no tuvo ningún problema en atravesar la atmósfera ni en encontrar un lugar de tierra cercano a grandes extensiones de agua potable.

Sin sobresaltos, la nave se posó grácilmente sobre aquel planeta virgen.

Demiurgo no perdió tiempo en la tarea para la que fue creado.

Podía, sin demasiado esfuerzo, crear a los seres humanos en cualquier etapa de su vida pero, por un premura que se le antojaba lógica al haber esperado tanto tiempo en encontrar el planeta idóneo, decidió que la etapa biológica precisa era pasada la pubertad, cuando los cuerpos estaban completamente formados y maduros para la procreación.

Al inicio del día había creado a la primera pareja de seres humanos perfectos, un macho y una hembra. Solo ellos dos.

No podía colonizar aquel planeta con todas las muestras de células madre de que disponía a la vez pues, antes, tenía que confirmar que el ser humano estaba listo para aquel decisivo paso. Tenía que asegurarse de que aquella generación de humanos podían procrear según sus desconocidas prácticas sexuales. Si esparcía todas sus muestras sin haberlas probado antes, se corría el riesgo de perder a la raza humana para siempre.

El problema era que la pareja de seres humanos no procreaban. Y no sabía cómo ni por qué. Y, lo que es peor, Demiurgo acababa de comprender que el compendio de conocimientos sexuales del ser humano estaba echado a perder.

Estaba almacenado en los cristales de flúor que estaban astillados.

Demiurgo suspiró amargamente y, consultando su reloj atómico interno, se dio cuenta de que había dejado al hombre y la mujer solos desde hacía bastante tiempo.

Atravesó el hangar de proa y, al dejar atrás varios mamparos donde se almacenaban las reservas de células de insectos, todos los cuales todavía aguardaban a ser liberados en el nuevo planeta, se fijó en que varias vigas estructurales estaban contraídas y dobladas. Los recubrimientos tenían grietas y estaban abollados. Parecía el resultado de un golpe, un formidable golpe contra la nave.

El aterrizaje no había sido tan bueno como había pensado. La nave sufrió daños. Severos daños.
Claro, los cristales. Un violento choque al aterrizar tenía que ser la causa de las roturas.

Más tarde verificaría los daños. Ahora era necesario comprobar que el hombre y la mujer estuviesen en perfecto estado.

Abrió las diversas compuertas que daban acceso al exterior y, ya fuera, volvió a sentir aquel extraño zumbido.
Un zumbido como el de miles de cortocircuitos invadiendo su cerebro cuántico.

Era raro. La mejor manera de definirlo era como un zumbido, tal y como lo registraban sus sentidos biomecánicos. El aire era puro; la temperatura, agradable. Pero aquel zumbido… qué raro. Aparecía cada vez que se exponía al exterior de aquel planeta. ¿Un fallo de sus circuitos cuánticos internos? Quizá. Desconectó, a diferencia de las anteriores veces que salió al exterior, varias conexiones neuronales de su cerebro y, eliminado por fin el molesto zumbido, buscó con la mirada al hombre y la mujer.

No estaban.

Un ramalazo de pánico sacudió a Demiurgo. 

¿Dónde se habían metido?
 
Alrededor de la nave, una espesura de especies vegetales autóctonas,  de colores anaranjados y rojos, se elevaban varios cientos de metros del suelo. De troncos gruesos y torzonados, aquellas plantas crecían muy juntas entre sí, a pocos metros una de otra, desplegando ramas pobladas densamente de hojas de color sanguinolento.

Aquel planeta podía perfectamente albergar, y era muy probable, especies vivas que podrían moverse y alimentarse de los primeros seres humanos que lo pisaban. Era imperioso encontrarlos cuanto antes.
Demiurgo se fijó en las huellas dejadas por el hombre y la mujer en el suelo terroso. Las huellas comenzaban al pie del árbol donde les había indicado que esperasen, hacia un buen rato. Sus pies desnudos habían dejado huellas precisas que se perdían en la espesura.

Demiurgo entró de nuevo en la nave y volvió a salir con un rifle láser de protones. No quería usarlo pero, si debía aniquilar cualquier amenaza viva que pusiera en peligro a sus seres humanos, no lo dudaría.

¡Qué curioso! El arma no tenía la carga completa; parecía haber sido disparada. Varias veces.

Pero ahora esa nimiedad no podía frenar al androide. Sus humanos podían estar en peligro. Se la echó a la espalda y salió al exterior.

Siguió con detenimiento las huellas. La temperatura era agradable y las hojas de aquellos árboles se mecían bajo una suave y cálida brisa. La luz de los dos soles aún era visible pero, debido a la espesura del follaje, las penumbras se extendían por doquier.

Un gemido que oyó a lo lejos le puso sobre alerta. Era la mujer, no cabía duda. Y parecía estar en peligro. Ubicó con precisión la fuente sonora y avanzó con rapidez.

Los gemidos se sucedieron. Ahora también procedían del hombre. Demiurgo redobló su veloz carrera. Armó el rifle láser y se lo colocó al hombro, en posición de disparo.

Llegó hasta un claro donde, bajo una pequeña pendiente pedregosa,  un arroyo de agua moría en forma de cascada hasta un pequeño lago de superficie cristalina. Alrededor del lago, en la playa de arenas blancas y finas, estaban el hombre y la mujer.

Estaban solos. Demiurgo respiró tranquilo. La integridad del hombre y la mujer estaban a salvo.
Pero… algo marchaba mal. Ambos seres humanos estaban tumbados en la playa. El macho sobre el cuerpo de la hembra.

Demiurgo afinó su sentido visual para captar los detalles.

Una parte del cuerpo del hombre parecía penetrar el cuerpo de la mujer, allá donde sus pelvis se unían con las piernas.
El androide contempló, entre la fascinación y el miedo, aquella danza.

Sí, una danza. El hombre y la mujer parecían estar ejecutando una especie de baile donde sus cuerpos se movían sincronizados, en una sucesión de ritmos lentos y rápidos.

La mujer, con las piernas recogidas y entrelazadas sobre las nalgas del hombre, soportaba con gemidos intensos las breves pero intensas embestidas que la pelvis del hombre le propinaba. Una extremidad del hombre, de tamaño y proporciones distintas a como Demiurgo las recordaba, parecía deslizarse dentro de una abertura que la mujer parecía disponer en su entrepierna, cerca del orificio por donde defecaba. 

Un momento. ¿Dos agujeros? ¿La mujer tenía dos agujeros? No, él la construyó solo con uno.

El hombre la había perforado, había mutilado el cuerpo de la mujer.

Ambos seres humanos emitían quejidos de puro dolor con aquella danza. Era evidente, viendo sus caras contraídas por el esfuerzo y la pena.

Demiurgo estaba confundido. ¿Cómo era posible que el ser humano tuviese, en sus propios genes, nada más nacer, el impulso de dañar a su semejante?

Sin embargo, había algo todavía más aberrante. Ambos humanos parecían disfrutar, a juzgar por sus sonrisas y besos. Hombre y mujer se besaban y acariciaban mientras lloraban y jadeaban de dolor.
Demiurgo sabía que los besos eran una muestra de afecto y cariño entre seres humanos de modo que, ¿por qué razón el hombre y la mujer se profesaban mutuo cariño mientras ejercían y soportaban dolor a la vez?

Era incomprensible.

Las manos del hombre se agarraban a los senos de la mujer, y ella, sin razón alguna, parecía corresponder con agrado.

Sus cuerpos acumulaban calor con aquellos movimientos enérgicos y sudaban, haciendo brillar su piel.
Pero Demiurgo, que asistía a aquella danza humana entre la incomprensión y la confusión más extremas, no estaba preparado para lo que estaba por llegar.

La mujer se desplazó y huyó del abrazo del hombre. Le indicó por medio de miradas que él se incorporase y ella, arrodillándose, quedó a la altura del miembro deforme del hombre.

El androide tuvo la oportunidad de contemplar aquella monstruosidad larga e hinchada que el hombre disponía en la pelvis. Cuando lo construyó, estaba totalmente seguro de aquel miembro era mucho más pequeño y descansaba entre una bolsa de piel. Ahora, su forma era muy distinta, al igual que su color. Un rosa encendido, pringoso, teñía el extremo de aquel miembro.

Cuando la mujer se tragó el miembro, Demiurgo parpadeó horrorizado

El hombre agarró la cabeza de la mujer, intentando apartarla, juzgó el androide, y comenzó a gritar agónico. Eran gemidos espaciados, como si el dolor le viniese en oleadas. La mujer cubrió de besos y lametones el miembro hinchado, cubriéndolo de su saliva.

La mujer intentaba alimentarse del cuerpo del hombre, sin duda alguna. Una mujer caníbal.

La idea hizo chisporrotear de odio y tristeza al androide.

Pero, ¿por qué? Tenían cuerpos saludables, bien formados. Los había alimentado hacía poco; la mujer no podía tener hambre de nuevo. A menos… 

A menos que ella tuviese un error.

Una mujer errónea. Sí, eso era. La célula madre femenina debía contener una tara, un fallo de diseño genético.
Demiurgo se fijó en el hombre. En los ojos de él se advertía, sin posibilidad de fallo, el dolor y la honda pena. Chillaba y emitía jadeos de dolor. Pero también había placer. Se notaba en su sonrisa, en los gestos delicados para apartar y atraer la cabeza de la mujer. Pero no lo hacía con decisión, sino que parecía complacerse en la idea de dar de comer a la mujer.

Dar de comer parte de su propio cuerpo, aunque fuese una parte deforme y horrenda, ponía al hombre al mismo nivel de canibalismo que el de la mujer.

Cuando el androide creyó haber visto el límite de la peor faceta humana, la mujer se tumbó y el hombre dirigió su cabeza hacia la entrepierna de la mujer.

Ahora fue el macho quien, como si estuviese dominado por una sed acuciante, sorbió el interior de la hembra.
El androide bizqueó, incapaz de entender aquel comportamiento.

El hombre tenía agua a su lado, procedente del lago. Toda la que quisiese, potable y cristalina, pura como ninguna otra. Pero, en su lugar, elegía la que parecía manar del interior de la hembra, del agujero que le había practicado. La mujer emitía hondos quejidos y sonoros bufidos. También el hombre era caníbal, sin duda alguna.
También el hombre era erróneo. Un macho con tara.

Y la mujer accedía, eso era lo más inaudito. Quizá fuese algún tipo de desagravio para con el hombre por haberse alimentado de él previamente pero, en cualquier caso, eso no justificaba la actitud de ambos.
¿Qué clase de horrorosa descendencia tendrían aquellos seres, en el hipotético caso de que supiesen reproducirse? Tarde o temprano, la especie humana se eliminaría por sí misma y eso era inaceptable.

Cuando ambos seres humanos adoptaron de nuevo sus posturas iniciales, en las que el hombre penetraba el cuerpo de la mujer con su miembro deforme, Demiurgo estaba casi seguro de lo que debía hacer.

La danza se sucedía a un mayor ritmo. Ambos cuerpos se entrelazaban. El hombre estaba matando a la mujer, quizá no hubiese extraído suficiente fluido del cuerpo de ella. Pero la hembra accedía gustosa, como si el castigo fuese justificado.

