lunes, 6 de junio de 2016

Serrvirr de ejemplo

Una a una las doce chicas son inmovilizadas y amordazadas por los sicarios del Ruso; una a una son depositadas como fardos en el interior de un pequeño zulo que está hábilmente disimulado bajo un falso muro.
La pequeña prisión huele a humedad, a orín y a deposiciones secas. Está tan oscuro que no pueden ver a las cucarachas pasear sobre ellas.
Un rato más tarde las fuerzas del orden desalojan a la clientela del local y lo recorren minuciosamente buscando a las esclavas sexuales. La infructuosa redada concluye con el dueño y sus trabajadores montados en un furgón policial.
Todos los detenidos poseen permiso de residencia y contrato de trabajo. El buen hacer de un abogado imposibilita demostrar que en el “Club Paraíso” se comete alguna actividad delictiva. Sin pruebas, no pueden retenerlos más tiempo.
El Ruso se pavonea de su invulnerabilidad al despedirse del detective Ramírez. De no ser por el aviso del poli que tiene en nómina, no se reiría tanto. La trata de blancas y la explotación sexual son delitos graves.
Al volver al club, uno de sus hombres le cuenta que quien los ha delatado ha sido Dorina.
Sacan a las chicas de su encierro y las colocan sobre el suelo en forma de fila india. Uno de los matones, levanta a la soplona, tras desgarrar sus ropas como si fueran papel de regalo, la libera y le quita la suciedad bajo el chorro de una manguera.
El Ruso la ofrece a sus sicarios para que se desahoguen. Mientras los seis hombres cometen las mayores vejaciones con su cuerpo, Dorina se desconecta de la realidad y deja que su corta vida pase ante sus ojos.
La pobreza de su infancia, la prosperidad que le prometieron con el viaje a España, descubrir que para pagar su deuda debía abrirse de piernas en un club de carretera y que sus únicas amigas eran las drogas ¿Qué le llevó a confiar en aquel trabajador social? ¿Por qué le contó su problema?
Su destrozado ano gotea el esperma del último de sus violadores, cuando oye tras de sí la voz del Ruso.
¿Qué esperrabas iéndote de la lenjgua?
La muchacha no responde, pues lo que ve le hiela la sangre: su “dueño” golpea contundentemente un tubo de metal contra la palma de una de sus manos, mientras ordena a sus hombres que obliguen a las otras chicas a mirar.
Un quejido infrahumano llena el aire cuando el ancho cilindro es introducido violentamente en la vagina de Dorina. En el momento que los nudillos hacen de tope, las gotas de sangre ya han formado ya un pequeño charco.
Con el tubo incrustado entre sus muslos, con los retazos de conciencia que le queda, ve como el tipo saca una pistola del bolsillo, apunta impávidamente a su cabeza y le dice:
No me gusta tirrar mi dinerro, perro debes serrvirr de ejemplo.
Algún día su cadáver será descubierto por el perro de un cazador y será uno más del montón de casos sin resolver.

domingo, 5 de junio de 2016

La espera

-->
Su abuela esperaba cada noche a que su abuelo se durmiese después de forzarla para llorar sus miserias en silencio.
Su madre esperó durante años a que su padre volviera a ser el hombre cariñoso del que se enamoró y no esa bestia que le llenaba la piel de moratones.
Pero ella no. Ella ni siquiera esperó a que su novio le levantase la mano. En cuanto escuchó de sus labios el primer "puta", se decidió. La venda cayó de sus ojos y en un solo instante notó los celos, las inseguridades, la rabia latente en aquel cuerpo que casi la duplicaba en peso…
Esa noche, no rehuyó sus tímidos intentos de hacer el amor. Cuando la sintió responder, él pensó que le había dado el perdón que tanto había pedido.
Él se sintió poderoso y confiado al creer que la tenía dominada. Ella se sintió poderosa y confiada al saber que lo tenía dominado.
La mujer permitió que esas manos, fuertes y masculinas, se colasen bajo su ropa interior. Debía reconocer que sabían dónde y cómo tocar y por eso se relajó y dejó que siguieran las caricias. Se retorció, como cualquier otra noche, cuando dos dedos se hundieron en su coño. Suspiró antes de sellar sus labios con un beso y no quiso esperar a que él terminase de tomar la iniciativa.
En un momento dejó de ser la mujer apocada que se dejaba disfrutar y desató sus instintos sin temor. Se volvió pantera, fiera desatada, fuego indomable. Una vez desnuda, se volcó sobre él y lo montó con energía. Cabalgó hacia la madrugada sin permitir que él tomase el control. Su sexo exprimía al contrario; los orgasmos, solo los suyos, los dulces y totales orgasmos femeninos, no se hicieron esperar.
Ella lo dominaba todo. Eligió hasta el momento en que él debía correrse, y cuando sintió su cuerpo llenarse del cálido y viscoso semen, disfrutó de un último clímax besándolo tiernamente por última vez.
Esperó a que se durmiera y, con las piernas aún adormecidas por el recuerdo de los orgasmos, se levantó, se vistió en silencio y salió de la casa.
Sonrió cuando el aire frío de la noche azotó su cara.
Ni siquiera volvió la vista atrás mientras se alejaba para siempre.
Hoy, en una blanca y aséptica cama de hospital, cansada pero feliz, ya solo espera a que la enfermera deposite en sus brazos a su hija, que llora buscando de nuevo el calor maternal.
Él, en su casa, quizá, sigue esperando a que ella vuelva, y no termina de entender qué fue lo que pasó.
Ella solo espera saber educar a su hija para que viva feliz sin esperar.

