domingo, 27 de octubre de 2013

Una historia inmoral

 ¡Padre… padre…! Si vamos a ir al Infierno por esto, al menos que valga la pena, ¿no le parece? Déjeme guiarle…





Sumida en las tinieblas, el alma peca;
pero el verdadero pecador es quien causó la oscuridad.”
Victor Hugo.
Los miserables



—Yo no la tengo tratada, claro, pero la prometida del señor marqués me parece una joven muy… recatada —comentó el padre Justino.

—¡Oh, sí! Re-catadísima, me cuentan… —respondió con sorna la señora de Robledales—. Ya sabe: las hay sin catar, un poco catadas… —Hizo una leve pausa, y prosiguió—: Como es sacerdote, debe ser de los pocos que no la tiene… tratada. —Divertida ante el creciente pasmo del curita, tomó carrerilla—: Aseguran que es una mesalina para la que no hay dicha sin… rima. —La voz de Marta, atropellada al principio, se había cortado bruscamente y fue sólo un débil susurro al pronunciar la última palabra, mientras la muchacha enrojecía hasta las orejas.

Su espontaneidad, y el súbito arrebol provocaron una sonrisa en el padre Justino. Se hallaban en uno de los contados descansos que se permitían desde que el recién ordenado sacerdote comenzara a ayudar, por orden del arzobispado y a petición del señor Robledales, a la joven esposa en su magna opus de organizar la impresionante biblioteca familiar de su marido, lo que llevaba ocupándola ya casi medio año, si bien solo dedicaban a tal menester menos de dos horas, y no todos los días.

—Lo lamento… —balbuceó. A modo de disculpa, añadió—: Tengo una prima que puede llegar a ser excesivamente procaz y vulgar en ocasiones y a veces me contagio, sin querer. Pero la verdad es que no hay un buen nombre para… eso.

¿Excesivamente procaz? Toda procacidad es excesiva, querida señora, está en su propia naturaleza serlo. ¿O conoce alguna procacidad que no lo sea? —La sonrisa burlona y el tono de voz denotaban claramente la amable chanza—. En cuanto al nombre bueno, para eso están los eufemismos, para aludir a lo que no debe ser nombrado. Claro que los eufemismos, con el tiempo, acaban tornándose tan soeces como lo que pretenden enmascarar.

—Por ejemplo —prosiguió—, en la Edad Media se decía “so el sayal ay ál”. Ahora se pretende interpretar el dicho como que no debe fiarse en las apariencias, pues suelen ocultar otra cosa; ál es abreviatura del latín alium, ‘lo otro’. Aunque alguien tan pobre como para usar sayal, como los monjes de las órdenes mendicantes, no creo que llevara ropa alguna debajo… Y ya en nuestro Siglo de Oro, la frase había mutado a “bajo el sayal está el ál”, lo que muestra claramente que aludía a algo concreto… o sea, a… la rima de su prima… —Ninguno de los dos pudo reprimir una risita nerviosa. Recomponiendo el porte, continuó—: De modo que cayó en desuso porque todo el mundo conocía su significado; sin embargo, ahora que pocos lo saben…

—No sabía que fuera usted versado en gramática parda

—Quizás lo de ‘parda’ venga por el color del sayal de aquellos monjes…

—Pues no —repuso jocosa la joven dama—. Usted sabrá más latín, pero yo sé más… mundo. En la Edad Media, no sólo el clero sino mucha más gente debía ir uniformada, por religión u ocupación, para que todos conocieran lo que era cada cual. Y las que profesaban el oficio más antiguo, para mostrar su condición, estaban obligadas a llevar un vestido pardo, al que solían acuchillar la falda en picos, para mejor publicar su mercancía. De ahí la expresión “irse de picos pardos”, como bien sabe…

El pasmo del rostro de Marta al caer en la cuenta de la ambigüedad de ese “como bien sabe” bastó para disipar el recelo del sacerdote.

—Sí; conocía la expresión, como bien dice, pero ignoraba de dónde provenía —repuso con una sonrisa franca Justino, zanjando el malentendido.

Marta agradeció la sutileza del curita. Aunque, después de todo, era joven; recién ordenado, debía tener muy pocos años más que ella… ¿Seguro que de ‘irse de picos pardos’ sólo conocía la expresión? Cierto que, aunque se vistiera de seglar, su tonsura le delataría, pero bajo la sotana, tenía un ál, como todos; él mismo lo había dado a entender…

Se preguntó cómo sería el ál del sacerdote y al instante se horrorizó de tal pensamiento. “Debo controlarme o terminaré volviéndome loca. No puede ser natural que me asalten de continuo pensamientos tan procaces, y más después de lo de anoche… —se dijo—. Debería estar más… apaciguada y, en cambio, me siento más impúdica. Tendré que confesarme… —Pero la sola idea de confesar al padre Damián ‘lo de anoche’ e imaginar el incómodo y prolijo escrutinio al que la sometería, la aterró—. Y si…”

—Padre, ¿puedo confesar con usted? —propuso Marta de repente, con fingida espontaneidad—. Ya sé que mi confesor es el padre Damián, pero es tan… Y me da mucha vergüenza lo que debo confesar…

—Pero no le dio tanta cometer lo que fuera… —apostilló, jocoso, el sacerdote.

Marta no percibió reproche en su voz ni en su mirada, sólo una suave burla. Eso era lo que le agradaba del padre Justino: su jovialidad, su buen humor; le impelía a sentirse a gusto con él.

—Bueno, no llevo encima mi estola —parecía extrañado, mas no contrariado—, ni tenemos confesionario a mano, pero no son imprescindibles. Solo lo es tu voluntad de confesar y arrepentirte, hija mía. Así que ni siquiera hace falta que te arrodilles; sigue sentada. Vamos, ¡suéltalo, libera tu alma!

Por primera vez desde que se conocían, la tuteaba; claro que lo hacía como Padre, pero como un padre amable y comprensivo. Animada por el afectuoso tono, Marta comenzó a sincerarse:

—Mi deslenguada prima Beatriz y yo somos de la misma edad; crecimos juntas y, bueno, en realidad era ella la destinada a convertirse en la señora de Robledales… Pero tuvo que casarse con su primo Fermín, primo por la otra rama —explicó la joven, mientras hacía con sus manos el gesto de gravidez—. Así que yo pasé a ocupar su puesto en el corazón de quien hoy es mi esposo. El caso es que ella tiene ya tres hijos, y está en estado de nuevo, pero yo aún no he sido bendecida por Dios… Claro que eso, además de Dios, depende de mi marido y… ahí tenemos problemas. Él tiene problemas y, yo creo que por vergüenza, ya apenas me visita por las noches; y cuando lo hace, casi nunca… —La muchacha hablaba con la cabeza baja, en tono neutro, tratando de mostrar una imagen de dignidad, aunque el rubor volvió a invadir sus mejillas.

—Pensando que era culpa mía —prosiguió—, pedí consejo a mi prima. Mi madre, antes de casarme, sólo me indicó que fuera obediente y me dejara hacer; que mi marido me enseñaría lo que debía saber. Y con mi prima tengo confianza para hablar ‘de mujer a mujer’; así que le consulté si hacía algo mal, o más bien, si no hacía algo que debería hacer, para despertar la… exaltación de mi esposo.

“Y así descubrí que su vida conyugal era harto diferente de la mía, que su bobalicón marido hacía uso del matrimonio todas las noches que les era posible (y, a veces, incluso de día), haciéndola gozar en cada ocasión —recordó, pero calló—. Claro que, conociéndola, seguro que era ella quien lo demandaba…”.

—El caso es que —continuó, ya de viva voz—, tratando de intimidades conyugales, me reveló ‘un truco infalible’ de su marido para volverla loca y que, aunque no formaba parte de, bueno… el acto… siempre ejecutaba. De hecho, así fue como consiguió rendir su voluntad y seducirla, según me confesó.

“Y por su descomunal mandado, claro”, añadió para su coleto.