De pronto, el hombre gritó fuerte.

Demiurgo dio un respingo, asustado. Era el colmo. El hombre moría sin remedio y, desafiando toda lógica, el placer parecía recorrer todo su cuerpo.

A su vez, la mujer también se sacudió, presa de convulsiones. Chilló agónica, arañando la espalda del hombre mientras sus brazos y piernas temblaban incontrolables.

El androide disparó dos veces. Sin dudarlo. Ya había presenciado suficiente crueldad.

Era lo mejor, sin duda alguna. Aquellos seres humanos eran defectuosos. El macho tenía una deformidad en su cuerpo, la mujer tenía un agujero en el suyo y ambos tenían actitudes sádicas y caníbales, complaciéndose con el dolor y el sufrimiento ajenos.

Los cuerpos quedaron inmóviles, con sus cabezas atravesadas por los impactos de láser.
Demiurgo se echó el arma a la espalda, bajó por la pendiente y, agarrando ambos cuerpos sin vida por los pies, los arrastró sin esfuerzo camino de la nave.

En el ánimo del androide se sucedía una mezcla de decepción. ¡Qué desperdicio tan inútil!
Millones de unidades-luz de viaje, llevando consigo aquel par de células madre de seres humanos defectuosos. Otra pareja perfectamente sana podría haber ocupado su lugar. 

Cuando llegó hasta la linde donde se aposentaba la nave, se preguntó qué hacer con los cuerpos.
Eran totalmente inaprovechables, pues sus células podían contaminar de alguna forma la siguiente pareja que crease. Además, las cabezas mutiladas de ambos seres incomodaban sobremanera al androide. Pero, al fin y al cabo, eran cuerpos que, quizá, servirían de sustrato y abono a la vegetación de aquel mundo. De modo que llevó ambos cuerpos hasta cerca de los primeros árboles de la linde y excavó dos tumbas.

La tarea le llevó un buen rato pues no deseaba entrar dentro de la nave para buscar herramientas apropiadas. Quería desembarazarse de aquellos cuerpos cuanto antes.

El ocaso apareció cuando Demiurgo terminaba de rellenar con tierra los dos agujeros.

Al instante, como si aquellas plantas agradeciesen el regalo, dos tallos emergieron del suelo con rapidez inusitada, creciendo a un ritmo acelerado.

El androide suspiró de fastidio cuando terminó. Se encaminó hacia la nave y, antes de entrar, se permitió echar un vistazo atrás.

Las plantas que crecían sobre las tumbas tenían ya la altura de medio metro.
Recordó los destrozos de la nave.

Era necesario comprobar de los daños sufridos en la estructura, ya que el aterrizaje no había sido tan perfecto como recordaba. El fuselaje de la nave, ahora que lo veía desde el exterior por completo, estaba irremediablemente dañado.

Los propulsores de fusión estaban inutilizados. ¡Qué desastre!

Pero era necesario sobreponerse a aquella eventualidad y priorizar sus objetivos.

El primero era desplegar la vida humana en aquel planeta. Una vida humana perfecta, sin defectos.

Entró en la nave, selló las compuertas y volvió a conectar las conexiones neuronales de su cerebro. Ya no sufriría aquel molesto zumbido en su cabeza.

Una convulsión sacudió al androide, pero fue momentánea. Fue como si algo desapareciese de su... cabeza.
Parpadeó desconcertado.

–Qué extraño –se dijo de repente el androide al notarse el rifle láser de positrones a su espalda– ¿Para qué me habré echado el arma a la espalda?

La dejó en el cajón de la armería, junto a las demás. No recordaba por qué la había cogido.
Pero, de todas formas, no tenía tiempo para dedicarle a aquel fallo en su memoria.

La nave acababa de aterrizar en aquel paradisíaco planeta, hacía pocos segundos, sin sobresaltos, y tenía que cumplir la misión para la que fue creado.

Demiurgo caminó con paso decidido hacia la sala de Vida, donde debía comenzar a construir la primera pareja de seres humanos que poblaría aquella tierra.

Por fin, tras tanto tiempo de viaje, tras tantos y tantos planetas desechados, podría empezar su tarea.

Echó un vistazo a través de una ventanilla y contempló un inmenso vergel poblado de altos y densos árboles. ¡Qué paisaje más bello! El lugar perfecto para que la primera pareja de seres humanos creciese.

Con andar resuelto, el androide se permitió una sonrisa.

¡La raza humana se perpetuaría en aquel paraíso!


Querido lector, acabas de leer el tercer relato correspondiente al XXI Ejercicio de Autores.



miércoles, 3 de abril de 2013

Diario

La historia de un superviviente y su larga soledad




 Día 1
Las bombas suenan a pesar de que esté a cientos de kilómetros de cualquier objetivo, al fin lo han conseguido, los gobiernos en una estúpida discusión de quien es el más macho, zas, construí este refugio nuclear por que ya me olía que no les interesaba la paz y hice bien.
Quise compartir el refugio con mis vecinos, pero ellos confiaban en los refugios gubernamentales, lástima.

Día 400
Los DVDs que he metido en el refugio y las tareas que me he auto impuesto me permiten estar cuerdo, de momento, la soledad es…
Horrible.

Día 720
Este refugio me parece lúgubre, a veces tengo la sensación de que oigo fantasmas.
La rutina ya apenas me distrae.

Día 1020.
No pude evitarlo, tenia que salir de ese refugio, lo preparé para estar 50 años, ¿Quién pensaría que lo abandonaría antes por miedo a enloquecer.
Me dirigí al refugio gubernamental.
El paisaje estaba lleno de nieve, como una macabra postal navideña
Con mi traje protector y mi contador geiger me dirigía a una ciudad en ruinas, llena de esqueletos humeantes y cucarachas, llegué al refugio gubernamental.
Curiosamente estaba abierto, parece que reventó desde dentro.
Al explorar, vi miles de cadáveres, me sorprendían el numero de personas, calculaba unas 100.000 en un refugio pensado para 20.000 personas.
Visualice las cintas de seguridad, al parecer vivían todos hacinados, la comida y el agua se acababa rápidamente y hubo una guerra dentro del refugio.
Que ironía, una guerra dentro de una guerra.
Cogí algunas armas del lugar y munición, si los supervivientes son como esos, mejor prepararme.

Día 1530
He estado haciendo viajes al refugio, recogiendo suministros y lo que queda de los alimentos y el agua, también me llevé una radio, una radio que me absorbe mucho tiempo, porque me paso 12 horas al Día intentando contactar con alguien.
Día 2300
Veo que la vida vuelve en forma de plantas, igual que Pripyat, la ciudad ha quedado colonizada por las plantas que ante la falta de mantenimiento, hay hongos, hay musgo, debido a que la nieve se ha derretido y la gran parte de la radiación se ha dispersado.
Vi también algunos animales salvajes, perros, lobos, jabalíes.
Al parecer las teorías eran erróneas de que seria el fin de la vida, pero tampoco el lugar es seguro.
Deseo destrozar la radio pero… no puedo dejar de intentar contactar.
¿y si soy el ultimo humano?
Ese pensamiento me hace llorar.
Día 2850.
Desde hace un mes siento que me observan, no un animal que intente comerme, sino una persona humana, alguien humano.
Pensaba que estaba volviéndome loco pero… ¿y si es cierto? Seria capaz de gritar de alegría pero… ¿y si es hostil?
Día 2883.
Hoy mi corazón se me subió a la garganta, vi una huella, una huella fina de pie humano.
Al volver al refugio canté preparaba el refugio para una bienvenida, desempolvé las habitaciones que no usaba (diseñé el refugio para 25 personas).
Pero me detuve, pensaba que estaba loco ¿Quién era ese? ¿era peligroso? ¿un mutante? ¿un miembro de una banda de asesinos post-apocalipticos.
Sea como sea, salí siempre buscando ese  superviviente, cantando, Dios, ¿Por qué no morí por las bombas? Es oficial, me he vuelto loco

Día 2920.
No encontré más rastros de supervivientes, Día y noche me invade una horrible depresión, salgo del refugio más tiempo del que debería, muchas veces dejo el refugio abierto, de vez en cuando entra algún animal al que abato.
Fantaseo con la muerte, con mi muerte, no se si existe el otro mundo, pero el olvido es mejor que la soledad y si hay otro mundo, salgo ganando.

Día 2922
Hoy es el Día, el Día en que el ultimo humano decide quitarse la vida ¿Cuántos Días llevo solo? Si no fuera por el Diario hace mucho que dejaría de contar, ocho años, ocho años sin ver vida, al entrar en el refugio, las imágenes de una película me traen tristeza, iba a apagarla cuando…
Recordé que hace un año que no toqué ese maldito DVD.
Apagué la película y amartillé el arma, había alguien aquí ¿o puse yo la peli, no… se me iba la cabeza, pero no tanto, había alguien, ¿o me lo he imaginado.
Mientras registraba el refugio, empecé a cantar, la misma canción que cantaba para buscar supervivientes.
El comedor, latas de comida tiradas y totalmente limpias, pero claramente abiertas por manos humanas, habían tres sillas fuera de lugar.
Eran tres, tres supervivientes.
Mi rifle empezó a temblar ¿Qué pasaría? ¿seria hostil? ¿y si lo fuera? ¿me atrevería a dispararle? Empecé a oír sollozos en uno de los dormitorios, abrí la puerta y apunté con el arma.
Eran dos chicas, vestidas con harapos, dos chicas idénticas que se abrazaban y me suplicaban que no les hiciera daño.
Yo me puse a reír, esto era mi imaginación, ellas no existían, ellas no están ahí, ellas no….