sábado, 4 de junio de 2016

Despatarrada

Juan entró en el salón de sus amigos ligeramente preocupado, Toni se encontraba sentado en el sofá con ambos pies escayolados sobre un puff. Le alivió comprobar que solo era eso.
—No sé si reírme o lamentarme de ti viéndote en esa situación, ¿me vas a contar ahora que te ha ocurrido?
Toni agudizó el oído para comprobar por donde andaba su mujer en la casa.
—Es tan absurdo que cuesta creer incluso que haya ocurrido de verdad, que me haya ocurrido a mí concretamente.
Volvió a agudizar el oído y continuó con la explicación.
—La culpa es del camisoncito ese que le regalé a Elena para San Valentín, el que compramos los dos para nuestras respectivas… eso es un peligro mortal.
Juan puso cara de circunstancia, no entendía que tenía que ver esas sugerentes prendas con el hecho de que su amigo haya acabado con los dos pies rotos.
—Llegué de trabajar y me encontré a Elena cocinando con él puesto, estaba irresistible, al acercarme a saludarla con el correspondiente beso no pude con la tentación de acariciarle el muslo y subir… subir al infierno, esas nalgas desnudas son mi perdición.
Juan tragó saliva y esta vez fue él el que agudizó el oído para ver por donde andaba trasteando la mujer de su amigo. Tenían mucha confianza entre ellos de contarse sus aventuras sexuales pero nunca se habían planteado en compartirlas con sus respectivas mujeres.
—No pude pensar mucho, ya sabes Juan… la cogí a pulso y la senté sobre la mesa de la cocina. Sentada con las piernas abiertas, el camisoncito por la cintura, su sugerente tesoro desprotegido… ella era más consciente que yo en ese momento, me advirtió que la mesa no aguantaría su peso.
En la cara de Juan ya se iba reflejando el entendimiento de lo que le había ocurrido a su amigo, no tardaría en surgir la carcajada.
—Me encontraba cegado y no le escuché, me saqué el miembro y la penetré sin pensar y empujé, empujé… armamos una buena escandalera con la mesa golpeando los azulejos de la pared y sus grititos tan sensuales… el frutero se cayó y yo terminé más rápido de lo que nunca me había ocurrido, aunque de todas formas hubiera sido la mesa la que terminaría con la aventura. La mesa cedió, Elena cayó y el dolor más fuerte que he sentido en mi vida me quitó la respiración. Si no fuera porque estaba haciendo un grandísimo esfuerzo por mantenerme vertical con ambos pies aplastados por la mesa me hubiera reído de ver a mi pobre Elena con la cara como un tomate tirada patas arriba toda despatarrada con el chocho bien abierto saliéndosele el semen. Una visión de lo más excitante y graciosísima.
Ahora sí, ambos amigos se rieron, uno recordando la visión, el otro imaginándosela.
—¿Me vais a contar el chiste?
Elena entró en el salón cortando las risas, su cara mostraba que sabía el motivo de la diversión de los dos amigos, pero claramente a ella no le hacía ninguna gracia.

