viernes 2 de marzo de 2012

Nunca subas a la chica de la curva

Pokovirgen cuenta la historia de Carlos, un comercial de mediana edad y hombre de principios, que sube en su coche a una autoestopista como aquella inquietante chica de la curva. No es sólo una historia de infidelidad sino un relato oscuro de personajes atrapados en un extraño mito.


04:23 PM

Allí está, plantada en el arcén y haciendo autoestop con el toro de Osborne a quinientos metros.... Le recuerda a la famosa chica de la curva.

Puede que sea una leyenda urbana, pero no hay localidad que no tenga a esa criatura espectral en su patrimonio; una chica haciendo autoestop que el conductor recoge. Solícita, le previene de esa curva próxima y de lo peligroso que resulta no observar las normas de la DGT o administraciones parecidas. Cumplida su misión, desaparece misteriosamente del asiento trasero.

Incluso Oklahoma y la Pampa tienen a esos personajes en sus asentamientos aún gozando de interminables rectas. Puede que allá les llamen bend-girls o minas de la curva y, puede que, superadas por el aburrimiento, avisen a los conductores de súbitas inundaciones o tornados voraces.

En mi tierra, una recta no es esa infinita tira de asfalto que se pierde en el horizonte, sino el punto de intersección entre dos curvas -piensa Carlos-. A la chica le daría tiempo a decir: «no corras, desgraciado», no más.

El paisaje es monótono y las piernas se le duermen. Echa en falta cuestas, pendientes y, sobre todo, unas buenas curvas donde reducir a tercera, poner el pie en el freno tras unos acelerones, y así darse un masaje plantar. Los párpados le pesan. No tiene por costumbre recoger a nadie, pero esa chica con aire desvalido a las cuatro de la tarde y junto al asfalto de esa carretera secundaria rozando el punto de fusión le conmueve, cede y decide parar. Adecenta el asiento contiguo convertido en pisito de soltero, mientras ella corre junto al arcén para alcanzarlo. Lo ahueca de CDs, latas de bebida, envoltorios de bollería y sacude las cáscaras de pipa. Hace lo que puede para mostrar su hospitalidad.

-¿Adónde vas? -le pregunta

-Val·ladolitz.

-Sube, entonces.

Ella lo hace rauda, con un bolso que deja entre los pies. A él le parece extraño un equipaje tan liviano, pero su sonrisa de oreja a oreja palía sus inquietudes. Tiene esa edad en que no es posible ser fea, y su pelo castaño claro brilla al sol de la tarde con trazos dorados. Se repantiga en el asiento con familiaridad, y Carlos arranca mientras ella entorna los ojos simulando narcolepsia o cualquier otro trastorno del sueño. «La copiloto me jodió -piensa-, yo que no quería adormilarme y ella va y se hace la siesta»

-Me llamo Carlos, ¿y tú? -pregunta para romper el hielo.

-Irlanda -contesta trenzando un bucle con la lengua.

-Extraño pero bonito nombre. Tengo una tía que se llama Lourdes. Nombre propio como el tuyo, además de lugar. Por cierto ¿de dónde eres?

-Teresa.

-Interesante...

Esta claro que anda bien instruida, más en matemáticas que en geografía. Que «el orden de los factores no altera el producto» lo tiene bien aprendido. Pero no es de Irlanda y tampoco se llama Teresa, seguro. Pero ¿por qué miente?, ¿será inmigrante clandestina recién amaestrada para vete a saber que asuntos?, ¿será una turista despistada pensando que la Meseta es Marbella?, ¿será lo de Irlanda un anzuelo para dar confianza al conductor? Nadie desconfía de una irlandesa, sobre todo, desde que al personal le dio por mandar allí a sus hijos. Clases de inglés en ambientes católicos y alojados con familias castamente prolíficas. Nada que ver con la pérfida y protestante Inglaterra. Pero ¿por qué le da tantas vueltas a las cosas? Pues eso, que no es irlandesa, ¿y qué?

Por si acaso, le concede el beneficio de la duda soltándole una parrafada en inglés con fonética cherokee -gaélico no sabe- mandándole ponerse el cinturón, pero ella le contesta con la misma sonrisa y sin mostrar intención de ponérselo. No entiende nada y no es a causa del precario pero inteligible inglés de Carlos. Irlanda saca una botella de agua del bolso, abre el tapón y se la lleva a la boca. Traga gustosamente y, tras haberse saciado, la alza y derrama en cascada por su frente...

-¡UAAAHHH..., BUUUUUFFF...! -brama restregándose la cara, hundiendo sus dedos en el pelo mojado y echándolo hacia atrás, sensualmente...

¡MOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOKKKKKK!

Un reflejo, el instante de una sombra y la violencia del aire desplazado. La culera de un trailer a centímetros y su corazón desbocándose. Debe tener cuidado. Los camioneros se incorporan a la ruta con fuerzas renovadas tras su almuerzo de tres platos y visionar "Frijolito", la telenovela de la tarde que los deja peligrosamente llorosos y más falsamente seguros que un botellón de anís con absenta y chorros de tinto barato.

-Tú mirarg -dice ella señalando la discontinua y añadiendo-: ¿Kalorg, suenyo?

-Pues sí, Irlanda. Acabo de comer, tengo el aire estropeado y...

Otro chorro de agua, esta vez en su cabeza y una risa traviesa en su oreja. Los dedos de la chica acariciando su cabello y peinándolo hacia la nuca...

-Joder..., sabes como despertar a la gente, cabrona..., jajajajajajajaja... -ríe él sacando la lengua para beber el agua con su método, sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre o mejor dicho: en las bajezas de su vientre. El olor a pelo húmedo le vuelve loco, bueno, hasta el propio le pone a cien. No le importa el chapoteo en el suelo; el aire entra ardiente y pronto secará el desastre. Se olvida de los recelos.

Un golpe de volante a tiempo les salva de otro choque frontal. Implora piedad y contención a Santa Frígida y busca con los ojos a la familia en ese "Papá no corras" que hay en la tapa de la guantera; la tópica advertencia con cuatro portafotos dorados horrendos donde lucen la suegra, su esposa y sus vástagos al completo. Ya nadie cuelga eso, fue un regalo de la suegra con su careto ya puesto y no va a hacerle un feo a su mujer. Seguro que lo encontró en un rastro o hurgando en la basura -capaz es la vieja - y él se plantea tener otro hijo y así tener un pretexto para reemplazar la foto de la arpía con la suya, igual que uno procrea para conseguir células madre y salvar al hermanito terminal.

Pero la familia no está allí para darle coraje y resistir. Ha desaparecido bajo los pies de Irlanda, hábilmente situados. Su esposa y Marcos, el nene, bajo el izquierdo; la suegra y Nuria, la nena, bajo el derecho. Suspira entre agradecido y culpable por escudarse de sus miradas de una manera tan mezquina

El paisaje es hostil y fomenta el recato, no la disipación. No hay recodo o árbol a la vista. Sólo el cielo amarillento de calima y el infierno de rastrojos surcado por la carretera infinita, y él en compañía del demonio encarnado en cuerpo de mujer obscenamente plegado con los pies en la guantera.

Con la refrigeración bloqueada, el viento entra por las ventanillas sumándose a esa conspiración abyecta que intenta quebrar su voluntad, desnudando las piernas largas y delgadas de Irlanda cuya falda golpea en sus caras con sacudidas violentas. Él la aparta como puede para recuperar la visión del asfalto entre risas que les dejan sin resuello.

Irlanda acerca la mano a su torso mientras las carcajadas dejan paso a un silencio tenso, acaricia su piel suavemente y, donde antes chorreaba agua y sudor, ella trenza vello con los dedos. Desabrocha la camisa y acerca la boca a sus pezones que apremia con suaves mordiscos, dejándolos erectos. Boca y dedos recorren su cuerpo impregnándolo de saliva y él teme que no le haga un delator chupetón. También teme perder el control del vehículo y busca desesperadamente un lugar donde parar, pero la cuneta es como el foso de un castillo que reverbera con vibrantes ondulaciones tras el asfalto caliente.