—Sus consejos sólo sirvieron para incomodar a mi marido, en vez de incitarlo, así que los deseché hace tiempo. Pero anoche, desvelada por el calor, recordé ‘el truco’ de su marido y… bueno, metí la mano por la gatera de mi camisón de dormir y… ¡oh, Dios, qué vergüenza! Al principio apenas noté nada, pero luego… ya sabe…

—No, no sé de qué me hablas, hija mía. Por favor, sé más explícita.

Marta miró con incredulidad al sacerdote. Su voz no tenía ese tono morboso que a veces percibía en la del padre Damián sino que denotaba su incomodidad, lo mismo que su rostro. Se preguntó a cuantas mujeres habría confesado el curita para no saber de qué le hablaba. ¿Acaso era la única en incurrir en tal práctica? Volvió a bajar la vista y prosiguió:

—Yo no me lo creía, pensaba que era una exageración más de mi fantasiosa prima, pero no: las mujeres tenemos algo, más o menos donde lo que llaman el monte de Venus (y ahora imagino el porqué del nombre) que, si se frota… se obtiene un placer inmenso, que va creciendo y creciendo… hasta estallar en un éxtasis inimaginable, casi como les ocurre a los hombres. —Levantó la vista y, mirando directamente al sacerdote, continuó su confesión—: Creí volverme loca, padre, nunca había conocido nada semejante, ni en los mejores momentos con mi esposo; estuve a punto de perder el sentido… —En sus ojos apareció bruscamente ese halo de tristeza que los empañaba tantas veces—. A mi prima se lo hace su marido, así que forma parte del débito conyugal; pero yo, me lo procuré yo sola. ¿Es ese el pecado de Onán?

El padre Justino acogió aliviado el término del relato de las libidinosas cuitas íntimas de la mujer y, tras meditar un instante, respondió:

—Sí, hija mía, el pecado de Onán no se circunscribe sólo a los varones, como bien sospechas. Proporcionarse placer fuera del acto matrimonial es ofender a Dios. Además puedo decirte, ya no como sacerdote, que las madres suelen alertar a sus hijas de que a las que se procuran placer a sí mismas, la naturaleza (que no Dios) las castiga con hijos… lelos, bobalicones. —Esbozó una sonrisa y prosiguió—: Bueno, eso es lo que le oí a mi madre advertir a mi hermana mayor, cuando era niño. No es algo avalado por la doctrina, ni por la ciencia, que yo sepa; puede que sea solo superstición, pero la sabiduría popular, yo no la echaría en saco roto…

—¡Yo lo que quiero es un hijo! —exclamó la joven con vehemencia para, en un susurro, añadir—: Ya que no tengo un marido… —Sus ojos echaban fuego y su voz no podía ocultar su amargura al proseguir—: ¿Por qué mi prima sí, y yo no, padre? Dios nos creó hombre y mujer para procrear, sí, y también para socorrernos en nuestras necesidades, pero mi esposo no satisface las mías. Yo quiero ser una buena cristiana, y una buena madre, y una buena esposa, pero sin marido… ¿cómo puedo ser ninguna de las tres cosas?

La señora de Robledales recompuso el gesto y, más sosegada, añadió:

—No me malinterprete, padre. Mi esposo es una gran persona y le admiro; es inteligente, afable y considerado, y lo es también en la intimidad, lo que no puede decirse de muchos de sus colegas, a tenor de las confidencias de sus esposas… Mi amor y respeto por él son sinceros. Pero yo soy joven y mi cuerpo reclama atenciones que él no…

El padre Justino, incómodo de nuevo ante el penoso cuadro de las miserias conyugales de la señora de Robledales, atajó la situación persignándola mientras declamaba:

—Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii…

—¿Y la penitencia, padre? ¿No me impone primero una penitencia?

—¡Ah, sí! ¿Cuál crees que te pondría el padre Damián?

—No sé… Rezar tres rosarios, quizás…

—Entonces rece un rosario todas las noches, arrodillada al pie de su cama, durante una semana. Ahorrarse la vergüenza de confesar con su confesor tiene un precio… —añadió, con ese mohín burlón que tanto le agradaba a ella; la incomodidad hizo que él volviera a tratarla de usted, como siempre—. Y mientras reza, medite en por qué lo está haciendo. Su cuerpo es templo del Espíritu Santo y al abandonarse a la concupiscencia fuera del acto matrimonial, está ofendiendo a Dios y a su marido. —El padre Justino le tomó una mano, en un gesto de cariño y comprensión—. Rece y arrepiéntase, y verá cómo Dios le da fuerzas para ser una buena cristiana y una buena esposa.

“¡Eso quisiera yo: tener ocasión de ser buena esposa! —pensó Marta—. ¡Si tuviera un marido como el de mi prima! ¡Qué más desearía yo que poder entregarme a cumplir abnegadamente con el débito conyugal, complacer a mi amado esposo y que él me trasportara al glorioso éxtasis que conocí anoche! No pido todas las noches, como ella, pero…”.





Genuflexa al lado de su lecho, en camisón de dormir, Marta rezaba el rosario, meditando en por qué lo hacía, tal como le había indicado el padre Justino. El pesado calor del estío hacía que el natural sudor irritara sus ingles, obligándole a tocarse en demasía tal parte, y procurarse alivio secando repetidamente la humedad con el camisón.

 “Las perras jóvenes necesitan parir para ‘limpiarse’ y sosegarse; hasta que no lo hacen, no cazan bien” solía decir su abuelo, cazador. Ella no era una perra, claro; pero sentía que necesitaba ser madre, ‘sosegarse’. Pensaba que así se mitigarían los ardores que la consumían. Aunque su prima ya había parido tres veces y según confesión propia ‘tenía más ganas que antes’, porque decía que ahora había aprendido a disfrutar más. Pero ella tampoco era su prima, y estaba segura de que un hijo le serviría para aplacar tanto anhelo insatisfecho como se agitaba en sus entrañas.

 “¿Por qué ella sí, y yo no? —se repetía una y otra vez—. Ni siquiera es una buena cristiana. Yo la he oído rezar muchas veces, de muchachas, «penem nostrum cotidianum da nobis hodie», en vez de «panem», y burlarse, por ende, de mi escándalo. Pero Dios nos ha oído a ambas: a mí me ha dado pan, riquezas, en abundancia, y a ella… un carajo descomunal e inagotable, que la lleva al delirio todas las noches, según alardea… Claro que, ¿cómo sabe que el de ese imbécil es descomunal? ¿Cómo es uno ‘común’? Su jactancia acerca de los atributos de su garañón me recuerda a esos grabados obscenos que encontré en un armario bajo llave, con aquellos falos disparatados e imposibles.”

“Pero tampoco la creí cuando contaba lo que comprobé anoche, y resultó bien cierto… —Su mano libre, que secaba sus ingles con el camisón, se detuvo un momento entremedio—. ¡Linda ocurrencia la del padre Justino: hacerme meditar sobre lo que sentí anoche! Mi prima disfruta de ese increíble placer desde hace años, y santamente, además… ¿Por qué yo no? ¿Deberé recurrir yo también al sacrilegio para lograr gozar del pene mío de cada día?”

Más de una vez había fantaseado con que su prima sufría un percance económico y requería su ayuda; y con que ella ponía precio a su socorro: gozar durante una noche entera de su semental. Y se complacía en concebir mil locuras que perpetraría durante esa lasciva velada.

Por supuesto, si sospechara que su prima atravesaba por algún apuro de dineros, correría a auxiliarla antes de que se lo pidiera, sin contrapartida de ningún género; pero… imaginar perversiones que sabía que nunca cometería le procuraba un alivio inocente, que no dañaba a nadie…

Acercó la mano que sostenía el rosario a su entrepierna, presionando éste contra su crica, por encima del camisón. Al pasar una cuenta, el roce de las demás, a través de la ropa, la estremeció. Pronto perdió el hilo del rezo, pasando cuentas de continuo mientras balbuceaba: “penem nostrum cotidianum”, “penem nostrum cotidianum”… El roce de las cuentas a través del camisón le fue enardeciendo hasta que la prenda acabó mojada, y no de sudor. La humedad pringosa de sus dedos le sacó del trance, devolviéndola a la realidad, horrorizándola ante el sacrilegio que estaba perpetrando.

