martes, 14 de junio de 2016

Guapo, rico y tengo un pollón.

-->No voy a hacerme el humilde diciendo que no me considero atractivo, que vivo modestamente o que nunca me la he medido. Con chasquear los dedos y sonreír mostrando mis hoyuelos, se caen todas las bragas de la universidad. He perdido la cuenta de las que me he follado y eso que a las que no superan el nueve y medio, solo les dejo que me la chupen.
Sé que no debería afectarme, pero de nuevo lo ha hecho, la muy puta me ha mirado con ese aire de perdonavidas, de superioridad. No soy agresivo, pero me encantaría agarrarla de las rastas y meterle dos guantazos, ¿pero dónde se cree que va con esas pintas?, ¿a liberar el planeta? Valiente gilipollas, que esto es derecho imbécil, no una manifa de pulgosos.
Desde luego que no me la he follado, ni ganas. Fijo que ni se depilará las piernas y tendrá el chumino como un oso, pero por lo menos me podría mirar con respeto, ¡cojones! No le pido que babee a mi paso como todas, bueno… todas no, Lara, el pibón más pibón de la facultad aún no ha caído en mis redes, pero caerá, de esta noche en la fiesta no pasa.
No me lo puedo creer, se me han adelantado con Larita. Otras manos han ladeado su cabellera rubia y otra lengua lame su cuello.
Unos dedos que no son los míos se han adentrado por su escote y juraría que están pellizcando sus pezones. Mierda de luz psicodélica, no se ve nada.
Un muslo se introduce entre sus piernas, frotándose con rabia contra su coño y, por cómo entreabre los labios, se lo están haciendo de maravilla.
El escote desciende y por fin veo esas tetas. Joder… son perfectas, de areolas chiquititas y pezones hacia arriba; cago en la hostia… que no es mi boca la que se los está comiendo…
Menudo dolor de polla y eso que no estoy en faena. Los labios se abren y aspiran una teta metiéndose casi media en la boca, me corro… mierda… las putas rastas… que me tapan… te podías poner una gomita en el pelo para estas cosas… ¡joder!
La japuta deja libre el pecho y se levanta la camiseta mostrando un par de peras mejores aún que las de Lara. La perroflauta, menudo tipazo se gasta…
Se comen las bocas como dos salvajes y se frotan los pezones, aplastándose las tetas unas contra otras. Larita también ha metido su muslo entre las piernas de la hippie y termino corriéndome sin haberme tocado.
Mi vida ha cambiado desde entonces… ya no me follo a nadie, tomo apuntes para los tres, hago los trabajos por ellas y les llevo los cafés. Lo único que me he ganado ha sido una hostia por tocarle el culo a la rastas, pero el que la sigue la consigue y cepillarse a dos pedazo de bolleras, merece un poquito de sacrificio, aunque lo de acudir a las manifestaciones… si los del partido me vieran…