Ella capta su aprensión y lo suelta momentáneamente para ocuparse de los placeres propios. Parece acariciar su vulva y gime pero queda fuera del ángulo de Carlos. Él se resiste a perdérselo y mueve el retrovisor hasta recuperar el campo de visión a costa de dejar ciega la luneta trasera. Furtivos vistazos le confirman que Irlanda no es tan verde como cuentan y observa sus tonos rosados, su geografía más íntima, desde las montañas de sus senos hasta las cañadas más profundas donde crecen dorados matojos de pelo. El ancho vestido se convierte en un telón abierto para mostrar toda esa lujuria. Él está erecto, muy erecto, y la protuberancia pide mano de inmediato. Como si siguiera el guión de una película porno, ella intenta bajarle la cremallera. Es una maniobra costosa pues la compañía ferroviaria no contaba con un seísmo tan travieso y el tirador encalla a la mitad del trayecto. Pero el convoy consigue llegar a su destino sin descarrilar y sin más secuela que la hinchazón desmesurada en la entrepierna de un viajero.

Teme a la suegra y teme al deseo, pero la arpía se esconde bajo los pies de Irlanda y el deseo brota incontrolable entre esas manos que liberan a la verga prisionera. Su carne tensa se despega de la goma del gallumbo y siente el aire en la cabeza de la bestia. Pero no por mucho tiempo. Pronto la suave mano de Irlanda se empapa con sus jugos que extiende a lo largo del mango enhiesto. La mano se convierte en puño que aprieta; y el movimiento, en vaivén acompasado que le arranca un hormigueo gozoso que alcanza el escroto en forma de pequeñas descargas placenteras. Sííííííí..., a la mierda su puritana continencia..., a la mierda todo... Quiere eso, lo quiere. Irlanda se agacha y le da cálidos besos en la punta, después lame sus jugos y después... traza círculos en ese escalón tan sensible que le provoca estremecimientos. Le gustaría soltar el volante y poder tocar los pechos y el sexo de Irlanda; pero la mirada de la suegra, liberada por fin de sus pies, le advierte. La aprensión se convierte en morbo y se siente obscenamente guarro ante ella.

-¿No te gusta lo que ves, soperra? -le pregunta desafiante.

Pero la foto no contesta, ni siquiera Irlanda se da por aludida, y si lo hace, tiene la boca ocupada con una succión perfecta. Sus labios se deslizan arriba y abajo, su lengua lame frenética y su mandíbula aspira con fuerza. Repite la operación con cadencia mientras acaricia los huevos que aún se esconden tras la tela del pantalón. Es una felación despiadada que un hombre convencional como él nunca conoció, sino olvidó en el tiempo. Por eso, pronto pierde el control.

-Aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh..., que me corroooooooooo... -gime soez sin considerar que un trabajo tan bien hecho merece la frase perfecta.

Sonríe con cara perversa mientras mira a la madre de su parienta. Qué morbo llenar esa boca con su semen ante ella, sentir a Irlanda ciñendo su verga como una acogedora placenta. Tanto gusto le da que levanta el pie del gas y el paisaje parece detenerse, sin ser consciente de que es él quien se detiene. Un bocinazo le saca del ensueño y un automóvil los adelanta impaciente. Pisa de nuevo el acelerador y, poco a poco, sale del marasmo y recupera la visión nublada por el placer. Irlanda aún cobija su verga pero ahora sus manos están ocupadas hurgando en el bolso. «Qué encanto -piensa él- está buscando pañuelos, no quiere mancharme el pantalón». Sonríe, se siente satisfecho, casi fresco.

Entonces ve aparecer el cartelito de su mano, un trozo de cartón roñoso como los que acostumbran a poner los mendigos tras el cazo de las dádivas y cuyo texto acostumbra a empezar con el tópico: «ZOY UERFANO MIS PAPAS MAN BANDONADO...» o « SOI VIÚDA I MARIDO START EN PRIZION...»

Leer eso sin quitar la vista de la carretera tiene lo suyo, pero se esfuerza intentando imitar a los camaleones con su juego de ojos, y lo consigue sin estrellarse a pesar de que tiene fundados motivos para hacerlo:

«TRAS LA PRÓXIMA CURVA ENCONTRARÁS UN DESVIO A LA DERECHA. SAL POR ALLÍ. HAZME CASO O TE DESCERRAJO EL CAPULLO DE UN BOCADO»

Atónito, no reacciona. Piensa que es una broma o no lo ha leído bien, pero el mensaje es tan claro que le quita la esperanza de que así sea. Más que pánico, siente una amarga decepción. Esa no es su chica de la curva, y si lo pretende ser, es un fraude. Pero no va a discutírselo por ahora ya que en su prepucio siente el abrazo de un bonito collar de dientes afilados dispuestos a cumplir la amenaza y, a pesar de que su tranca se minimiza por momentos, ella le ajusta el cerco y la mantiene forzadamente erecta; mejor dicho, sostenida. Aprieta el frenillo y tira hacia arriba para dejar constancia de que va en serio, y ahí, él sí empieza a sudar de verdad y a buscar esa curva en la lejanía.

La recta se cierra, y reduce la velocidad, tembloroso. A su derecha ve ese camino que parece perderse entre una mata de carrascas. Pone el intermitente con aprensión. Ya nada queda de eso que sintió minutos antes. "El ángel succionador" es ahora una boa roscada a su entrepierna, y del orgasmo sólo queda un sudor frío que le baña con diminutas perlas de hielo.

Sale definitivamente de la seguridad del asfalto y enfila el precario camino dejando una nube de polvo en la trasera. Irlanda resiste el bamboleo hábilmente, y no suelta su verga ni la ciñe más de la cuenta, es más, da la vuelta al cartelito y aparece la nueva advertencia:

«NO TE DETENGAS, CABRÓN. SIGUE HASTA NUEVA ORDEN O HAGO UN CARPACCIO CON TU VERGA».

Obedece, qué remedio. Tras las carrascas, la silueta de un hombre joven les corta el paso. Irlanda no cambia de posición cuando el vehículo se detiene y el hombre se acerca para abrir la portezuela. El tipo lleva una cámara y hace diversas tomas de la cabeza de Irlanda en su regazo. Hace algunas que parecen hechas al azar; y otras, al portafotos, a la matrícula, a su cara estupefacta. Parece tener más de perito que de artista y no deja rincón sin rastrear.

-Sigue con la mamada -ordena a Irlanda que aún no ha soltado a su presa-. Y ella sigue moviendo la cabeza arriba y abajo mientras el tipo sigue con su faena, esta vez grabando en video para que no se le escape ni un detalle.

-Ya es suficiente -dice a la chica mientras saca un bote de plástico transparente y se lo acerca. Después saca un arma y apunta a Carlos en la sien.

Irlanda levanta la cabeza y el semen desborda su boca como un vómito blanco que cae en el frasco. Sale del automóvil y escupe el resto sobre la hierba reseca. Busca la botella de agua que antes vertió lascivamente sobre su cabeza y se enjuaga la boca varias veces. Finalmente se seca con un extremo del vestido y rodea el vehículo para devolver el bote al tipo.

-No estuvo mal -le dice a Carlos en castellano perfecto-, pero me da asco tragarla. Lo siento.

-¿Lo cacheaste? -pregunta el tipo.

-De arriba abajo. Llevaba la cartera en el bolsillo trasero. Le palpé la MasterCard, la Visa Oro y la de débito. La sanitaria, el D.N.I., el permiso de conducir...

-Eres la hostia. Qué suerte que tu hermana fuera ciega, el braille se te da de muerte...

-...y qué pena que tu madre fuera una puta y mamaras su mala leche... -prosigue ella-, varias tarjetas descuento, el carnet de puntos de un cine, el de la biblioteca, la...

-Aparte de poder ilustrarnos..., ¿efectivo?

-Dos de cincuenta y monedas.

Finalmente el tipo se dirige a Carlos:

-Sabemos dónde vives, dónde trabajas, eso es básico para cualquier negocio. Tenemos las tarjetas que son el maná de la existencia; tenemos tu discreción y la nuestra porque no queremos que nadie se entere de las guarrerías que haces por esas carreteras; y tenemos también paciencia, la que nos llevará a sacar pequeñas cantidades que apenas te afectarán, no fuera la avaricia a romper el saco. ¡Coño...!, si hasta tenemos tu esperma que ahora la socia guarda en la neverita de hielo, nuestro particular banco genético. Podríamos sembrar el mundo de capullos como tú y llevarlo a la hecatombe... joder..., ¿sería guerra biológica eso?, o a preñar..., bueno..., he visto a tres mujeres en ese portafotos tremendo. Ya hiciste tú el trabajo con una, la vieja cerró el negocio hace tiempo y la tercera...