Arrojó el rosario sobre la cama y prorrumpió en un llanto amargo y desesperado. Se sintió abyecta, despreciable… e infinitamente desdichada. Estaba loca. Sí, debía estarlo, pero no era culpa suya. Ella quería ser buena cristiana, buena esposa y buena madre… ¿por qué Dios no la ayudaba?

Sin cesar en su llanto, metió su mano por la gatera del camisón, por esa gatera por la que debería entrar la gloria de su marido, y calmar sus ardores y hacerla madre… y llevarla al éxtasis, como su prima. Pero si quien debía no la llevaba, iría ella sola, por sus propios medios. Mejor eso que el sacrilegio abominable que había estado a punto de cometer…

Sin cesar en su llanto, empezó a explorar directamente toda la zona, averiguando dónde sentía más placer. Incluso introdujo su dedo corazón en su cueva, lubricada para nada, y terminó recorriendo con dos dedos el coto en que su marido no cazaba desde hacía tiempo… Pero de nuevo fueron los aledaños del monte de Venus los que se alzaron con el santo y la limosna, levándola al borde del delirio… y más allá.

Sin cesar en su llanto, sintió de nuevo cómo su cuerpo se estremecía hasta casi el desmayo, acabando despatarrada, sentada sobre sus tobillos, con el rostro hundido en la esquina del colchón.

Sin cesar en su llanto, cuando recobró el espíritu, se acostó, guardó el oloroso rosario para lavarlo al día siguiente, apagó la lámpara y se durmió, relajada, sin cesar de llorar ni de sentirse desdichada.



***   ***   ***



El ánimo del padre Justino era tan oscuro y plomizo como el cielo que súbitamente se había cubierto, amenazando tormenta. Se dirigió al domicilio del señor Robledales con la misma aprensión y disgusto que el primer día. Él se había hecho cura para ayudar a las gentes sencillas a ser mejores, mejores personas y mejores hijos de Dios (¿acaso no era lo mismo?) y alcanzar así la vida eterna, no para hacer de criado de ningún poderoso piadoso, por muchas amistades que tuviera en el arzobispado.

¿Por qué tenían que encomendarle a él, precisamente a él, tan trivial y mundana tarea? ¿Qué pintaba él realizando una labor más propia de un pasante, o un meritorio, que de un sacerdote? Asumía el encargo únicamente como prueba de humildad y obediencia, pero elevando su justa queja a todo el que podía oírle… sin ningún éxito, hasta el presente.

Claro que ahora había otra razón para que el joven coadjutor deseara evitar la mansión del señor Robledales: la señora de Robledales.



Nunca había tenido mayores problemas con la carne. No era eunuco, pero siempre se había sabido muy capaz de controlar sus impulsos, recurriendo al cilicio solo las raras ocasiones en que estos eran intensos en demasía. Se ufanaba de que, para disuadirle de ir al seminario, su madre había buscado y aleccionado a sus espaldas a una mozuela, procurando ocasión de que quedaran solos, y había sabido resistir firmemente los muy procaces ofrecimientos de la ardorosa muchacha que, picada por el desaire, acabó por tomarse a punto de honra (de deshonra, cabría mejor decir) que el futuro seminarista conociera plenamente a qué placeres iba a renunciar.

Ni siquiera pidió explicaciones a su madre por urdir tal encerrona. Viuda, con tres hijos, era normal que deseara que el único varón se hiciera cargo de la humilde hacienda familiar, mejor que verlo ocuparse en los asuntos de Dios. En cierto modo, sentía que la estaba defraudando, que la abandonaba, pero ante la llamada de Dios, ¿qué otra cosa podía hacer más que responder, como Samuel: “Heme aquí, Señor, pues me has llamado”? Y si no era capaz perdonar a su madre por intentar retenerle a su lado, ¿a quién iba a perdonar?

Pero Marta no era un pedazo de carne, como aquella mozuela cuyo nombre ni siquiera recordaba. Era una mujer. No era hermosa, aunque tampoco fea y lo que se adivinaba de su cuerpo parecía bien proporcionado. Pero, sobre todo, era su aroma, su entusiasmo juvenil, sus rubores, sus silencios, el fulgor de sus ojos tristes, lo que le hacía sentirse perdido, inquieto, pesaroso y dichoso a la par.

Desde el primer día le habían llamado la atención sus variados perfumes: sencillos, florales, probablemente caseros, pero intensos. Y ahora, con el calor del verano, para enmascarar el sudor, casi abusaba de ellos. Pero tenía que reconocer que en más de una ocasión se deleitaba imaginando por anticipado a qué olería ese día.

Y sus pechos. En el tiempo que llevaba ayudándola, los habría rozado accidentalmente en más de una docena de ocasiones. Recordaba el apuro y el sofoco mutuo al ofrecerse disculpas la primera vez; tan grande fue el embarazo de ambos que la siguiente ocasión prefirió ignorarlo, fingir que no había ocurrido, para evitarle la vergüenza de la disculpa. La sonrisa agradecida de ella, cuando osaron volver a mirarse, le transmitió su tácita aprobación, de suerte que en los sucesivos roces inevitables obraron de igual modo.

Ahora, que la parte de la biblioteca más propicia a tales percances ya estaba revisada, los echaba de menos y a veces se sorprendía tratando de recordar la sensación de los pechos de ella en cada parte de su cuerpo en que habían rozado. El último roce, ya con la ligera ropa de verano, había sido particularmente intenso. Quizás por ello, últimamente había debido recurrir al cilicio más de lo habitual en él.

Pero su turbación no era a causa de sus pechos, al recuerdo de su roce, ni por sus aromas; si solo se tratara de eso… Era ella, toda ella, la que le provocaba esa dulce zozobra que le embargaba, para su congoja.



Los primeros gotones le sorprendieron cuando acababa de salir a la plaza pero, abstraído, apretó el paso en lugar de volver sobre ellos y refugiarse, de suerte que cuando acabó de cruzarla ya estaba empapado. Como penitencia por su estupidez, se impuso continuar caminando bajo la tromba, sin buscar amparo, de modo que cuando llegó a la mansión, teja y sotana chorreaban agua.

La doncella, que tenía aire de no serlo, al verle en tal estado avisó a la señora, que le encargó buscar ropa seca de su marido, y poner a secar la que llevaba. Le condujeron al vestidor de la señora, un lujoso cuarto con un biombo y un espejo, y le dieron un lienzo de toalla. Tras el biombo, se desnudó, dejando las prendas colgadas en él y se dispuso a secarse.

Casi había terminado cuando entró la doncella sin llamar y pasó decidida detrás del biombo, dejando una pila de ropa sobre la mesita del rincón, mientras observaba sin recato su desnudez. Con procaz desenfado, la muchacha procedió a recoger las prendas mojadas, entre roces nada casuales con el aturdido sacerdote. Se apartó para evitar a la desvergonzada y, ante su pasmo, descubrió en el espejo que había en ángulo en el otro rincón, la imagen de Marta, fuera de la habitación, observando; no podía verla directamente, pero si él la veía a ella por el espejo, ella también le veía a él…

Con una sonrisa nada inocente, la criada se despidió y salió sin cerrar la puerta. Una furtiva mirada al espejo le permitió comprobar que la señora de Robledales seguía observándole. Desbordado, confuso, acabó de secarse con deliberada parsimonia, como si se recreara en satisfacer la curiosidad de su furtiva espectadora, sin mirar nunca al espejo.

¿De verdad se estaba complaciendo en mostrar al ama lo que había visto la criada? Se dijo a sí mismo que él no había propiciado tal ocasión, ni se estaba exhibiendo impúdicamente; que en todo caso era su imagen en un espejo lo que ella estaba viendo, no a él… Además, ¿qué otra cosa podía hacer, sin colocar a su anfitriona en una posición harto incómoda?