Día 2923.
Me desperté, alguien me golpeaba por detrás, lo primero que vi fue el cañón de una escopeta.
Estaba en la cama, atado de pies y manos y vi tres figuras.
Una mujer de 43 años de melena pelirroja, se acababa de duchar, en mi ducha por cierto, podía oler su piel, tenia unos brillantes ojos verdes, su cara suave, con una nariz chata, tenia una barbilla fina.
Estaba desnuda, abandonó deprisa y corriendo la ducha al oír que me despertaba sin importar mostrar su cuerpo lleno de cicatrices, su busto era generoso, con aureolas rosadas y pezones medianos tirando a pequeños, tenia bastante vello en su concha y sus caderas estaban muy marcadas, sus piernas eran poderosas de tanto andar.
-¡mamá! ¡tiene algo en el pantalón! – decía una de las gemelas a las que le pondría entre 13 y 15 años y se referían a la erección de mis pantalones.
Dios, hacia tanto que no veía a una mujer.
Y ella parecía tener el mismo problema, miraba obsesivamente mi erección, pero apartó la vista y me miró a los ojos.
-¿Quién eres? – me preguntó.
Me presenté, ella se llamaba Marcela y sus hijas eran Inés y Laura, ella me contó que se quedaron fuera del refugio gubernamental debido por que no les admitieron.
Pregunté si había alguien más con ellas.
Me respondieron que era yo la primera persona que vieron en años, todo comenzó con que tenia una radio para comunicarse con sus hijas durante sus incursiones en busca de comida, pero que de repente alguien entró en su frecuencia, indicando su posición.
Me contó que aulló de alegría, un refugio para sus hijas.
Me observaban, tenia miedo de que era un loco que las violara a ella y sus hijas, me pusieron nombre durante la vigilancia (canción fuera de tono, lo se, nunca canté bien)
Marcela me dijo que ellas entraban en mi refugio aprovechando mis salidas, la primera vez que aprovecharon de dejé el refugio abierto fue por un motivo muy claro, no habían comido en una semana y no podían beber más agua radiactiva, estaban tan débiles que les costó entrar, pero cuando vieron mi despensa y mis reservas de agua fue la anarquía, bebiéndose botellas enteras de agua, las niñas golpeando latas con martillos para acceder al nutritivo interior (hasta que Marcela les enseñó a abrirlas), pero luego se iban limpiando todo rastro y llevándose cosas, hoy se habían entretenido con la película, pero era tan larga que no calcularon el tiempo y no pudieron limpiar sus rastros ni escapar.
-Niñas, id a comer en la cocina – dijo Marcela.
-Pero mamá…
-¡Id!
Las chicas obedecieron y Marcela cerró la puerta, en ese momento sacó un cuchillo y se acercó a mí.
Yo le supliqué que en este refugio había espacio y comida para todos, pero ella me rasgó el pantalón liberando mi verga.
Se quedó mirándola largo tiempo, su respiración sobre mi miembro me excitaba de sobremanera, durante largos minutos me respiró sobre mi miembro antes de engullirlo de golpe.
Arqueé mi cuerpo, hacia mucho que no sentía ese placer, hacia mucho que no sentía la lengua de una mujer acariciando mi glande.
Tuve una corrida de campeonato, llenando le la boca, ella saboreó la leche antes de tragársela.
-cielos, no había echo esto desde que… mi marido me dejó para irse al refugio.
-¿el que hay cerca de aquí? – pregunté
Ella respondió afirmativamente.
Le expliqué como encontré el refugio gubernamental.
Ella sonrió maliciosamente, no le sentó bien que la dejara tirada para salvar el culo.
Se me acercó al oído, apoyando sus pechos en mi torso y me susurró que me soltaría, pero si intentaba algo, me cortaría la garganta.
Me soltó y la abracé, la abracé con fuerza mientras besaba aquella criatura celestial que sobrevivió al infierno nuclear, esos labios despertaron mi verga deseosa de carne de mujer.
Ella me lamia los pezones, cielos, que lengua más hábil tenia hubo momentos que casi me faltaba el aliento, acariciaba y mordía esos maravillosos pechos.
Ella gemía de gusto, era su debilidad, seguí atacando sus pechos hasta que arqueó su espalda, su concha chorreaba de néctar que succioné aprovechando la debilidad de Marcela, la cual se agarraba a la cama y se mordía los labios.
De nuevo ella arqueó su espalda y yo bebí sus fluidos con placer, vi a Marcela, toda sudada, jadeando y esa mirada de extasiada.
Tenia que penetrarla.
Cogí de un cajón un preservativo, espero que la fecha de caducidad no haya pasado, pero Marcela me lo quitó y me dijo que ya ha estado mucho tiempo sola.
Quería que la hiciera madre.
Mi polla estaba fuera de si, separé sus piernas mientras ella agarraba mi falo y lo dirigía a su concha.
Olvidé lo cálido y suave que era el interior de las chicas, ella estaba tan mojada que no hubo problemas.
Tenia la sensación de que me observaban, vi que eran las hijas de Marcela que se turnaban para ver que le hacia a su madre.
Pero ver botar los pechos se Marcela me ponía burro, me movía más y más rápido hasta que acabé dentro de ella.
Me quedé dentro de ella un rato, ambos jadeamos de cansancio.
Ella quería irse con sus hijas, pero yo la agarré de la mano y le pregunté si quería ducharse conmigo.
Ella me sonrió con su cara de extasiada.
Cuando cayó el agua, ella jadeó de placer, me confesó que no podía creer que pudiera ducharse con agua caliente otra vez.
Mi erección apuntó a su concha, ella se dio cuenta y acarició mi verga con sus labios vaginales.
Mierda, eso me ponía burraco, acaricié sus pechos con mis manos y ella me empezó a lamer los pezones.
Demasiado caliente para pensar, la puse cara a la pared y la penetre por atrás con fuerza y pasión, ese calor, esa suavidad olvidadas hace años han despertado la bestia que apenas se satisfacía con las pajas, ahora en vez de mi verga, agarraba las caderas y los pechos de una mujer, no un sueño ni una fantasía, una mujer de verdad, a veces me frenaba por miedo a romperla, pero ella me dio una palmada en la nalga con el grito de más fuerte y eso me animó a darle duro a su matriz.
Una matriz que llené con chorros de semen mientras la abrazaba extasiado, ambos caímos al suelo de la ducha, ella quería irse, pero yo me abrazaba fuerte, ella me dijo que teníamos que ir con nuestras hijas.
No recuerdo que un cura nos casase, pero no le di importancia.
Fuimos a la mesa, las niñas notaban como sonreíamos, me fijé que Marcela las educaba en la mesa (las niñas comían vorazmente las manzanas de mi huerto subterráneo y las latas deshidratadas) cuando les dijo Marcela que la cigüeña les traería un hermanito, ellas dijeron que ya saben de donde vienen los niños.
Ambos nos sonrojamos.
Día 2928
 Salimos y les dijimos a las niñas que cerrasen el refugio a cal y canto y nunca, pero que nunca abran a un desconocido si no viene con su madre y yo.
Marcela insistía en ir al refugio gubernamental, tras mucho insistir, la acompañé (¿Qué querían? ¿Qué me hiciera una huelga de piernas cerradas?)
Ya había saqueado todo lo que pude del refugio ¿Qué buscaba Marcela? Ella miraba todos los cadáveres hasta que encontró uno, no parecía distinto a los demás, pero Marcela apretaba los puños y pateó el cadáver desperdigando los huesos, luego agarró la calavera y le dijo.
-hola cariño ¿te acuerdas de mi? ¿tu esposa? La que abandonaste con sus hijas para meterte en este refugio para salvar tu puto pellejo? Que patético, creías que yo y mis hijas moriríamos en una agonía, he de admitir que lo pasamos mal, pero yo y mis hijas estamos vivas y tú solo sirves como cenicero o para echarlo al perro como palito al que traer.
Me hizo señas para que viniera y luego le dijo.
-¿creías que no podría vivir sin tu polla? Pues he encontrado otra mejor, no veas como me taladró el coño, como me llenó de leche ¿no me crees? Espera.
Marcela colocó la calavera mirando la cama y Marcela empezó a desnudarse, me insistió en que la cogiera.
Ante mi sorpresa, ella me bajó los pantalones y empezó a succionar mi verga, antes lo hacia con pasión, pero ahora su felación era arte puro, sabia cuando darme caña y cuando relajarse, tenia la tentación de agarrar su cabeza y marcar el ritmo, pero ella me miró con autoridad para que no lo hiciera.
Cuando terminó de mamármela estaba deseando penetrarla, pero ella le dijo a la calavera.
-mira como tu esposa es follada por un hombre de verdad.
Marcela se puso a cuatro patas y acarició con sus nalgas mi verga hambrienta, no dudé en penetrarla con fuerza y violencia, su calor, su suavidad y como sus músculos vaginales abrazaban mi carne me ponían a tope, oía mis caderas golpear violentamente sus nalgas.
-AH, SI, MALDITO CABRON, DAME DURO, DAME DURO, ENSEÑALE A ESE SACO DE HUESOS COMO TRABAJA LA CARNE DE TU POLLA, COMO ME USAS CADA NOCHE, COMO ME PREÑAS CON TU LECHE Y ME AGARRAS PARA DARME MÁS Y MÁS, ENSEÑA A ESE PICHICORTO LO QUE ES UN MACHO DE VERDAD, ENSEÑALE QUE SOY TU HEMBRA DESEOSA DE TU CARNE Y TU LECHE, ¡TOMAMEEEEEEEE!
Esas palabras me ponían y bombeé con rabia agarrándola de las caderas, de vez en cuando le daba una palmada en sus nalgas, cuando estaba a punto de correrme, me agarré a sus pechos, sintiendo esa dulce suavidad.
Sentí que toda mi fuerza se me iba tras esa corrida, llené su interior y me quedé dentro de ella, quería descansar, pero ella me invitó a probar un agujero que su marido no tocó.
Su culito.
Mi falo volvió a levantarse, ella se apoyó en la pared, frente al cráneo de su marido.
Me puse detrás de ella y agarré sus pechos, Marcela volvió a hablar con su marido.
-¿te gustan mis pechos? Si, debes haberte hecho muchas pajas pensando en ellos, miralos, miralos agarrados por mi macho, mira como me los toca, a ver si aprendes algo y mmmmm, mierda, si, lo has adivinado, me suplicaste muchas veces que me sodomizaras, mira ahora lo que me mmmmm hace mi macho, mierda, es grande lo que me mete, el doble de grande de lo que tu tenias, seguro que no podre sentarme en meses, pero mmmm que gusto me esta dando este hijo de puta, no pares macho mio, tratame como la puta que soy, rómpeme, rómpeme de gusto ooohhhhh.
Ambos llegamos al orgasmo a la vez, cielos, caí agotado, pero Marcela cogió la calavera y la puso en el suelo, echó el semen que goteaba por su culo y su concha mientras le decía.
-toma, un recuerdo, para que recuerdes que eres el mayor cornudo del infierno.
Acto seguido, le dio una patada a la calavera que quedó hecha pedazos.
Se puso su ropa y me miró sonriente.
-Vayámonos, no tengo nada que me retenga aquí.

Día 3000
Disfruto con mi familia, mi mujer, mis hijas y el que va a venir, si, Marcela está embarazada, solo espero que la radiactividad no le provoque mutaciones, las niñas están felices, el sexo con mi esposa es intenso, sobretodo porque uno de mis soldados le ha alcanzado el ovulo.

Día 3200
¡Álvaro ha nacido! ¡es un niño! Marcela tuvo un parto difícil pero satisfactorio y el niño está sano y sin signos de mutación, las niñas se pelean por tener a su nuevo hermanito en brazos, pero por ahora, los únicos brazos en los que está es en su madre.
Marcela dedica mucho tiempo a Alvaro, tanto que apenas tenemos sexo.

Día 3250
Un grupo de supervivientes a llegado a nuestra zona y se ha instalado en el refugio gubernamental, decidimos observarlos, son cinco familias, 3 padres 5 madres 5 hijos y 3 hijas
No parecen hostiles, no están armados, pero no conviene fiarse.

Día 3280
¡nos dimos un susto! Al volver de nuestra vigilancia nos encontramos a las hijas de Marcela con dos chicos del grupo que observamos, casi les vuelo la cabeza si las niñas no me lo hubieran impedido.
Por la tarde vinieron los supervivientes para hablar, tienen buenas ideas sobre cultivar, uno de ellos es medico y otro es un experto en descontaminar tierra.
No me gusta que las chicas pasen tanto tiempo con los chicos, esos tienen 11, 14, 15, 17 y 20 años, las chicas se fijaron en los mayores.
La idea de que las están cogiendo me saca de quicio y lo peor, han desaparecido condones de mi mesa.