viernes, 3 de junio de 2016

Primera infidelidad

-->
—¿Qué, a que es más gorda que la de tu marido?
No contestó; ni le interesaba darle pistas de si tenía pareja ni le parecía apropiado que se la recordara mientras la follaba. Pero tenía razón: aquella polla era más gruesa que la de Juan; normalita también, pero algo más gruesa. De cría, durante su verano salvaje, había podido constatar que todas las pollas eran iguales para un coño ávido. Y el suyo, con la oportuna discreción, las albergó entonces de todos los tamaños y colores. Luego volvió a ser ella, la sensata, incluso modosa, aunque nunca mojigata y aquel verano quedó como un espejismo, del que a veces dudaba si realmente lo vivió o solo lo soñó. Hacía tiempo que su coño se había amoldado a la polla de Juan y ahora esta otra le provocaba sensaciones ya olvidadas, evocándole la incomodidad de la primera vez, de las primeras veces. Después de todo, aquella era también su primera vez…
Lo besó con furia. “Lo que me excita es la situación, no este idiota”, se dijo. A falta de pasión, si alguna vez la hubo, con Juan había acabado desarrollando una cierta técnica tan rutinaria como eficaz, pero aquel patán lo fiaba todo al grosor de su aparato y su idea de sexo parecía reducirse a ‘coño y tetas’. Y menos mal que parecía hechizado por las suyas, a las que prodigaba atenciones inhabituales para ella. Sus tetas constituían su orgullo secreto, pero Juan solo parecía interesado en verlas llenas de leche alguna vez, mientras que el desconocido, con su glotona dedicación, le hacía desear sentirlas siempre tan poderosas como entonces, compensando así su deficiente técnica con la polla.
Las molestias iniciales habían sido sustituidas por el creciente placer de sentir aquel pene cabezón enfundado en látex frotándose torpemente contra su ya dilatada vagina cuando, demasiado pronto, el tipo se corrió entre gritos guturales y se derrumbó inerte sobre ella, dejándola tan excitada como decepcionada… aunque no sorprendida. Metió un brazo entre ambos cuerpos, los dedos buscaron su clítoris y, mientras sentía escabullirse al forrado pene menguante, alcanzó su clímax ella también. La asaltó un viejo pudor, casi olvidado, al correrse ante extraños. Siempre le había parecido menos íntimo compartir su coño que sus orgasmos: después de todo, su vagina era solo su epidermis, pero sus orgasmos eran ella.
Se vistieron y, a cada palabra, a cada gesto, pichagorda le resultaba más y más insoportable; cuando se separaron sin despedirse, se sintió aliviada. Aliviada y sucia. “Ya me lavaré en casa”. Se sentía sucia, pero viva. “Vivir es sucio”. Inspiró profundamente varias veces, deleitándose en sentirse viva. Viva y sucia. Notaba molestias en la vagina, tan leves que hasta resultaban agradables; las de su ánimo no lo eran tanto… Sacudió la cabeza al descubrirse imaginando cómo sería la próxima polla. Porque, a pesar de la vergüenza y la culpa que la abrumaban en aquel instante, aún conservaba la lucidez suficiente como para saber que habría una próxima…

Sexogenaria

--> -->
A Andrés le guardé luto tres meses. En el pueblo se formó un pequeño escándalo, de esos que les gustan a las devotas pías, pero en realidad yo pienso que me sobraron dos. Me dejo en el debe muchas sonrisas y en el haber demasiadas lágrimas. Andrés no era malo, ni bueno, era Andrés. Si estuve con él cuarenta y tres años no sería justo ahora echarle la culpa. Vendí el bar. Yo no podía atenderlo sola, y con sesenta y un  años y una economía ya saneada de por sí, no quise pasar un día más encerrada en la cocina. Debajo de la capa de grasa acumulada durante veintidós años apareció una mujer madura, aún atractiva y con cuatrocientos mil euros en la cuenta corriente.
Me compré un coche y me saqué el carnet. Una vez que dispuse de libertad de movimientos fui a la “pelu” todas las semanas, me compré ropa, mucha ropa, de colores, marcas caras, y me dediqué a cuidarme. “Spas”, masajes, tratamientos de belleza… todo lo que más podía molestar al “beaterío” del pueblo. “La viuda alegre”, me llamaron. Envidia cochina es lo que tienen, porque yo huelo a “Channel” y ellas a cera. Un curso de internet me abrió los ojos y las puertas de una nueva vida. A tan solo veinte kilómetros de casa, en la capital, había un local donde las señoras maduras acudían a bailar y conocían, en el sentido literal y en el bíblico, a jovencitos necesitados de alguien solvente que los invitara a una copa.
José Alfredo tiene nombre de “telenovela”, veintitrés años y unos ojos color caramelo que me derriten cuando me miran. Es de Colombia y tiene la inseguridad lógica de su edad. Intenta paliarlo mostrándose muy hombre cuando está conmigo, muy maduro, pero el pobrecito no sabe hacerlo y a mí me provoca una inmensa ternura. Es como si fuera el nieto que nunca tuve. Le dejo que crea que es él quien manda, en vez de decirle: “Vamos a bailar”, le digo: “Ay, como me gusta esta canción”. Entonces me saca a bailar y me mete mano. Me toca el culo en la pista, delante de todo el mundo, y a mí me gusta que me vean abrazada a mi efebo mulato.
Nos besamos y me lleva a su apartamento. Le dejo que conduzca él, le digo que maneja mejor que yo y sonríe con fingida autoridad. Se siente hombre y le gusta cuidar de mí. Me hace el amor con el entusiasmo propio de su edad, en posturas que yo nunca soñé, a cuatro patas, a horcajadas sobre él, ¡incluso sexo oral!… ¡Yo, que nunca pasé del misionero!
A él le gusta pensar que se está aprovechando de mí, que me saca el dinero porque pago las copas, pero yo veo cómo se le iluminan los ojos cuando me ve llegar. Él nunca lo admitirá, pero yo sé que, aunque le joda, me quiere.
Y de Andrés… de Andrés ya ni me acuerdo.