A Carlos le han dado de lleno y ya no puede contenerse. Se lanza contra el tipejo que lo recibe con la rodilla en los morros. Un hilo de sangre brota de la comisura de sus labios. El tipo lo levanta por la solapa, sentándolo de nuevo. Espera que recupere el aliento y le acerca una pequeña agenda.

-Anota los códigos -dice apuntándolo otra vez.

Y él anota códigos con mano temblorosa y en silencio.

-¿Y el móvil? -pregunta el tipo a la chica.

-Ya lo tengo -contesta mientras quita las llaves de contacto y da un último rastreo al interior del vehículo.

Finalmente se largan. Carlos oye sus voces apagándose y, al poco, el sonido de un vehículo perdiéndose en la lejanía. Saca las piernas del coche aún sin levantarse. Escupe sangre y busca la botella de agua pero no la ve. Tiene una sed atroz y necesita esa botella. Sale del automóvil y cruza el bosque de carrascas atrapando el polvo con su caminar derrotado. Baja hasta la carretera, se acerca al arcén y pone el dedo. Se sentiría mejor si lo hubiesen pateado hasta la muerte. Si su piel fuera un confuso mapa de cardenales tras los que esconder la humillación y la vergüenza. Un par de camiones lo ignoran y un monovolumen negro pasa junto a él con la misma indiferencia.

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05:17 PM

Maribí Rodríguez lanza su cuerpo inmaterial al acelerador de partículas de Ginebra aprovechando que está activo. En milésimas de segundo, sus átomos recuperan la estructura primigenia mientras se deslizan por el cableado de la red eléctrica. A mil kilómetros de distancia, el chisporroteo sobre un trigal recién segado avisa de que un rayo está al caer, y una pareja de cernícalos huye despavorida con sus polluelos en el pico. El cielo está limpio de nubes y no cae rayo alguno, es Maribí Rodríguez quien se descuelga sobre los rastrojos con la pericia de una acróbata y con la seguridad que le da su larga experiencia. Lleva cuarenta y dos años haciéndolo, sin festivos, vacaciones ni puentes de por medio. A modo de fijador, recompone el cardado de su pelo atusándolo con saliva, recoge el bolso de charol a juego con sus zapatos de tacón y echa a andar hacia el arcén. Lleva un vestido de verano estampado con cuadros blancos y negros, una joya del op-art de los 60's que le da el aspecto de un gigantesco damero y por el que las fanáticas del vintage matarían.

Llega tarde como siempre, y, como siempre, piensa en cuanta gente más morirá en esa curva por culpa de sus retrasos. Se sitúa junto al asfalto a quinientos metros del toro de Osborne y extiende la mano con ese gesto que ha llevado a millones de jóvenes y no tan jóvenes a dar la vuelta a la tierra. Su aspecto no es el de una trotamundos sino el que lucía una noche de verano cuarenta y dos años atrás cuando salió de la curva que aún sigue esperándola, la única del trayecto. El índice de alcoholemia no ayudó a que el Mustang rojo descapotable regalo de su padre, un rico terrateniente de la zona, no quedara bocabajo; a que uno de sus zapatos no fuera hallado a veinte metros incrustado su tacón en un tronco, ni a que su sangre no cuajara sobre el esmalte rojo de la chapa.

Un camión se detiene, pero ella lo ignora a conciencia y el conductor arranca con bocinazos de cabreo. Dos puertas, camiones, tractores, cosechadoras, triciclos y cualquier vehículo que le dificulte el acceso al asiento trasero o no disponga de él no son de su incumbencia. Ella es la chica de la curva y no una fresca. Desechados los modelos más excéntricos, un monovolumen negro con sus correspondientes puertas traseras se detiene. El conductor le pregunta adónde va, y ella le confirma destinos coincidentes.

Maribí se introduce en el confortable interior climatizado. Ha cumplido con 16425 servicios como chica de la curva y aún le quedan 166075968958694 de penitencia para tener acceso al Paraíso. Ya no habrá automóviles sobre la tierra cuando acabe con su labor preventiva. Conoce de memoria hasta el último rincón de ese paisaje desolado. Pasan los kilómetros y ella contesta con monosílabos a las preguntas del conductor.

El momento se acerca y debe soltar la frase crítica para seguidamente desmaterializarse cuando una rebelión sorda cuaja en la boca de su estómago. El impulso se transforma en determinación y en la certeza de que no dirá palabra alguna. Cuenta hacia atrás, cruza los dedos y cierra los ojos cuando pasan por la curva maldita donde su Mustang salió despedido. Se muerde la lengua y no puede ver a ese hombre de aspecto desaliñado que, junto al arcén, parece suplicar auxilio. Abre los ojos de nuevo y el corazón golpea su pecho como cuando estaba viva. Contra pronóstico, nada ha pasado. Han sorteado la curva; ella sigue muerta y el conductor, indemne.

Pero no quiere desaparecer de inmediato según el protocolo dispuesto por el Sindicato de Chicas de la Curva; quiere llegar a la ciudad, ver la vida discurrir por sus calles, buscar y espiar a sus amigas ya viejas, oler los aromas familiares, los del pan y los pasteles recién hechos en la tahona de la esquina, el de los perfumes en las tiendas; ver a las parejas en los bancos acariciar sus jóvenes cuerpos. No quiere el cielo prometido sino el que dejó en la realidad tangible de la vida. Quiere el cielo de las sensaciones, sentir esas pequeñas cosas que jamás valoró, que no apreció a su tiempo.

lunes 27 de febrero de 2012

Aunque tu no lo sepas

Ana del Alba cuenta una historia del pasado que se repite en el presente, Maribel/Beatriz seduce a Ana/Silvia

Domingo 8 de Mayo de 2011

Hoy he cumplido 20 años, lo hemos celebrado en casa comiéndonos una pizza. Los muy cabrones me han regalado un consolador, nos hemos reído un montón. Allí estaba Silvia, mi amiga y mi amada, aunque ella no lo sepa. Es mi mejor amiga, a la vez que compañera en la escuela de ingenieros. Lo que pasa es que no se decirle que la quiero y que quiero que sea mi pareja. Ya se que estamos en el siglo 21, pero no se cómo seducirla sin que una negativa rompa nuestra amistad. Por la noche, sola en mi cuarto, he usado el consolador, metiéndomelo por el coño como si fuera manejado por Silvia. Luego me he desvelado. Y por casualidad he abierto el libro de teoría de circuitos que también me han regalado. Me dijeron que lo compraron de segunda mano porque está descatalogado. Al hojearlo ha caído dos fotocopias de lo que parece un diario. Está fechado hace más de 24 años, y lo que he leído me ha dejado tonta. Una mujer, una tal Ana, cuenta cómo otra mujer, una tal Maribel, la seduce hasta que follan juntas y se hacen pareja. Y parece que ocurre en una escuela de ingenieros ¿será la mía? El libro parece pertenecer a una tal María Isabel, he buceado en los registros de mi escuela y parece ser que existió una alumna llamada Ana V. C. y otra alumna llamada María Isabel G. C. ¿serán las protagonistas del diario? Según los anales coincidieron en la promoción 1986-92. Mañana le preguntaré al profesor García, que también estudió en esa promoción.

Lunes 2 de Abril de 1987

Hoy he cumplido 20 años, por la mañana he ido a la escuela de ingenieros como siempre. Por la tarde hemos celebrado el cumpleaños con la panda en el burguer de moda. Me han regalado un consolador los muy cabrones, al grito de “cumpleaños feliz Ana”, recordándome que ahora no salgo con ningún chico, pero nos hemos reído mucho con el cacharro. Por la noche lo he estrenado, no es como una polla pero me he calentado un rato con el dedito y con el coño mojado ha entrado sólo. La sensación es sensual, me he follado con él y hasta me he corrido.

Lunes 9 de Mayo.