Día 3300
Esto parece una pequeña aldea, pero hubo un acontecimiento que me ha sorprendido, el chico de 17 años me ha pedido la mano de Laura (seguro que el hijo de …. La ha preñado y quiere formalizar su relación y responsabilizarse).
Me miraba aterrado, si supiera lo que pienso de el…

Día 3700
Nuestra primera cosecha fue un éxito, nuestros esfuerzos dieron sus frutos y… si, Laura estaba preñada y dio a luz una niña y está embarazada de 7 meses, Ines dio a luz un niño, pero no quiere decirme de quien.
Pero
Tengo motivos para ser optimista en el futuro.
Este es mi ultimo apunte en el Diario.


Querido lector, acabas de leer el segundo relato correspondiente al XXI Ejercicio de Autores.

lunes, 1 de abril de 2013

El Gato de Cheshire

Sus manos aprendiéndose mis tetas, mi raja frotándose contra su verga, sus ojos fijos en los míos, transmitiendo sin palabras nuestro impúdico anhelo, su sonrisa en mi sonrisa…


“Mira: puedes ser una más de esa legión de niñatas estúpidas que van donde las lleva el coño, o puedes ser una mujer que va donde quiere ir. Tú misma.”

¡Jo, mamá! La primera vez que te oí decir ‘coño’ para referirte al coño… ¡Cuánto me impactaron tus palabras! Me marcaron, me moldearon; sin ellas, no sería lo que soy. ¿Y qué soy? Soy yo misma… aunque nunca seré una mujer. Esa tercera opción te la callaste. Entonces no la sabías, claro. Ni tú, ni nadie.

Nunca seré la mujer que quería ser: desapareceré antes, como ya has desaparecido tú. Todos desapareceremos muy pronto. Y todo mi esfuerzo, mi cruzada contra mis hormonas, mis batallas no siempre victoriosas contra la bestia, para lograr ser un día ‘una mujer que va donde quiere ir’, habrán sido en vano… No habrá ningún sitio al que ir. El juego acabará antes de que ponga un pie siquiera en la casilla de salida. No es justo…
¡Basta! ¿Dónde está tu dignidad? ¡Sé positiva! ¡Sé tú misma, como lo has sido siempre! Eres una superviviente… y lo eres porque no te abandonas, no te rindes, no claudicas. Sigues siendo fiel a ti misma hasta el final. Ya tienes las noches para quejarte como una cría, para llorar hasta quedarte dormida. Ahora es de día, quizás el último. Sé tú.

Me levanto, me desperezo, me quito las legañas, cojo apósitos y una botella de Aquarius y salgo fuera a mear. Por querencia, voy al mismo sitio de ayer, y de anteayer, y… Empieza a oler; si no llueve pronto (y no tiene pinta), tendré que buscar otro. Me bajo los vaqueros y las bragas, y me pongo a orinar mientras bebo. Me sube una tufarada nauseabunda. ¿Cuánto hace que no me lavo en condiciones, que no me cambio de ropa?

Despego el improvisado salvaslip, miro mis bragas y me descorazono. ¡Con lo aseada que he sido siempre! Si tuviera una falda que ponerme, me las quitaría. Intentaría lavarlas o iría sin nada pero, con los vaqueros… Tengo agua y comida (bueno, Aquarius y galletas integrales ‘de régimen’) suficiente para sobrevivir más tiempo del que voy a durar, pero la higiene empieza a ser un problema serio. No es que tenga miedo de las infecciones (o quizás debería tenerlo: la septicemia no debe ser una forma muy agradable de morir), es una cuestión de dignidad. Esas manchas marrones, rojas, blancuzcas, me hacen sentir sucia, y no sólo físicamente.

Me hago salvaslips para no mancharme yo, no para no manchar las bragas. Mancharlas yo… ¿Desde cuándo no las mojo? Vale, alguna noche en mi desesperación he intentado tocarme, pero siempre he abandonado enseguida, porque me sentía peor. No recuerdo haber estado excitada desde que esta locura empezó. Si algo bueno ha tenido esto, es eso: que al tener que concentrar todas mis energías en la supervivencia, parece como si mis hormonas me hubieran dado una tregua y me dejaran en paz.

O quizás simplemente esté deprimida, aunque no quiera reconocerlo. Debería estarlo, lo lógico es que me hubiera vuelto loca, como todo el mundo (bueno, casi todo…), pero he decidido ser yo misma, mantenerme fiel a mí misma hasta el final, a pesar de todo y de todos. Alguien dijo que en una vida feliz, la desilusión definitiva de la naturaleza humana coincidía con la muerte. Pero yo no he elegido una vida feliz, ser un coño satisfecho, he elegido ser yo.

“J’ai vielli…” decía la niña protagonista, al final de Zazie dans le métro. Aunque hace ya algunos años que dejé la infancia, me siento como ella: no he madurado, he envejecido. Tanto horror vivido, tanto sinsentido presenciado por culpa del miedo pánico, que ha impedido a tantos encarar el peligro (no digo ya el desastre) con un mínimo de entereza e inteligencia… Tanta decepción debería desmoralizar a cualquiera. Pero no puedo derrumbarme. No lo hice cuando vi violar y matar a mamá, y no pienso hacerlo ahora.

Me seco con un apósito y usando los demás de salvaslip, me incorporo, me subo las bragas sin mirar, y los vaqueros. Me estoy volviendo vaga, porque el sol ya está alto, deben ser sobre las 11 y parece que va a ser un día caluroso. Ya debemos estar cerca del verano, lo que significa que el impacto será pronto, quizás inminente. Según decían, me parece que el asteroide ya debe ser visible a simple vista, pero no tengo ninguna curiosidad en buscarlo. Ya lo veré… Me hago el lavado del gato con el Aquarius restante y entro al almacén a desayunar.

He perdido la cuenta de los días y, sin electricidad, no tengo ningún contacto con el resto del mundo. Ni lo quiero. Cualquier extraño es ahora una amenaza y más vale precaverse. Huido mi padre y muerta mi madre, no hay nadie más que me interese. Bueno, está Alberto, pero no sé nada de él desde… desde que empezó toda esta pesadilla. ¿No sabían que se desataría la histeria y el caos, en cuanto se supiera? ¿Qué les costaba tenernos engañados hasta el último momento?

“La verdad os hará libres”. ¡Y una mierda! La verdad nos volvió locos, ‘liberó’ lo peor de cada cual, salvo excepciones heroicas, tan encomiables como irrelevantes. Ante la inminencia del final, la falta de auténticos valores llevó a la mayoría al carpe diem, a dar rienda suelta a todo aquello que el orden social refrenaba, pero cuya represión era, justamente, la que nos hacía civilizados. Y una vez que se instauró la anarquía, ya no hubo vuelta atrás.

Naturalmente, lo que primero se colapsó fue la energía y, con ella, las comunicaciones. La aldea global se convirtió de sopetón en un mosaico de aldeas, a secas, aisladas y repletas de aldeanos desesperados y desenfrenados. La lucha feroz por la supervivencia, por lo más elemental, desató enseguida la violencia gratuita de los desquiciados, que degeneró rápido en una insensata orgía de destrucción. La inseguridad, unida a la insalubridad por la acumulación de cadáveres (muchos, de suicidios colectivos) pronto convirtió cualquier sitio habitado en un lugar inhabitable.

A nadie nos han educado para el desastre y cuando éste llega, hace aflorar en cada cual una naturaleza latente, profunda, ignorada por uno mismo, que la normalidad y la civilización enmascaraban. Gente corriente se descubre líder carismático, y presuntos líderes, como mi padre, dejan que el pánico se apodere de ellos y les vuelva cobardes en el momento decisivo.

¿Y Alberto? ¿Qué habrá sido de él? Me hubiera gustado tener noticias suyas antes de… ¡La de noches que he soñado con un futuro juntos! O mejor, no… Ya no va a haber futuro, ni juntos ni separados, y seguramente conocer su peripecia sólo aumentaría mi decepción; con la de mi padre ya tengo bastante… Me gustaba, me gusta, con sus ojos tristes, sus lánguidos silencios, sus manos asustadas… pero dudo mucho que el pusilánime se haya convertido en líder, o al menos en superviviente, como yo. ¡Ojala hubiera sido más lanzado! O yo, menos… sensata.

Le echo de menos. Echo de menos todo lo que no hicimos (aunque fuéramos los únicos de nuestro curso) porque, como la chica juiciosa que soy, pospuse para cuando fuera una mujer ‘que va donde quiere ir’… ¿Por qué no fue él un hombre y me lo impidió? Pero en el fondo, me gustaba, me gusta por eso: porque es, era así… No tengo derecho a reprocharle ahora nada, aunque vaya a morir virgen… si no me violan, como a mamá…

Las galletas de régimen no saben a nada. No sé lo que alimentarán, pero no he engordado nada, aunque me atiborre de ellas. Sólo me dan estreñimiento, aunque se supone que aportan fibra. Los vaqueros me van tan ajustados como siempre, no más; pero no me siento débil, en absoluto.

Oigo un ruido. ¡Hay gente en la puerta posterior!

El corazón me da un brinco y corro a ocultarme, blandiendo la barra con la que maté a aquél cabrón y que guardo como trofeo. Si tengo que volver a usarla, lo haré…

Nada más veo a uno, que avanza por la nave, cauteloso, o quizás sólo cojea. Es un negrata, no muy alto. Se acerca a donde estoy y me escondo del todo, dejando de espiarle. Le oigo pasar y pararse. Me asomo un poco y está sentado en una caja, de espaldas a mí, como estudiando lo que ve. Parece no haber descubierto aún el palé de Aquarius, ni el de galletas, o igual ni sabe lo que son. No parece tener intención de comunicarse con nadie de fuera, así que asumo que está solo y que está descansando.

Salgo de mi escondite y me acerco a su espalda con sigilo. Cuando lo tengo en distancia, le asesto un golpe en la cabeza con la barra, pero en vez de intentar clavarle la especie de pincho del extremo, la giro para que el golpe sea lo más plano posible. Suena un “crock” y se desploma como un fardo.

Me acerco y compruebo que está vivo, pero inconsciente. No le he hecho sangre. Mi primer impulso es asegurarme de que de verdad está solo. No sé el tiempo que tardará a despertarse y no quiero sorpresas. Antes de salir fuera, busco con qué atarlo y opto por lo más fácil: usar la cuerda que lleva a modo de cinturón. Tras atarle las manos a la espalda, salgo con cautela, rodeo todo el almacén y oteo los alrededores, pero no encuentro a nadie. Por suerte, está solo. Vuelvo a entrar. Sigue inconsciente.