jueves, 2 de junio de 2016

Caricias

-->
Al sentir de nuevo sus manos sobre mi piel, me crispé. Me parecieron cosquillas, pero la humedad que fluía por mis piernas delataba otra cosa. La postura tampoco ayudaba: piernas separadas, falda recogida sobre los muslos, y esa brisa insolente que se empeñaba en recordarme lo excitada que estaba.
-Relájate-dijo, acariciándome -desliza tus dedos suavemente...., nótalo dentro, déjalo fluir.
Y fluyó. Y estalló. Y contraje mi cuerpo, enmascarando mi placer en una mueca de paroxismo casi bíblico. Y ella, inocente, creyó que por fin disfrutaba de Bach y de sus clases de violonchelo.

miércoles, 1 de junio de 2016

Mi amante, Pascual

 La calentura en un día caluroso, me hace involucrarme con el mejor
amigo de mi hermano, Pascual, al que conozco desde hace mucho tiempo.

¿Cómo comenzar a contar lo que me sucedió hace tiempo? No lo sé, lo que sí sé, es que fue la experiencia más excitante de mi vida, al menos, hasta ese momento. Era un día algo caluroso, por lo que andaba semidesnuda por la casa, solo con mi brasier y una pequeña tanga de hilo que apenas me cubría lo suficiente. Estaba sola, y a cada minuto mis pensamientos se iban por caminos eróticos que aumentaban mi excitación. El único problema que tenía, era que no contaba con nadie cerca para bajar mi calentura que crecía a cada momento.

Pero en fin, tenía tareas que realizar en la casa, y había que iniciar por lo más desagradable, lavarle a Pascual, el perro dálmata de mi hermano, lo teníamos desde que era un cachorro. Para estar más cómoda, me quité el brasier, quedando solo con mi tanga, y así salí a lavarle. Mi excitación no cedía a pesar de estar usando agua fría, y mi vagina se humedecía, mojando mí tanga más que con el agua. Pasando algo de tiempo, me percaté de que Pascual me seguía a todos lados del patio, y poniéndole más atención, vi su verga dura y rojiza.

Nunca había pensado en la zoofilia, pero la visión de aquella dura verga, a pesar de ser de un animal, terminó por excitarme, y mis pezones se pusieron duros y mi vagina acabó de humedecerse, lo que hizo que Pascual se acercara a mí y comenzara a olfatear en mi rajita. Entonces se me ocurrió una loca, muy loca idea. Dejé la escoba, y tomándolo del collar, lo guie adentro de la casa, y lo lleve hasta mi habitación, cerrando la puerta con seguro, y despojándome de mi tanga, quedé completamente desnuda frente a Pascual.

Me senté en la orilla de la cama y abrí lo más que pude las piernas, Pascual se acercó, y dio un primer lengüetazo a mi rajita, que envió una descarga de placer desde ese punto, pasando por mi columna y hasta llegar a mi cerebro. Así continuó él, lamiendo una y otra vez, hasta que me hizo tener uno de los mejores orgasmos de mi vida. Aquello, más que calmar mis ganas, las incrementó, entonces mi loca idea ya no era tan loca, necesitaba verga, y ese perro me la daría. Así que con algo de esfuerzo, lo aparté de mí.

Me puse a cuatro en el suelo, y como si Pascual entendiera mi acción, colocó sus patas delanteras en mi espalda, y con movimientos de cadera, intentó meterme su verga, pero falló, así que llevé una de mis manos atrás y tomé aquel pedazo de carne y lo coloqué en la entrada de mi vagina. Pascual empujó y me la metió hasta la base, provocándome otro orgasmo. Durante varios minutos se puso a bombearme como loco, brindándome varios orgasmos, hasta que sentí que entraba algo más grueso que su verga, cuando al fin logró entrar sentí chorros de semen dentro de mí.