lunes, 13 de junio de 2016

Fisioterapia

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Miguel estaba nervioso y excitado, como siempre. Cuando ella le hizo pasar, él no pudo evitar un repaso a la preciosa anatomía de la mujer. Sus miradas se cruzaron y la sonrisa de ella le encandiló.
“Noa Cobo”, así se rezaba el cartelito sobre su pecho. Una mujer de ojos grandísimos, color miel, boca sensual y unas hermosas tetas que se aprisionaban bajo aquella bata.
-       Desnúdate. Enseguida vuelvo. – ordenó ella.
Al quedarse solo en la consulta, observó todos los diplomas en la pared, con unos cuantos reconocimientos y premios, pero faltaba uno, que debía estar colgado junto a los demás: El que certificase la impresionante belleza de Noa. Una vez desnudo, Miguel se tumbó boca abajo en la camilla y esperó a su bella “fisio”.
Noa tenía unas manos prodigiosas, capaces de acabar con cualquier tipo de lesión, dolencia y contractura. En un visto y no visto, Miguel se quedó en trance, gracias a los intensos pero relajantes masajes de la chica.
-       Date la vuelta. – era su nueva orden.
Ella debía estar acostumbrada a ver tíos en bolas, pero a Miguel siempre le gustaba ese giro para ofrecerle su empalmada brutal. Ella era una profesional, pero una polla colosal siempre es digna de mostrar y él lo corroboró cuando Noa se mordió el labio inferior.
-       ¿Otra vez Miguel? – dijo ella
-       Es que esa bata ceñida…
-       Bueno, pues me la quito.
Al soltarse los botones y dejar caer la bata sobre su espalda, apareció el monumental cuerpo desnudo de Noa, que subió a horcajadas sobre él en la camilla y con increíble habilidad se insertó esa gruesa polla en su estrecho coño. Ambos emitieron un enorme gemido.
-       Noa, ¿estás ahí? – se oía una voz al otro lado de la puerta.
-       Sí, estoy con un paciente – contestó la joven amazona sobre Miguel como si tal cosa.
-       Vale, hasta mañana – terminó la voz al otro lado de la puerta.
Noa miró a Miguel y tras sonreírle siguió cabalgando ofreciéndole la preciosa visión de sus tetas botando en un polvazo colosal.
……
-       Mamá, ya estoy en casa – dijo Noa al entrar
-       Hola hija, estoy en la cocina acabando la cena.
-       Vale. ¿Ha llegado mi hermano?
-       Sí, está en su cuarto.
Noa tras quitarse el abrigo llamó con los nudillos a la puerta:
-       ¿Puedo pasar? – dijo asomando la cabeza.
-       Pasa, peque ¿Qué tal hoy? – contestó su hermano que estaba doblando su ropa.
-       Pues casi me pillan follando con un paciente.
-       ¡Joder Noa, cómo te pasas! Con lo que te costó conseguir ese empleo
Noa puso cara seria agarrando la polla de su hermano sobre la tela del pantalón del pijama mirándole fijamente a los ojos.
-       La culpa es tuya, hermanito. – dijo sin soltar su “presa” que crecía bajo el pijama.
A continuación le dio un morreo y salió meneando su culito de forma provocativa.
-       ¿Entonces no te gustó el polvo que echamos en la camilla? – añadió él.

domingo, 12 de junio de 2016

Inmóvil

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--> -Quieta. No te muevas. Separa las piernas.
Me sujeta las muñecas con fuerza, no puedo ni quiero resistirme. Una de sus manos comienza a palpar sobre mi ropa, se introduce bajo la camiseta e inicia un movimiento ascendente. Tiemblo. Esos dedos me hacen vibrar. Continúa el ascenso. Noto su aliento en mi cuello. Se cuela bajo mi sujetador. Gimo.
-¿Otra vez, Soraya? -exclama el agente, sacando la papelina.
Joder, me voy a arruinar comprando al Johnny tanta coca sólo para que me toque ese hombre. Ains…

sábado, 11 de junio de 2016

¡Siéntate bien!

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Aún siendo niña, sentada en el primer banco de la iglesia, ya te diste cuenta de que a Don Matías se le trababa la lengua cuando se te “olvidaba” mantener las rodillas cerradas. Siempre fuiste muy espabilada para estas cosas. Seguiste investigando la materia durante tu adolescencia y comprobaste el poder que sobre los hombres ejerce un cruce de piernas, sobre todo cuando se deshace. Sharon Stone te pareció una aficionada invadiendo un territorio que tú ya dominabas cuando le mostró a Michael Douglas lo que escondía bajo su falda. Desde los 12 años no te has vuelto a poner un pantalón. Los “leggins” te parecen una prenda grosera, nada comparable a unas medias enfundando tus largas piernas, trabajadas con esmero en el gimnasio para mantenerlas en perfecto estado a tus envidiables cuarenta y cinco febreros.
Por eso ahora estás desconcertada. Jugar con el precipicio que marca el borde de tu falda es tu negociado, podrías impartir un “Master” sobre cómo sentarse en el taburete de un bar con las rodillas juntas, tal y como mandan los cánones, para en un momento dado estirarte en un escorzo imposible para alcanzar las servilletas haciendo enmudecer a la parroquia masculina “descuidando” por un momento el recato propio de tu sexo y mostrando durante un instante fugaz la blancura de tus bragas entre tus piernas.

Por eso ahora no puedes comprender por qué se te traba la lengua y no puedes apartar la mirada las piernas de Nuria, la nueva becaria, que masca chicle con descaro mientras toma las notas que le dictas sentada ante tu mesa, descuidando la postura, dejando entrever bajo su minúscula falda una leve línea negra que bien podría  ser un tanga o su vello púbico.