Su olor es indescriptible. Si los negros, de por sí, ya huelen fuerte, éste, que debe llevar sin lavarse en condiciones más tiempo que yo, apesta hasta la náusea… Lleva una camiseta sucia y andrajosa y unos vaqueros que le vienen grandes y, sin la cuerda, se le han bajado cuando le ataba, dejando medio trasero al aire. Por lo que se le ve, está claro que no lleva nada debajo…

Le doy la vuelta y al girarse, por un instante el pantalón se abolsa y atisbo buena parte de su vello púbico. La fugaz visión me produce un vértigo súbito en el estómago. Al quedar boca arriba, se le adivina asomando por la cintura, junto con el comienzo de sus ingles. Azorada, levanto la vista y le miro la cara. Para mi sorpresa, parece joven, yo diría que de mi edad. No es tan lampiño como Alberto, pero su barba es rala y lacia, no la cerrada y dura de un hombre adulto. Al ser de otra raza puede que me equivoque, pero dudo de que nos llevemos más de uno o dos años…

Le toco en la cabeza y descubro un hermoso chichón. Al palparlo, gime y parece despertarse. Intenta tocarse el golpe, se sorprende al notarse atado y me mira asustado. No sé la pinta que tendré; desde que estoy sola, evito los espejos, para no deprimirme. Debo tener un aspecto adusto y fiero, con la barra en la mano, porque su mirada es dolorida y recelosa. Me teme. Y hace bien.

—¿Quién eres, cómo te llamas, de dónde vienes, qué haces aquí? —Trato de que mi voz suene neutra, para impresionarle más.

Me responde sin levantar la vista, con voz temblorosa, en un idioma gutural del que no entiendo una palabra. Repito mis preguntas, esta vez con un timbre de impaciencia, obteniendo otro torrente de sonidos guturales incomprensibles, en los que no percibo ningún rastro de inglés o francés; sólo ansiedad.

¡Maravilloso! Después de más de un mes sin ver a ningún ser humano, el único que me tropiezo y que además no parece una amenaza, resulta que es negro y no habla una palabra de ningún idioma que yo conozca. ¡Cojonudo! ¡Joder, si hasta voy a acabar hablando mal!

¿Qué voy a hacer con él? ¿Matarlo preventivamente? No ha violado y asesinado a mi madre, no va armado, parece asustado… y famélico (está casi en los huesos). Y cojeaba. Miro su tobillo derecho y está levemente hinchado. Lo palpo y me parece una torcedura casi curada (mal curada, más bien). Recuerdo las mías, cuando jugaba al vóley.

Tengo vendas. Compresas, no; pero apósitos y vendas, las que quiera. Gracias a ellas he pasado mi última regla sin manchar demasiado mis bragas. Incluso he pensado en usarlas como bragas y jubilar de una vez el andrajo asqueroso que llevo, pero tendría que andar vendándome la crica cada vez que meara, y no es plan. Si por lo menos tuviera una falda que ponerme…

Me levanto de su lado y me dirijo a la caseta que hacía de oficina y ahora me sirve de aposento. Dejo la barra, que sé que no voy a usar (de momento) y cojo vendas. Vuelvo junto al intruso, me siento a sus pies en la postura del loto y le descalzo. ¡Dios, que arcadas! Si el olor a negro me repelía, el olor a pies de negro me descompone. Como puedo, tratando de no hacer demasiados aspavientos, pongo su pie entre mis piernas y empiezo a vendarlo, como aprendí a hacerlo conmigo.

Le miro a los ojos, para ver si le hago mucho daño, y me hace gracia su expresión de desconcierto. No puedo evitar sonreír y él me devuelve la sonrisa, mirándome sorprendido y aliviado. No es guapo (bueno, tampoco puedo opinar mucho: no me gustan los negros, así que ninguno me lo parece) pero tiene unos ojos chispeantes y una sonrisa radiante. Como la mía.

Cuando termino de vendarle, le calzo, me levanto y voy a buscar una botella de Aquarius y una caja de galletas integrales. Abro la botella y se la acerco a la boca; él la abre y vierto lo que puedo. Me paso, o él tiene demasiadas ansias, pero el caso es que termina atragantándose y le acaba saliendo líquido por la nariz… Me echo a reír y él me imita, pero le noto avergonzado. Abro la caja de galletas y le meto una en la boca. La traga casi sin masticar.

—Tranquilo, despacio, hay muchas… —le digo, en tono conciliador. Aunque no entienda mis palabras, el tono de mi voz y mis gestos le trasmiten el mensaje.

Le doy una segunda y, cuando la traga, le ofrezco más agua. Bebe un poco y le meto otra en la boca, que abre como un bebé. La siguiente se la doy haciendo el avión, como a los niños pequeños:

—Éeesta por papáaa…

Me gusta oír mi voz. Hace más de un mes que no hablo con nadie y, sola, me negaba a hablar en voz alta. Me parecía que era de locos y además, peligroso, porque podía delatar mi presencia a posibles intrusos. Pero sobre todo, me parecía de locos. No es que escribir mis memorias, sabiendo que nadie va a leerlas (¡y a mi edad!) sea de cuerdos; pero en algo tenía que ocupar el tiempo. Ahora, aunque no pueda tener una conversación formal con él, por lo menos tengo alguien a quien hablar, a quien decirle algo, aunque no me entienda (ni yo a él). Es curioso hasta qué punto echaba de menos el sonido de mi propia voz…

Así, jugando, le voy alimentando y se va relajando, a pesar de tener las manos atadas a la espalda y de la postura tan incómoda en que se ha sentado: de medio lado, enseñando casi todo el culo. Me fijo y veo que el pantalón que lleva es de esos de tiro hasta casi las rodillas, por lo que no se puede sentar con las piernas cruzadas, como yo. La camiseta le va pequeña, el pantalón (semejante pantalón), grande… ¿Qué le habrá pasado, qué habrá sido de su ropa? Esos pantalones no son lo mejor para caminar…

Cuando se acaba la caja y se ha bebido casi toda la botella, doy por concluida la comida. Se le ve contento, relajado, risueño. Sus ojos vivarachos me miran con gratitud y su sonrisa devuelve la mía. Decido arriesgarme.

Tomándole de las axilas, tiro de sus hombros y le ayudo a incorporarse. Al ponerse de rodillas, el pantalón se escurre hasta dejar a la vista sus buenos dos o tres centímetros de pene, asomando entre un tupido bosque de pelos rizados. No sé si es el resto de su pene o sus nalgas (o su gesto instintivo de sujetarse el pantalón con sus manos atadas) lo que impide que se caiga del todo pero, antes de que suceda, tiro de los costados para arriba con tal fuerza que su escroto acaba pagando mi exceso de vigor.

La cintura del pantalón le llega ahora hasta donde acaban los pectorales, y su aspecto es ridículo. Su rostro, con la mirada fija en el suelo, denota más vergüenza por el ‘accidente’ que dolor por la ‘caricia’. Sólo ha sido un instante, pero la visión me ha conturbado y la punzada de vértigo ha vuelto. Casi ver (o mejor, ver casi) un pene en directo, tan cerca… Sólo había visto otro, el del que violó y mató a mamá, cuando se lo destrocé con el pico de la barra mientras se sacudía en convulsiones (producto de mi primer golpe en la cabeza) antes de rematarlo. Y aquél, obviamente, sólo me dio asco. Pero éste… Me alegro de que evite mirarme, así no se da cuenta de mi desasosiego.

Le ayudo a incorporarse del todo y le invito con gestos a comprobar si mi vendaje le ayuda. Prueba y asiente con la cabeza, mientras me dedica una sonrisa de agradecimiento. Me pongo a su espalda e intento desatarle las manos. No soy experta en nudos y, con los nervios, los he apretado demasiado y ahora es penoso soltarlos. Tras casi dejarme las uñas, decido cambiar de Gordio a Alejandro… Ya le encontraré algo que pueda servirle de cinturón.

Voy al despacho, cojo el cúter que hay en un cajón y, de regreso, agarro al pasar un largo fleje de plástico del suelo. Corto la cuerda y, mientras se frota las muñecas, le tiendo el fleje, atenta a salir pitando a por la barra al menor atisbo de amago de agresión. Toma el fleje y se da la vuelta, pudoroso, para pasarlo por las trabillas del pantalón y, a pesar de la rigidez del material, consigue anudarlo. El problema será desatarlo luego, pero ese será su problema… Se vuelve y quedamos frente a frente, sonriéndonos. No me he equivocado.

Le tomo de la muñeca y le llevo a donde están los palés; le muestro la provisión de Aquarius y galletas integrales y nos señalo alternativamente a ambos, mientras asiento con la cabeza. Le tiendo mi mano y él, desconcertado, la estrecha. Le sonrío y me devuelve una sonrisa, franca, relajada. Será negro, pero parece de fiar.

Cojo una botella y, por señas, le explico que es buena para beber, pero no para lavarse (aunque yo lo llevo haciendo desde que estoy aquí) y le pregunto si conoce algún río. Explicar algo así por señas es complicado y no estoy segura de que me haya entendido; pero ante mi sorpresa, se vuelve y señala en una dirección para, al instante, rectificar y señalar unos diez grados más a su derecha, mientras asiente con la cabeza y hace con la mano el gesto de fluir. ¡Me ha entendido; y lo que es mejor: sabe orientarse!
Me siento estúpida. Siempre he sido una negada para orientarme y las personas capaces de hacerlo y no perderse nunca, me han parecido siempre magos. Desde que, al borde de la inanición, descubrí esta nave en medio de la nada, no me he atrevido a alejarme más de doscientos metros de ella, por miedo a perderme. Aquí tengo todo lo necesario para subsistir, así que, ¿a qué arriesgarse?

Sola, el aseo no me preocupaba en exceso; si olía, yo me olía. Pero ahora… Le pregunto por señas lo lejos que está el río y parece que no demasiado; si se puede ir y volver en el día, y parece que sí, pero no estoy segura de que me haya entendido; si puede guiarme, en su estado y, tras dudar, accede.

Le busco un palo para que le sirva de bastón, pero lo rechaza. Pongo en mi macuto un frasco casi entero de champú que encontré en el despacho (¿qué haría allí?), agua y comida. Rompo los albaranes en que escribía mis ridículas memorias y los tiro a la basura; ya no necesitaré escribir sandeces para evitar volverme loca: tengo compañía. No es que me pesara estar sola; dicen que la peor soledad es no estar a gusto con uno mismo, y no era el caso. Pero me alegro de estar acompañada, aunque sea de un negro… Cojo la barra, le enseño la sangre seca del pincho y le explico por señas que es de un miserable que ya no existe. Por si acaso.


He llegado a temer que tuviéramos que volvernos, por su tobillo, pero aquí estamos. El sol pega fuerte y la hora y media larga que nos ha costado llegar se ha hecho pesada hasta para mí, que no cojeo. Pero la caminata ha valido la pena: es un río o riachuelo de poco más de dos metros de ancho y palmo o palmo y medio de profundo, en su centro; no parece haber ninguna poza donde darse un chapuzón, pero es un río. El agua no es fría ni cristalina; debe ser el tramo final. Eso hace más probable que esté contaminada por cadáveres en descomposición más arriba, pero no pienso beberla, sólo asearme.

Me quito las zapatillas y los calcetines. Son mis pies pero aun así, hasta a mí me atufa su hedor. Y la roña entre mis dedos… me da vergüenza y asco que me los vea. Corro a meter los pies en remojo. ¿Y la cara? ¿Y los pelos? Lavándome con Aquarius desde ni me acuerdo, debo tener una pinta espantosa. ¡Un momento! ¿Me estoy preocupando por mi aspecto, por lo que le parezco a un negro apestoso?