Si que parece que son ellas, el profesor García las recuerda: Ana V. C. más bien bajita, morena, buen culo y bonitas piernas pero poco pecho, normalita de cara, muy inteligente, eso si, fue a curso por año, Maribel G. C. más alta, guapa, de pelo castaño, con un tipo de impresión, según él, repitió primer curso, por eso coincidió con Ana, y también que corrió el rumor de que eran lesbianas porque se las veía siempre juntas. En aquella época era un tema tabú, y además en un escuela básicamente masculina, era un tema todavía más fuerte. Pero seguro, seguro nadie supo nunca nada. Acabaron el 1992 y, según el profesor, se fueron a Madrid a trabajar. Y allí les pierde la pista. He releído su historia y se me acaba de ocurrir que puedo usar la misma técnica que usó Maribel para seducir a Ana. Si ya funcionó una vez ¿porqué no una segunda?

Martes 3 de Abril

Algo extraño me ha ocurrido. Al irme a casa tras las clases, he metido la mano en el bolso para coger la tarjeta de transporte y he notado que había un papel que esta mañana no estaba y no recuerdo haberlo metido. Al leerlo he encontrado una nota extraña que copio: “Cuando beso tus labios, tu corazón salta de gozo, tus emociones a flor de piel desean mis labios, tu lengua busca la mía, bébeme, goza mi boca, antesala del placer que esperas. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Estoy confundida, en las horas de clase, se han sentado a mi lado unas cuantas personas, y no tengo forma de saber quien ha metido la nota en mi bolso. Además la nota viene escrita a máquina y, lógicamente, sin firmar. ¿Quién será ese amante misterioso? Soñando con él, he vuelto a usar el consolador, y me he vuelto a correr. Mañana estaré más atenta a ver si descubro quien es.

Martes 10 de Mayo

He aprovechado que Silvia se ha sentado conmigo para dejarle la primera de las notas que he impreso, dice así: “Cuando beso tus labios, tu respiración se agita y tu corazón salta de gozo, deseas mis labios, tu lengua busca la mía, bébeme, goza mi boca. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Lo ha descubierto en su casa y me ha llamado para contármelo. Le he quitado importancia pero hemos quedado que mañana nos fijaremos en quien puede haber sido. Está intrigada pero no asustada. En mi cama el consolador me da el placer que espero recibir de ella. Silvia, te amo.

Miércoles 4 de Abril

Pese a estar atenta al bolso, he encontrado la nota en el bolsillo de la chaqueta que colgué a primera hora en las perchas del aula. Lo he encontrado cuando la he recogido a quinta hora antes de ir al laboratorio de electricidad. Como la otra está mecanografiada y sin firmar dice: “Tus pechos están deseando que los toque, los pezones reclaman mis labios y mi lengua recorre tus aureolas, tu placer crece y crece, los gemidos avisan del gozo que te doy. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. El misterio me escama, aunque también me excita ¿quien será ese misterioso amante? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Es un amigo? He repasado a todos los compañeros y amigos, a ver si sorprendo en una mirada al amante misterioso, pero no ha habido suerte. Mirarme me miran, todos. ¿Cómo no? Si soy una de las seis chicas de la clase. ¿Se lo pregunto a todos? ¿Y cómo lo hago? Por la noche, me he acostado y mis manos han ido a mis tetas, como si fuera ese amante misterioso que me excita. Naturalmente, me he tenido que masturbar del calentón que me ha entrado.

Miércoles 11 de mayo

Hoy deslicé la nota en el bolsillo de la chaqueta que colgó en el perchero del aula. Dice así: “Tus pechos están deseando que los toque, los pezones reclaman mis labios y mi lengua recorre tus aureolas, tu placer crece y crece, los gemidos avisan del gozo que te doy. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Un poco subido de tono pero es lo que desearía hacerle si puedo. Lo encontró antes de salir y me lo ha enseñado. Por supuesto que he disimulado totalmente y me he puesto con ella a observar a todos los compañeros. En estos tiempos, somos bastantes las chicas que estudiamos aquí, no como en tiempos de Ana y Maribel. Y, claro, no hemos encontrado nadie que pudiera ser. Muchos se fijan en ella porque es guapa, aunque no la más guapa de la clase. La tengo más intrigada y creo que se empieza a excitar con el tono de las notas. Silvia, te amo.

Jueves 5 de Abril.

Otra vez ha pasado. El amante misterioso se ha atrevido a meter la nota en el bolsillo de la chaqueta, que he llevado puesta en todas las clases. La he encontrado a tercera hora y luego no he podido seguir atenta a las clases. Como las otras viene mecanografiada y sigue tan atrevida como las otras, la copio: “Me coloco a tu espalda, estás desnuda de cintura para arriba, te beso el cuello, mis manos recorren tus pechos y tu tripa, suspiras de placer, te gustan mis caricias. Soy tu amante aunque tu no lo sepas” ¿Quién se ha acercado tanto como para meter la mano y la nota en mi bolsillo? Ha debido ser en la cafetería, a tercera hora. Pero tomando café sólo estábamos Juan, Antonio, Mario, y Maribel, otra de las pocas chicas de la clase. Y no me parece que fuera ninguno de ellos. Lo peor es que la nota acierta, me encanta que me acaricien estando a mi espalda, que las manos de mi amante me recorran toda mi delantera mientras me besa el cuello. ¿Quien sabe tanto de mi? Eso lo he compartido con algunas de las amigas y compañeras, Maribel, la de la cafetería, Mayte, Arancha, y Anabel, que están en la otra clase, y algunas amigas de fuera de la escuela. Y claro, también lo saben los chicos que han compartido mi cama, pero ninguno de ellos está en la escuela. El misterio me excita. No puedo dejar de tocarme en la cama. ¿Quien eres, amante misterioso?

Jueves 12 de Mayo

Esta vez me he sido más atrevida. He deslizado la nota en el bolsillo de la chaqueta ¡y la llevaba puesta!. La ha encontrado a cuarta hora y me la ha enseñado: “Me coloco a tu espalda, estás desnuda de cintura para arriba, te beso el cuello, mis manos recorren tus pechos y tu tripa, suspiras de placer, te gustan mis caricias. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Por la noche no puedo dejar de masturbarme cuando copio las notas para Silvia. Se ha alarmado porque el misterioso amante se le ha acercado y ella no lo ha visto. Inocente, si supieras quien es tu amante. Me ha confesado que anoche tuvo que masturbarse del calentón que le dio el releer la nota. Creo que esta noche también tendrá que aliviarse, como yo lo haré. Silvia, te amo.

Viernes 6 de Abril.

El amante misterioso ha vuelto otra vez. Se ve que ha percibido que estaba muy atenta a todos mis bolsillos y bolsos y, esta vez, ha deslizado la nota en el libro de Teoría de Circuitos. Lo he visto al llegar a casa y abrirlo para el examen del lunes. Dice en caracteres de máquina: “Tus piernas desean separarse para dejar paso libre al pozo del placer, tu monte palpita y la cresta quiere despertar, amada mía, prepárate porque ya te llega el gozo. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Joder que directo, este tipo quiere follarme, y si sigue así, lo va a conseguir. Me tiene caliente. La pena es que hasta el lunes no tendré otra nota. El fin de semana me encerraré con Maribel para preparar el examen de circuitos.

Viernes 13 de Mayo

Siguiendo con el esquema de mi predecesora, he deslizado la nota de hoy en el libro de Física II del examen del lunes. La ha encontrado cuando, al llegar a su casa, ha abierto el libro. Me la ha leído, aunque sé lo que pone: “Tus piernas desean separarse para dejar paso libre al pozo del placer, tu monte palpita y la cresta quiere despertar, amada mía, prepárate porque ya te llega el gozo. Soy tu amante aunque tu no lo sepas”. Me ha confesado que cada vez tiene más deseo de saber quien es ese amante misterioso, porque debe ser tremendo follar con él. Hemos quedado para el sábado para estudiar juntas. Silvia, te amo.

Sábado 7 de Abril.

He pasado el día estudiando con Maribel. Como es mi amiga, no he podido más y le he contado lo de las notas que vengo recibiendo desde el lunes. Ella opina que no parece peligroso y que deje que siga con las notas, seguro que al final averiguamos quien es. Yo le he dicho que a estas alturas no me importa quien sea, sino que está seduciéndome poco a poco. Que por las noches me lo imagino junto a mi y que le estoy dando mucho uso a ese consolador que me regalaron. Se ha sorprendido de que me sienta seducida, pero con semejantes notas ardientes ¿quien no caería? Si promete sexo y placer.