Y te ha puesto patas arriba tus cuarenta y cinco años, cazadora cazada en su propia trampa. Tú, que jugaste este juego miles de veces, te has transformado en la víctima de esa niñata que disimula haciendo como que no se da cuenta, pero sabes que sí, que lo hace adrede, te muestra y te esconde y se divierte con tu desconcierto ¡la muy…! Y te avergüenzas esta noche, recorriendo tu cuerpo con tus manos imaginando que son sus manos las que te acarician, hundiendo tus dedos en tu sexo soñando que es su sexo el que profanas, frotándote con lascivia, besando tu muñeca cuando llegas al orgasmo fantaseando que son sus labios los que besas. 
La deseas, ¡ay, cómo la deseas! ¡Maldita niñata! Darías lo que fuera por poder escarbar con tus manos bajo su falda y por primera vez, en tu madurez, atisbas a comprender como se sintieron los hombres que se pusieron colorados y sudaron como cerdos cuando les dejaste entrever el secreto que esconde tu falda. Ya lo dijo “La Orquesta Platería”: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡ ay, Dios!...”

viernes, 10 de junio de 2016

La obsesión de Diana

Después de aquella noche, la vida de esas tres mujeres había cambiado radicalmente. Gaby era un poco más madura para su edad; si antes expresaba lo que pensaba, ahora lo hacía con más ganas, y más cuando se trataba sobre el sexo, claro, no tocaba ese tema frente a su padre, pero atrás de él, nadie le paraba la lengua. Estela era otro rollo; desde ese día, ella se había declarado abierta y sexualmente caliente, a pesar de estar casada, la masturbación no le bastaba, y tenía diversos amantes. Y Diana… Diana estaba obsesionada con el tipo que se la había cogido.

Hacía poco que Diana había terminado con su novio debido a esta obsesión, sentía que ya él no la llenaba cada que tenían sexo. Estuviera o no con él, podía sentir las manos de ese tipo recorriendo su cuerpo, y su verga entrando y saliendo de su vagina y su ano. Desde esa misma noche estaba casi segura de su identidad, pero no sabía si era cierto o no, aún permanecía la duda dentro de ella, necesitaba saberlo, pero tenía miedo de equivocarse. Por lo pronto, sobrevivía con sus recuerdos, sus juguetitos sexuales y sus dedos.

Esa tarde no sería la excepción, había regresado de la escuela y en el camino se topó con un chico parecido al hombre que la tenía obsesionada, aquel encuentro la excitó a pesar de no ser él, así que al llegar a casa y encontrarla sola, decidió aplacar su calentura. Se sirvió media copa del vino de sus padres, y caminó a su habitación pensando en aquella cada vez más lejana noche. Tomó un sorbo y comenzó a desabotonar su blusa, un sorbo más, y la prenda cayó al suelo, recordando como él la había desnudado en muy poco tiempo.

Apuró la copa y la dejó en el escritorio, el vino aunado a sentir el ambiente en su piel y su torso casi desnudo, estaba haciendo que su excitación fuese en aumento. Se recostó en su cama, retirando su brasier y dejando sus tetas al aire con los pezones enhiestos, lanzando un suspiro de gozo. Las acarició lentamente, formando círculos en los pezones, haciéndose gemir con los ojos cerrados. Dejó un segundo sus tetas para ir levantando su falda, con lo que también acariciaba sus piernas, hasta dejar su pequeña tanga al descubierto, húmeda de los jugos de su excitación, recordando a su hombre.

Se quedó desnuda en la cama, con las piernas abiertas, y acariciando todo su cuerpo, desde su cuello, pasando por sus tetas, su vientre, hasta llegar a su rajita, en donde no pudo evitar introducir dos dedos que entraron fácilmente, haciendo que Diana gimiera con gran deleite. Así pasaron los minutos, en los que sus dedos le dieron placer, hasta que explotó en un orgasmo bestial, pensando y repitiendo el nombre de aquel que la violó y que la hizo disfrutar tanto, sin saber, sin darse cuenta, que tras la puerta, su madre Estela la estaba espiando.

