lunes, 11 de abril de 2011

Pínchame, amor (1) - (Masulokunoxo)

Antes de entrar en harina, hago constar –a quien corresponda y le interesen estos cotilleos- que el individuo que firma el relato no tiene ni arte ni parte en los hechos que se narran a continuación, salvo poner en negro sobre blanco lo que le dicto…con dudoso arte, dicho sea de paso.

Se supone que esto debe ser un relato erótico, ¿no? Entonces, ¿a santo de qué viene tanto empeño por parte de este mamón en corregirme el léxico? Según dice, los personajes femeninos de cierta edad, aunque pertenezcan a mi estatus social medio-bajo, no suelen emplear el lenguaje barriobajero que yo utilizo. –Para mí que me estás vacilando con lo del estatus, sea lo que sea eso; pero como se te ocurra poner en los papeles que tengo un solo año más de treinta y cuatro, te crujo. ¿Me has oído bien, tontaina?

Una servidora siempre fue alegre y divertida, de buen compás, lágrima fácil y con un corazoncito tan tierno que da grima; y claro, siempre hay algún aprovechao dispuesto a sacar tajada de las debilidades de una. Sin ir más lejos, el vecino del tercero izquierda, el mismo que firma este relato con un galimatías de apodo. El pollo se pasó una semana dándome la brasa con que tenía que echarle una mano con el relato erótico en cuestión. -Si no sabes ni contar un polvo como es debido, ¿para qué te metes en estos fregaos, chaval?- le decía yo para escurrir el bulto. Pero nada, el tío siguió dale que te pego con la misma murga, asegurándome que se jugaba el poco prestigio que le quedaba en no sé qué coño de página de relatos eróticos y un foro de autores.

En fin, que acabó tocándome la fibra sensible, y por eso estoy aquí ahora dictándole al plumilla éste de los cojones mis más oscuros deseos, fantasías secretas y perversas obsesiones. A ver si consigo que deje de fijarse tanto en mi léxico y más en mis tetas; porque una, pese a su “cierta edad”, está aún que lo vierte –o eso dicen los paletas de la obra de enfrente-, por lo que no me explico cómo es posible que haga más doce horas que no encuentro un nabo que merezca la pena. Si fuera mal pensada, empezaría a sospechar que todos los tíos buenos están encerrados juntos dentro de algún armario; así que juro por mis muertos que el guaperas del tercero izquierda no se me escapa vivo.

Mi mejor noche –porque el relato parece que tiene que ir de eso, de una noche inolvidable-, comenzó de muy mala manera…cuatro meses antes, el día que me casé con Saturnino, el chatarrero del barrio. Una se pasa la vida soñando con que su noche de bodas será de película, que será la princesa protagonista del cuento y que alucinará con los fuegos artificiales de, por lo menos, media docena de orgasmos…para darse el gustazo de poner después verdes de envidia a sus amigas. ¿Y con qué te encuentras? Pues con el Satur borracho perdido, babeando excusas sobre que es la primera vez que su “joya” se niega a ponerse tiesa, e intentando meterte un par de dedos en el culo, porque el chochito ya te lo tiene muy visto y le apetece probar algo nuevo. Lo que acabó probando fue un mordisco en los huevos –con muy mala leche, aunque disfrazado de accidente-, cuando me dio el calambre en la mandíbula que puso un abrupto final a la hora y media de mamada que me pasé sin conseguir que su “joya” reaccionara.

Razón tenía mi madre, cuando decía que lo que mal empieza, mal acaba. Cuatro meses después, yo seguía esperando mis fuegos artificiales; y, encima, teniendo que oírle que la culpa era mía, por no saber despertar a la fiera que llevaba dentro. ¿Fiera? Como no fuera empinando codo, estafando a sus clientes o taladrando con la mirada el culo de alguna vecina, me río yo de la puta fiera del Satur. Pero, claro, todo puede empeorar, como un tal Murphy se encargó de demostrar hace tiempo.

El otro día vi en la tele que una locutora muy mona ponía a parir a los chinos que se dedican a dar masajes a los turistas en plena calle. Supongo que, como en todo, los habrá buenos y malos…y a mí me tocó el mejor. ¡Joder, qué manos tiene mi chinito!

Aquel día yo tenía un ataque de nervios. Había ido a visitar a mi madre y discutí con ella –insistía en que tenía que ser más comprensiva con el Satur-, por lo que volví a casa antes del mediodía. Los berridos que daba la vecina –la propietaria de culo gordo que tanto atraía al Satur- ya se oían desde el descansillo, así que no debería haberme sorprendido tanto; pero una no termina de creerse estas cosas hasta que las tiene delante de las narices. Y allí estaba yo, como una tonta -cargando aún con la tortilla y las empanadillas que me había hecho mamá-, petrificada en el pasillo, fisgando como el cabrito del Satur enterraba la cara -hasta las orejas- en aquel culo celulítico. Reaccioné justo a tiempo de evitar el siguiente número del espectáculo, tiré las bolsas y salí corriendo…porque, aunque no presencié la enculada, el puñetero ascensor tardó una eternidad en llegar, y aquella cerda chillaba que la polla del Satur la estaba matando.

Después pensé que era tonta –es que lo soy-, que tenía que haberme quedado, patearle los huevos al Satur y sacar de mi cama, por los pelos, a la guarra de la vecina, y tirarla escaleras abajo. Pero ya era tarde para desatar mi ira justiciera: llevaba horas dando vueltas sin rumbo por el barrio y me dolían los pies y el alma. Encontré un local con un anuncio en chino y entré, pensando en comer algo, descansar un poco y llorar a moco tendido sin asustar a ningún transeúnte. Me quedé de una pieza, cuando un chinorris alto, cachas y guapísimo, me pregunto qué iba a ser: ¿Anti-estrés, relajante, o completo?...o eso entendí, porque no hay letras bastantes en el abecedario para transcribir el galimatías de lo que realmente dijo el chino.

-Probaré el completo-especial. Y después me traes una pastilla de cianuro con un poco de agua, a ver si así mejora el día- le solté en plan optimista…y debió entender algo, porque me hizo un descarado reconocimiento visual y me indicó –por gestos- que entrara en la habitación de enfrente y me desvistiera. ¡Y yo que había entrado allí pensando en ponerme morada de cerdo agridulce!

Cheng-gong –el chinorris tenía nombre…y apellido; es decir, que para parecer educada debería llamarle Hong Chen-gong- comenzó la sesión con un masaje de lo más normalito, dedicando una especial atención a mis hombros y cuello. De ahí paso a mis piernas, amasándolas, estrujándolas y palmeándolas con el canto de las manos…todo muy profesional y aburrido. El pendón de Julia me había hablado maravillas del masaje con final feliz que le daba -de extranjis y por cincuenta euros- su monitor de pilates, asegurándome que siempre volvía a casa con las rodillas flojas y una sonrisa de oreja a oreja. ¡Pues yo también quería probarlo, coño!

Como si me hubiera leído el pensamiento, Chen terminó con los manoseos y comenzó a recorrer mi espalda con las yemas de sus dedos. ¡Joder, qué gustazo! Pegué tal brinco en la camilla que casi se me cae la toalla que me tapaba el culo. Después se pasó un buen rato dando el mismo tratamiento a mis muslos, jugando a llegar hasta el borde de la toalla –de la que yo tiraba con disimulo hacia arriba- y amagando con colarse debajo, pero sin llegar a concretar la jugada. Yo sudaba de lo lindo, me mordía los labios y notaba mi chochito ansioso, palpitante y pringoso de flujo…pero el cabronazo del chino seguía a lo suyo, ignorando mis desesperados S.O.S. ¿O es que no estaban bien claros los mensajes subliminales que yo emitía? Vamos, que si una tía se estruja las tetas a dos manos, se pellizca los pezones hasta casi reventarlos, separa las piernas hasta que las rodillas se le escurren fuera de la camilla y levanta el culo todo lo que puede, está claro lo que quiere, ¿no?

Al final, casi por compasión, accedió a dibujar el contorno de los labios de mi chochito con un dedo y a darme un par de toques en el clítoris. En ese momento me daba igual si tenía que empeñar la casa para pagar la sesión, mamársela al barrio entero o terminar colgada de un gancho y molida a latigazos…cualquier cosa, con tal de correrme de una puta vez. Así que me revolví como una fiera, dispuesta a meterme en el coño la polla de Chen; o, en su defecto, el brazo hasta el codo, un pie o su calvo melón de ojos rasgados.

La proyectada violación del chino se quedó en grado de tentativa, al intervenir mamá Hong por megafonía y romper el hechizo:

-¡No tocal! ¡Plohibido tocal! ¡Acabal ya! Vinte uros. Si lepetil, vinte más. Pelo no tocal.

Al susto que me dio la puta vieja con sus voces, se unió la impresión de ver mi espalda, reflejada en un espejo empotrado en la pared –y detrás seguro que había alguna cámara grabando-, con un montón de agujas de acupuntura clavadas, aumentando su número a medida que descendían por mi columna vertebral, hasta formar un grupo compacto a la altura de la rabadilla. Me quedé pasmada y mirando a Cheng con cara de pocos amigos. Éste sonrió, se encogió de hombros, me quitó las agujas y se justificó de forma enigmática:

-Tú pedil más que completo. Yo dal. Tú vel después.

Salí de allí echando chispas, hirviendo por dentro y por fuera y cagándome en todas las madres protectoras del mundo, especialmente en las que no pronuncian las erres.

Ahora debería decir, para que nadie piense que soy de las que se tiran al primero con el que se tropiezan, que soy una romántica empedernida, incapaz de pasar a mayores –fantasear sí, porque la imaginación siempre la tuve muy desbocada- con nadie que no fuese mi Satur; y ni hablar de liarme con una tía…ni siquiera en sueños. Lo digo, porque me quedé muy sorprendida, de la que volvía a casa en el autobús, al verme relamerme de gusto delante de una rubia pechugona. Y lo que ya fue la leche, fue el morro con el que entré a matar, pegándome a su culo, alternando mordisquitos entre su cuello y el lóbulo de la oreja, y sobándole las tetas con todo el descaro del mundo. El resto de los pasajeros –salvo que hubiera algún ciego-, veían, cuchicheaban y repartían codazos a los despistados que aún no se habían enterado de la movida. Gracias a Dios que la rubia reaccionó a tiempo, me cogió de la mano –la que tenía libre, porque la otra ya se la había cogido yo y me la había metido debajo de la falda- y me obligó a bajar con ella en la siguiente parada. Llamé al Satur, contándole la milonga de que me iba a quedar unos días cuidando de mi madre…y la rubia y yo tan contentas.

Volví a visitar a Chen tres días más tarde –sin haber pasado aún por casa-, cuando se me bajó de repente el vacilón. El bajón coincidió con una comida de coño de antología por parte de la pechugona, mientras nos duchábamos aquella mañana. Yo veía a una tía –una tía buena, para qué nos vamos a engañar, aunque se le hubiera ido la mano con la talla de los implantes mamarios-, arrodillada delante de mí, afanándose en sacarme brillo al coño…y no lo podía terminar de asimilar. -¿Esto está pasando de verdad o lo estoy soñando? Y si de verdad está sucediendo, ¿cómo coño he llegado hasta aquí? ¡Esto es muy raro, Merche!- filosofaba yo debajo de la cebolleta de la ducha, mientras con una mano le marcaba el ritmo a la rubia, extrañada de que tardase tanto en correrme. Me vestí a toda prisa –trabajo me costó encontrar mis bragas…olvidadas desde hacía tres días en un rincón-, me despedí de mi anfitriona con un escueto “Nos vemos” –entonces caí en la cuenta de que no sabía ni cómo se llamaba- y no paré de correr hasta encontrar a mi chinito.