Aunque debía de admitir que la situación le producía una rara excitación que le obligaba a controlarse para reprimir una erección delatora. Con estudiada lentitud, cogió una camisa y se la puso; luego, tomó unos calzones pero antes de ponérselos, los desechó, dejándolos de nuevo en la pila. Eligió un ligero pantalón de verano (que le venía algo grande, porque el señor Robledales, sin ser obeso, tenía ya esa barriga que da la edad) y acabó de vestirse con él. Para calzarse, usó las mismas sandalias que había traído.

No vio a nadie por el espejo y salió de la habitación, para  comprobar que Marta avanzaba por el pasillo, a su encuentro, fingiendo venir de otra parte.

—¡Vaya, padre Justino! Sin su sotana y su alzacuellos, parece otro…

—También usted parece otra… —balbuceó sin pensar. Antes no se había percatado, pero aquella tarde la joven llevaba un sencillo vestido escotado, cuando siempre los llevaba cerrados hasta el cuello. Sin resultar indecente, era un escote generoso; además, su movimiento evidenciaba que nada sujetaba sus pechos, de modo que no debía llevar ninguna prenda debajo.

—¡Buf, con este calor tan pesado! —dijo la joven a modo de excusa, sonrojándose levemente—. Por ende, me temo que la tormenta, que ya ha pasado, sólo ha servido para dejarnos más calor y más humedad. En fin, ¿comenzamos nuestra tarea?

Y tomándole del brazo, le condujo a la biblioteca.



Sentada a la pequeña mesa auxiliar, la joven se inclinaba hacia el pliego en el que escribía, abolsando inadvertidamente el escote hasta extremos impúdicos. Justino creía estar acostumbrado, porque durante la comunión no era infrecuente que muchachuelas inocentes con vestidos heredados, o mujerzuelas sacrílegas, le mostraran, sin querer o a intento, sus atributos. Pero no era lo mismo esos pezones atisbados fugazmente en el ejercicio de su ministerio, que en nada le perturbaban, que esas pálidas morbideces que se ofrecían a su vista, como una suerte de compensación al espectáculo del que su dueña había disfrutado espiándole a él.

Y acabó por suceder lo inevitable, en el momento menos oportuno. Ella encogió los hombros mientras él se acercaba a la mesa con una pila de libros, acentuando el abolsamiento y haciendo que, al pasar, él tuviera una visión perfecta de sus lechosas turgencias, atisbando incluso parte de la areola de uno de los pechos, lo que le provocó una fulminante erección, que resultó aún más patente, a través de la fina tela del pantalón, al arrimarse el borde de la mesa para depositar en ella los libros.

Percatarse de la contundente erección del joven, a menos de una cuarta de su mano, sobresaltó a la muchacha, que se puso en pie de un brinco mientras exclamaba: “¡Padre Justino!”. El aludido, asustado de que ella hubiera notado su erección y temeroso de cómo pudiera reaccionar, trató de calmarla, sujetándola y susurrándole: “¡Marta!”. Esta, malinterpretando el gesto y creyéndose atacada, retrocedió tratando de alcanzar la puerta. Él, al notar el pánico en los ojos de ella, se dejó llevar también del contagioso espanto y, para impedir que huyera, acabó aplastándola con su cuerpo contra la librería, sintiendo los pechos de la muchacha contra el suyo, y su erección contra el vientre de ella, lo que no contribuyó precisamente a apaciguar a ninguno de los dos.

—¡Padre Justino!

—¡Marta!

Cada uno leyó el miedo en los ojos del contrario; pero a la par que el susto, cada cual creyó percibir en el otro el mismo deseo que empezaba a crecer incontenible en su interior.

Sólo el Diablo sabe quién besó a quién, pero ambos sintieron aquel breve roce como una sacudida atroz, que les despojó del último resto de cordura. A ese primer beso siguieron otros, cortos, intensos, rabiosos; a veces, más mordiscos que besos.

Las manos de él se apoderaron de los pechos de ella, sacándolos del vestido, oprimiéndolos, pellizcándolos, amasándolos, ante el delirio de ella. Marta, por su parte, acariciaba el pecho y la espalda de Justino, por encima de la camisa, hasta bajar al pantalón y, poniendo las manos en los costados, soltar las trabillas y tirar de él hacia abajo. Como le iba ancho, sólo la erección lo mantenía; una vez rebasada ésta, cayó hasta los tobillos.

El sacerdote levantó el vestido de la mujer hasta descubrir su espeso pubis, comprobando que no llevaba ningún tipo de prenda debajo. Sin saber muy bien qué hacer, empujó su enhiesto miembro entre los muslos de ella.

—¿Qué es esto? ¿Arremángate Genara…? —dijo la joven, sorprendida y enojada, evocando la procaz coplilla: “Arremángate, Genara, / que aquí mesmio te la clavo, / que cada vez que te veo / me salen chispas del nabo”—.  ¿Ya quiere tomarme? ¿Esto es lo que hace cuando va de picos pardos, padre? —Al notar el estupor en el rostro de él, añadió con suavidad—: ¿Ha estado alguna vez con una mujer?

No le hizo falta responder. Bajó la vista con gesto compungido, y hasta su erección pareció perder fuerza.

—¡Padre… padre…! Si vamos a ir al Infierno por esto, al menos que valga la pena, ¿no le parece? Déjeme guiarle… Para que pueda recibirle en mi interior, primero debe prepararme, o sólo conseguirá hacerme mucho daño. Y no quiere hacerme daño, ¿verdad?

Mientras hablaba, le iba llevando hacia atrás a pequeños pasos, como un burro trabado, hasta la mesa grande. Al llegar, se despojó de su vestido y le quitó la camisa, mientras él conseguía zafarse del pantalón, quedando ambos desnudos.

—No, Marta; no quiero hacerle daño, ¡claro que no! ¡Si yo la amo, Marta! ¡Pero la deseo tanto…!

—Y me tendrá, padre. Yo deseo que me tenga tanto como usted, pero para hacerme suya, primero tiene que conseguir que mi cuerpo también lo desee, tanto como yo. —Tomó las manos de él y las llevó a sus pechos mientras con sus labios recorría el cuello del enardecido sacerdote, susurrando—: Primero sáciate de mi exterior, y después poseerás mi interior.

Era la primera vez que la señora de Robledales le tuteaba. Volvieron a besarse, ahora larga y profundamente. Ella se sentó en la mesa, abriendo las piernas para abarcarle a él y, dejando de besarle, empujó su cabeza hacia los pechos de ella, invitándole a libarlos. Condujo una de las manos de él, ahora ociosas, a su muslo, y la otra a su entrepierna. Hizo que su palma se deslizara a lo largo de su ya húmedo sexo y le explicó:

—Cuando logres que esto esté muy, muuy mojado, será el momento de poseerme sin temor…

—¿Y te va a costar mucho? No sé si voy a poder aguantar…

—Usa el truco que te conté, si tanta prisa tienes —replicó, tomando su índice y frotándose con él como hacía con su dedo—. Así… sigue tú.

El padre Justino se sentía desbordado de placer. Besar, lamer, morder aquellos pechos, sentir la tibieza y suavidad de sus muslos, notar el estremecimiento y los jadeos de ella ante los frotamientos de él, hacían que su miembro se hinchara hasta hacerle daño y sintiera la imperiosa necesidad de aliviarse. Si no los liberaba pronto de su carga, temía que sus henchidos testículos y su furibundo ariete fueran a reventar…

—¿Ya? No puedo más… —imploró al poco rato.

—Vale, impaciente, tómame… con cuidado…

Recordando confidencias de su prima, estiró un brazo tomando un grueso tomo y lo colocó bajo sus posaderas, mientras atraía hacia ella al desencajado padre. Cuando lo tuvo encima, tomó su falo y lo embocó en su sexo. “Desde luego, no es descomunal —pensó—; puede que incluso un poco más corto que el de mi marido, o quizá solo lo parece porque es más grueso, eso seguro…”. Él empujó firmemente hasta ensartarlo en ella y comenzó a agitarlo en su interior como un energúmeno.