El negro apestoso se ha descalzado también, unos metros más allá y, sin quitarse mi venda, se ha metido al agua, despojándose de su camiseta andrajosa. Está delgado, pero su cuerpo es fibroso, nada fofo. Aunque hace calor, mojarme los vaqueros no me parece buena idea. Tardan mucho en secarse y llevarlos mojados es un castigo. Salgo y me los quito. Me miro las bragas y veo un mosaico de manchas a cual más repugnante. Corro al río de nuevo y me siento en la corriente. Con la turbiedad del agua, no se me ven las bragas.
Le miro y me observa, indeciso. Sale del agua y, de espaldas a mí, se suelta el improvisado cinturón; sus vaqueros caen al suelo, descubriendo un culete de los que invitan a la zurra… Dándome siempre la espalda, vuelve al río y se sienta, desnudo, a unos metros de mí. Sólo cuando el agua le tapa hasta casi la cintura, se vuelve, expectante, y me sonríe, como pidiendo perdón por su travesura. No me hace gracia, pero comprendo que también para él sería un suplicio llevar semejantes pantalones, mojados. No le sonrío; me muestro seria, pero no enfadada, y me encojo de hombros.

Con la vergüenza de que viera mis bragas sucias, no he cogido el jabón (en realidad, es champú, pero da igual). Me levanto, voy a buscarlo al macuto y vuelvo, sentándome al lado del chico; sin tocarnos, pero de modo que sea cómodo compartir el frasco.

Nuevo problema: no llevo sujetador. El que tenía era uno muy viejo, de copa B todavía, que me molestaba un montón y, durante la última regla, con lo sensibles que se me ponen los pechos, simplemente no lo soportaba. Así que me lo quité y no he vuelto a ponérmelo más. Y como nunca he tenido una gran pechonalidad (aunque eso sí, firme), me siento tan cómoda sin él que he llegado a olvidarme… Pero ahora, ¿qué hago? ¿Me quito el top o me lo mojo? Él está en pelotas, pero le tapa el agua… Si me lo quito, me va a ver las tetas… pero un top mojado (y más si me empitono) igual es peor…

Le miro, seria, y me quito el top, lanzándolo a la orilla. Me tumbo para atrás, mojando mi pelo, me incorporo, me echo un buen chorro de gel y le tiendo el frasco. Cuando vuelve a mirarme a los ojos y se da cuenta de que le estoy ofreciendo el champú, meneo la cabeza, negando con desprecio, y me pongo a lavarme el pelo como si él no estuviera delante. Imitándome, se echa para atrás con intención de mojarse el pelo, sin darse cuenta de que así sube su pelvis y me parece adivinar su falo entre el agua turbia. Aunque no estoy segura.

Cuando le vi un trozo, en el almacén, me dio la impresión de que era más bien delgado; aunque sólo fue un momento y, al ser oscuro, entre pelos, y tan poco trozo… ¡¿Y a mí qué me importa cómo lo tiene?! Bueno, un poco, sí; para qué engañarnos.

Me sigue mirando las tetas mientras se lava el pelo, pero ya no es esa mirada pasmada del principio. Intenta no enfadarme y mirarme a la cara, pero no lo consigue, es superior a él. Como por lo menos lo intenta, le doy cuartelillo y hago como que no me doy cuenta. Desenmarañar el pelo después de más de dos meses sin lavarlo, y sin un buen cepillo, es tarea imposible. Y eso que lo llevo más bien corto.

Me echo para atrás y me tumbo, con lo que lo único que asoma del agua es mi cara… y mis tetas lechosas. Cierro los ojos y me relajo, dejando que la suave corriente aclare mi pelo y acaricie mi cuerpo. Abro los ojos de golpe y, naturalmente, le cazo. Pone tal cara de niño pillado en falta, que me echo a reír y, sentándome de golpe, le salpico con los brazos toda el agua que puedo. Él hace lo propio y, entre risas, ambos reculamos un poco para salpicarnos mejor.

Con el agua que le salpico, se le escurre el champú y le entra en los ojos. Abandona la lucha y se tumba para aclararse el pelo, como acabo de hacer yo, pero con las piernas encogidas y los talones pegados al culo, con lo que esta vez no me enseña nada indecoroso. Pudoroso y considerado… No me lo esperaba.
No hay ninguna ley que impida usar el champú como jabón, así que me enjabono el cuerpo, porque la roña de tanto tiempo sin lavarme no se elimina con un simple baño. Y además, la sensación de frescura, de pureza, que te queda cuando te aclaras el jabón y sientes la caricia de la corriente en tu piel limpia, es una tentación a la que resulta estúpido resistirse.

Hay una parte de mi cuerpo que no sólo no he lavado sino que sigue en contacto con una prenda indecentemente guarra. Sin pensarlo, le doy la espalda y me quito las bragas. Si el agua me tapa su sexo, también le tapará el mío. Me vuelvo y le veo con los apósitos que usaba de salvaslip en la mano; le hago gestos de que los tire, y obedece. Evitando mirarle, cojo el frasco de champú, echo un buen chorro sobre las bragas y se lo devuelvo para que se siga lavando. Le doy la espalda de nuevo y me pongo a lavarlas, frotándolas fuera del agua.

He debido abstraerme… Le oigo levantarse y un chapoteo de pasos. Me asusto y brinco rápida hacia donde he dejado la barra. ¡Negro de mierda! ¡No he debido darle la espalda! En dos saltos, cojo la barra y me vuelvo, buscándolo. Le descubro en la otra orilla, mirándome alucinado, tapándose su sexo con las manos. Trato de imitarle, poniendo mi mano izquierda (con las bragas en un rebullo en ella) delante del mío, y dejo de blandir la barra, bajando el brazo derecho.

Al ver que me apaciguo, da media vuelta, avanza unos pasos y se pone a mear, de pie, contra un arbusto. Avergonzada, dejo caer la barra y vuelvo al río. Mientras le veo orinar de espaldas, se me ocurre usar mis bragas enjabonadas como esponja y las restriego por la canal de mi trasero a mi vulva, provocándome sensaciones olvidadas hace meses. ¡Menos mal que no me ve!
Antes de que se gire, me siento dándole la espalda y me pongo a aclarar la prenda. Le oigo regresar, meterse en el agua y sentarse de nuevo, pero no me vuelvo. A pesar de lo frotado, en mis bragas siguen quedando manchas, ahora de color beige y rosa, en vez de marrón y rojas, pero igual de afrentosas. Supongo que haría falta lejía para sacarlas del todo y no tengo; pero, por lo menos, ahora no necesitaré usar apósitos, de momento.

Dudo si ponérmelas otra vez o dejarlas a secar. La comodidad me aconseja secarlas, pero la sensatez, ponérmelas. A lo que estoy pasándolas por una pierna, me giro y le descubro llevándose las manos, en cuenco, a la boca. ¡Va a beber del río! Le grito que no y me abalanzo sobre él, dándole un manotazo.

—¡No, del río, no! ¡Lavarte, sí; beber, no! ¡Beber, sólo Aquarius! —le grito, mientras escenifico con gestos mis palabras. Pero a lo que menos atiende él es a mis gestos. De rodillas a un palmo de él, su mirada va y vuelve una y otra vez de mi felpudo a mis tetas, que caen a la altura de su cara. Le tomo de la barbilla y le hago mirarme a los ojos, iracunda—. ¡Cretino! —Como haga mención de tocarme, le sacudo.

Salgo del agua, recojo mis bragas, que llevo en un tobillo, y las tiendo en un arbusto. Voy al macuto y saco una botella, la abro y bebo, mirándole ceñuda. Está caldo, asquerosa; parece un jarabe. Me acerco y se la tiendo. Sin levantarse, la toma, da un sorbo y lo escupe. Por señas, me dice que prefiere la del río, y por señas le contesto que puede morir.

Me ve tan enfadada que procura mirarme sólo a la cara, pero es un chico… ¡qué le vamos a hacer! Le da un trago a la botella y me la devuelve. Echo yo otro, la cierro y busco un sitio a la sombra donde dejarla a remojo, como debería haber hecho cuando llegamos. “¡También podía habérsete ocurrido a ti, que tengo que estar yo en todo!”, le gruño. Aunque no me entienda, mi tono de voz y mi expresión es bastante elocuente.

Vuelvo al macuto, abro la caja de galletas integrales y cojo un par. Me como una, engancho con el pie su camiseta y se la tiro, haciéndole señas de que la lave. Cojo mi top y me vuelvo al agua de nuevo, a lavarlo yo. Le meto la otra galleta en la boca y me siento. Fin del espectáculo.

Me he sentado de cara a él, para compartir el champú. Al poco rato, noto el silencio de que ha dejado de restregar su prenda y le sorprendo mirándola sin verla, compungido, llorando mansamente en silencio. Dejo de restregar yo también y, como a mí, el silencio le saca de su ensimismamiento y me mira. Le sonrío, tratando de animarle. ¿Qué le habrá pasado, qué horrores le habrá tocado vivir a él? ¿Cuál es su historia? Traga saliva, se limpia las lágrimas con su antebrazo (tiene las manos mojadas) e intenta devolver mi sonrisa. Incluso forzada, tiene una sonrisa preciosa.

Le salpico con el pie, provocándole, y me devuelve el ataque. Empezamos una guerra de salpicaduras y, a los veinte segundos, estamos riendo como idiotas. Finjo ponerme seria y le hago señas de que siga lavando. Su sonrisa vuelve a ser amplia, distendida, generosa, contagiosa… Como la mía.
Siempre me han dicho que lo más bonito de mí es mi sonrisa, y he podido comprobar que me da un cierto poder del que procuro no abusar. Alberto me dijo una vez que era como el gato de Cheshire, que mi sonrisa perduraba aunque ya me hubiera ido. Supongo que quería ser poético, pero me hizo maldita la gracia. No he leído Alicia y mi única fuente son los dibujos animados de Disney, donde el personaje lo recuerdo más bien grotesco. Aun así, le di un beso, acompañado de mi mejor sonrisa, por la intención.

Me da la impresión de que este chico es como un amplificador de sonrisas. Yo le sonrío y él me devuelve mi sonrisa, amplificada. ¿Tendrá el don de la empatía, y eso le hace sonreír como yo? Su sonrisa parece tener la misma virtud lenitiva que la mía. A cada sonrisa suya me siento más serena y mis prejuicios xenófobos parecen más ridículos. A fin de cuentas, es un chico, como yo… Bueno, yo no soy un chico…

¡Parece tan irreal todo! Un negro y yo, desnudos, lavando nuestras prendas, sonriéndonos, bromeando como si nada… Como si no estuviéramos desnudos, como si el mundo no fuera a desaparecer en breve… ¿Lo sabe, siquiera? Por un instante, estoy tentada de preguntarle, pero me contengo. ¡Ojalá no lo sepa!

Aclaro mi top, lo escurro y me levanto a tenderlo en un arbusto. Cojo mis calcetines, arrastro con el pie los suyos hasta la orilla y me meto al agua, sorprendida de mi espontaneidad. Me tumbo en la corriente, para volver a mojar mi cuerpo y refrescarme, echando agua a mis tetas, que sobresalen. Su mirada es alegre, curiosa, pero no salaz, como al principio. Parece haber aceptado mi desnudez con naturalidad, como debe ser…

Me incorporo y me pongo a lavar mis calcetines, mientras él termina de aclarar su camiseta. Divertida y expectante, le observo con disimulo, a ver lo que hace. Tras dudar, se gira y se pone de pie de golpe; sale del río y la tiende en otro arbusto. A ver cómo vuelve al agua… Se vuelve hacia mí, con las manos en la entrepierna y mirando al suelo, llega a donde están sus calcetines y se pone en cuclillas. Me mira y debe sentirse ridículo siendo más pudoroso que una chica, porque de repente, coge los calcetines y se incorpora bruscamente, quedando parado frente a mí, sin hacer mención de taparse.