Esta vez mantuve las manos quietas –trabajo me costó, no crean- y mamá Hong no tuvo que intervenir. Caí en la cuenta de que, cuando Chen hacía tamborilear sus dedos en mi espalda, lo que realmente hacía era clavar agujas a toda velocidad. No paró hasta me dejó la zona del cóccix repleta de agujitas. Y después, disimulando para que la puta vieja no se mosqueara, estuvo masajeándome el coño una eternidad. Yo procuraba sofocar mi excitación mordiendo el reposacabezas de la camilla, y no debía ser la única, en vista del lamentable estado que presentaba…pero cuando una se encuentra en el disparadero de una corrida inminente, se vuelve menos escrupulosa en lo que respecta a las condiciones higiénicas de las instalaciones.

¿Dije una corrida? No, alguna más, pero tampoco las conté. En cuanto a Chen, le pasa como a mí con el inglés, que lo entiendo, pero no lo hablo; así que no conseguí salir de dudas en cuanto a los efectos secundarios del tratamiento. Que me ponía como una moto, saltaba a la vista; que seguía cachonda dos o tres días después, también; pero lo que realmente me interesaba saber era qué coño le pasaba a mi cabeza…porque no era normal que me tirase a todo bicho viviente con el que me cruzase –y menos si es una rubia- y después no recordase ni cómo ni cuándo.

Por si las moscas, aquel día decidí no volver a casa en autobús. Atajé por el parque, para evitar cruzarme con demasiada gente –las rubias acechan en cualquier esquina-, y apretando el paso para llegar a casa con tiempo suficiente de hacer la cena. No recordaba haber comido nada sólido los últimos tres días. Recordaba la cama, la ducha, la tumbona de la terraza y el sofá de la rubia, pero no haberme sentado a la mesa…en la mesa sí, pero eso no contaba, porque enseguida nos caímos de ella. Desfallecida, me senté un banco. Al poco, apareció un abuelete de paseo con su perro. Como no consideré que representasen ninguna amenaza para mi integridad -perdón, quería decir lo contrario-, no puse ninguna objeción a que el anciano se instalase a mi lado.

La culpa la tuvo el chucho. El bicho debió oler que mi chocho aún estaba sudado por los recientes manejos de Chen, y no paraba de dar vueltas alrededor del banco. En un descuido, mientras su dueño me contaba los progresos de su nieto con las oposiciones de abogado del estado, me encontré con la cabeza del puto perro entre mis muslos. Y el cabronazo sabía lo que se hacía, porque mientras me ponía perdía de babas con sus lengüetazos, empujaba el hocico como un poseo, obligándome a abrirme de piernas.

-¡Uy, perdone! César anda un poco salido estos días. Déjeme que lo ate y así no le molesta- se disculpaba el pulcro caballero, mientras forcejeaba con poca convicción con la correa del chucho.

El ofrecimiento del abulete llegaba un poco tarde, porque la fiera peluda había conseguido incrustar la punta de la nariz en mi chochito…con bragas y todo. Y seguía empujando. Lo curioso del caso es que, pasado el primer momento de pánico, la situación no me desagradaba del todo. ¡Qué coño, estaba en la gloria!

-Deje, deje. Se nota que el animalito es muy juguetón y a mí no me molesta. Si ahora le quita usted el caramelo de la boca, igual se enfada y me atiza un mordisco- contesté con un hilo de voz, porque mi caramelo estaba comenzando a derretirse.

Al aflojarse la presión de la correa, el chucho dio un buen tirón, sonó algo roto –mis bragas Cocot de encaje- y me coló dentro toda la lengua, la nariz y medio hocico. El señor salió disparado hacia delante, aterrizando de cara entre mis tetas, como cabía esperar. En resumen, que para escándalo de varias mamás que paseaban a sus retoños, el cuadro era de lo más sugestivo: una elementa despatarrada en un banco, jadeando a grito pelado, con un perrazo comiéndole los bajos y un señor de proyecta edad amorrado a sus tetas. Tras la tercera descarga de fuegos artificiales, me pareció oportuno devolverles el favor. Al abuelete, cuando le bajé de un tirón los pantalones y los gallumbos, estuvo a punto de fallarle el marcapasos, y me costó horrores hacerle una mamada como es debido y sacarle cuatro gotitas de leche. En cambio, al pichabrava de César, en cuanto le agarré el nabo, me puso perdida con la corrida.

Se me estaba haciendo tardísimo, así que recompuse lo mejor que pude mi indumentaria y salí pitando del parque, justo a tiempo de ver un coche patrulla que enfilaba el acceso peatonal a toda pastilla. Al día siguiente, la comidilla de media ciudad fue la crónica de sucesos en la que se relataba el brutal asalto que un señor mayor y su perro habían perpetrado en el parque contra una señorita. El primer impulso, el de presentarme y aclarar el malentendido, enseguida se vio superado por mi espíritu cívico. El señor, decía la crónica periodística, era demasiado mayor para ir a chirona –con César no se metía nadie- y forrado de pasta, por lo que era de suponer que la cosa quedase en un multazo de cinco cifras…a ver si así arreglan el parque de una vez.

Antes de llegar a casa, paré en la carnicería, justo cuando Julio -el hijo del carnicero- echaba el cierre. Al chaval hace tiempo que lo traigo por la calle de la amargura –esas cosas se notan-, pero es demasiado educado como para insinuarse a una clienta casada de impecable reputación –ésa era yo…hasta entonces-. Los filetes que me cortó daba pena verlos; pero, en vista del ataque de nervios que le entró, tampoco se lo reproché. Recuerdo vagamente haber entablado una conversación sobre su novia, interesándome por cuestiones sin importancia, tales como la técnica que empleaba para hacerle pajas, si misionero o perrito…cositas así. Julio lo negaba todo. Le temblaban tanto las manos que temí fuera a rebanase un dedo de un momento a otro. Al final, con un bufido de frustración, me confesó que sólo besitos con lengua y meter mano por encima de la ropa.

-Eso lo arreglamos ahora mismo, campeón.

A una, que en el fondo es una madraza, le pone la autoestima por las nubes ver la velocidad supersónica a la que consigue que los jovencitos se empalmen. El record lo tengo establecido en diez segundos, y Julio no lo batió por los pelos. También es verdad que les dura poquito la leche en las pelotas –el record son veinte segundos-, pero lo compensan con una capacidad de recuperación más que notable. Teniendo en cuenta estos imponderables, me esmeré en la cubana con la que Julio se estrenó, repitió eyaculación precoz con la mamada, recuperó fuerzas con una comida de coño teledirigida –con mis manos en sus orejas lo guié sin problemas-, aguantó media docena de mete-saca –el miedo escénico de la primera vez-, casi me da tiempo a correrme con el segundo…y al fin, con el cuarto, pude enseñarle cómo tritura mi coño una polla cuando me entra el tembleque orgásmico.

Supongo que ahora debo de ser motivo de sus vaciles en el instituto –¡Anda que no son bocazas estos chavales!-, pero mientras me siga regalando los solomillos, caen fijo un par de visitas semanales a la carnicería.

Total, que cuando abrí la puerta de casa debían de ser las tantas y el Satur me recibió con sus ronquidos. Lo lógico habría sido aprovechar la ocasión y utilizar el cuchillo jamonero para cortarle la polla en rodajas, pero en mi enfebrecida mente sólo había una imagen fija: aquella polla follando el culo gordo de la vecina. ¡Y el mío estaba sin estrenar!

El dilema moral que se me presentaba, era si ceder a mis impulsos, o bien racionalizar la situación, despertar a aquel cabronazo y armar un escándalo de los que alarman al vecindario y colapsan la centralita de la policía…más que nada porque las bolsas con la tortilla y las empanadillas seguían tiradas en mitad del pasillo. Pero si he de ser sincera, el dilema me duró menos de lo que tardo en contarlo, acuciada como estaba por el ansia irrefrenable de sexo que, sin fallar una sola vez, me provocan las sesiones de acupuntura del chinito. El efecto, como ya dije antes, desaparece al cabo de unos días; pero mientras dura, no hay forma humana de resistirse a él…¡Ni ganas, qué coño!

Aunque, por muy obcecada que estuviese por concretar mi desvirgue anal, seguía demasiado cabreada con el Satur como para permitir que el desgraciado disfrutase de la situación; aunque también es verdad que me ponía un montón la idea de verle roncando con el ciruelo tieso. Mi enfebrecida mente ideó un plan para conseguir ambos objetivos: lograr que el Satur se corriera sin llegar a enterarse y conseguir mi anhelado desfloramiento anal. Calculando a ojo, la punta del ciruelo del Satur –la verdad es que da gloria verlo…las poquitas veces que se anima- multiplica varias veces el diámetro de mi ojete, por lo que no reparé en gastos a la hora de lubricármelo con aceite de baño. La parte más peliaguda de la operación: conseguir una erección medio decente y que siguiera roncando, fue resuelta con paciencia y un montonazo de saliva.

Quedaba por resolver la parte de cómo coño iba a lograr que mi fruncidito orificio dilatase lo suficiente como para permitir una penetración indolora –para mí- y lo menos trompicada posible, no fuera cosa de que la bestia durmiente despertase en el último momento y me jodiese la diversión. Esto me llevó a reflexionar sobre lo importante que es disponer de un buen plan que cubra cualquier clase de contingencia previsible; y cuando se presenta algún imprevisto, poder echar mano del plan B.

Así que allí estaba yo, mamándosela a mi maridito a cuatro patas, alucinando con el grosor y la coloración amoratada que iba adquiriendo la punta del nabo del Satur, y devanándome los sesos sobre cómo conseguir dilatar mi ojete sin usar los dedos; porque una tiene sus principios y eso sería hacer trampa. En cambio, mis principios no decían nada sobre utilizar un sustituto inanimado…

Lo siguiente que recuerdo es que estaba haciendo equilibrios sobre uno de los dos pomos que adornan los extremos del pie de la cama matrimonial –de caoba maciza y una obra maestra de la ebanistería de finales del siglo XIX-, encomendándome a todos los santos para no resbalar y quedar ensartada como uno de esos pollos que dan vueltas en los hornos de los asadores. ¿Se imaginan la cara del Satur, a la mañana siguiente, viendo a su mujercita tiesa y empalada a los pies de la cama? Ni puta gracia que tendría la broma…salvo que la víctima fuese la vecina del culo gordo, claro.

Les ahorraré los espeluznantes detalles del desvirgue anal perpetrado con el pomo izquierdo –según se mira desde el cabecero de la cama, y haciendo el inciso de que el derecho fue estrenado un mes después…para que no desentonara el color- y me centraré en los aspectos técnicos de la operación.