—¡No! ¡Para! ¡Para! —Justino se quedó petrificado ante los gritos de la mujer, que trataba de inmovilizarle rodeándole con sus piernas—. ¿Qué te has creído que soy? ¿Una perra? ¡Así joden los perros! ¿Y tú me amas? ¿Así me amas?

El miedo a que acudiera algún criado a las voces de ella y les sorprendiera, ahuyentó súbitamente sus urgencias e hizo que todo su ser se concentrara en su virilidad que, por vez primera, conocía la suave y cálida intimidad de una mujer.

—Despacio… con delicadeza. Soy una mujer, no una perra…

Empezó a hacer lo que ella le indicaba, sintiendo cómo su candente barra de carne se deslizaba pulgada a pulgada, línea a línea por aquella gruta maravillosa, proporcionándole un placer inenarrable que le fue embriagando hasta que, sin darse apenas cuenta, empezó a eyacular entre espasmos, derrumbándose sobre la sorprendida muchacha.

“No he aguantado ni un misterio del rosario —pensó—, pero necesitaba tanto aliviarme…”. Cuando se disipó el éxtasis y empezó a recuperar sus sentidos, recobró a la par la conciencia de lo sucedido, lo que le llenó de congoja y, soltándose de su abrazo, se tumbó al lado de Marta. Ésta, al percatarse de la flaqueza de ánimo de su amante, se volvió hacia él, increpándole:

—¿Ya está? ¿Eso es todo? ¿Para esto me has seducido? ¿Para esto he deshonrado yo a mi esposo y tú, tus sagrados votos? ¡Barato vendes el Infierno! ¿Dónde está tu amor? ¿Estaba ahí? —exclamó con rabia, sacudiendo su mano de modo que la punta de sus dedos golpearan de refilón el pecio de su virilidad—. ¿Y yo? ¿Qué hay de mí? ¿Soy algo más que el alivio de tus impuros deseos?

—¡No, Marta! ¡No! Señora, yo te amo; pero…

—Pero ya has obtenido de mí lo que querías, y ahora te estorbo. Sólo te has ocupado de tu propio placer, sin atender al mío.

—¡Pero yo soy sacerdote y tú estás casada!

—¿Y acaso no lo éramos cuando me tomabas como se jode con una pelandusca del arroyo? Ahora, saciado tu capricho, ¿te avergüenzas de mí y me desdeñas? Tú me has arrastrado hasta donde jamás pensé llegar, ¡sé un hombre y sigue conmigo hasta el final!

Incorporándose, se bajó de la mesa y tomando la mano del hombre, lo condujo hasta un extremo de la biblioteca, entrando en una pequeña habitación de lectura con un extenso mirador que daba al jardín trasero, amueblada con una mesita redonda, un sillón junto a la vidriera y un canapé cerca de la pared. Como estaban en una primera planta, sólo podían verles (y comprobar su desnudez) si se aproximaban a los ventanales, lo que tuvieron buen cuidado de evitar.

Sentó al compungido sacerdote en el canapé, sentándosele ella a horcajadas de cara a él.

—¿De verdad me amas, o lo decías sólo para… para que me dejara joder por ti? —­­­Su mirada era dura y fría y el lenguaje chabacano de la dama le escandalizaba tanto como le excitaba.

—¡Claro que te amo! ¿Y tú? ¿Me amas tú?

—¡No, claro que no! ¡He ultrajado a mi marido porque soy así de… liviana! —exclamó furiosa—. Me ofendes sólo con dudarlo. Pero no se puede dar el paso que acabamos de dar y pretender que no ha pasado nada. —Suavizando el tono de su voz, prosiguió—: No debimos hacerlo, lo sé, pero ya está hecho. No te culpo porque yo lo deseaba tanto como tú, y ninguno pudimos evitarlo…

Mientras hablaba, acariciaba el pecho de él, que acabó por imitarla.

—Pero no podemos… —empezó a replicar él, débilmente.

Sí, debemos… —musitó ella, mordisqueando los labios del atribulado joven—. Si me amas, no puedes echarte atrás ahora, cuando ya he deshonrado a mi marido por tu causa. Me lo debes, Justino…

Era la primera vez que le llamaba ‘Justino’, no ‘padre Justino’, y ese sencillo detalle bastó para quebrar su ya escasa voluntad de resistirse, empezando a corresponder a sus cálidos besos. Ella le empujó, tumbándolo en el canapé y colocándose sobre él. Desnudo, con aquella adorable y ávida mujer desnuda encima, no se sentía un sacerdote; se sentía, sencillamente, un hombre. Un hombre aturdido por multitud de sentimientos encontrados y sacudido por un cúmulo de sensaciones nuevas y deliciosas, con lo que acabó dejándose arrastrar por estas.

Sin el apremio de antes, se deleitó con los pechos, nalgas y muslos de la señora de Robledales, ‘saciándose de su exterior’ como le había pedido ella. Su erección volvió, pero en esta ocasión sin provocarle urgencias acuciantes. No fue necesario que ella se lo solicitara de nuevo para que tornara a palpar con fruición aquel punto que la hacía estremecer.

Fruto de su dedicación, pronto notó cómo la muchacha se deshacía en febriles convulsiones, llenando su mano de humedad. El cuerpo de ella estaba sobradamente listo, pero su espíritu parecía ausente, así que la depositó en el canapé y esperó a que recobrara sus sentidos antes de penetrar de nuevo en su intimidad.

Cuando lo hizo, empezó a rezar mentalmente un rosario, para llevar cuenta de lo que duraba en esta ocasión: “Pater Noster, qui es in cælis…” mientras ella, agradecida pero insaciable, se retorcía tratando de restregar su monte de Venus contra el pubis de su amante cuando la penetración era total, lo que incrementaba el goce de él.

Al principio, era el ritmo de su rezo mental el que marcaba el de sus penetraciones, pero pronto cambiaron las tornas y fue la cadencia de sus arremetidas la que dictaba el tempo de sus preces. Tempo irregular, con acelerones y parones, con lo que pronto comprendió que no era un método de cálculo muy exacto, pero le dio igual; sólo pretendía averiguar si era capaz de aguantar un misterio.

No había ningún ánimo sacrílego en tal acción, era el modo piadoso de medir el tiempo al que se había habituado y lo hacía sin pensar en su inoportunidad. ¡Para pensar estaba! Todos sus sentidos y todas las potencias de su alma, todo su ser, en suma, estaba concentrado en aquella candente parte de su cuerpo que se movía acompasándose en singular danza con la apretada funda que lo acogía.

Cuando el ardor arreció, empezó a mascullar las oraciones que hasta entonces recitaba mentalmente, para escándalo de la señora de Robledales, a la que oír “benedictus fructus ventris tui” mientras sentía en el suyo el grueso cipote del cura le pareció sacrílego… y, para su sorpresa, excitante en extremo.

¡Aspérjame con su hisopo, padre Justino! ¡Bendiga mi vientre! —exclamó, presa de la calentura que volvía a apoderarse de ella.

Justino, escandalizado, sí encontró sacrílega tal petición, pero la disculpó por la pasión del momento, y porque, para su alivio, Marta no volvió a proferir ninguna imprecación de ese jaez. Cuando completó el misterio (gozoso, muy gozoso…) aunque siguió rezando maquinalmente, llevando la cuenta de los avemarías con los dedos, se despreocupó de durar y se concentró en gozar y hacer gozar a su amada, propiciando el roce que ella buscaba, mientras incrementaba, lenta pero inexorablemente, el ritmo de sus embestidas, en tanto que ella no cesaba de murmurar: “padre, padre…”.