Pongo cara de póker para disimular mi sorpresa. Seré virgen pero no pánfila. Que en vivo, sea el segundo pene que vea no significa que no haya visto otros, en foto o en vídeo, y no sepa muy bien que el que le cuelga entre las piernas es… normalito, tirando a pequeño, en longitud y grosor. Por conjeturas verosímiles, juraría que así lo tiene Alberto, pero él no es negro. Se supone que el de un negro tiene que, no sé… asustarte, ¿no? ¡Vaya decepción! ¡En fin, otro mito para el desguace!

Ha entrado al río, despacio, y se ha tumbado boca arriba, como he hecho yo antes, para refrescarse, sin preocuparse ya de si se le adivina o no. Debe estar ‘morcillón’, porque casi sobresale del agua… Restriego con energía mis calcetines, en parte para quitarles la mugre y en parte para quitarme la desazón. ¿Y a mí qué me importa cómo la tenga? No es asunto mío… ¿o sí?

¿A quién quiero engañar? Sé muy bien cómo terminará esto, los dos lo sabemos, aunque finjamos comportarnos con ‘naturalidad’, como si no fuera a pasar nada… Yo lo finjo por miedo a lo que sé desde el principio que acabará pasando, aunque no lo reconozca. Mi peor virtud ha sido siempre la lucidez, que me ha impedido toda mi vida cometer hasta los errores que vale la pena cometer y, lo que es peor: disfrutar siquiera, por lo menos, de los que cometo…

Aunque no lo confiese, ¿no deseo en el fondo lo que temo? ¿No he estado provocando, inconscientemente, toda esta situación desde el principio? ¿Por qué, si no, esa sensación de decepción? ¡Maldita lucidez! ¡Ojalá fuera una imbécil que no se da cuenta de lo que le pasa! Una niñata estúpida de las que hablaba mi madre… Al final, ¿voy a acabar convirtiéndome en lo que siempre he despreciado y claudicar ante mi coño? ¿Y mi dignidad? Me he jurado ser yo hasta el final… ¿Voy a regalarle mi virginidad a un negro rabón, después de negársela a Alberto? Bueno, la verdad es que Alberto nunca llegó a pedírmela…

Los calcetines deben estar limpísimos, de los restregones que les doy, frenética. Le miro como si le viera por primera vez, y me sonríe. ¿Por qué me sonríe? ¿Porque imagina ya lo que sabe que va a pasar?
¿Y si él no lo sabe? No sé lo que sabe, de nada: ni de nosotros ni del mundo. A pesar de su mirada pícara y de su sonrisa encantadora, de repente me parece bobalicón. ¿De verdad no ha aprendido ni una palabra de español? Y su pasividad… ¡qué extraño! La convicción se impone como una revelación: es imposible que sepa lo que va a pasar. Le he visto asustado, triste, herido, pero no angustiado, ni desesperado; está desconcertado, nada más. Estoy segura de que no lo sabe. No sonreiría así, si lo supiera…

Su ignorancia del destino que nos acecha me recuerda a Sigfrido. Supongo que no era su intención, pero Wagner fue la mar de coherente al construir el personaje del superhombre sin miedo: le salió un buscarruidos que nunca se entera de qué va la fiesta. Protagoniza dos óperas larguíiisimas sin saber jamás quién es, ni lo que hace; ni por qué vive, ni por qué muere. Vale, en carácter parecen antagónicos, pero en no percatarse de lo que pasa, me da la impresión de que son clavaditos…

Brunilda, la Valquiria, también le salió bordada: una mujer de pies a cabeza, que nunca da puntada sin hilo. Sabe en todo momento lo que sucede y lo que está haciendo. Hasta cuando la caga, sabe que la está cagando y asume las consecuencias que no ignora que van a tener sus actos. En una palabra: lúcida, como yo. Y, sin embargo, al final de la primera ópera se entrega a él, despojada ya de su inmortalidad, como simple mujer. A papá le encanta ese dúo final de Siegfried, vibrante y salvaje, en el que ambos festejan su unión con un brindis feroz a ‘la Muerte sonriente’.

Me pongo a tatarear lo que recuerdo de ese final, y me mira como si estuviera loca. “Yo, Brunilda; tú, Sigfrido”, remedo aunque sin señalarnos, como si él me entendiera, como si supiera de qué estoy hablando. Un Sigfrido negro… Si Wagner levantara la cabeza… Yo, Brunilda… No una niñata estúpida; Brunilda, nada menos. Y ella se entregó a su Sigfrido… ¿por qué yo no? Éste no parece un mequetrefe como el de ella, no va de superhombre sin miedo… ¿por qué no puedo hacer yo también mi brindis a la Muerte sonriente?

Aclaro mis calcetines como si los estuviera estrangulando. La letra, en alemán, nunca la he sabido pero aun así, canturrear a voz en cuello la música (“¡Ta-chán, chan, chán, chan-chan-chán chan, chán…!”) consigue enardecerme hasta la exasperación. Cuando me levanto a tenderlos, la decisión está tomada:
Yo, Brunilda; tú, Sigfrido.

Tiendo los calcetines. Mis bragas están casi secas, pero ya no me interesan. Cojo otro par de galletas, mordisqueo una mientras me acerco hasta él y le meto la otra en la boca. Me quedo con mi triángulo de las Bermudas a pocos dedos su cara, y le digo:

—Vale, Sigfrido, seré tuya, pero lo vas a sudar. Cuando consigas que cada poro de mi piel, cada fibra de mi ser, desee ser poseída… sólo entonces me entregaré a ti. Mientras… —Acerco mi pubis hasta restregarlo contra su rostro, retrocedo un par de pasos y me quedo en la orilla, mirándole retadora. Como declaración de guerra, no ha estado mal…

Me mira atónito, como un pasmarote. Aunque no haya entendido mis palabras, ¿qué es lo que no comprende? Más claro, agua… Le saco la lengua, corro hacia él y le empujo hacia atrás, tirándolo largo. Salgo por la orilla opuesta y sigo corriendo un poco, invitándole a perseguirme. Se pone de pie, desconcertado, y le hago señas con el dedo para que se acerque, mientras le sonrío burlona. Arroja sus calcetines a la otra orilla y se aproxima despacio, expectante. Cuando está a un par de pasos, echo a correr de nuevo. Esta vez intenta perseguirme, pero se cae a los pocos pasos.

Me acerco a ver cómo está y su rostro no denota apenas dolor. Me arrodillo y le toco el tobillo; no parece estar mal, sólo le ha fallado. Cuando voy a levantarme, su mano acaricia mi teta. La sorpresa me paraliza unos segundos, durante los que él coge confianza. Cuando reacciono, me retiro y le doy un manotazo en sus dedos atrevidos, pero sonriendo con picardía. Su cara es un poema de desconcierto y deseo. Su estupefacción me acicatea y le beso fugazmente mientras me incorporo y huyo de nuevo.

Se pone en pie y me doy cuenta de que su pene está en erección. Se la señalo y me burlo, pero él parece orgulloso de ella, en vez de avergonzado, como pensaba. Su pudor va despareciendo y él va entrando en el juego. Con la ventaja que me da su cojera, me dedico a torearlo, regatearle, rozarnos, incluso dejarme atrapar a veces, durante unos instantes, en los que sus manos amasan ansiosas mis tetas o mis nalgas. Una de esas veces, rodamos por el suelo y nos besamos con hambre… hasta que me suelto y salgo corriendo otra vez.

Espero que él sepa volver, porque yo ya no sé dónde está el río. Estoy acorralada en la cara escarpada de una pequeña loma que me da sombra. Él está apoyado en un árbol, tapándome la salida, pero sin intentar atraparme. Parece cansado, de las carreras y del juego; incluso su erección parece flaquear. Veo a mi derecha una roca casi plana, grande, de como un metro de altura. Perfecto. Ese será mi altar.

Me acerco a mi Sigfrido, atrapo su pene semi-enhiesto y le conduzco de él hasta la roca. Es el primero que toco en mi vida. Me sorprende su calor y suavidad, parece palpitar. No se lo esperaba, y se deja llevar dócilmente, aunque sus manos ávidas no se están quietas durante el trayecto…

Al llegar, me tumbo boca arriba en la roca, sin soltar mi presa, con lo que le arrastro sobre mí. Nos miramos con deseo, nos sonreímos con malicia y nos besamos con pasión. Sólo entonces suelto mi candente trofeo y le abrazo. Su pecho aplasta mis tetas… y su sudor ultraja mi pituitaria.

—Tendré que acostumbrarme a tu olor. Vas a ser mi amante el resto de mi vida… —le digo, incitante, como si le dijera una guarrada. Mi Sigfrido me responde algo que, seguro, me haría sonrojar. ¿Cómo puede excitar tanto un tono de voz, sin saber siquiera lo que dice? Sigo susurrándole lo primero que se me ocurre, sólo para oírle responderme.

Volvemos a besarnos y mete su lengua en mi boca. Superado mi asco inicial, su experta lengua me descubre un mundo de sensaciones nuevo para mí, que eleva mi fiebre hasta el paroxismo. Su lengua en la mía, sus manos en mis tetas, su brasa en mi ingle, logran que todos los poros de mi cuerpo, todas las fibras de mi ser ansíen lo mismo. Estoy lista.

Me retuerzo para que su pene pase de mi ingle a mi entrepierna, pero no parece captar el mensaje, porque sigue poniendo todo su empeño en hacerme una exhibición de su don de lenguas. No me deja más remedio que la acción directa, así que abro las piernas, bajo una mano hasta su pene y deslizo su húmedo glande por mi mojada vulva. Más claro…

Deja de besarme y me mira. No sonríe, ni yo tampoco. Leo en sus ojos el mismo anhelo que supongo en los míos, pero está, estamos muy serios. Lo mío es miedo, lo suyo… espero que no. Vuelvo a deslizar su pene hasta dejarlo embocado en mis labios, empujo levemente y retiro mi mano, sin dejar de mirarle a los ojos. Es su turno.

Empuja despacio, mientras se incorpora y me sujeta por debajo de mis riñones; yo cierro los ojos. Llega hasta mi himen y al notar el obstáculo, se detiene. Abro los ojos y le descubro mirándome extrañado. ¿Qué pasa? ¿No sabes lo que es? Empuja otra vez, muy despacio, como si quisiera forzarlo sin romperlo. Empiezo a ponerme muy nerviosa. Él parece empeñado en dilatarlo poco a poco… así que, agotada mi escasa paciencia, me incorporo lo justo para asirle de las caderas y me impulso contra él con todas mis fuerzas.