Sábado 14 de Mayo

Hemos pasado el día juntas estudiando. Por supuesto no ha encontrado ninguna nota, sería descubrirme si le pongo una, claro que, siguiendo el esquema de hace 24 años, en el fin de semana no hay notas, pero hay cercanía. La he convencido para que deje que sigan apareciendo las notas, y me ha confesado que cada noche se masturba pensando en ese amante misterioso que quiere hacerla gozar. Se siente seducida por el poder de la palabra de ese amante. He encontrado un hueco antes de que salgamos para escribir en este diario que guardo celosamente. Silvia, te amo.

Domingo 8 de Abril

Hoy no tengo nada que reseñar en el diario. Hemos pasado el día haciendo problemas y estudiando. Le he enseñado las notas a Maribel y está de acuerdo conmigo, su autor quiere sexo pero me promete placer. Eso asienta su idea de que no parece peligroso.

Domingo 15 de Mayo.

Anoche salimos juntas, para despejarnos de los estudios y para tomar unas copas. Como otras veces, nos hemos arreglado para salir, me ha prestado un vestido suyo y nos hemos vestido juntas. En un momento dado hemos estado en ropa interior, y nos hemos mirado. Casi la beso, pero me he contenido, aún no está seducida del todo, y precipitarme sería equivocarme. Pero me he excitado con su cuerpo perfecto, al menos para mi. Si fuera tío, seguro que me habría empalmado. Hemos dormido juntas como otras veces, en su cuarto hay dos camas. Y juraría que se ha masturbado, pero no puedo asegurarlo. El día ha transcurrido entre problemas y teoremas. Por la noche he escrito la nota del día siguiente en mi casa. Silvia, te amo.

Lunes 9 de Abril.

Siguiendo el consejo de mi amiga, no he estado atenta a ver a mi amante misterioso deslizar su nota en mis propiedades. La he encontrado en el bolso, como el otro día. “Tu sima está húmeda y caliente, deseas llegar al placer supremo, pero te contienes porque sabes que quieres más y más caricias en el botón del gozo. Me amas y tu lo sabes”. Aquí se percibe un cambio, ya no es mi amante, sino que soy su amada, es decir sabe que he sucumbido a sus encantos. Sabe que me ha seducido y que deseo que haga realidad cuanto dice. ¿Cómo puedo haber sido seducida así? Y, sin embargo, deseo que ponga sus manos en mi. En la cama me corro un par de veces. Amante misterioso, ven a mi.

Lunes 16 de Mayo

La nota la he dejado en su bolso, me la ha enseñado: “Tu sima está húmeda y caliente, deseas llegar al placer supremo, pero te contienes porque sabes que quieres más y más caricias en el botón del gozo. Me amas y tu lo sabes”. He cambiado el final porque ya se que ella ha caído seducida por el amante misterioso, yo. Espero que por la noche se acaricie, aunque me ha pedido el consolador que me regalaron. Nos hemos reído juntas. Mañana se lo llevaré. Silvia, te amo.

Martes 10 de Abril.

La nota estaba escondida en el banco del aula. Claro que como siempre me siento ahí, es fácil que la encuentre. Esta vez no es de sexo, bueno, no tanto. Dice “Ahora que has gozado y eres mía, me harás caso y mañana vendrás con falda pero sin bragas. Me amas y tu lo sabes”. Vaya, ahora quiere jugar, quiere ponerme cachonda y le pone que le haga caso. ¿Y cómo sabrá si le he hecho caso? ¿Cómo sabrá que no llevo bragas? Porque lo de la falda es fácil de ver, pero lo de las bragas. De todas formas, seguiré el juego y me presentaré como quiere mi amante misterioso.

Martes 17 de Mayo

Le he prestado el consolador. Y, como he llegado antes que ella, he puesto la nota en el cajón del banco donde nos sentamos, pero luego he salido para esperarla a la entrada. Por supuesto la ha encontrado y me la ha enseñado: “Ahora que has gozado y eres mía, me harás caso y mañana vendrás con falda pero sin bragas. Me amas y tu lo sabes”. La ha distraído un poco la variación, pero está dispuesta a jugar. Cada vez está más y más interesada. Por la tarde he comprado un consolador, lo tengo en su caja para usarlo con ella. Silvia, te amo.

Miércoles 11 de Abril

Me he presentado con falda y sin bragas. A segunda hora he encontrado la dichosa nota. “Siéntate en la cafetería en los asientos frente a la entrada, y déjame ver la entrada de la gruta donde anida el placer. Me amas y tu lo sabes”. He hecho lo que me pide el amante misterioso, y me he divertido un poco cuando he visto a tantos tíos pasar por la entrada de la cafetería una y otra vez, solo para verme con las piernas un poco abiertas y el coño al aire. ¿Quien de todos es mi amante? Pero no he estado sola. Maribel ha estado conmigo intentando ver, de entre todos, quien pudiera ser. No hemos averiguado nada. Pero en mi bolso apareció a última hora otra nota. “Eres un poquito viciosa, se acerca el día. Mañana quiero verte sin sujetador. Me amas y tu lo sabes”. Otro juego. Se divierte el amante, pero me está poniendo cachonda.

Miércoles 18 de Mayo

Silvia ha venido en falda y sin bragas, como me ha enseñado en el servicio antes de entrar. Me ha dado un calentón verle el coño, pero me he controlado. La nota se la dejé en el banco de la clase: “Siéntate en la cafetería en los asientos frente a la entrada, y déjame ver la entrada de la gruta donde anida el placer. Me amas y tu lo sabes”. Me ha pedido que me siente con ella, y lo he hecho. Me he divertido un poco, y también me he arrepentido, porque mucha gente le ha visto el coño a mi amada. No tenía previsto sentir celos de todos. La segunda nota se la puse en el bolso, la encontró antes de salir: “Eres un poquito viciosa, se acerca el día. Mañana quiero verte sin sujetador. Me amas y tu lo sabes”. Silvia me ha confirmado que vendrá así. No puedo evitar acariciarme en mi cama pensando en ella. Silvia, te amo.

Jueves 12 de Abril

Naturalmente he ido sin sujetador, y me he puesto una camiseta un poco transparente, se notaba que no llevaba sujetador y, además, mis pezones se marcan bastante en la camiseta. A última hora encontré la consabida nota: “Se acerca la hora. Mañana entrarás en el servicio, a la hora de matemáticas II, vente sin ropa interior y con falda, ponte una venda para no verme aun, y sabrás lo que es el placer. Me amas y tu lo sabes”. Vaya, esto si que no lo esperaba, se acerca a mi pero no quiere que le vea, ¿qué se propone? A la hora que me ha citado, el pasillo está vacío. ¿qué hago? ¿Voy a la cita? Pero ¿como dice o le preparo una trampa y voy sin venda? Si hago esto quizá no venga más a mi. La situación es como para morirse de miedo ¿Y si es un psicópata de esos? He llamado a Maribel, y dice que veo muchas películas, por otra parte me propone una idea sensata: yo voy, hago lo que me ha dicho pero ella se esconde antes en el servicio y ya me dirá quien es. Creo que es una buena idea, y así lo haremos. Me mentiría si no reconociera que estoy muy excitada, como da fe el dichoso consolador.

Jueves 19 de Mayo.

Silvia ha venido sin sujetador, se nota porque, además la muy cachonda, se ha puesto una camiseta que transparentaba sus pezones. Creo que se la han comido con la mirada todos los tíos de la clase. La nota se la he dejado en el bolso: “Se acerca la hora. Mañana entrarás en el servicio, a la hora de dibujo II, vente sin ropa interior y con falda, ponte una venda para no verme aun, y sabrás lo que es el placer. Me amas y tu lo sabes”. Llega el momento más delicado. Me ha enseñado la nota, y le he dicho que yo estaría con ella en el servicio de al lado, está totalmente entregada. Tendré que tener mucho cuidado para no descubrirme. Silvia, te amo.