El reciente éxtasis de la joven la había dejado sensible en extremo, por lo que las redobladas atenciones de su vigoroso jinete volvieron a sumirla pronto en un nuevo delirio. Los desacompasados espasmos de la muchacha provocaron que el desprevenido sacerdote volviera a regar con su simiente las entrañas de la señora de Robledales, cuando todavía llevaba mediado el segundo misterio y aún se creía capaz de aguantar más…

Tras recobrarse del dulce desfallecimiento, la mujer se levantó, entró a la biblioteca y poniéndose el vestido, salió sin decir palabra dejando solo y desconcertado al joven. Al poco, volvió con un trapo, un lienzo y un frasco. Dio el lienzo al sacerdote, para su higiene; con el trapo, borró los rastros de su pasión en el mobiliario y con el frasco, fue enmascarando los olores del pecado que inundaban biblioteca y mirador. Acabada la limpieza, dejó todo tras el canapé.

—¿Proseguimos la tarea, padre Justino? O mejor, lo dejamos para mañana… Voy a ver si ya está seca su ropa.



***   ***   ***



Marta bajó un poco más las hombreras y se miró al espejo. Hoy llevaba un vestido menos escotado que el de ayer, pero que permitía llevarlo con los hombros al aire. “Demasiado procaz”, pensó mientras volvía a subir las mangas. Sobre todo, cuando había vuelto a quitarse el corpiño (aunque hoy el calor no era tan asfixiante) y sus senos se adivinaban libres, bajo la tela.

Aun mujer, siempre le había fascinado el bamboleo de los pechos de otras mujeres, y observar ahora el de los suyos le resultaba sumamente placentero. Trató de elevarlos con las manos, para comprobar con satisfacción que el habitual corpiño apenas los realzaba, porque su turgencia lo hacía casi innecesario.

Además, al estar libres, el roce con el vestido le procuraba unas sensaciones muy agradables. El problema estaba en que la tela era lo bastante recia como para evitar trasparencias indecorosas, pero no lo suficiente como para ocultar la flagrante erección de sus pezones. “Sosiégate, o lo echarás todo a rodar… —pensó—. Eres una dama. Compórtate como tal”. Claro que las damas no engañaban a sus esposos con sacerdotes… ¿o sí?

Para su sorpresa, la noche anterior se había dormido enseguida, con lo que los remordimientos por su incalificable conducta de la tarde no la habían atormentado en exceso; además, el recuerdo de los placeres experimentados había contribuido grandemente a mitigar la vergüenza, haciendo que se durmiera con una sonrisa en los labios.

Se había levantado de un humor excelente, como no recordaba hacía tiempo, pero a medida que se aproximaba el momento del reencuentro, notaba que el nerviosismo se iba apoderando de ella. Era una dama y una buena cristiana, y se sentía muy incómoda en su nuevo papel de amante casada de un cura.

“Ella no era así”, se decía. Pero ya no tenía remedio. El daño a su alma y su honra ya estaba hecho y los formidables deleites experimentados la víspera le impelían a proseguir por esa senda, sin dudarlo. No estaba dispuesta a renunciar a aquellos placeres de los que su prima gozaba  sin merecerlos, y a ella se le vedaban. Hasta ayer.

Pero nunca había sido una hembra voluptuosa y temía no saber comportarse como requería su nueva situación. La tarde anterior, ambos se habían dejado llevar por la pasión, pero esta, ¿con qué disposición de ánimo vendría el que le había abierto las puertas de tan maravilloso edén? Era hombre, pero era sacerdote y, pasado el momento de delirio carnal, temía que el sacerdote ganaría al hombre…

Y ella quería al hombre, lo necesitaba. ¿Lo amaba? Quería creer que sí, necesitaba creer que sí, porque la alternativa significaba que ella era… lo que estaba muy segura de no ser. Así pues, debía amarlo, sin duda.

Además, él la amaba a ella… o eso había dicho. “Prometer hasta meter / y, una vez metido, / olvidar lo prometido…”, “Si al meterla os he ofendido, / con sacarla estoy cumplido”… Esos y otros adagios soeces acudían a su mente, atormentándola. Eran dichos ‘de hombres’. ¿Sería el padre Justino uno de ellos? Pronto lo sabría.



Le recibió con una amplia sonrisa, a pesar del recelo que le infundió el talante sombrío del sacerdote, y le hizo pasar a la biblioteca, como siempre. “Ha ganado el cura, me temo”, pensó la muchacha; aunque las furtivas miradas al bamboleo de sus pechos, le impelían a albergar esperanzas.

Pretendió continuar la tarea desde donde la habían dejado la víspera, pero el padre Justino, con aspecto grave y solemne, empezó a decir:

—Señora de Robledales… deberíamos…

Estaba claro que había ganado el sacerdote. Desesperada, decidió jugarse el todo por el todo y atacar donde le intuía más vulnerable: tomó las manos de él y las puso sobre sus pechos, por encima del vestido, sujetándolas para que no pudiera retirarlas. Precaución inútil, porque él, sorprendido y aturdido, no lo hizo mención de intentarlo.

No atendía a lo que el curita decía, pero el tono de su voz le indicó que la convicción con que decía lo que fuese estaba menguando a marchas forzadas. Cuando las manos del hombre cobraron vida propia, se abrazó a él, callándole con un beso, que pronto fue correspondido con ardor.

“Al final, resulta ser cierto: tiran más dos tetas que dos carretas” se dijo, satisfecha. No esperaba que le fuera a resultar tan fácil, y le sorprendió gratamente constatar la magnitud del influjo recién descubierto. “A los hombres solo les mueven dos cosas… y la otra es comer” le había dicho su prima (¡quién si no!), que lo había leído en las memorias de una reina extranjera, protestante y promiscua. ¿Así de simples y manejables eran todos?

Permitió que, de nuevo, el padre Justino (o mejor, Justino, el hombre) se dejara llevar por la pasión y la tomara demasiado pronto y acabara demasiado rápido. Mejor. Eso le colocaba todavía más a merced de ella que, combinando caricias y reproches, volvió a recriminarle su cobardía y su egoísmo, exigiéndole, como el día anterior, que no eludiese su responsabilidad como hombre, y que se preocupara por ella, como mujer.

De nuevo fue ella la que, saciada la bestia, hizo aflorar a aquel segundo Justino, sensual y voluptuoso, que volvió a llevarla al delirio en dos ocasiones antes de vaciarse de nuevo, extenuado, en su interior. Tan agotados como satisfechos, decidieron dar por concluida aquella jornada de trabajo que no había llegado a empezar. Marta se dijo, mientras limpiaba manchas y enmascaraba olores, que sería menester trabajar de verdad algo, antes, al día siguiente… Porque ahora estaba segura de que habría ‘día siguiente’.





El padre Justino no volvió a intentar poner objeciones, y al otro día se aprestaron a la tarea como hacían normalmente, salvo por las sonrisas pícaras y las miradas cómplices, los roces poco casuales y las caricias furtivas que fueron in crescendo hasta que, apenas un cuarto de hora después, ambos entraban entre arrumacos y risas contenidas en el mirador. Esta vez no se precipitó, ni para poseerla, ni para acabar, pero en solo dos días, el ‘bis’ se había convertido entre ellos en un ritual al que ninguno de ambos parecía dispuesto a renunciar.

Fue un bis premioso, en el que cada cual se complacía en hacer gozar al otro que, en gratitud, se afanaba en dejar muy patente hasta qué punto le embargaba el placer que recibía, convirtiendo el impudor en ofrenda amorosa. Todo ello, entre protestas de amor pueriles y empalagosas, pero que a ellos se les antojaban profundas y solemnes, sintiendo que les transportaban hasta el summum de la dicha.





Una tarde, más de una semana después, Marta notó a su amante distante, elusivo, no entrando en el ya habitual juego de roces furtivos mientras trabajaban. Recelando algo, dejó la tarea y le abrazó y besó con pasión, hasta que él correspondió. Al desnudarle, descubrió que llevaba un cilicio en uno de sus muslos. Estaba intentando evitar la tentación, resistirse a ella. “¿Eso soy yo para él?, ¿así me ve: como una perversa tentación a la que debe resistirse?”, pensó con enfado. ¿Acaso no habían alcanzado ya un delicioso estado de franca complicidad? ¿A qué venía esto?