Gracias a mis experiencias masturbatorias previas –vía vaginal- con tubérculos de gran porte, sé que lo más importante es no dejarse impresionar por las dimensiones del chisme que pretendes meterte. Todo es cuestión de paciencia y lubricación. Y pacientemente, centímetro a centímetro, conseguí que entrase la mitad de la bola que remata el pie de la cama. ¿Qué hay que estar como un puto cencerro para intentar tal cosa? No lo pongo en duda; pero, en aquellos momentos, para mí era una cuestión de honor. ¡Y qué coño!...Si ya había conseguido introducir la mitad, el resto del recorrido era ya todo cuesta abajo.

¡Y un jamón! Entrar, entró, pero de qué manera. Por un momento me quedé sin respiración, con un tembleque que pá qué y una flojera de piernas que hizo que tuviera que agarrarme con las dos manos al vástago de madera que une la bola con el somier. Y menos mal que anduve rápida de reflejos, porque no mide menos de medio metro…y eso es mucha madera como para metérsela por el culo de una sentada. Un rato después, cuando conseguí recuperarme de la impresión y pude volver a respirar con normalidad –algo entrecortadamente, tengo que reconocer-, me invadió una sensación que los alpinistas que coronan un ocho mil describen como una mezcla de euforia y éxtasis. Llegar a la cumbre del K-2 debe ser la leche, pero no se queda atrás coronar el puñetero pomo de mi cama.

Y claro, con la demora que supuso la obtención de mi primer orgasmo anal, el ciruelo del Satur volvió a quedar mustio y arrugadito. El problema era que ahora, encajada como estaba a los pies de la cama, no alcanzaba a echarle el guante. -¡Mierda, Merche, eso tenías que haberlo previsto antes!- ¿Ven lo que les decía hace un momento sobre la importancia de una buena planificación?- Pues no quedaba más cojones que desenchufarse del pomo, buscar algo con lo que alcanzar el colgajo del Satur, y después…Después volví a las andadas, porque la salida fue casi peor que la entrada. Para mí que son esas mierdas que les echan a los barnices, que cualquier día nos envenenan a todos, lo que me produjo unos picores y unos ardores en el ojete que no eran normales. El remedio fue volver a sentarme el bendito –sí, ya sé que acabo de llamarlo puto y puñetero hace un momento, pero eso fue antes del éxtasis místico anal- pomo.

Esta vez, con la maña que da la práctica -y también porque tenía abierto un hueco por el que cabría una bola de billar-, fue cosa de coser y cantar. Con cuatro meneos arriba y abajo sobre el vástago, volví a correrme como una loca. Ahora tenía el culete tan sensible que, cada voluta en espiral que adorna el chisme, me producía una exquisita sensación y distinta a la anterior. La estimulación de la polla del Satur –manitas que es una-, la conseguí enrollándole un par de cintas de seda y maniobrando con habilidad y delicadeza, mientras cabalgaba al trote sobre el pomo. Con el vacilón que me entró con mi tercera y cuarta corridas, casi se me va la mano y el cabrón me pone perdidas las sábanas; pero me controlé a tiempo, volví a desenchufarme del pomo –con gran dolor de corazón- y lo sustituí por ciruelo a punto de caramelo del Satur.

¡Dos meneos! ¡Juro por mis muertos que aguantó dos meneos! ¡Joder, si no me dio tiempo ni de agarrarme al cabecero de la cama! Pero, bueno, el manguerazo de leche que me soltó en los intestinos fue como mano de santo para mis picores.

Antes de dormirme, arrullada por los ronquidos del saco de mierda que yacía a mi lado -con la polla flácida y goteando en las sábanas-, hice un rápido repaso de los acontecimientos de los últimos cuatro días y me quedé muy sorprendida. No alcanzaba a entender lo que me estaba ocurriendo desde que se cruzaron en mi camino Chen y sus agujitas. En cuatro días había follado más -y mucho mejor- que en mis cuatro meses de casada, había sido la protagonista de experiencias para las que no cría estar preparada, y el futuro prometía nuevas y más interesantes aventuras…no sabía entonces hasta qué punto.

¡Anda la hostia! Ahora que llegamos a lo mejor, el plumilla éste me sale con que el relato no puede pasar de las cinco mil palabras y tenemos que parar…si aún me falta por contar la parte más interesante, antes de llegar a mi mejor noche. Venga, otro rato seguimos…ahora toca aprovechar el bulto que amenaza con reventarle la bragueta.


¡Pínchame, amor! (1)
Categoría: Hetero: General

Masulokunoxo advierte en el Ejercicio que cuando te pones en manos de un chino, lo menos que te puede pasar es esto: infidelidad, lésbico, sexo con maduros, zoofilia, primera vez, masturbación, anal y una pizca de parodia. ¡Quedáis avisados!

lunes, 4 de abril de 2011

La mejor noche de un actor porno (Trazada)

Así que vienes de parte de la Nati. Buena hembra la Nati, amigo Trazada; me permitirás que te llame amigo aunque acabemos de conocernos, haber compartido a la Nati hermana mucho, ¡qué buen culo tiene la tía! ¿Y me preguntas por mi mejor noche, para luego contarla en un relato de no sé qué Ejercicio? Por mí, vale, pero no creas que por ser actor porno tengo una historia asombrosa. Soy normal; es más, hace tres años y medio era un chico tímido, de excesos muy contenidos, que preparaba oposiciones a auxiliar administrativo y, a mis veinte años, tenía poquísimo éxito con las mujeres. Hasta aquella noche.

Aquella noche me cambió la vida. Te cuento. Era verano, estaba harto de los temas de Derecho Constitucional y decidí hacer un receso bajando a la cafetería más cercana a tomar algo fresco. Dicho y hecho. Entré, me encaramé a un taburete, me acodé en barra y pedí una cerveza sin alcohol. No había mucha gente en el local aunque tanto me daba, porque me proponía largarme y seguir estudiando en cuanto acabara el botellín, fumara un cigarrillo y me despejara. Prendido el pitillo, y apenas remojado el gaznate, me dio el pálpito. La pareja que tenía al lado hablaba de mí, estaba seguro. Él era alto y delgado y andaría por la cuarentena, ella una mujer redondita, de esas que tienen cada curva en su sitio y apariencia de osito panda, también mayor, seguro que no cumplía los treinta. Cuchicheaban y me miraban de vez en cuando.

Me puse nervioso; no sabía por donde tirar, y en eso la mujer rebuscó en su bolso, sacó un cigarrillo, tomó mi encendedor de sobre la barra, encendió el pitillo y me sonrió:

- Bonito encendedor – se echó hacia atrás el cabello que le cubría parte del rostro.

- Bueno, normal – yo ni sabía lo que decía -. Me lo regalaron en el estanco al comprar un cartón de Fortuna.

- Pues es muy bonito.

Se volvió hacia el hombre delgado:

- Por mí, bien. ¿Tú que opinas? – le hablaba como si yo no estuviera allí.

Él me miró de arriba abajo con descaro.

- Por mí, también – concluyó.

- Pues allá vamos – puso la mujer una mano sobre mi brazo - ¿Quieres sentarte con nosotros en una mesa? Tenemos algo que proponerte.

Todavía no sé por qué los acompañé hasta una mesa libre y me senté con ellos. Pedí otro botellín de cerveza sin y ellos dos cubas libres. Cuando el camarero nos sirvió y se retiró, ella fue directa al grano.

- ¿Te gustaría acostarte conmigo? – preguntó sin más ni más.

- ¿Cómo? – salté, creyendo haber oído mal, mientras el hombre le daba un tiento a su consumición con aire inocente.

- Que si quieres que follemos tú y yo - me aclaró la mujer -. A mi marido – y señaló a su acompañante con la barbilla – le pone a mil verme follar con alguien ¿verdad Paco?

El tal Paco susurró más que habló:

- Me pone cantidad.

Tragué saliva. A los veinte años tenía mundo, pero no tanto. Había oído algo sobre maridos que disfrutaban como enanos mirando revolcarse a su legítima con un tipo, pero pensaba que eso ocurría en otros planetas y que, por supuesto, nunca jamás me vería involucrado en tal numerito. Y va y sí.

- Es que he de estudiar…

Lo dije mecánicamente, sin pensar.

- Si te gusta aprender, yo puedo enseñarte algunas cositas – ronroneó la mujer -. Me llamo Marta – añadió -. ¿Te gusta mi nombre?

- Es muy bonito.

- ¿Y yo? ¿Te gusto?

La verdad es que la mujer no me desagradaba. Es más, tenía su aquél. Ojos oscuros y almendrados, chatunga, boca de besar, buenas curvas en la parte delantera, brazos gordezuelos. No me había fijado en su culo y ahora no podía remediar la falta – estaba sentada -, pero decidí concederle un margen de confianza.

- Pues claro que me gustas – dudé hasta el último momento si tutearla o no -, pero no sé, me da corte.

- Eso lo arreglamos enseguida – sonrió la mujer -. Paco, paga, ve por el coche y recógenos en la puerta de aquí un minuto.

- Pero…- me defendí en la última trinchera.

- No hay pero que valga – Marta se puso en pie, y sí, tenía un buen culo. No era alta, le hubiera venido de cine un cuarto de palmo más de pierna, pero su culo era de nota. Quizá fuera buena idea dejarme llevar.

Tiré la toalla:

- Yo nunca he hecho algo así.

- Bueno – me asió del brazo -, mañana ya no podrás decir eso ¿verdad?

No aguardó respuesta. Estiró de mí hasta la calle, en que aguardaba un Audi A6 gris metalizado con el motor en marcha.

- Tú y yo nos pondremos detrás – decidió la mujer -. Así iremos conociéndonos. Por cierto ¿cómo te llamas?

- Gaspar – respondí.

- ¿Ves, Paco? – se dirigió Marta a su marido en tanto nos acomodábamos – Esta noche uno de los tres Reyes Magos nos va a hacer un regalo.

Y sin más historias me echó mano al paquete.

Tragué saliva y, por no ser menos, le tanteé un pecho por sobre la ropa.

- Hoy lo vas a pasar de cine, maridito – anunció ella -. Este chico parece muy en forma.

Lo estaba. La mano de Marta sabía lo que hacía y yo siempre he tenido una polla agradecida. La convirtió en piedra pura. En obelisco egipcio. En bragueta de hierro. En entrepierna metálica.

El trayecto se me pasó en un soplo. Ni siquiera llegamos a morrear en el asiento trasero del Audi, nos quedamos en los preliminares. Cuando bajamos, Marta llevaba la blusa desabrochada y yo bajada la cremallera del pantalón, pero no nos había dado tiempo a profundizar y tocar carne a lo vivo. Lo habían impedido el sujetador y el slip.

Paco abrió el portal y abordamos el ascensor. No sobraba sitio yendo los tres en la cabina, pero Marta no se cortó por eso. Se arrodilló, sacó mi polla de su escondrijo pantalonero y se la embutió en la boca ante la atenta mirada de Paco que, a escasos centímetros, casi tocándonos, contemplaba arrobado la escena. No pude superarlo. Fue demasiado para mi body serrano. Pese a la pericia de la lengua de la mujer, mi cosa se fue para abajo y se hizo cosita, talmente de bebé. Aquello era muy fuerte y yo todavía muy tierno. Marta dejó de chupármela, se puso en pie y me revolvió el pelo con la mano.