Viernes 13 de Abril

Vaya fecha. Hemos hecho lo acordado, Maribel se ha escondido a primera hora, por si el amante misterioso vigilaba. A la hora de Matemáticas II, que es la tercera clase del día, he ido al servicio, he esperado que se vacíe y todo el mundo vaya a clase, me he puesto la venda y he esperado. Al cabo ha entrado una persona. Lo he sentido más que oído. Se me ha acercado, no he visto, oído ni olido nada especial. Nada ha dicho, pero ha hecho que separe las piernas, se ha puesto detrás de mi, me ha acariciado las tetas y luego ha utilizado algo, que luego he visto que era un consolador, porque lo dejó allí, para follarme, mientras me ha masturbado con un dedo. Me he corrido. Luego se ha ido con el mismo sigilo con que vino. No se quien es, y no tengo claro si es hombre o mujer, sólo le he oído respirar, antes de concentrarme en mis sensaciones. Al cabo del tiempo, me he quitado la venda, he visto el consolador, ya tengo dos, y ni rastro. He dicho en voz alta ¡Maribel!, y ella ha aparecido. Pero ¡no ha visto nada! Según ella estaba atenta por si oía algo para asomarse y ver al amante misterioso, pero no ha notado nada, esto es como para volverse loca. Un tipo ha llegado, me ha follado y mi amiga, al lado, no ha notado nada. Pero en el aula he encontrado la dichosa notita: “Iré a tu casa mañana, espérame. Me amas y tu lo sabes”. Diablo, cómo sabe que mañana estaré sóla en casa. Miedo y excitación es lo que tengo. Miedo por si pasara algo, pero visto lo de hoy, no lo creo. Excitación porque no he escrito nada de taparme los ojos o algo así. Mañana es, pues, el día en que voy a saber quien es. De todas formas, Maribel se ha ofrecido a venirse hoy a casa conmigo y esconderse mañana por si las moscas. Le he dicho que no, pero que la llamaría cuando supiera quien es.

Viernes 20 de Mayo

Llega el día. Me he escondido en el servicio, según lo acordado. Llevo el consolador nuevo y me he puesto unos guantes. Me he cambiado de ropa para no estar como ella me ha visto, me he puesto una mascarilla para no dar olor y un pasamontañas para taparme el pelo y me he puesto a esperar. A la hora de la cita ha entrado en el aseo, la he susurrado que ahí estaba. Se ha puesto la venda. Sólo puedo imaginar lo que sintió Maribel al hacer a Ana lo que yo le he hecho a Silvia. He entrado en el aseo, me he situado a su espalda cas sin respirar, le he acariciado las tetas y pellizcado los pezones. He levantado su falda y acariciado el coño, luego he metido el consolador nuevo y, al tiempo que la he follado con él, le he tocado el clítoris. Se ha corrido, y yo me he puesto a mil. La he dejado sentada resoplando de placer. Dejé el consolador como recuerdo y salí de allí. Lo mas difícil ha sido quitarme la ropa de asaltante para vestirme como ella me vio a primera hora. Tenía que hacerlo en cinco minutos y sin ruido. Creo que lo logré. Y también que he convencido a Silvia de que no he visto nada ni oído nada. Me ha contado que ha tenido uno de los mejores orgasmos de su vida, y me ha enseñado el consolador. Hemos ido a la cafetería a descansar un rato. En el aula ha encontrado la última nota: “Iré a tu casa mañana, espérame. Me amas y tu lo sabes”. Ya sabía que este fin de semana, Silvia se encontraría sola en casa. Naturalmente me he vuelto a ofrecer a ir a su casa para esconderme y por si el misterioso amante intenta algo peligroso, pero me ha dicho que no. Está convencida de que el amante sólo quiere darle placer. Silvia, te amo.

Domingo 15 de Abril

Por fin ha pasado, pero estoy hecha un lío. Demasiadas cosas en un día. Las contaré como las recuerdo. Me quedé sola en casa, los papas se fueron el fin de semana. Dormí mal el viernes, jugando con mis dos consoladores. El sábado estuve esperando. Nada por la mañana. Comí un poco y seguí esperando, libros, música, tele, nada me atraía la atención sólo esperaba oír el timbre de la entrada. Finalmente sonó. Corrí a abrir y me encontré con Maribel. “¿Qué haces aquí?” Pregunté. Entró “Soy tu amante, y tú lo sabes” Me dijo mirándome fijamente. Me he quedado de piedra ¡Ella! Me ha besado. ¡Es ella! Me ha besado otra vez ¡Maribel! “Te quiero, Ana” Ha dicho. Te quiero, resuena por mis oídos, estoy como hipnotizada, muchas emociones pasan por mi, me ama, me ama, me ama, la amo, la amo, quiere mi placer, quiero su placer . Lo siguiente que recuerdo es estar desnuda en mi cama con su lengua lamiéndome el clítoris y corriéndome. Ha usado su mano, su lengua, los consoladores, todo para darme placer. Me ha recorrido entera, me ha acariciado, lamido, pellizcado, me ha puesto a mil. Nos hemos dormido juntas, desnudas y abrazadas. Ahora está en la cama, dormida. Me he repuesto de la sorpresa, pero ahora volveré a la cama para devolverle el placer que me dio anoche.

Domingo 22 de Mayo

Lo he conseguido, Silvia ya es mi amante. El sábado desperté hecha un manojo de nervios. Sabía que ya la había seducido, pero todavía tenía dudas para cuando me descubriese. No se cómo pasé la mañana ni lo que comí. Tras la comida dije en casa que me iba a estudiar con Silvia y que tal vez pasara la noche fuera. Me he vestido como para ir a estudiar: tejanos, camiseta, bailarinas, bolso, nada especial. Y he ido a si casa. He llamado al timbre y me ha abierto. “¿Qué haces aquí?” me pregunta como entre asombrada y expectante. He entrado, la he mirado y la he besado, un beso largo y profundo. Me ha mirado un poco incrédula. “Soy tu amante, y tu lo sabes”. He dicho. Sigue incrédula, pero menos. La he besado otra vez. “Te quiero, Silvia”, “yo también te quiero, Beatriz”, nos besamos de nuevo. Beso a beso hemos llegado a su cuarto. La he desnudado entre besos y caricias. La he tendido en la cama y luego me he desnudado. Hemos estado follando todo lo que quedaba de tarde. Hemos usado lengua, dedos, manos, de todo, incluso los consoladores, para darnos placer una a la otra. Le he besado una y mil veces, he acariciado, lamido, mordido, y de todo sus tetas, ella ha hecho lo mismo conmigo. He atacado su coño con lengua, su clítoris con dedos, hurgado en su vagina con lengua, dedos y consolador. Ella ha respondido con otro tanto. Hemos follado de pie, tumbadas, una sobre la otra, haciendo el sesenta y nueve. Nos hemos dicho palabras de amor en el oído. A no se que hora hemos cenado desnudas en la cama. Luego hemos vuelto al sexo. Nos hemos dormido abrazadas para despertarnos con sexo. Nos hemos declarado, somos novias y nos queremos. Silvia, ya me amas como yo te amo.

Ana del Alba

viernes 24 de febrero de 2012

El Cid

GatitaKarabo resume así su segundo relato: Antes de rechazarme, escúchame...

Shhhh… Tranquila Teresa… Estás aún confusa por las drogas que inundan tu organismo, pero trata de relajarte o será peor. Sí… Oh, sí… Puedo sentirlo… Ya estoy dentro de ti, violentando tu cuerpo, invadiéndote… Duele. Sé que te duele. Desearía que no hubiera dolor. Daría cualquier cosa porque todo fuera más fácil, por evitarte cualquier sufrimiento, pero no existe otra manera y lo sabes.

Te rebelas contra mí, lo noto. Siento como tu cuerpo me repudia, como si yo fuera algo abominable. Te resistes, me desprecias… pero sigo dentro de ti, moviéndome para ti. Tratas de apartarme. Para ti soy repulsivo. Lo entiendo Teresa, de verdad que lo entiendo, pero por favor, escúchame, escucha a mi corazón. Sé que no lo merezco, pero no me rechaces. Necesito que me escuches… que me entiendas… Oye mi historia al menos.