Me asusto de mi grito. El miedo ha aguzado mis sentidos y probablemente ha magnificado un dolor que quizás no fuera para tanto, pero así desahogo la tensión acumulada. El dolor agudo cede rápidamente, pero la molestia difusa aumenta. Mi Sigfrido parece aterrado, casi temblando, con su virilidad incrustada en mi femineidad, sin atreverse a mover un músculo.

Le sonrío y le atraigo hacia mí, abrazándole. Me devuelve la sonrisa, aliviado, y me besa sin lengua, con ternura. Empieza a moverse tímidamente; las molestias no ceden, pero empiezo a sentir un gustito muy especial. Sus manos han abandonado mis riñones y vuelto a mis tetas. Sus movimientos en mi vagina se van acelerando progresivamente hasta llegar a ser frenéticos. A ese ritmo, seguro que va a terminar enseguida… ¿Qué le ocurre? ¿Qué prisa tiene? Si acabamos de empezar…

En su ímpetu, se le sale, y parece no saber encontrar el camino de vuelta. Aprovecho para tratar calmarle, hacerle gestos de “despacio, despacio…”, pero él está tan obcecado con volver a penetrarme que no me atiende. Acabo guiándole yo, pero rodeándole con mis piernas y clavando mis talones en su culo al mismo tiempo, para intentar inmovilizarlo, ensartado en mí. Vuelve la molestia, y la obviedad se impone…

¡Es tu primera vez, también! ¡Eso es lo que te pasa! ¡Eres tan virgen como yo y no sabes ni cómo es una chica!
¡A nuestra edad! Que sea virgen yo, vale, fue mi elección; pero tú… ¿Qué pasa? ¿Que tu colita ‘white size’ era la vergüenza de tu aldea y ninguna quería invitarla a entrar en su cosita? Porque con tus ojos maliciosos y tu fascinante sonrisa, deberías haber debutado hace mucho… Y besar sabes, ¡doy fe! ¿Cómo es que nunca has rematado la faena? ¿Qué se me está escapando?

Bueno… ya lo averiguaré luego. Ahora tengo otro asunto entre piernas y, por una vez, no pienso dejar que la lucidez me impida disfrutar de él… Aunque la verdad es que sus salvajes acometidas de antes han acentuado mis molestias, cuando se supone que debían atenuarse con el tiempo. El dueño del asunto parece en trance; su rostro, contrito y desencajado a la vez, me observa con inquietud. Le sonrío y libero la presión en sus nalgas, mientras trato de apaciguarle con las manos. “Despacio, despacio…”. Mi sonrisa le relaja y su calentura atropella a su zozobra.

Empieza a culear suavemente otra vez y con los primeros roces, las molestias parecen descender hasta un nivel testimonial, mientras el gustito va in crescendo. El “flop, flop” de su carne contra mi carne, de su sexo en mi sexo, me recuerda al que oía desde mi escondite mientras veía a aquel bestia violar a mi madre; y cómo la sordidez de aquel “flop, flop” acrecentaba mi estupor. Pero éste (aunque tan torpe como aquél) en vez de asquearme, espolea mis ganas. Ahora son mi carne, mi sexo, los que hacen ese ruido innoble, y me encanta lo que siento al hacerlo…

Las buenas intenciones duran poco y pronto vuelve a embalarse. Está muy congestionado, y no sonríe; tiene los dientes apretados y su mirada parece perdida. Su ritmo infernal me está volviendo loca; no creo que él aguante mucho así, pero la verdadera locura sería pararle de nuevo. Todo mi ser, condensado en mi vagina, quiere que siga, y siga, y siga… Me escucho gemir y apenas me reconozco, pero la lubricidad de mis gemidos me enardece más aún; a mi perforadora, también. Cuando mi excitación está llegando a cotas insoportables, siento algo caliente inundar mis entrañas. Su frenético vaivén se troca en estocadas profundas y con cada una, va gritando monosílabos en un tono salvaje. Se está corriendo. Yo no.

Se desploma, inerte, sobre mí, aplastándome contra la dura piedra. Sólo los latidos de su corazón delatan que sigue vivo. Noto cómo su ego se desinfla en mi interior. La fiesta ha terminado. Tonta de mí, aún acaricio su espalda y sus costados, como agradeciéndole, encima, haberme dejado así. ¡Hombres…! ¿También sería así la primera vez de Brunilda y Sigfrido? Conociendo al botarate wagneriano, sería peor, seguro…

Bueno… ya ‘he conocido varón’, ya ‘soy mujer’. Entonces, ¿por qué me siento más cría, en vez de más adulta? Echo de menos a mamá. Si ella me viera ahora… ¡qué vergüenza! ¿Soy una niñata estúpida, jugando a ser una Valquiria? ¿Qué he hecho? ¿He claudicado ante mi coño? ¿Dónde está mi dignidad? Bueno, mamá se fue con aquel tío, ni dos semanas después de que papá nos dejara tiradas. No soy tonta, sé que se acostó con él. Ni dos semanas aguantó sin un hombre…

Pero no soy quién para juzgarla. Es mi madre y está muerta… por mi culpa. ¿Por qué asistí impotente a su violación y asesinato? Si hubiera reunido el valor para atacar a su agresor antes, y no después de que la violara y matara, ella seguiría viva. ¿Por qué tuvo que hacer falta verla morir para arrancarme del marasmo? No lo sé; herencia paterna, quizás. Dejémoslo: mortificarme no va a resucitarla. Yo no he hecho este mundo, yo sólo vivo en él… mientras dure, que será poco.

Mi Sigfrido sí resucita; me acaricia con ternura, me besuquea con dulzura y me sonríe con placidez. Se nota que se ha quedado a gustito… El pecio de su sexo abandona el mío y sus ojos, otrora vivarachos, me exploran como si me viera por primera vez, transmutados en los de un cordero degollado. Dibuja un corazón en mi estómago. ¡Uy, qué mono…! ¿Pues no se pone románico y semental? Su sudor me sigue matando.

Debe hacer dos semanas que tuve la regla… ¿Y si me preña? ¡Ojalá! ¡Ojalá me preñara! Ya me gustaría quedarme embarazada; incluso no me importaría parir un mulato… significaría que sigo viva. Pero eso no va a pasar… Ni siquiera sé si duraré lo suficiente como para dar tiempo a que algún procaz espermatozoide de mi zaino garañón copule con mi inocente ovulito…

¿Y si ocurre como en las pelis? ¿Y si la Muerte pasa de largo, porque venía a buscar a una y ya soy dos? ¿Y si sobrevivo, después de todo? ¡He deseado tanto estar en el punto cero del impacto y ahorrarme la agonía que aguarda a los desgraciados que no sean aniquilados en el primer momento! Pero ahora… ¿Y si cae en la Fosa de las Marianas y el agua amortigua el choque? ¿Y si sobreviviéramos, a pesar de todo?

Sentir una vida dentro de mí. Otra vida… Sentirme viva y además, dadora de vida… ¡Sería genial! Tener muchos hijos, hacer muchos hijos, dar mucha vida, ser los nuevos Adán y Eva… Sería… sería… ¡Será, estoy segura! ¡Seré exceptuada! Seremos exceptuados, mi oscuro Sigfrido, mi desvirgador, mi fecundador…

Formaremos una familia: “Juro amarte y respetarte; y serte fiel todos los días de mi vida”… Lo juro. “Con este anillo, yo te desposo”… Bueno, para ponerte mi anillo tendré que esperar a que tu dedo vuelva a estar en condiciones…

Toco su dedo y, además de pringoso, parece bastante fuera de combate. Su dueño me mira entre divertido y sorprendido. Palpo su escroto y jugueteo con sus testículos. Me hacen gracia. Le gusta, pero no me imita. ¡Ya podía jugar él también con mi entrepierna! Llevo su mano a la zona, pero no sabe qué hacer; juguetea con mi vello y enseguida vuelve a mis tetas.

—Tengo clítoris, chaval —le digo, mimosa—, tengo un hermoso clítoris que tú has ignorado. Puede que las chicas de tu aldea no lo tengan, pero yo sí. Aquí las chicas no somos meros sumideros de vuestro semen, tenemos nuestros derechos, nuestras necesidades… Yo también quiero mi pequeña muerte sonriente… y me la vas a proporcionar.

Me pongo encima de él e instintivamente se mueve hacia el centro de nuestro pétreo tálamo, para evitar que nos caigamos.

—¿Sabes, maridito mío? Ahora no vas a ser Sigfrido, vas a ser Grane, mi brioso corcel negro, y Brunilda te va a cabalgar hasta que la lleves al Valhala —le amenazo.

No entiende una palabra de lo que le digo, pero la lascivia de mi voz la capta bien y su mirada vuelve a ser rijosa. Las molestias siguen siendo testimoniales, pero siguen ahí… ¿No será un castigo excesivo para mi coño casi virgen? Bueno… habrá que averiguarlo…

Me siento a horcajadas sobre su vientre, buscando el contacto con su pene. Lo tomo con mi mano, lo pongo sobre su pubis y restriego mi vulva suavemente sobre él, despacio, muy despacio. A pequeños latidos, su cosa parece revivir. Y mi calentura, también.

A mi Grane parece gustarle mi iniciativa y aun asumiendo su papel pasivo, coopera animoso. Empezamos a compenetrarnos, de momento sólo en espíritu, pronto literalmente… Sus manos aprendiéndose mis tetas, mi raja frotándose contra su verga, sus ojos fijos en los míos, transmitiendo sin palabras nuestro impúdico anhelo, su sonrisa en mi sonrisa… ¡Ah, su sonrisa! Su radiante, su lenitiva sonrisa… como la mía…

—Aunque todo desaparezca, quedará nuestra sonrisa… —me oigo decir con voz tan solemne que me emociono como una boba.

Noto cómo mis flujos van humedeciendo su cada vez más redivivo pene. Paso un dedo por sus labios recorriendo su sonrisa y, sin apartar mis ojos de los suyos, bajo a su estómago y dibujo un co



Querido lector, acabas de leer un relato correspondiente al XXI Ejercicio de Autores.

Relación Relatos XXI Ejercicio: El Fin del Mundo

Relación definitiva de relatos presentados al XXI Ejercicio de Autores una vez corregidos errores en la recepción de los relatos.

Título
Autor
Fecha probable publicación
Fecha fin valoración
El Gato de Chesire

31-III-13
24-IV-13
Diario

3-IV-13
27-IV-13
Demiurgo

6-IV-13
30-IV-13
El convite

9-IV-13
3-V-13
Un último deseo

12-IV-13
6-V-13
El fin del mundo

15-IV-13
9-V-13
Cien años después

18-IV-13
12-V-13
El tren hacia el Fin del Mundo

21-IV-13
15-V-13
Hotel California

24-IV-13
18-V-13
Blanca del segundo origen

27-IV-13
21-V-13
La ceremonia

30-IV-13
24-V-13
A ciegas

3-V-13
27-V-13
El pianista virtuoso

6-V-13
30-V-13
Mi sueño del fin del mundo

9-V-13
2-VI-13
Tribal

12-V-12
5-VI-13
Adiós mundo cruel

15-V-13
8-VI-13
Con su blanca palidez

18-V-13
11-VI-13
Publicación de los resultados

12-VI-13


Todas las fechas son aproximadas salvo error y corresponden a las fechas de envío de los relatos.


La Coordinadora.