- Tiempo habrá – sonrió.

El ascensor se detuvo. Habíamos llegado a destino. Paco se dirigió a una de las puertas del rellano y la abrió, en tanto yo volvía a acomodar mis partes nobles en el lugar acostumbrado. Entramos en la vivienda. Aquello era puro lujo, a la altura del Audi A6 que se gastaba la pareja: Muebles caros, cuadros de firma, jarrones chinos…y eso sin pasar del recibidor. Sin embargo no era una de esas mansiones lujosas que salen en la tele y parecen museos o escaparates. Ésta se veía una casa.

- ¿Pasamos a la salita, Gaspar? – me condujo la mujer por un pasillo inacabable con puertas a ambos lados.

- La casa es grandísima – me fue informando por el camino -. Pasa de los doscientos metros, aunque nosotros vivimos apenas en cincuenta, al resto de habitaciones sólo vamos de vez en cuando de excursión.

La salita me dejó boquiabierto. Tresillo, mesa de cristal, varias sillas, el televisor…y, desperdigados aquí y allá, todos y cada uno de los artilugios que pueden encontrarse en una sex shop. Grabados del Kamasutra, arneses, dildos, patitos, pantys de látex negro, esposas - lo de las esposas me mosqueó un poco, lo confieso -, vibradores, ligueros, bolas chinas, máscaras, tangas, antifaces, látigos, revistas pornográficas, consoladores, otros artículos cuya utilidad desconocía pero que presumía turbadora, y todo a batiburrillo, colgado de los muros, sobre las sillas, sobre la mesa de cristal, incluso en el suelo.

- Disculpa, la salita está algo revuelta – se puso Marta en ama de casa, como si hubiera reparado en una tacilla de café desportillada o fuera de sitio - ; pero siéntate en el sofá, Gaspar. Paco te servirá una copa y escogerá una película interesante mientras me pongo cómoda. Enseguida vuelvo.

Me arrellané en el sofá en tanto el hombre de la casa ponía en funcionamiento el reproductor de DVD. Yo ya iba ganando confianza y le pedí un güisqui con mucho hielo, que lo que tenía por delante no era para botellines de cerveza sin alcohol, y a poco estaba tomando el primer sorbo mientras, en la pantalla del televisor, una rubia con coletas de niña, blusa blanca que mal contenía unas tetas tremendas y minifalda escocesa, preguntaba, muy modosa, la dirección de una calle a un joven bien trajeado y con gafas que, sin responderle y en un descuido de la chica, le quitaba las bragas y se lanzaba a comerle el coño.

Marta no había vuelto todavía, y Paco se sentó en uno de los sillones y guardó silencio.

- ¡Qué calor ha hecho hoy! – me decidí a hablar, por salir del punto muerto.

- Estamos a finales de Julio – me informó el hombre de la casa.

- Pues aun así – insistí.

Justo en aquel instante entró Marta en la salita. Vestía un salto de cama negro que trasparentaba sujetador y tanga, ambos de encaje también negro. Se la veía recién duchada, todavía con alguna gotilla de agua perlándole el escote, y olía a limpio y a algo más, a algo muy agradable y sensual; no sé si era perfume, colonia o el aroma natural de su piel. El caso es que dejé el güisqui a un lado y me puse a la faena.

- ¿Quieres besarme aquí abajo? - me invitó Marta subiéndose el salto de cama hasta las ingles.

Dudé. Todavía no las tenía todas conmigo, el recelo iba menguando pero estaba aún ahí. Para comerle el coño a Marta, tenía que ponerme de espaldas a su marido y con el trasero en pompa. ¿Y si todo fuera una trampa para conseguir atacarme por la retaguardia o, como dice mi amiga Raquel, por la otra cara del amor? Porque Paco seguía en el sillón y se masajeaba la entrepierna.

- O no – siguió ella, muy ajena a mis pensamientos -. Si me comes el coño así, mi marido no puede verlo, tú mismo le tapas, y él no quiere perdérselo. Mejor te chupo la polla.

Me bajó la cremallera del pantalón y me sacó el cacharro al aire. No era gran cosa, un algo morcillón que puede que sí, puede que no.

- Es que tu marido me da corte – intenté justificarme.

- Por mí no se preocupe, joven - ¡Joder, el marido me trataba de usted! – Usted a lo suyo, como si yo no estuviera mirando.

No sé si fue el tono distendido y apacible con el que me habló el señor de la casa o la punta de la lengua de Marta, que parecía estar escribiéndome con saliva procacidades en la cabeza de la polla, o tal vez fue el panorama de los pechos de la mujer que, no sé cómo, estaban de pronto liberados de sujetador y a la vista – dos tetas redondas y blanquísimas con areolas oscuras y pezones prominentes que me lancé a chupar, de la una a la otra, de la otra a la una, lástima tener una sola boca -, pero fue el caso que mi polla se puso guapa de veras y - esto es para no volver sobre el tema -, siguió guapísima toda la noche.

- ¿Vamos a la cama? – sonrió Marta acariciándome los testículos.

- Para luego es tarde.

Allí que fuimos los tres, Marta y yo metiéndonos mano, Paco detrás mirándonos, sin perder detalle, y dándole marcha a la bragueta, todavía por encima de la ropa.

La mujer y yo nos desnudamos, el mirón no, él sólo se sentó en una silla, junto a la cama. Cuando su mujer y aquí el menda nos tumbamos, se sacó la polla y quedó a la expectativa.

- ¿Me comes ahora el coño? – volvió Marta a sacar a colación uno de sus temas preferidos.

No le contesté con palabras, sino con hechos. Me acoplé a su entrepierna, saqué de mi boca la lengua-pececillo y la hice bucear en un mar de caracolas carnosas, sima de vértigo y salados laberintos. Mi lengua lamió repetidamente el sexo de la mujer, sorbió su gusto, gustó su aroma de hembra encendida, saboreó sus jugos recién destilados y todavía temblorosos de placer recién nacido, batió orgasmos chiquitos en el cuenco ofrecido entre sus muslos. Me hubiera pasado la vida amorrado a aquel pilón, pero ella me apartó la cabeza de su vientre, me agarró el sexo y lo encaró con el suyo.

- ¡Fíjate, Paco! ¡Me va a entrar! ¡Disfruta! – gimió más que gritó.

Eché una ojeada lateral. El tal Paco se masturbaba frenéticamente con los ojos casi fuera de las órbitas y la cara de color de apoplejía fulminante. Verle no me cortó la cosa, al revés, me puso más aún, que estas cosas del sexo no hay quien las entienda, así que aseguré la puntería colocando la cabeza de la polla en la puritita entrada del potorro y le di un envión que casi la clavo en el colchón como si la casada, no sé si fiel o infiel, fuese una mariposa.

¡Y qué bien follaba la condenada! Era una batidora. Me apretaba la polla con los músculos de la vagina, la estrujaba, la ordeñaba, dentro, más dentro todavía, un segundo aflojando y otra vez dentro, y de nuevo aflojando y el tipo sentado junto a la cama, a un palmo escaso, en primera fila del show y dándole al manubrio; hay gente para todo, Trazada, te lo digo yo que ya he visto mucho, parece que esta historia te vale ¿no? Si te sirve para el Ejercicio, mejor que mejor, yo estoy disfrutando al recordar aquella noche con Marta, mi osito panda…

Me llevó hasta muy arriba, y yo a ella también, porque caliente, lo que se dice caliente, lo era un rato la tía, y además escandalosa. Menos mal que al marido le encantaba que su mujer follara con otro, porque si no le llega a encantar se hubiera enterado lo mismo aunque hubiera estado en el otro extremo de la ciudad. ¡Cómo gritaba la condenada! ¡Ni en la matanza del puerco de mi pueblo he oído berridos tan fuertes!

Nos corrimos los tres casi a la vez. Paco se levantó inmediatamente de la silla y fue a lavarse. Aproveché la ocasión y me dirigí a Marta con la confianza que daba acabarle de alegrar la noche:

- Tu marido está un poco mal de la sesera ¿no? – pregunté.

- No ¿por qué? Hay muchos como él.

- ¿Muchos? ¿Y tú como lo sabes?

- Tienen foros en Internet y se pasan la vida contándose como sus mujeres se follan a otros.

- ¿Pero las mujeres de verdad? ¿Ninguno hace trampas?

- ¡Que va! Hasta se enseñan unos a otros los libros de familia.

- ¿Y tú qué opinas de todo eso?

- Bueno…Yo, de momento, me lo paso muy bien.

Y se rió.

Se reía bonito, tanto, que me apeteció besarla. Ahora que lo pensaba, le había comido el coño, le había echado un polvo…y no la había besado. Decidí remediar el yerro en el instante en que Paco, ya recompuesto, entraba en el dormitorio. Vio que buscaba los labios de su mujer con los míos, y saltó como una fiera:

- Oye – ahora ya me tuteaba – que ya se ha acabado la fiesta. Deja en paz a mi mujer y vete poniendo la ropa.

Me rendí a la primera.

- Vale, vale…

Mientras me vestía, le daba vueltas en la sesera a la gran duda. ¿Paco se mosqueaba porque los labios de su mujer eran tabú o porque se le había pasado la calentura y ahora le entraban remordimientos? Pero no era momento de filosofar. Allí sobraba alguien y no eran los dueños de la casa.

Ni sabía como despedirme. Marta facilitó la cosa.

- Déjanos el número de tu móvil ¿quieres?

Se lo recité, tomó de la mesilla de noche un bolígrafo y el bloc de notas, y lo anotó.

- Espera que me ponga algo y te acompaño a la puerta.

Alcanzó el salto de cama, se lo puso y rebuscó en el cajón de la mesilla. Enfilamos el pasillo y le susurré al oído:

- Lástima que tenga que irme, porque me apetecía volver a estar contigo.

Marta abrió unos ojos como platos.

- ¿De veras?

Afirmé con la cabeza.

- Eso lo arreglaremos otra noche – sonrió. Me alargó luego la mano cerrada:

- Toma. Es un regalo. Cómprate lo que quieras.

Era un billete morado. Lo creí falso; nunca había visto uno de ese color.

- ¿Me das dinero? – me engallé yo, al tiempo que por bajo algo me repetía: Son quinientos euros, Gaspar, nada menos que quinientos…

- No tiene importancia. Es para que te compres algo bonito. Así cuando lo gastes pensarás en mí.

Fíjate, Trazada. Un par de horas antes llevaba tres semanas sin llevarme una chica a la cama y mi capital era de doce euros en el bolsillo. Ahora estaba bien follado, por más que todavía me quedaran ganas, y tenía mis doce euros… y un billete de los morados. ¡Valía la pena dedicarse al sexo! Lo malo era que seguía caliente, de modo que decidí regresar a casa y, en vez de estudiar un tema de la oposición, hacerme una paja.

Trazada, si me preguntas por mi mejor noche, esa fue, empezó con una cerveza sin alcohol y terminó en plan autoservicio. Ahora bien, lo de en medio fue cosa aparte. Pero supongo que querrás saber más. ¿Sí, verdad? Pues te cuento.