Podría comenzar narrando las aventuras y hazañas del ilustre, joven y atractivo abogado Rodrigo Villena Salinas, también conocido con el sobrenombre de “El Cid”, pero, aunque sé que soy un arrogante hijo de puta, no soy tan pedante como para hablar de mí mismo en tercera persona. Tampoco voy a relatar el cantar de gesta de un héroe. No peco, sin embargo, en ser presuntuoso, si me describo como un hombre inteligente, con una muy buena posición económica y un físico excepcional. Lo de apodarme “El Cid” vino, en parte, por llamarme Rodrigo, por ser valenciano, y porque dicen por ahí que siempre he sido “muy mío”.

Te ahorraré el rollo de detallarte mi feliz infancia; el paso por cada una de mis felices nanas y cuidadoras, que se desvivían por darme todos mis caprichos, mientras mis acaudalados y felices padres se desvivían a su vez por ser tan aristocráticos, elegantes y felices que adoptaron la máxima de que sólo las infelices clases obreras se ocupan de sus propios hijos.

No es que me queje… Si bien es cierto que de niño me faltaron los besos de mamá, te aseguro que cuando fui más mayorcito los mejores ejemplares del sexo femenino aventajaron con creces la carencia. No exagero si te digo que simplemente chasqueando los dedos podía conseguir tirarme a la tía que quisiera… Así de fácil. Pocas se me han resistido.

Te diré que ha habido muchas mujeres en mi vida, muchas… Tantas que me sería imposible recordar los nombres. No sabría decirte un número aproximado, ya que nunca he llevado la cuenta, pero lo que sí que sé es que cada una de ellas coincidiría en describirme como un cabronazo. “Sí, Rodrigo, El Cid… lo recuerdo. Muy guapo, pero un cabrón sin sentimientos”.

Eso pensaba Ángela de mí, por ponerte un ejemplo… Ángela era la morena de los labios gruesos que chupaba la polla de manera espectacular. Hablaba demasiado, eso sí. Tenía que aguantar al menos quince minutos de cháchara absurda sobre cosas que no me importaban una mierda, antes de poder embutirle la polla en la boca y que ejercitara la lengua en otras labores más placenteras para mí. Se cabreó bastante cuando me llamó para contarme entre hipidos que habían ingresado a su madre en el hospital y que se estaba muriendo. Yo le propuse que no era necesario anular la cita, que antes de pasarse por el hospital, podría pasarse por mi casa a hacerme una mamadita.

Sí, fui bastante crudo. Lamenté después no haber sido algo más sensible con el tema de su madre terminal y tal, porque me jodió perder esa boca de vicio… Al menos Ángela no estaba enamorada de mí y la ruptura no fue nada dramática para ella. Otras muchas sí que se enamoraron y no me siento orgulloso ahora al confesarte que fui bastante cruel echándolas de una patada de mi cama -y de mi vida- cuando ya me había aburrido de ellas, lo cual solía suceder al poco tiempo de conocerlas.

Nunca me he comprometido, al menos, no en serio. Sí que mentí sin remordimientos, simulando sentimientos que estaba muy lejos de sentir, sólo con tal de follarme a alguna melindrosa de esas que no lo hacen sin amor.

Me viene a la memoria una chica pelirroja que se me había antojado y de la que no recuerdo su nombre. Recuerdo que, a pesar de que pasaba de ella tras tirármela un par de veces, la chica seguía empeñada en que yo, en el fondo, la amaba. Se desengañó finalmente cuando me vio metiéndole la polla, que ella consideraba de su propiedad, en el suculento coño de su hermana. Yo mismo propicié que nos pillara y así me las quité de encima a las dos: a la solícita enamorada y a la puta salidorra de su hermanita adolescente. ¿Te escandalizo? ¿Te turba mi lenguaje? Lo siento, pero he de ser así. No serviría de nada suavizar las cosas, Teresa. Si he de hablarte a corazón abierto, ha de ser así, sin eufemismos ni mojigaterías ¿no crees?

Te voy a contar lo que ocurrió hace apenas un par de meses. Estaba hastiado de frecuentar locales de singles donde ligar fácilmente con treintañeras cachondas recién divorciadas, así que decidí acercarme a la fiesta que me comentó la becaria del bufete. No, no pretendía tirármela a ella. No era tan guapa como para que me apeteciera follármela, aunque, como buena becaria, no la chupaba nada mal en horas de oficina.

En la fiesta de la Facultad, me acerqué a dos preciosidades… Tras invitarlas a unas cuantas –bastantes- copas, conseguí que las dos jovencitas universitarias de primer curso, ambas con pinta de animadoras de serie norte-americana, se vinieran conmigo a mi casa. No recuerdo sus nombres. Una, la rubia, llevaba trenzas; esa era la del precioso y llamativo culo que, más que insinuarse, se veía enmarcado por el tanga en esos fantásticos pantalones de talle bajo. La otra, la de las tetas gordas, llevaba el pelo castaño oscuro sujeto en una cola de caballo.

Estaban borrachas y se reían de cualquier gilipollez. Yo sonreía, encantador, mientras creaba ambiente quitándome la ropa y desnudando a las muchachas.

Imagino que tienes que ser tío –y hetero- para entender cómo puede ponerte de cachondo que dos bomboncitos así turnen sus lenguas y sus bocas para lamerte los huevos y para chuparte la polla y que, entre chupetón y lametón, se morreen descaradamente. Era una escena muy morbosa… Me encantaba provocarlas, alabando a una o a otra para que se picaran y compitieran por ver quién ganaba en el arte de chupármela.

Lo cierto es que ninguna de las dos me la mamaba bien. Muchos lametones con la lengua de arriba a abajo, como si fuera un polo, pero apenas se metían el glande entre los labios. Me sentí tentado en sujetarles la cabeza mientras les metía la polla hasta la campanilla, follándoles la boca, primero a una y luego a la otra, pero tuve ciertos reparos porque, después de lo que habían bebido, me asustó que pudieran tener arcadas y acabaran vomitando sobre las sábanas de seda de mi cama… y eso sí que no.

Tanta risita estúpida me estaba poniendo de los nervios, pero consideré que valía la pena aguantarlo, ya que me encantaba sobar desde atrás las firmes tetazas de la morenita de la coleta mientras alentaba a la rubia para que le comiera el coño a su amiga tetona. La rubia me miró vacilante y luego miró a su compañera. Su amiga estaba agitándose derretidita… Mi dedo en su coño iba haciendo virguerías, y los dedos de mi otra mano presionaban con suma destreza sus pezones, haciéndole suspirar pesadamente con los ojos cerrados.

La rubia ya no se lo pensó más y se decidió a comérselo. Me hubiera gustado que lo hicieran como en una película porno, para poder verlo todo con detalle. Que le abriera bien los labios con los dedos, dejando el coño brillante y excitado expuesto a la otra lengua femenina, y así contemplar como esa lengua se movía oscilante lamiendo sin parar los jugos y el clítoris hinchado de su amiga. Me tuve que conformar viendo la cabeza de la rubia sumergida entre las piernas de la otra, mientras ésta se agitaba como loca.

No sé qué tendrán estas escenas lésbicas que a los tíos nos encienden tanto, y yo tenía la polla tan grande y gruesa como la de un caballo; tiesa, dura, babeando y deseando meterse en caliente de una puta vez.

La rubia le comía el coño a la otra a cuatro patas, moviendo ese precioso culo al compás. Mi polla consideró esto una invitación para acoplarse a ese otro coñito jugoso y caliente que se ofrecía disponible para mi uso y disfrute. Mis atenciones con su coño no parecieron molestar a la rubita, que se movía hacia mí con más intensidad. Mientras se la metía y sacaba en consonancia a sus movimientos rítmicos, mi dedito ensalivado jugueteaba con su ano prieto. Eso no le hizo demasiada gracia y me apartó el dedo unas cuantas veces, pero yo insistía, tocando, rozando y metiendo el dedito…

La tentación era demasiado fuerte. Ese culazo macizo… ese agujerito tan apretado, tan prohibido… Mi polla, que antes disfrutaba feliz, ahora se enervaba por condenarla a transitar por la ruta del legítimo placer, cuando lo que deseaba era embutirse en el sendero más estrecho, clandestino y vedado.

Cuando la morenita estaba ocupada corriéndose en la boca de la rubia y yo estaba a punto de correrme, le inserté la polla por el culo a esta última, sin previo aviso. Tuve un orgasmo de la hostia, te lo puedo asegurar, con mi polla bien comprimida en ese culazo que se agitaba tratando de liberarse pero sin lograrlo, como sarraceno infiel atravesado por la lanza del Cid. La mayoría de chicas que dejaron mi cama llorando o insultándome fue por un corazón roto. A esta le rompí el culo. Se recuperará también. Todas lo hacen.