jueves, 9 de junio de 2016

El cuerpo

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La luz intensa y blanca no disminuye un ápice tu belleza. Me acerco a tu cuerpo desnudo y acaricio tu largo cabello castaño y liso que aun huele a flores muertas. Con mis manos acaricio tus párpados y tus largas pestañas negras y rizadas, tus pómulos y tu nariz un pelín torcida a la derecha.
Recorro con mis dedos tus labios gruesos aun pintados de rojo. Siento un intenso deseo de besarlos, pero me contengo y sigo avanzando con mis manos por tu cuerpo desnudo. Mis manos enguantadas resbalan por tu cuello pálido y avanzan por tu pecho rodeando tu busto, sopesándolo y recreándose en tus pezones pequeños y rosados, por un instante, antes de continuar.
Tu vientre es liso incluso ahora. Inspecciono tu ombligo sin encontrar nada de interés y bajo un poco más hasta llegar a tu pubis perfectamente depilado. Recorro toda la superficie buscando un pelo o un rastro, pero no encuentro nada.
Antes de continuar cojo tus brazos, observo tus axilas, acaricio el fino bello que cubre tus antebrazos y me fijo especialmente en tus manos de dedos finos y largos y en tus uñas pintadas del mismo tono que tus labios.
Con un suspiro dejo tus manos y cojo una de tus piernas, perfectas, largas, esbeltas... Las repaso desde el interior de los muslos hasta la punta de los pies, unos pies pequeños de dedos regulares. Acaricio los juanetes bastante pronunciados, signo de que sueles usar tacones con regularidad y termino cogiendo la etiqueta que cuelga de tu dedo gordo para averiguar tu nombre.
—Mujer de raza caucásica... —digo inclinándome sobre el cuerpo exánime con el bisturí en la mano, rabioso ante la injusticia de verte joven y hermosa, tumbada  inerte frente a mí.
Finalmente me repongo y continuo mi trabajo:
—... de entre veinte y treinta años de edad, sin marcas visibles...

miércoles, 8 de junio de 2016

Descenso

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            Bajo los escalones con cuidado; son más pequeños de lo que recordaba. Lo hago con una mano precavida en la barandilla y con la otra intentando retener a la niña que fui y que, revivida por este lugar, quiere arrastrarme a la nostalgia. Está feliz de volver aquí, a sus recuerdos; a su colegio.
La última vez que estuve fue… ayer, hace casi diez años, como alumna. En unas semanas lo haré como profesora novata. El conserje me estaba enseñando el edificio, ahora vacío, pero cuando le he dicho que estudié aquí me ha dejado que prosiga sola, guiada por mi memoria. Conozco el sitio mejor que él, un hombre joven que no tiene nada que ver con el portero gruñón de mi infancia. Es uno de los cambios que advierto. La mayoría son lógicos, porque la escuela es antigua, pero lo fundamental sigue aquí: cerámica, madera, forja, vidrieras... Alma, en definitiva. Se puede sentir.
Desciendo el último tramo de escalera, el que lleva al sótano; una gruta misteriosa cuando éramos crías. Jugábamos a ver quién tenía el valor de bajar a su oscuridad deslizándose por el pasamanos de la escalera. ¡Cuántos recuerdos me trae! Lo acaricio al bajar. Está tan suave y desgastado como siempre.
Aquí abajo solo están la caldera y el gimnasio, no hay nada más, pero aún sabiéndolo siento un escalofrío. La cría que llevo conmigo tira de mí para que volvamos. Le hago caso a medias. Subo hasta el rellano y miro si hay alguien. El conserje me dijo que curiosease sin prisa. Tengo tiempo para una pequeña travesura; una deuda pendiente. Arremango mi falda y monto a horcajadas sobre la barandilla. Siento el frescor de la madera en mis muslos. Resbalo por ella… ¡Desciendo más rápido de lo que creía…! Cojo velocidad y ¡salgo lanzada hacia atrás, a punto de caer de culo! Contengo la risa; no recordaba lo divertido que era. Mi niña interior va dejando a un lado sus temores y quiere jugar: vuelvo a intentarlo. Siento que algo está despertando en mí. Algo que olvidé hace mucho...
Mi tercer intento ya no es tan inocente. Mis bragas están húmedas. Esta vez agarro bien la barra y me dejo caer apenas medio metro, para luego remontar y repetir la operación. Bajo y subo; me deslizo y recupero una y otra vez… Llega un punto en que las bragas me sobran. Me las quito sin dudarlo, junto con la falda, la blusa, el sujetador… Vuelvo a montar, totalmente expuesta. Jadeo. Mi vulva palpita, excitada, a punto de estallar como aquella primera vez, cuando el portero me descubrió y salí corriendo sin saber qué era esta sensación estupenda. Hoy me resarciré; llegaré al orgasmo. Lo noto ya esperándome ahí abajo. No aguanto más. Me suelto y desciendo hacia él…
Todavía jadeante al pie de la escalera, veo como mi fantasma sube a clase, completamente feliz. Se cruza con el conserje, que me mira absorto. Desnuda de miedos, asciendo los peldaños… Esta vez no huiré.