Cuatro o cinco días después, me llamó Marta al móvil. La llamada me alegró cantidad. Iba a follármela y seguramente a meterme en el bolsillo un billete morado, ahí es nada. Me citó, bueno, me citaron, porque el marido quería su palco proscenio, en un club swinger. No sé, Trazada, si conoces los clubs swinger. Allí se cambian maridos y mujeres como se cambian los cromos a la puerta de la escuela, y las parejas liberales se ponen ciegas de tanto follar con unas y con otros. Marta me dio la dirección, me indicó que debía decirle al tipo de la puerta que iba de parte e ellos, y me informó de que aquella noche llevaría braguitas rojas y sujetador a juego.

Tras un largo trayecto de autobús, con dos trasbordos, llegué a la dirección que me habían dado. Ni trazas del club. Nada de anuncios luminosos ni de rótulos. Una puerta cerrada y paren ustedes de contar. Dudé, volví a dudar, y luego me hice el ánimo y pulsé el timbre. Era allí. Expliqué al portero lo de Marta y Paco y pasé dentro: Una barra en herradura con taburetes, una pista de baile y un montón de mesitas rodeadas de sofás y de sillones tapizados, todo a media luz. ¿Gente? Pues sí. Unos bailando – música lenta – y otros en barra o sentados en torno a las mesas. Así, de golpe, parecía una pub normal, aunque con baile.

Me dirigí a la barra y pedí un gintonic sintiéndome blanco de todas las miradas. Una pareja sentada frente a una mesa cercana me llamó. No había visto en mi vida a ninguno de los dos, pero me acerqué picado por la curiosidad…y casi me caigo de espaldas cuando la mujer me sonrió:

- Tú eres Gaspar ¿verdad? Siéntate con nosotros.

- Bueno – reaccioné al cabo de lo que se me antojaron siglos -, es que estoy citado con unas personas.

- ¿Con Marta y con Paco? Ellos son quienes nos han hablado de ti. ¿Salimos a bailar?

El tipo, a todo esto, ni palabra, pero yo aprendo pronto. Si estos eran amigos de los de la otra noche, cojearían del mismo pie, pensé. ¿La señora desea bailar? ¡Pues a bailar!

No perdió el tiempo la tía. Aun no le había ceñido el talle y ya me había echado mano al paquete. Pero ni siquiera te la he descrito, Trazada. Marta era muy maja, ya te dije, pero la nueva era el doble de alta y estaba cien veces más buena. Melena castaña, ojos de caerse dentro y quedarse allí, boca de pecado, pechos tan duros y provocadores como una prohibición – lo comprobé al corresponder a su atrevida exploración con otra, casi espeleológica, por la parte delantera de su vestido -, cintura guapa, caderas de buen agarre y culo respingón a lo Jennifer López, de esos de darles caña y más caña con mano y polla. Un prodigio de mujer; lo juro. Y como guinda me dijo en plan mimoso al oído:

- Mi amiga Marta nos ha hablado muy bien de ti. ¿Cuánto he de darte si te acuestas conmigo?

Iba a decirle que quinientos, pero se me apareció la Virgen, si es que la Virgen se aparece en casos así, y cambié de opinión sobre la marcha.

- Yo no soy un taxi, no tengo tarifas. Si quieres hacerme un regalito, me lo haces, y si no, no pasa nada.

Estuve sembrado. Con aquella frase labré mi futuro, porque, fíjate, Trazada, si uno se pone precio la gente se pregunta ¿vale lo que cuesta?; en cambio si no lo hace, saca mucho más, ya que los paganos no quieren quedar mal ni hacer el ridículo.

Bailamos, o mejor nos restregamos un rato, el marido en primera fila, claro, y luego pasamos al fondo del local. Allí había una escalera por la que subimos los tres, y ya arriba, entramos en una habitación bien puesta, cama grande, espejos por todos lados, música, en fin, el sueño de cualquier follador. Nos desnudamos la mujer y yo a la carrera y, las cosas como son, fue ella quien tomó la iniciativa, pero no adelantemos acontecimientos. Lo primero que hizo el marido al entrar en el cuarto fue quitar la música. Me extrañó, lo confieso, pero es que ignoraba que le gustaba cantar en plan acompañamiento de las audacias de su legítima.

Ella era una experta pajillera que fue practicando con mi polla todo su repertorio. Comenzó con la paja cariñosa, que, como todo el mundo sabe, consiste en menear la polla a la vez que se le dicen ternezas del tipo “Pero qué cosita más linda” o “Me la comería a besos” y el tipo adornó el pasaje entonando una vieja canción del Consorcio, esa que empieza “Cachito, cachito, cachito mío, pedazo de cielo que Dios me dio”. Pasó luego la mujer a la paja pezonera, o sea, agarrarme el cacharro y refregar mi glande con uno de sus pezones, y él tarareó “El muro” de Pink Floyd. Vino luego la paja santa, en la que la mujer se puso mi polla en el sobaco y se santiguó repetidamente…mientras su alborotador esposo desafinaba acordes del “Aleluya” de Haendel. Pasamos después a la paja cubana, mi cosa entre las tetas de la mujer y “Guantanamera” en los oídos y por fin rematamos la faena y me follé a la tipa con el marido jaleándonos y aplaudiendo con una sola mano, ya que la otra la tenía ocupada en aliviarse la calentura que le daba vernos trajinar. Setecientos euros saqué, ni uno más ni uno menos. Allí mismo dije adiós a las oposiciones, que si uno sabe sumar saca sus conclusiones. Y, para redondear la noche, cuando salimos del reservado me esperaban Marta y Paco con ganas de marcha, así que aquí el menda se tiró otros quinientos más al bolsillo.

El resto puedes adivinarlo, Trazada, que una cosa lleva a la otra. Me hice popular en el gremio de los mirones. Se puso de moda, y la moda sigue, que las casadas se acostaran conmigo en plan regalo a sus maridos en cada aniversario de boda. Podría contar miles de anécdotas. Un botón de muestra: Una mañana un tío, cuya cara me sonaba vagamente, me paró en la calle y me soltó. “¿Cuándo vas a volverte follar a mi mujer? ¡Tengo unas ganas!”. Mi economía iba y va viento en popa y, aunque en alguna ocasión tuve que hacerme a alguna vieja fea, ni me quejaba ni me quejo: los regalitos compensan.

¿Mi mejor hazaña? Una tarde se organizó una juerga en el club swinger de seis parejas y yo, y allí me tienes, en plan torero de moda, haciendo seis faenas con mucho cuerno a pocos centímetros de mi trasero. Esa tarde, no quiero engañarte, tomé Viagra para cumplir, porque seis faenas son seis faenas, qué caramba, y si uno puede ayudarse tonto es que no lo haga. Y eso me recuerda, y perdona la digresión, lo que decía un actor porno veterano: “La técnica estropea las buenas profesiones. Desde que se inventó el micrófono, canta cualquiera, y, desde que hay viagra, cualquiera folla”. Pero a lo que iba, pude con las seis, ese es mi récord, y uno de los maridos, productor de películas porno, me fichó para el séptimo arte, y aquí me tienes, Trazada, follando a mansalva, con cámaras y sin ellas y firmando autógrafos con la polla en los coñitos que se ponen a tiro. Solo una contra tiene mi vida. Me he acostumbrado de tal manera a follar con espectadores, que necesito público y me empalmo a duras penas si no lo tengo.

En fin, esa es mi historia y ese soy yo, una cuenta saneada en el banco, veinte películas de protagonista y mujeres a mogollón…y todo porque hice un receso en el estudio y bajé a la cafetería a tomar una cerveza sin alcohol y a fumar un par de cigarrillos.

¡Qué vueltas da la vida! ¿Verdad, Trazada?



La mejor noche de un actor porno
Categoría: Confesiones

Trazada cuenta en el Ejercicio como un chaval dejó de estudiar oposiciones y se convirtió a actor porno, después de aprender, en su mejor noche, que algunos maridos son felices cuando otro se acuesta con sus mujeres.

La prueba (GatitaKarabo)

Hey you, what do you see?

Something beautiful, something free?

Hey you, are you trying to be mean?

If you live with apes man, it's hard to be clean.

(“The Beautiful People” - Marilyn Manson)

***

Las tres aspirantes a formar parte del exclusivo Club B. People ya se habían despojado de su ropa y se habían quedado en ropa interior. Su misión era ordeñar con la boca a cualquiera de los socios invitados a la fiesta. Portaban una copa en la mano, en la que escupir el semen, para luego vaciarlo en la cubeta que llevara su nombre. La música electrónica sonaba a todo volumen, marcando el ritmo frenético de las mamadas, mientras los de alrededor jaleaban vociferando: “¡Chupa, zorra, chupa! ¡Chupa, zorra, chupa!”

Muchos tíos desabrochaban el botón y bajaban la cremallera de su pantalón -mostrando el ribete del boxer forzosamente de marca, con el logo de Calvin Klein, Armani o D&G- como señal de que estaban disponibles para contribuir a la donación de leche de las candidatas. Obviamente la ganadora sería aquella que acumulara más semen en su cubeta.

Julia echa un vistazo a las candidatas. Las otras dos chicas son bonitas, tienen un cuerpo esbelto, pero Linda destaca entre ellas como luciérnaga entre polillas. No es sólo su bello rostro, o el tanga negro minúsculo que deja al descubierto sus perfectas nalgas, o su cintura de avispa, o sus pechos rotundos embutidos en el Victoria’s Secret de encaje… Es su forma seductora de mirar, entornando los ojos felinos; es el guiño tentador que hace cuando se retira un mechón de cabello oscuro del rostro, abriendo los labios carnosos, mostrando casi imperceptiblemente la punta de la lengua que los acaricia.

Linda es tan bella como astuta. Las otras dos concursantes se dedican a mamársela a los hombres más atractivos del club que ofrecen sus pollas. Linda rechaza a los guapos y se afana en hacer las mamadas a los jóvenes imberbes menos agraciados, ya que sabe que esos chavalillos están poco habituados a tener la polla entre los labios de una preciosa y experimentada chica, así que se corren al poco de metérsela en la boca.

Pasa el tiempo, la fiesta continúa, la música retumba machacona. Muchos ya han dejado de ver el espectáculo de las felaciones y bailan en la pista; otros están follando en los reservados, otros se meten rayas de coca en el servicio. Se sucede una corriente de bandejas que salen cargadas de copas y cócteles de la barra del bar y vuelven llenas de vasos vacíos. Las aspirantes ya han perdido la cuenta de las pollas que llevan ordeñadas. Entre mamada y mamada, todas se llevan las manos a las mejillas doloridas de tanto succionar. A estas alturas, la ventaja de Linda es evidente. El nivel de volumen de semen en su cubeta supera con diferencia al de las otras dos.

La música se interrumpe. La prueba ha finalizado. Los prestigiosos socios fundadores del Club B. People bajan las escaleras desde la sala VIP, donde a través de grandes pantallas observan todo lo que ocurre en la sala disco. Ellos son la élite, nunca tuvieron que superar prueba alguna para entrar a formar parte de su sociedad. Ellos son el Club.

La presidenta, una rubia barbie vestida de Armani, sube a la tarima, comprueba las cubetas y toma el micrófono.

-Tenemos una clara ganadora de la primera prueba… ¡Lynn!