Se sintió ofendida y traicionada, y quiso vengarse seduciendo a su amante, complaciéndose en exhibir el poder abrumador que tenía sobre él, sobre sus sentidos; dejándole claro que sus tetas y su coño eran un imán demasiado fuerte y placentero para que ni pudiera ni quisiera resistirse a ella.

Volvió a cabalgarle ella a él. Ya lo habían probado, en un bis anterior, pero era la primera vez que lo hacían de inicio. Como en esa postura era ella quien controlaba el placer de ambos, se complació en castigarle, en llevarle hasta el borde del abismo, pero negándole el último empujón y, cuando por fin le despeñó por los riscos de la lujuria, con cada descarga que sentía en su vientre, daba un tirón del extremo del cilicio, oprimiéndolo bruscamente contra el muslo de él, lo que hizo que sus espasmos fueran mucho más violentos… y que su virilidad no perdiera ninguna consistencia al acabar.

Él parecía más agotado que de costumbre, por la intensidad de lo experimentado, pero su nabo, su picha, su cipote, su rabo, su cimbel, su ál, seguía tan enhiesto como antes de eyacular. No era cuestión de desaprovechar tan rara ocasión, y a fe que no lo hizo. La lubricación que la madre naturaleza le dispensaba no fue suficiente para evitar que tantos y tan ardientes roces acabaran irritando ambos sexos, antes de que el de él acabara por flaquear, como ocurre siempre, tras sembrar de nuevo su semilla.

Derrengados y escocidos, se asearon y vistieron sonriéndose con la ingenua picardía de dos niños que acaban de hacer una trastada.





La señora de Robledales seguía confesando con el padre Damián, como siempre. ‘Casi’ todos sus pecados, claro. Jugar con el sacramento le llevó a hacerlo también con el sacerdote y sacarse una espina que le mortificaba hacía tiempo. Hasta entonces, había respondido siempre con embarazosas evasivas a los intentos del confesor de conocer, con un detalle que ella consideraba injustificado, la naturaleza de sus pensamientos impúdicos; pero ahora se solazaba en relatar (con fingido apuro, eso sí) pormenores innecesarios y morbosos de tales ensoñaciones y percatarse de la innegable turbación que producían en el cura. “A más detalles, más turbación…”, se decía, aguantando la risa ante el pueril juego de palabras.

El severo confesor se mostró sorprendido de que, “para tratar de mantener a raya a su desbocada imaginación”, su feligresa le solicitara que le consiguiera un cilicio. Trató de disuadirla, diciéndole que él no era partidario de tales extremos, que con la oración y la voluntad debía bastarle; pero Marta insistió y él acabó accediendo, si bien tuvo la impresión de que el padre Damián la prefería cediendo a aquella tentación que propiciaba sus exhaustivos interrogatorios…



Justino había renunciado a volver a usar el cilicio: el moretón de su muslo aún mostraba a las claras el dolor infligido. Cuando ella se levantó la falda y le mostró el suyo recién conseguido, no hicieron falta palabras. Normalmente, la joven usaba los bises para experimentar con los secretos de alcoba que su prima le había confiado, pero esta vez decidió, para facilitarle las cosas, hacer de entrada algo nuevo. Se puso de rodillas en el canapé e hizo que él la tomara arrodillándose tras ella, como impúdicos orantes. No podía besarle en los labios ni podía acariciarle a él, pero le daba libre acceso a sus pechos, sus muslos, y su monte de Venus…

Justino supo apreciar el regalo y parecía disfrutar con sus manos casi tanto como con su tranca, pero recordando lo que ella buscaba, destinó una mano en exclusiva al monte de Venus de su amante y, refrenó su placer hasta lograr el de ella. Marta, con los sentidos enajenados, se dejó llevar por el frenesí que la embargaba, sin recordar lo que había pactado tácitamente, abandonándose a los dulces espasmos que la sacudían, hasta que el primer tirón hizo que el cilicio hiriera con súbita brusquedad su suave muslo, provocándole una ráfaga de tormento atroz. A este primer tirón siguieron otros, no menos de media docena, provocándole otros tantos ramalazos de agudo dolor, que se fundían con los espasmos de placer en un todo de increíble intensidad, que acabó por hacerle perder el sentido.

Cuando lo recuperó, su amante la miraba con un alivio que denotaba su angustia reciente.

—¡Gracias a Dios! ¡Qué susto me has dado! Temía que te hubiera sucedido algún percance… Te has desmayado y yo… me he asustado tanto… ¡Oh, Dios mío, si te llega a ocurrir algo malo, yo… me muero!

Por primera vez, no hicieron bis. Justino la mantuvo mucho rato acurrucada entre sus brazos, acariciándola y meciéndola suavemente y Marta, medio aturdida aún por la intensidad de lo sentido, se dejó mimar, feliz y relajada, sintiendo que todo estaba bien, todo estaba en orden…







Aquella noche la visitó su esposo. Ya estaba a oscuras cuando entró y se metió en la cama. Olía vagamente a su licor favorito. La besó como solía y empezó a acariciarle las tetas por encima del camisón. Nunca se las había tocado directamente, ni visto desnuda… “Mi amante sí, y mi marido no”, se dijo con sorna no exenta de tristeza.

Notó las manipulaciones de él, tratando de dar consistencia a su herramienta, pero ya sabía bien que no deseaba ayuda, así que no hizo mención de relevarle en la tarea. Ya estaba empezando a eyacular cuando, a través de la gatera, su esposo le introdujo sin preámbulos en su ahíto sexo no más de un par de pulgadas de su semiflácido miembro, acabando de soltar su carga entre gemidos ahogados.

Cuando se repuso, sin besarla ni darle siquiera las buenas noches, el marido salió de la cama y se marchó a su habitación. Marta reparó en que, de hecho, no había dicho ni una sola palabra. Si no fuera porque conocía su cuerpo (y su problema), podría haber sido cualquier otro hombre el que hubiera yacido con ella.

¡Qué distinto de su noche de bodas, cuando él, con infinita paciencia y dulzura, había tranquilizado a la nerviosa doncella con suaves palabras y había tomado su virginidad con una delicadeza que aún se emocionaba al evocar! Recordó cómo se durmió aquella noche entre los brazos de su amado esposo, antojándosele que entraba de su mano en un mundo de las mil y una noches. Y ahora, menos de mil noches después…

Se levantó y fue al cuarto de su marido. Se metió en la cama y le abrazó.

—Marido mío, ¿qué nos ha pasado? Tú no me visitas y, cuando lo haces, ni hablamos. Y yo nunca te he visitado a ti, no porque no lo deseara, sino porque… —vaciló un instante y prosiguió—: porque no quería incomodarte. —La frase le sonó ridícula. “Porque no quiero avergonzarte con tu impotencia” hubiera sido más sincero y ambos lo sabían; pero algo tenía que decir—. Ser marido y mujer no es solo eso… podemos vivir sin eso, pero no sin hablarnos, sin amarnos. Yo te amo a ti, no a una parte de tu cuerpo. Vamos a estar juntos, a hablar… No te avergüences, podemos vivir sin eso…

Esa noche fue su esposo quien se durmió entre los brazos de ella, con el rostro entre sus pechos. Marta se juró a sí misma que salvaría su matrimonio y recuperaría a su marido, aunque para ello debiera serle infiel.



***   ***   ***



El padre Justino se dejó caer en su lecho, agotado. Casi ansiaba la llegada del galán que visita a las damas cada luna para poder recuperarse, y ya debía tardar poco en llegar, porque llevaba ya más de tres semanas de… ¿borrachera?, ¿locura?, ¿placer celestial?, ¿delirio satánico? De amor. Sí. De amor intenso, inmenso, ¿excesivo? “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín, quien también dejó escrito que “una vez al año es lícito hacer locuras”. Pero él llevaba casi un mes haciendo locuras, amando hasta el delirio a aquella mujer, de la que idolatraba hasta los defectos…

Curiosamente, seguía ejerciendo su ministerio sacerdotal con el mismo fervor y dedicación que de costumbre. Seguía siendo a todos los efectos el padre Justino de siempre, salvo el rato que visitaba la mansión del señor Robledales, en que se transformaba en Justino, el fogoso y rendido amante de la señora de Robledales.