Si mi vida personal ha sido bastante perturbadora, mi vida profesional no es que lo haya sido menos. Mi selecta clientela estaba compuesta por los ejemplares más corruptos: homicidas, estafadores, mafiosos, maleantes, traficantes de todo tipo… Todo aquel que poseyera ingentes cantidades de capital que deseara ser blanqueado, podía contar conmigo para tal efecto.

El caso es que podría haber ejercido de manera honesta y provechosa mi profesión, ya que mi familia siempre tuvo mucho dinero y dignidad y un buen nombre y bla, bla, bla… Pero tal vez fue por eso por lo que me pasé al lado oscuro de la ley. Por joder a mi madre. Por escandalizar a mi padre. De dónde provenía el dinero sucio que iba engrosando mi cuenta corriente, no me importaba lo más mínimo. Me jactaba de ser el típico abogado sin escrúpulos o, al menos, lo fui hasta la noche en la que ocurrió todo, y que hizo posible que tú y yo, Teresa, entráramos en contacto, espero que para siempre.

Sí, te lo voy a contar. De entre todos mis clientes, uno de los más peligrosos y adinerados era un tal Santo Romero, paradójico nombre de pila para un traficante hijo de puta que comerciaba con todo tipo de mercancías ilegales. Santo estaba como una cabra. Aún así, era un tipo divertido, muy extravagante y no me caía del todo mal. Vestía como un pandillero de película, ya sabes, conjuntos deportivos y gorra, combinados con oro y joyas de todas clases. A mí me tenía como amigo, o eso decía él. Imagino que me apreciaba, por eso siempre me invitaba a sus fiestas. Y yo asistía, porque he de reconocer que sus fiestas eran de lo mejor. Famosos, actrices, deportistas, modelos, sexo, alcohol, drogas… Había de todo lo que se podía ofrecer, y sin reparar en gastos.

-¿No te gusta ninguna, Cid? –me increpó Santo esa noche, cuando me acerqué a la barra a por una copa-. Normalmente a estas alturas, tío, ya estás mojando… jajaja.

-Pssss… -le contesté, de bajón-. Estoy algo aburrido de ver siempre las mismas caras con distintos vestidos. Siempre lo mismo, siempre…

-Ya, te entiendo, man -me guiñó el ojo-. A mí me pasa lo mismo. Ven conmigo. Sé lo que necesitas. Necesitas algo nuevo.

Seguí a Santo hasta sus dependencias personales, dentro de la casa. Nunca había estado allí. Subí las escaleras tras él. Lo primero que me llamó la atención fue que, en el rellano, sobre la mesilla, como meros objetos de decoración, había un par de armas, algunos condones, varios canutos y restos de polvo blanco.

En su habitación tenía una muestra de su mercancía. Me invitó a probarla. Le dije a Santo que iba primero a por un condón. En la mesilla no cogí el preservativo, sino que agarré una de las pistolas semiautomáticas. Tenía que ser una Golden Desert Eagle, una barbaridad hortera -y muy cara- de color dorado de calibre .50 AE que suele aparecer en las pelis de tiros de Hollywood.

Eché el martillo hacia atrás y la pieza quedó en el fiador. El arma era más pesada que la semiautomática normalita que uso en ocasiones en el campo de tiro. La agarré con ambas manos. No me temblaba el pulso. Romero salió de la habitación. Apunté, apreté el disparador que liberó el martillo y éste golpeó la aguja percusora, que a su vez golpeó el culotte del cartucho y se inició el tren de fuego que impulsó a la bala de punta hueca de calibre 12.7mm a salir precipitada por delante del cañón y a reventar literalmente el torso de Santo Romero. Todo se volvió rojo instantes después del impacto. Me impresionó más el tremendo estruendo y el brutal retroceso de la pistola que la expresión de Santo al recibir el tiro o contemplar su cuerpo inerte y sangrante en el suelo. Volví a mirar el cadáver. Acababa de matar a un hombre.

No fue un gesto impulsivo. Los abogados no actuamos de esa manera. Digamos que fue una respuesta rápida, pero muy bien meditada, ante un estímulo determinante. Si estuviera ante un tribunal alegaría que sufrí una enajenación mental transitoria, pero sería falso. No hubo circunstancias atenuantes. Fue un crimen cometido con premeditación y alevosía. ¿Denunciarle? ¿A Santo Romero? Ni se me pasó por la cabeza… Soy abogado, por dios, Teresa… Sé cómo funciona la justicia. Ni siquiera puedo alardear de haber matado a ese hijo de puta como si yo fuera caballero justiciero con la intención de salvar a una princesita asustada en la guarida del dragón. Eso tal vez me justificaría. No. No lo hice ni por ella ni por nadie. Lo hice por mí. Lo hice porque al entrar en esa habitación se me revolvió el estómago. Porque ya estaba harto de todo. Porque estaba hastiado de todos los que me rodeaban, sobre todo de mí mismo. Lo hice porque sabía lo que iba a pasar.

Instantes después, uno de los gorilas de Romero me disparó en la cabeza.

¿Sabías Teresa que, aproximadamente, sólo un 20 % de personas sobreviven a un traumatismo encéfalo-craneano causado por arma de fuego, en el caso de llegar vivas al hospital? ¿Sabías que si la velocidad de la bala es menor, ésta se queda rebotando dentro del cráneo causando múltiples lesiones cerebrales? Eso fue lo que me pasó a mí. Ingresé en el hospital con un 4 en la escala de Glasgow, orificio de entrada de proyectil en la zona occipital de la cabeza con pérdida de tejido encefálico. O sea, que yo estaba entre ese otro 80 %, los que no sobreviven.

Llevaba en mi cartera la tarjeta de donante de órganos. Me la hice cuando cumplí 20 años. No fue un gesto altruista. Lo hice por joder a mis padres, como siempre, que supongo que solo donarían a la familia real, con tal de tener sangre azul en sus órganos.

La tarjeta no tiene validez legal por sí misma. Los familiares tienen la última palabra. Sin embargo, a pesar de estar en contra en su momento, mis padres respetaron mi voluntad y accedieron a la petición de extracción de órganos cuando declararon mi muerte cerebral.

Por eso estoy contigo, Teresa. No me rechaces. Estás despertando tras la operación. Mi corazón es tuyo, ya late dentro de ti. No lo rechaces, por favor… Sé que tu organismo me considera una abominación y hará lo posible por oponerse. Los medicamentos inmuno-depresores ayudarán, pero creo que eres tú quien debes dar el paso de consentirlo. Acepta mi corazón. Hazlo por ti, porque eres muy joven y mereces vivir. Ya has oído mi historia. Creo que nunca hice nada bueno por nadie en vida. Deja que, como el verdadero Cid, sea capaz de ganar esta batalla, la única que vale la pena, aunque sea después de muerto.

-*-*-*-*-

Diez años después…

-¡Ay que ver cómo crecen estos críos! –suspira la mujer del banco del parque, que está sentada junto a su vecina Teresa.

-Sí, mucho… Ya ves… Mi peque ya tiene tres años. ¡Eh, Rodrigo! ¡Ten cuidado! Ais, es un terremoto… Míralo, no para… jajajaja.

-¿Y eso de llamarle Rodrigo? Porque tu marido se llama Antonio. ¿Fue por tu padre o algún familiar?

-No, que va… -contesta Teresa-. Ahora, que todos los críos se llaman Adrián, o Cristian, o Sergio… a mí me dio por ponerle Rodrigo. No sé por qué, se me antojó y me empeñé, a pesar de que Antonio quería llamarle Miguel, como su padre. Creo que Rodrigo es un buen nombre para un buen hombre. Ven aquí, trasto, que eres un trasto… Si no fuera porque eres tan cariñoso… venga, Rodrigo, corazoncito, dale un beso a mamá…

FIN

Para Trazada, estimado compañero, apreciado escritor. Aunque ya te estés codeando con Lorca, Machado y toda esa peña, y organizando un ejercicio allá arriba, que sepas que aquí abajo te echamos de menos.