El vitoreo es general. Linda sonríe satisfecha. Las otras chicas la felicitan con una sonrisa falsa que deja traslucir la rabia y el resentimiento.

-Un merecido aplauso también para las otras dos participantes, y vosotras no os desaniméis, muchachas –comenta la barbie hablando por el micro-, este resultado no es concluyente; el examen no ha hecho más que empezar. Damas, caballeros, presten atención, por favor… La siguiente prueba es bastante más rápida y mucho más sabrosa. Chicas, tenéis tres minutos para ingerir toda la leche que habéis logrado ordeñar, sin derramar ni una gota… Preparadas, listas… Pues venga, a tragar semen a partir de… ¡Ya!

Con los puños en alto los miembros del club aclaman y animan a las participantes: ¡Traga! ¡Traga! ¡Traga! ¡Traga! ¡Traga! ¡Traga!

Una de ellas se debate contra las arcadas y no consigue tomar más que los primeros sorbos antes de rendirse por las náuseas. La otra traga la lefa con los ojos cerrados, con cara de asco, pero no desiste en su empeño. Linda, sin embargo, toma la cubeta con ambas manos y, como si se tratara de la mejor nata, engulle el semen con pretendida glotonería hasta vaciar el recipiente, provocando la euforia del público al rebañar con los dedos los restos y lamerlos con fruición.

Al ver ese último gesto, Julia parpadea y recuerda cuando Lynn era Linda, cuando las dos eran novias… cuando a Linda le encantaba que Julia lamiera la nata de sus dedos. Hace tanto de eso… Ambas trabajaban en una hamburguesería en el centro comercial. De vez en cuando Linda preparaba un helado Sandy, dejaba un resto entre sus dedos y, antes de servirlo, acudía a la cocina para que Julia lo lamiera, colocando sus dedos como si fueran piernas y las gotas de nata en el medio. Era tan excitante… era la señal de que su madre no iba a pasar la noche en casa… era el preludio de una intensa noche de ardientes lamidas en otras natas más dulces.

Julia amaba a Linda, cuando Linda aún no era Lynn. La Linda de entonces era una adolescente rellenita, usaba gafas, tenía los dientes torcidos y contaba chistes increíblemente malos, aunque Julia acababa llorando de la risa al oír sus carcajadas contagiosas. Linda era todo para Julia. Era su razón de despertar cada mañana, era la sal de la tierra, la chispa de la vida en el bote de Coca-Cola, la salsa barbacoa en las chips Deluxe, el corazón de chocolate de los tronquitos helados… Era su vida.

A Julia no le gustaba la madre de Linda. La consideraba una mujer egoísta, bella y fría como una víbora. Una ludópata que siempre se quejaba de no tener dinero, endeudada hasta las cejas, incapaz de mantener con dignidad a su hija, la cual tuvo que abandonar los estudios y ponerse a trabajar para tratar de subsistir y mantener el vicio de su madre. “Será sólo un tiempito, cariño, seguro que en nada tengo una buena racha y nos damos la gran vida”. Y el dinero que ganaba la muchacha se perdía siguiendo a la bolita que rodaba en la ruleta del casino.

“La gran vida” obsesionaba a Linda. En la hamburguesería Linda se crispaba cuando veía llegar al grupo de pijos de la zona norte de la ciudad, los mismos que, emulando a los niños ricos americanos, habían fundado la fraternidad Beta-People -que con el paso de los años pasó a ser el actual Club B.People-. La chica les atendía correctamente, pero en cuanto se alejaban para sentarse tras conseguir su pedido, empezaba con la misma retahíla de siempre:

-Seguro que una de esas minifaldas valen más que lo que cobro yo en tres meses currando como una negra. Y no digamos los perfumes que se gastan. Míralos, qué asco dan… Se tiran la gran vida sin hacer nada… Son superficiales, vacíos, tíos cachas y niñas bonitas, pijos de mierda, zorras que sólo piensan en su físico y en qué manera van a malgastar el dinero de sus padres ricachones… Les odio…

La razón de su profundo odio no tenía un motivo concreto. Los pijos de la zona norte nunca la habían insultado o tratado con desprecio. Simplemente la ignoraban. Ni se fijaban en ella. Linda era un ente invisible con uniforme a rayas que servía y cobraba sus menús.

Julia estaba segura de que el odio de Linda era tan profundo porque era pura y absoluta envidia. En el fondo ambas sabían que haría cualquier cosa, fuese lo que fuese, por ser uno de ellos.

Cualquier cosa, fuese lo que fuese… como comerle la polla a un montón de tíos, siendo lesbiana, y después beberse un cubo de semen. De todas formas no es la primera polla que ha tenido que chupar para conseguir lo que desea. Se inició en ello poco tiempo después de que su madre se casara. Sí, la suerte de su madre cambió, y no por tener una buena racha en la ruleta, sino porque conoció en el casino a un viejo cabrón forrado de pasta con el que acabó contrayendo matrimonio. “Venga, cariño, esta noche salgo un ratito, hazle compañía a papi… Ya sabes, sé complaciente con él…”

“Hagan juego… No va más… siete rojo… siete rojo, señores, gana la banca”. La madre perdía el dinero del viejo; papi manoseaba las tetas de la jovencita hasta que se empalmaba y ella le hacía una mamada; Linda era, pues, complaciente y conseguía la ortodoncia, la liposucción, el aumento de senos, el contorno de pómulos, el relleno labial y hermosos vestidos, bolsos, zapatos y complementos –carísimos, de primeras marcas- aumentando la posibilidad de recibir una invitación para aspirar a formar parte del Club de la Beautiful People. Y así, todos contentos.

Todos contentos menos Julia. Cuando Linda se mudó a la zona norte, Julia quedó sin sal y sin vida. Pasaron los años y Linda se convirtió en Lynn. Sus dientes torcidos se enderezaban y su interior se retorcía. Pasaron los años y Julia sin Linda era como Coca-cola desventada, como patata frita sin salsa, como tronco helado sin chocolate en el corazón.

Hoy se han vuelto a encontrar cara a cara después de tanto tiempo. Linda la ha reconocido, aunque la ha mirado sin verla: Julia es ahora un ente invisible con uniforme de camarera que sirve y recoge copas con una bandeja en la mano.

Le doy un toque a Julia, que está ensimismada. Me pasa la nota de un pedido y me dispongo a poner las copas. El ambiente está más relajado: la siguiente prueba se efectuará en uno de los saloncitos privados VIP, ya que consiste en comerle el coño por turnos a la barbie presidenta del Club, que decidirá quién lo hace mejor.

En esa prueba Julia apostaría todo lo que posee a favor de su ex novia. “Debería ducharme antes, huelo a hamburguesa y fritanga, cariño…” “Mmmmm… Julia… entonces estás para comerte… ñam, ñam…, sólo necesito ponerte un poquito de salsa, un poquito de mi saliva en tus labios, en tu piel, en tus pezones, otro poquito más de salivita en tu coñito lindo, que creo que ya está condimentado con su jugo natural, sabroso, mmmm, con el hambre que te tengo…”

Y Linda encendía el deseo de Julia sazonándolo con la miel de su boca, saboreando sus pezones al dente. Se deleitaba espolvoreando caricias en los pliegues secretos, desgajando suspiros, desgranando placeres, moliendo con sus dientes delicias exquisitas… Mezclaba con paciencia exasperante todos los ingredientes y batía con su lengua poderosa las claras de la lujuria a punto de nieve. Y Julia… Julia se inflamaba y ardía como azúcar quemado. Su coño era caramelo líquido en boca de golosa compulsiva, que lamía con gula hasta saciar el deseo de su chica, que se corría retorciéndose sin aliento.

Julia me dijo que Linda era –y por lo visto, sigue siendo- una experta en el arte de preparar, calentar y comer coños, como confirma al cabo de un rato una Barbie resplandeciente y satisfecha.

Sí, Julia me contó eso y más, mucho más. Cuando la conocí me confesó cuánto la amó y cómo le rompió el corazón cuando la abandonó. Debí confortarla sin pasar de ahí; debí ser sólo amiga, sólo compañera de piso, y no empezar una relación basada en la búsqueda desesperada de consuelo por su parte. Me vi tratando de suplir las caricias perdidas por las mías, sabiendo que fracasaba en mi empeño de sustituir lo insustituible. Bueno, ¿y qué más da? Para mí es sólo sexo. Muy buen sexo. Pero sólo eso, ¿no? Venga… ¿A quién voy a engañar? No debí implicarme emocionalmente, no debí sentir… ¿Quién me manda a mí enamorarme? ¿Es que acaso soy idiota? Claro que soy idiota, porque después de tanto tiempo sigo fracasando en mi puto empeño que conseguir que me ame como ella amó a Linda, tanto como yo la amo a ella, porque Julia se ha convertido en la sal de mi vida pero yo nunca seré la sal de la suya. La sal siempre fue otra, y su sombra siempre está ahí.

Cuando las otras dos aspirantes son informadas de la índole de la última prueba, -requisito indispensable para ser elegida- renuncian a seguir participando aparentemente escandalizadas, aunque yo aseguraría que más bien se retiran enojadas y desanimadas por la ventaja y la superioridad que demuestra su rival. Lynn se presta gustosa a cumplir el último ritual, eufórica por haberlo conseguido. Ya es prácticamente una B. People. En la tarima desabrocha su sujetador y lo lanza hacia el grupo numeroso que aplaude y vocifera. Otro clamor estalla al lanzar sus braguitas tanga.

-Es… sublime… como una diosa –tengo que reconocer muy a mi pesar.

-Antes era mucho más bonita –me asegura Julia y la boca se me seca.

Trato de respirar hondo, tragar el nudo que me sube por la garganta, someter esta angustia que, si me vence, va a hacer que estalle en sollozos ridículos. Pero, ¿qué coño me pasa? Yo soy una tía dura, nadie nunca me ha visto llorar. Diossss… No, no puedo seguir así, engañándome a mí misma y tratando de no sentir lo que siento. No suelo rendirme, puedo darlo todo en la carrera, pero ni siquiera yo apostaría por mí misma, porque soy caballo perdedor… más bien yegua perdedora ante el recuerdo de una pura sangre contra la que no puedo competir. Todo esto ha sido como una prueba para mí, una dura prueba para que no tenga más remedio que admitir que estoy enamorada; lo estoy, hasta lo más profundo de mi ser… Pero he de aceptar también que Julia nunca será mía. Por eso tengo que alejarme.

En la tarima, Lynn se arrodilla y gatea con elegancia felina hacia el centro, inclina la cabeza, eleva las caderas, se lleva las manos a las nalgas y las abre, ofreciendo su prieto orificio anal a disposición de cualquier miembro del Club interesado en penetrarla, con la polla o con los diversos dildos que enarbolan muchas de las chicas y otros tantos chicos. Una de ellas empieza a dilatarle el ano con un plug de gelatina embadurnado de lubricante, antes de que la aborde la horda lasciva.

-Uffff…. Esta noche beben como esponjas, van a acabar con todo el alcohol del local. Esto es la selva –me comenta Julia.

-Sí, la selva… así están todos, como locos, borrachos, vomitando… o follando unos con otros como monos en celo –No quiero preguntarle cómo está, cómo se siente. Sería incapaz de soportar que se derrumbara por una tía que no vale la pena.