Estaba a merced de ella, y lo peor es que le gustaba sentirse así. Pero ese día había ocurrido algo especial: Marta había querido hacerlo de nuevo de rodillas, como la vez que se desmayó, y ella había estado restregando su miembro viril por sus partes pudendas, jugueteando antes de introducirlo, pero deteniéndose varias veces ante su entrada trasera, haciendo amago de meterlo por allí, mientras le decía:

—Mi prima me ha contado que, cuando la naturaleza le veda la vía natural, su marido la toma por la via minima de los romanos y que, aunque al principio es algo doloroso para ella, luego es tan placentero para ambos como por la otra. Quizás deberíamos probar alguna vez…

Él había zanjado la cuestión clavando de golpe su cipote en el hambriento chocho de su hembra mientras le replicaba:

—¡No! ¡Sodomía, nunca!

Ahí había acabado el incidente, pero ahora, recordándolo, tenía que reconocer que, si ella se empeñaba, él acabaría dándole satisfacción… ¿Iba a caer en la abominación de la sodomía? Una cosa era romper sus sagrados votos, por amor a ella, y otra muy distinta dejarse arrastrar por ella a tamaña aberración antinatural. Sin duda, era el Diablo el que hablaba por su boca, el que le tentaba con sus manos, y sus tetas, y su coño… y su culo.

¡Ella era el Diablo! ¡Estaba a merced del Diablo!

Pronto desechó tales pensamientos y se avergonzó de haberlos tenido siquiera. Ella no era el Diablo: era una mujer desdichada que merecía ser amada. También ella podía acusarle a él de ser el Diablo, de inducirle a deshonrar su matrimonio, aprovechándose de sus flaquezas femeniles. “Quizás todos seamos el Diablo de alguien”, se dijo; y la idea le pasmó. La sospecha de que él era la causa de la fragilidad de ella, la ocasión de su caída, se tornó en dolorosa certeza. Él, que se había hecho sacerdote para tratar de llevar al Cielo a todo el mundo, estaba arrastrando al Infierno a la mujer que amaba…

Era ya pasada la media noche cuando el padre Justino despertaba al párroco titular solicitando confesión…





Adujeron una repentina enfermedad de su madre para justificar la súbita marcha y, tras pasar casi dos meses de retiro, oración y penitencia, le destinaron a una población distante donde, como coadjutor de un párroco borrachín y bonachón, reanudó su ministerio con renovados bríos.

Nunca intentó ponerse en contacto con Marta, aunque sí tuvo noticias indirectas de ella. Del bautizo, la primavera siguiente, del vástago con el que el Señor había bendecido al matrimonio Robledales; de su viudedad, pocos años después…





Un día, al volver de dar la extremaunción a un moribundo, lo supo.

Era uno de esos días en los que necesitaba hacer acopio de toda su fe en Dios para no perderla en el género humano. No es que las torpes iniquidades confesadas in extremis por aquel ‘ejemplar feligrés’ tuvieran relación alguna con sus cuitas, no. No era la letra, fue la música de aquella sórdida historia lo que hizo reverberar las piezas en su mente, hasta hacerlas encajar de una forma tan inesperada como vil.

Como si de una revelación mística se tratara, le sobrevino la absoluta convicción de que su descenso a los infiernos de la concupiscencia había sido fruto del abyecto cálculo del señor Robledales. Sabedor de su impotencia para engendrar un hijo, había propiciado el trato a solas entre su joven esposa y un curita bisoño, confiando en que “la ocasión hace al ladrón” y la naturaleza obraría el resto.

Había oído historias parecidas, siempre como fábula de marineros, y en ellas, ni el marido volvía a verlo nunca, ni el marinero llegaba a saber jamás a quién había inseminado. Pero, ¿un sacerdote? Claro que con un ordenado tenía asegurada la discreción, el secreto de lo ocurrido y que nunca le disputaría la paternidad del hijo…

¿Y Marta? ¿Estaba al tanto del plan, o fue, como él mismo, una marioneta en manos de su esposo? Le asaltó el recuerdo de sus adorables rubores, y tuvo que concentrar toda su voluntad en apartar de su corazón sentimientos que creía desterrados.

No. Ella no fingía. Conocía ya bien a las mujeres y sus tretas, y por eso mismo estaba seguro de que el ansia de sus ojos, su baldío esfuerzo por evitar lo inevitable, no fueron simulados. Cierto que, roto el dique, sus melindres se tornaron en soez impudor pero, ¿acaso él no había experimentado igual mudanza? Como en su propio caso, el desenfreno de ella en la caída constituía el mejor aval de su inocencia previa y de la sinceridad de su inútil resistencia.

Robledales, Robledales… ¡Maldito santurrón! Sentirse títere de aquel taimado bribón (¿habría confesado su perfidia antes de morir, él también?) le llenó de indignación, pero a la par de humildad. ¿Tan previsible era? ¿Tan estúpido? Si, diríase que sí… Esa humildad le ayudó a mejorar en su sacerdocio, tornándole más comprensivo con las flaquezas de sus semejantes, procurando auxiliarles para sobreponerse a ellas sin abrumarles con opresivas culpabilidades.

Su experiencia del pecado le sirvió también para aquilatar mejor el valor de aquello a lo que renunciaba por amor a sus semejantes, y la dolorosa superación de aquellos hechos lamentables le confirió una facultad insospechada: cuando exhortaba a algún feligrés a sofrenar sus pasiones, algo en su mirada, en el tono de su voz, en el modo de asir del brazo a su interlocutor, revelaba que sabía muy bien de qué estaba hablando, de la magnitud del esfuerzo que estaba exigiendo, y que era una tarea posible, porque él lo había logrado antes. Y eso le otorgaba una autoridad moral que trascendía su condición sacerdotal.

Gato escaldado, rehuyó en adelante toda ocasión azarosa, mas no el trato normal con el género femenino. Con el paso de los años, sus naturales ímpetus juveniles se fueron mitigando y cada vez le resultó más fácil vencer las tentaciones.





Tras veinte años de sacerdocio, el padre Justino se hallaba plácidamente instalado en un estado de cómoda bonhomía y esa complacencia le llevó a la perdición, cuando el Diablo hizo que se cruzara en su camino cierta jovencita recién casada… una condesita en el fondo de cuyos ojos profundos se atisbaba la llama del fuego que la consumía.

Su madre, la acaudalada señora viuda de Robledales, la acababa de desposar con un noble de más blasón que bolsón y que, por edad, diríase más apropiado para poner término a la viudez de la madre que a la doncellez de la hija… si es que tal cosa había sucedido. Porque rumores procedentes del servicio apuntaban a que el señor conde no visitaba las habitaciones de su esposa más que para tomar prestadas sus ropas…






1 comentario:

doctorbp dijo...

Por más que me he empeñado, todas las palabras que he buscado estaban en el diccionario :P

El vocabulario es tan excelso que a veces cuesta entender algunas frases. Me ha pasado poco, pero me ha pasado.

De hecho, me ha costado entrar en la conversación inicial. Me parecía todo demasiado pomposo, pero luego lo he aceptado al vislumbrar que el relato no está ambientado en la actualidad.

Cuando he entrado en la historia, me ha gustado. Tal vez se me ha hecho un poco pesada la parte intermedia, aquella en la que se describen los amoríos de los protagonistas, pero en su conjunto, la he disfrutado.

Mención especial al final por varios motivos. Porque es realista, porque no es el final típico, fácil y "bonito" y porque tiene sorpresa.

Adecuación al tema y perfectamente escrito y narrado. Una seria y digna aportación al Ejercicio.