-¿Sabes una cosa? –me confiesa-. Creo que encontrarme con Lynn esta noche ha sido una especie de prueba para mí, una prueba que he superado. Esa chica no es Linda. Me he dado cuenta de que no sólo dejó de serlo el día que me dejó, sino que nunca lo fue. La Linda que yo amaba no existe. Dudo que haya existido alguna vez. Pensé que verla hoy aquí, y así, iba a hacerme sentir dolida o triste o enfadada o resentida o mortificada o… vete a saber qué… Pero lo único que siento por ella es… lástima. Sólo lástima. Es una pena… Mírales a todos… Son jóvenes, guapos, ricos… Y aquí están, noche tras noche poniéndose hasta el culo de alcohol y drogas, volcándose ebrios a relaciones sexuales sin sentido. Mírala a ella…

Miro a Lynn. Dos tíos le practican una doble penetración mientras un tercero que se pajea acaba corriéndose sobre su cara. El que la sodomiza se retira y eyacula sobre sus nalgas. El otro sigue incitándola a cabalgarle. Se acerca el siguiente. Es una chica que ríe como histérica y que le introduce en el ano un consolador de bolas.

-Beberá demasiado, se meterá coca hasta por las orejas –continua Julia-, tratará de que le tapen todos los agujeros, de tenerlos siempre embutidos con otras carnes, como ahora… pero será inútil. Está vacía por dentro. Como todos ellos… Por eso ansían llenarse de lo que sea, porque están totalmente vacíos… Y es una pena, ¿verdad, mi amor?

-Sí, cariño… -le contesto tan llena de felicidad que la puñetera lágrima acaba cayendo emocionada y victoriosa.

Me ha llamado “mi amor”… Y me está mirando como si yo fuera la inmensa sal de su mar y único el sol de su cielo. Tengo que hacer un gran esfuerzo por contenerme y no besarla. Quiero tenerla entre mis brazos, decirle que la quiero, sentir sus pechos rozando los míos, su aliento reanimándome. Quiero sentir que nuestra boca es una, que sus labios son los míos y los míos, suyos. Que somos la misma piel, piel que se eriza en un escalofrío ardiente de deseo. Quiero besarla, pero no lo hago. Julia me mira… Sé que quiere besarme, pero no lo hace. No aquí.

Nos besaremos en casa, en la cama. Solas Julia y yo. Atenuaremos la luz y no habrá sombra de por medio. Entre Julia y yo sólo habrá pezón contra pezón y piel contra piel rebozada en saliva, habrá dedos retirando rizos, separando surcos; piernas que se articularán, encajando dos sexos húmedos de mujer que se buscarán con avidez hasta acoplarse. Una vez unidas bailaremos incitando nuestros clítoris henchidos y se originarán los más vívidos placeres. Me beberé su aliento y Julia tratará de domar sus roces apremiantes, pero yo ya seré yegua desbocada apretándome bien fuerte, y así, fundidas, nos precipitaremos hacia la cúspide del orgasmo más intenso y apasionado.

Mmmm... Lo más probable es que no sea tan sincronizado, que yo acabe corriéndome antes, como suele suceder… Pero la dejaré satisfecha con mi cabeza buceando entre sus piernas, mis dedos empapados cercando el virtuoso punto G de sus gemidos sin control y mi lengua retozando en su clítoris, dispuesta a hacerla volar en la embriaguez del éxtasis...

Una orden del encargado con un pedido me devuelve a la música electrónica atronadora, a los gritos obscenos, al olor a sexo etílico y a vómito y al panorama sórdido de un masivo bukkake en la tarima con Lynn como protagonista. Los más osados -o los más ebrios- orinan sobre ella.

Nada de eso puede afectarnos ya. Nada conseguirá bajarme de mi cielo y borrarme la sonrisa embobada con la que miro a Julia. La misma sonrisa boba y maravillosa con la que Julia me mira a mí en la mejor noche de mi vida.




La prueba
Categoría: Lésbicos

GatitaKarabo relata, en el Ejercicio, una noche de orgía bukkake en el club exclusivo B.People, donde tres mujeres se pondrán a prueba, una de ellas para conseguir lo que quiere y las otras dos para averiguar lo que sienten.


martes, 29 de marzo de 2011

Paparazzi (GatitaKarabo)

Famoso: Eres un sinvergüenza. ¡Te partiré la cara!

Paparazzo: Perdone. Yo informo a la opinión pública, ése es mi trabajo.

Famoso: ¿Me meto yo en tu vida y en tus trapicheos acaso?

Paparazzo: Es que tú no eres periodista.

-Diálogo extraído de La Dolce Vita de Federico Fellini-

***

Paparazzi es una palabra italiana que significa algo así como “moscones”. No sé por qué nos llaman con ese término despectivo y, para colmo erróneo. En todo caso sería paparazzo, en singular. Está claro que si las moscas acuden es porque hay mierda. Cada famoso tiene la suya. Yo me dedico a destaparla y mientras más mierda haya en el asunto, más le interesa al respetable público.

No es culpa mía que esa actriz se ponga a follar en pelotas en la playa, o ese deportista se líe con la niñera de sus hijos, o que ese cantante quiera tirarse a un chaval en los baños de un parque público… Esas son sus mierdas. Yo simplemente les acecho, les pillo y les hago las fotos. “Si no quieres que se enteren, no lo hagas… pero si lo haces, ten por seguro que te pillaré”. Ese es mi lema.

Seré un paparazzi –aunque yo prefiero que se me llame reportero gráfico de investigación-, pero tengo mi status. No estoy haciendo guardia en las puertas de las casas, ni persiguiendo a esos famosillos de turno que están locos por hacer un montaje para salir en televisión; eso no es rentable. El verdadero negocio está en descubrir y capturar con imágenes algún asunto sucio de un artista, político o deportista con alto poder adquisitivo. Normalmente esas fotografías no ven la luz en la prensa de colorines; ya se encargan los interesados en comprarlas a un buen precio.

Me encanta mi trabajo no sólo por los beneficios: he de reconocer que este oficio es mi más perverso placer. A mi mujer le jode que pase las noches fuera de casa, pero a mí me encanta observar oculto en la oscuridad, sabiendo que no han reparado en mí. Piensan que están seguros, que nadie les observa. Pero yo estoy allí y mis ojos son las lentes del visor telescópico de mi cámara tuneada de largo alcance. Mi cámara es parte de mí, una extensión de mis brazos. Su buen estabilizador hace posible que no sea necesario el incómodo trípode para las fotos en movimiento, y aunque haya poca luz no hay necesidad del flash delator; las imágenes son nítidas y tienen un gran poder de resolución, incluso en la oscuridad.

Esta noche tenía el pálpito de que podía conseguir algo bueno. El acechado en este caso iba a ser un futbolista de élite, mi especialidad. Esos tíos son los más ricos y los más golfos. Además, la fuente –una putilla yonki que salió con un famosillo de un reality show hace algunos años, y que aún tenía ciertos contactos- era bastante fiable. Esa zorrita, Mónica, ya me había soplado algún otro rumor que resultó verídico.

Llegué a la dirección, un grupo de casetas de campo abandonadas en las afueras del quinto coño. Oculté la moto entre unos árboles, lejos de la carretera y de la vista de esas putas callejeras que, sentadas en hamacas de plástico, se calentaban con los fuegos de las hogueras. Mónica no tardó en aparecer. A pesar de tener el aspecto algo demacrado y ojeroso, seguía teniendo un buen polvo.

-Esto es una cloaca en el culo del mundo. ¿Estás segura que es él y de que viene aquí? –le pregunté enfadado y algo acojonado, pensando que me había tangado y que de un momento a otro aparecería un chulo para robarme el dinero, la moto, la cámara y luego matarme.

-Estoy segura, joder. Una vez vine por esta zona a pillar perico; buscaba un sitio tranquilo para colocarme y encontré estas casetas de herramientas. Le vi en persona, con estos ojitos. Te juro que no estaba alucinando. Le tengo vigila’o desde entonces. Ha venido aquí más de una vez y siempre a lo mismo, no te lo vas a creer, tío, es mu’ fuerte… ya lo verás –me aseguró sorbiéndose los mocos y hablando de la típica forma gutural de la que va metida de todo-. Se cuelan en aquella caseta de allí. Lo podrás ver mejor desde la ventana de esta otra que está enfrente.

No las tenía todas conmigo, pero la seguí. A fin de cuentas a Hugh Grant le pilló la policía con un travelo callejero que se la estaba mamando en un coche. Cada uno tiene sus vicios.

Mónica quería su pasta y largarse, pero me negué a darle ni un euro hasta que no tuviera alguna foto provechosa. Así que aquí estoy, esperando…

Es lo malo que tiene este trabajo, las eternas esperas, que trato de amenizar con unos traguitos a mi petaca de bourbon.

Media hora…

Una hora…

¡Por fin! La luz de una bombilla portátil revela que hay alguien en la caseta de enfrente. Miro por el objetivo. Es un hombre vestido de negro, con una gorra oscura que lleva una gran visera que le oculta el rostro. Se parece al tipo en cuestión, al menos en su complexión, pero tampoco puedo asegurarlo. Otro tío grandote aparece. Arrastra a una rubia menudita de pelo lacio, que parece colocada o borracha, porque se tambalea.

-¿Se han traído a una puta drogata? –susurro extrañado. No sé por qué supuse que habían ido a esa caseta a comprarle drogas a algún camello.

-Esa pava no es ni puta, ni yonki. Mírala bien. Será una gilipollas que habrá ligado el guaperas de su amigo en una discoteca. Seguro que le ha metido un roche o un special-K en la copa, jaja, por eso no sabe ni lo que hace, joder, mira, si ni siquiera se tiene en pie.

El grandote la sostiene y el supuesto futbolista le desabrocha la blusa y se la quita. El sujetador es ligero, sin espuma, de color azul claro, con una imagen de Hello Kitty en la copa izquierda. Girando la rueda del zoom capto que se le transparentan los pezones de sus tetitas. La muchacha parece recobrarse un poco. Hace ademán de taparse con las manos, mas el de detrás se lo impide sujetándola de los brazos. La chica entonces grita asustada y el de la gorra le da una fuerte bofetada.

Mi ojo tras la cámara mira hipnotizado la escena. El tío se acaba de desprender de la gorra y de la camiseta negra. ¡Es él! Joder, ahora sí que estoy seguro. Le veo el careto perfectamente y para más inri, sus tatuajes son inconfundibles. Mi dedo en la mano que sujeta la cámara presiona con delirio orgásmico haciendo una ráfaga de fotos.

El tío se aparta de la ventana y veo que el otro le ha quitado la falda a la chica, la ha atado y le ha puesto una mordaza en la boca.

Reconozco el modelo de atadura… es un bondage strapatto. Las muñecas quedan atadas a la espalda y la cuerda sujeta a una viga del techo, bien tensa, de forma que los brazos se elevan por detrás, la cabeza y el tronco se inclinan hacia delante y el culo queda en pompa. Mmmmm… Me encanta esa postura.

El deportista se coloca detrás de la muchacha, que vuelve a estar ida, y le baja las bragas. Su compañero le proporciona una vara larga y flexible con la que empieza a azotarle las nalgas. Los fuertes azotes hacen que la chica espabile y vuelva a agitarse. El gorila se coloca ahora justo en la ventana. Mierda. Me tapa toda la visibilidad. Al cabo de un rato se aparta. Por fin, cabronazo… Bien.

Vuelvo a disparar en modo ráfaga para conseguir la mayor cantidad de fotos. ¡De puta madre! Joder, joder, jodeeer… ¡Esta es mi mejor noche! ¡El mejor reportaje de mi vida! El famoso futbolista de primera división se la está metiendo por el culo a la niñata esa. Ajusto el ISO y el enfoque es perfecto. Se detecta de forma precisa el rostro del tío, sudoroso, mordiéndose los labios, bien agarrado de sus caderas y dándole bien fuerte por detrás. El careto de la chavala es la hostia también. Aunque lleva una mordaza de bola en la boca que le ahoga los gritos, tiene los ojos desorbitados y una expresión de dolor y de horror que espero que quede reflejada en unas buenas imágenes de alta resolución, que me van a hacer muy, muy rico.

El más alto se aproxima a la chavala. Se desabrocha el pantalón y se saca un enorme pollón. Le quita la mordaza de bola y la sustituye por una mordaza Whitehead. Sé lo que es porque lo he visto en fotos de BDSM… Es un artilugio médico para cirugía bucal, con bisagras y marcos de metal en la boca y un par de trinquetes que hacen que la mantenga bien abierta. Ajusta la apertura al máximo. Para que le quepa un pollón de ese calibre seguro que le tiene que desencajar las mandíbulas.

La vuelve a agarrar del pelo y se la mete toda entera en la boca. Me cagüen su puta madre… Mi polla va a reventar dentro de mis pantalones. Llevo un buen rato empalmado y me gustaría pajearme, pero acabo de cambiar a modo video y de ninguna manera voy a soltar la cámara mientras estoy grabando. Vuelvo la cabeza y ahí está Mónica. Con la emoción de la escena y del reportaje, había olvidado completamente su presencia.

-Tía, haz algo de provecho mientras tanto. Estoy cachondo… Te doy cincuenta euros más si me la chupas.

-Eh, tú, que no soy una puta. Tengo mis vicios, no lo niego, pero no me prostituyo para conseguirlos. Tan bajo no he caído como para hacerte a ti una mamada, vamos, ni por toda la puta coca del mundo… ¿Qué te has creído que soy?

-¿Recuerdas aquella fiesta? Creo que fue en el cumpleaños de un friki de esos que abundan ahora. Tal vez no te acuerdes, porque estabas tan colocada que te tiraste a todo bicho viviente, incluido el perro. Yo sí que me acuerdo y, si en todo caso me falla la memoria, tengo las fotos para atestiguarlo. La foto con Bobby quedaría muy bien en el aparador del recibidor de la casa de tu madre, ¿no crees?

No es verdad que tenga esas fotos, de hecho, me lo acabo de inventar todo, pero seguro que una yonki como Mónica habrá estado en alguna fiesta tan drogada que no sepa ni lo que ha hecho.

Soy un tipo listo, la estrategia funciona. Mónica deja de tener tantos remilgos. Murmura algo como “cabronazo joputa” y luego, sin decir una palabra más, se arrodilla ante mí, me baja el pantalón y se la mete en la boca.

Me la chupa desganadamente, sólo la puntita, como con asco… Me encantaría agarrarla bien fuerte de la cabeza y follarle la boca hasta atragantarla -como está haciendo el gorila ese a la pavita de ahí enfrente, mientras el otro se la sigue follando por el culo de manera brutal-, pero he de mantener sujeta la cámara, bien firme y seguir grabándolo todo.

-Ponle más entusiasmo, zorra, trágatela toda hasta el fondo o te puedo asegurar que acabarán llamándote “La encantadora de perros” en tu pueblo.

La amenaza surte efecto y la puta de Mónica empieza a mamármela con afán. Allá enfrente el jugador de futbol supongo que ya se ha corrido, porque se está quitando el condón. Se sube los pantalones y se guarda el condón anudado en un bolsillo. Vuelve a coger la vara y a darle azotes entre las piernas a la rubia, que se está poniendo morada con todo ese mazo de carne embutido hasta la campanilla. Al cabo de un rato, el tío se la saca de la boca y empieza a meneársela.

-¡Se le va a correr en la cara! ¡Seguro que se corre en su cara! Joder, me corro, me corro… Despacito, despacito ahora, eso… así… así… sigue, puta, sigue…

Me corro en la boca de Mónica, que, en cuanto termino, lo escupe todo en el suelo tras unas cuantas arcadas. La polla del gigantón está soltando chorros de leche en la cara de la rubia, el de detrás la continúa caneando entre las piernas y mi preciosa cámara sigue grabando.

-¿Dónde coño van? ¿Se la van a dejar ahí? –le pregunto a Mónica cuando veo que los tíos se han vestido y no parece que vayan a descolgarla.

-A la otra la dejaron también atada para follársela de nuevo la noche siguiente –me contesta Mónica, más contenta ahora, contando el dinero, ya que acabo de pagarle lo estipulado.

Estoy pletórico. Sí, esta es la mejor noche de mi vida, y no sólo por el dinero que me va a aportar este reportaje, es mucho más. Es la sensación de poder. Saber que tengo a ese delantero en mis manos, cogido por los huevos, colgando de un hilo… Le tengo atado y bien atado… Tal vez por eso me encanta el BDSM, pero hasta ahora sólo lo había visto en fotos o videos, nunca lo había visto así, tan… real.

El deportista y su amigo se han marchado hace rato. Mónica también, seguramente a pillar mercancía aprovechando que tiene dinerito fresco. Yo también debería irme, pero… joder… ¿Por qué no?

Entro en la caseta. La chica parece inconsciente. Le han vuelto a poner la mordaza de bola por si se despierta y grita. Las braguitas moradas están enrolladas en un tobillo. El color le hace juego a los preciosos bordones paralelos de tono cárdeno que adornan las nalgas de ese culo recién follado. En el alfeizar de la ventana está la vara junto con otros tantos juguetes sexuales. Busco el ángulo adecuado, dejo allí reposar mi cámara y pongo el automático. Agarro una fusta larga, como las que usan en equitación. Los sonidos que producen los chasquidos contra la piel, combinados con los sordos quejidos y sollozos a través de la mordaza son como una melodía afrodisíaca.

Escojo un consolador doble, de grandes dimensiones, que tiene un buen mango para manejarlo. Me encantaría que hubiera una de esas fucking machines, encajarle bien dentro los dildos y ajustarla a la máxima velocidad, pero no se puede tener todo… Aún así, no me puedo quejar. Empuño el aparato moviéndolo de forma febril y la zorra se agita y berrea de nuevo. Joder, qué noche… Vuelvo a estar tan excitado que en cuanto le meta la polla, me voy correr gritando.

Saco un condón de mi cartera y aprovecho para dar un buen trago de bourbon de mi petaca.

No he acabado de ponerme la goma cuando la vista se me nubla. Estoy tan mareado que tengo que sentarme en el suelo. Voy perdiendo la consciencia por momentos.

-Despierta, bella durmiente… -el fuerte azote en mi trasero desnudo hace que me recobre.

La cara de Mónica aparece ante mi vista en cuanto abro los ojos. Las voces y las risas de los demás retumban en mi cabeza. Me duelen los brazos y los hombros, me arden las muñecas. Estoy atado de la misma manera que lo estaba la chica rubia, que me mira ahora riendo junto al futbolista y su amigo.

-Guau, chicos, qué noche… –sonríe el futbolista y yo no entiendo nada-. La mejor de mi vida.

-Co… Co… ¿Cómo? –consigo articular yo.

-¿Cómo? Pues muy fácil –contesta el deportista-. Con dinero y un poco de investigación se pueden descubrir los secretos más ocultos. Tú deberías saberlo. Me enteré de que te pone el rollito este de las cuerdas y el sexo depravado.

-Eeeeh –protesta la rubia-, que a mí también me mola lo del bondage, y no digamos a vosotros, que, por lo que he visto esta noche, no lo habéis pasado nada mal.

-Como que tú has padecido mucho –replica el otro tío riéndose-, si te has corrido por lo menos tres veces, que yo estaba ya nervioso pensando que el imbécil éste iba a notar que, en lugar de sufrir como una pobre chica violada y torturada, estabas disfrutando como una loca.

-Jajajaja –suelta una carcajada, la muy zorra-. Cuatro orgasmos, chaval… Ha sido mi mejor noche, en serio os lo digo…

-Te di el soplo –prosigue Mónica, que agarra la vara y me da unos golpecitos en los huevos que me hacen temblar esperando lo peor-. Teniendo un buen cebo, picaste según lo planeado. Aproveché para echar la droga dentro de tu petaca mientras te la estaba chupando. Ni te diste cuenta, tan emocionado que estabas grabando la escenita con tu cámara.

-Pe… Pero… ¿Por qué? –deseo despertar de esta pesadilla.

-Porque él me paga mucho más y me cae mucho mejor que tú –afirma Mónica y el gorila también asiente.

-Mmmmm… Pues yo… qué quieres que te diga…. –sonríe de forma lasciva la rubita- lo hice porque me encantó la idea, cielo. Aquí, el delantero centro es amigo mío desde hace algún tiempo y casi me corro de gusto cuando me estaba contado sus planes.

-¿Necesitas que yo te diga por qué? – ruge el deportista mientras aprieta los puños y cierro los ojos temiendo que me pegue un derechazo-. Pues porque eres un cabrón. Le has jodido la vida a muchos de mis amigos. Así que en parte es por venganza y en parte para tener un seguro anti-extorsión contra ti. No iba a dejar que me jodieras, así que me he adelantado. Vas a probar tu propia medicina.

-Y tenemos un buen material –afirma el amigo agarrando mi cámara-. Aunque le he hecho unas buenas fotos desde la otra caseta mientras estaba fustigando a Susana y metiéndole los dildos, él mismo se ha grabado con su cámara. Tenemos primeros planos. Ahora podemos seguir grabando con esta joyita un buen video para terminar el reportaje, con nuestro protagonista colgado como un suculento jamón. ¿Quién quiere ponerse el arnés y darle por el culo?

-¡Yo! ¡Yo! –gritan las dos chicas y yo estoy a punto de vomitar.

-Venga, tío, no pongas esa cara, seguro que si te relajas, disfrutas siendo el prota de la peli. Aquí, la encantadora de perros, le pondrá mucho entusiasmo y te la meterá toda enterita mientras Susana te da unos cuantos azotes en los huevos con la vara -se regodea Mónica y todos se ríen.

Hijos de puta... Voy a gritar rabioso, pero el gorila me pone la mordaza de bola en mi boca que sofoca mi alarido.

Hijos de puuuuutaaaa… Hijooooos de puuuuuutaaaaaa…

-FIN-



Paparazzi
Categoría: No Consentido

Gatita Karabo nos resume así el relato con el que participa en el Ejercicio:No es sólo por el dinero, es la sensación de poder: descubrir sus secretos más ocultos y tenerles atados, bien sujetos, colgando en un hilo a mi merced... Por eso también me ...